ORAR LA PALABRA DE DIOS

RE-VI-BE Oración profunda

Descargar el documento en formato .pdfORAR LA PALABRA DE DIOS: DEJARME MIRAR, HABLAR Y AMAR POR ÉL…

1. ORAR ES EXISTIR EN SU AMOR

Cuando Dios nos habla nos está amando… Dios ama hablando, pues él hace lo que dice… Él siempre tiene la iniciativa. Cuando oramos, no podemos reducirnos a decir fórmulas. Orar es dejarnos mirar, elegir y engendrar por él, dejarnos llamar por nuestro nombre. Orar, para nosotros, es responder. Nuestra existencia no es sino una respuesta a su llamada. Sólo existimos en la respuesta. Existir es responder.

Orar no es sólo hacer rezos, expresar ideas y sentimientos… Es estar con él dejándonos amar y amándole a él. Es descubrir su presencia en nosotros, dentro de nosotros, dejándonos impactar por ella. Es entrar progresivamente en un estado de relación fundamental: nuestra vida no es sino su mirada impresa en nosotros. Dios es la verdad humana más grande del corazón del hombre. Está más dentro de nosotros que nosotros mismos. Existimos porque nos mira y nos habla. Crecemos cuando nos vamos dejando mirar y hablar por él. Somos su mirada plasmada, acogida, sentida, consentida…

Al orar es preciso que sepamos acoger la palabra, comprenderla, para no limitarnos a decir ideas vagas. Acogerla es dar carne a la palabra de Dios, ser lo que dice, aceptarnos como realización de lo que expresa. Responder es existir siendo reflejo de su ser, siendo palabra de Dios dicha y realizada. Es ser totales, ir haciéndonos del todo. Sólo existe en nosotros lo que él elige, ama y habla.

Creándonos se ha expresado él mismo. Somos la intimidad de Dios exteriorizada, encarnada. Creándonos, él ha puesto en común con nosotros su ser. Nuestro “yo” profundo sólo existe en el “yo” de Dios. No hay un “yo” sin un “tú”. Nuestra vida es un “yo” suscitado por el “Yo” de Dios. Si en la vida somos tenidos como una identidad personal como un “yo” es porque somos como el reverso del “Yo” de Dios. Existimos en él. Somos referencia de Dios, pura relación, maravillosa relación.

2. SÓLO EXISTIMOS ACOGIENDO SU MIRADA Y SU AMOR
Orar es, fundamentalmente, aceptar el ser. Hemos venido a la luz por medio de su

mirada, siendo mirada suya, porque él, siendo nosotros nada, nos ha mirado. Su mirada nos ha elegido y ha dado a luz nuestra vida:

“¿Quién nos hará ver la Dicha?
La Luz de tu rostro está impresa en nosotros” (Sal 4,7).

Hemos nacido de la misma exuberancia infinita de vida, de luz, de amor de Dios:

“En el torrente de tus delicias los abrevas;
en ti está la fuente de la vida, y en tu Luz vemos la luz” (Sal 35,10).

El Padre está engendrando al Hijo, el cual es Luz y “Resplandor de su gloria” (Hbr 1,3).

Nosotros estamos elegidos en la generación del Hijo, en el amor que el Padre tiene al Hijo:

“Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya” (Ef 1,4-6).

Cristo es la Luz, toda la Luz. Seguir a Cristo es ser hijos de la Luz. “Sois Luz en el Señor: vivid como hijos de la luz” (Ef 5,8):

“Yo soy la Luz del mundo;
el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

Lo más grande que nos puede ocurrir es que Dios nos mire. Dios nos bendice con su mirada. Él nos llama para contemplar su rostro:

“El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros” (Sal 66,2).
“Oigo en mi corazón: “buscad mi rostro”.
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Salm 26,8).

3. ORAR EL AÑO LITÚRGICO: REPRODUCIR EN NOSOTROS LA IMAGEN DEL SEÑOR
Es preciso saber acoger a Cristo en nosotros en el momento y forma en que él se dice y se da. Las celebraciones del año litúrgico proclaman la vida del Señor, sus misterios. La actualizan y celebran. Es de una importancia suma oír la palabra, acogerla, comulgarla, en el momento sagrado en el que es pronunciada, en el instante privilegiado en el que está haciendo lo que dice, cuando proclama presente y actual su persona y su pascua, precisamente para que sean acogidas y participadas, asimiladas. Cristo nos dice su vida, se nos dice él mismo. Entonces, orar es ser él, dejarnos transformar en él, aceptarlo, acogerlo, comulgarlo. Los textos sagrados que proclama cada fiesta, cada uno de los misterios de su vida, desde Navidad hasta Pentecostés, deben repercutir en nosotros, han de grabarse dentro de nosotros, en nuestra identidad. Se escriben en nosotros, en nuestro corazón. Son él mismo viniendo a nuestra vida, calcando

su vida en nuestra persona. Existir es transformarnos en él.

Orar es trasladar los textos a nuestra vida. Ser el texto vivo. Dejar que el Espíritu de Cristo lo escriba en nuestro corazón, en nuestros sentimientos. En cada texto debemos pensar: es él hablándonos, queriéndose comunicar. Al salir de la oración, el texto debemos ser nosotros. La oración es el horno de donde sale el pan cocido: Cristo en nuestra vida. Cristo en nosotros. Los momentos de oración, o son procesos transformantes, o no son oración, ni amistad, ni intercambio.

4. LA ORACIÓN: UN FUERTE TRANCE DE TRANSFORMACIÓN
Hacemos oración y la oración no nos hace a nosotros. Y eso es porque no vamos a

ella a cambiar. Tenemos que implicarnos del todo en la oración. Debemos orar nuestra propia vida. Orar es entrar de lleno en la zona de influencia de Cristo para dejarnos sustituir por él. En Cristo la oración fue oblación y su oblación fue oración. No dijo palabras ni sentimientos sólo: se implicó él mismo y de lleno. La oración es un momento fuerte en el que asumimos nuestros problemas, situaciones, bloqueos, límites, condicionamientos, debilidades, para implicarlos en el texto sagrado, que es Cristo. Ante el texto, nos confrontamos, discernimos, elegimos, optamos, cambiamos, vivimos un fuerte proceso de cambio saliendo de nosotros, caminando hacia él, estando del todo en él, en el texto, y saliendo nuevos por él. En cada momento de oración debemos pensar ¿cómo podemos pasar de nuestra situación concreta tal como somos, a ser el texto vivo?

Para hacer la oración, toma uno de los textos del punto 2. Acógelo. Déjate amar, impregnar. Cree el texto. Métete en él. Comulga. Cambia de actitudes: qué, cuándo, cómo, con quién… Sal de ti. Ve a él. Todo en él. Nuevo por él. Teniendo en cuenta el texto, puedes sumergirte en las siguientes experiencias

5. ORACIÓN: UNA EXPERIENCIA FUERTE
-Soy mirada de Dios. En la oración voy a permanecer un tiempo dejándome

mirar por él… Soy su mirada de amor. Mi ser es su mirada plasmada en mí… La acepto. La acojo. La siento y experimento, al sentirme y experimentarme a mí mismo.

-Soy elección de Dios. En la oración voy a permanecer un espacio de tiempo dejándome elegir por él y en él… Acepto. Le acojo. Mi ser es la elección que él hace de mí. Soy pura gracia, puro don.

-Soy amor de Dios dado y comunicado. El manantial de mi ser es su amor. Existo porque Dios se ama y es amor. Me ama en el amor con que ama al Hijo. Voy a permanecer en la oración acogiendo su amor. Me dejo amar… Siento en mí mismo su propio amor…

-Mi dicha es ver su rostro. Venir a la luz es tener su Luz. Es estar bajo su mirada. Mi luz es su Luz en mí. Existir es estar iluminado por él…

-En la oración, conforme me voy dejando mirar, hablar y amar por Dios, se va dilatando en mí el sentido y el horizonte. Voy creciendo, haciéndome total. Orar no es una ocupación marginal. Es crecer y madurar.

Francisco Martínez

 

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