MARÍA EN EL AÑO LITÚRGICO

El puesto de María en el año litúrgico ha sido señalado por la Constitución Conciliar sobre la Sagrada Liturgia, en el punto 103, con los siguientes términos: “En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla gozosamente, como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (SC 103).

La Constitución sobre la Iglesia, en los números 66-67, ha señalado también el fundamento de la dignidad de María, asociada a la obra de Cristo. Pablo VI, en 1974, publicó la Exhortación “Marialis Cultus” ofreciendo una reflexión explícita y fundamentada sobre la presencia de María en la liturgia y, en concreto, en el año litúrgico.

  1. LA INSERCIÓN DE MARÍA EN EL AÑO LITÚRGICO: HISTORIA

1. EN LOS INICIOS

En los primeros siglos no aparece un culto a la Virgen entendido de forma autónoma e independiente, como el que aparecería siglos más tarde. En este sentido es posterior al de los mártires. El papel de María estaba estrechamente vinculado a la celebración de los acontecimientos que desarrollan el misterio de Cristo, sobre todo en los que se referían a la infancia. Así, pues, los elementos marianos de la cristología y de la eclesiología son anteriores a los de una mariología autónoma. Por lo mismo, la importancia de María en la celebración del año litúrgico es bastante anterior a la existencia de fiestas marianas específicas.

Esta veneración a María se deduce de la misión que Dios le asigna en los acontecimientos del Nuevo Testamento. La madre aparece asociada al resplandor del Hijo. Históricamente las fiestas marianas están relacionadas con aniversarios ligados a las basílicas marianas de Jerusalén o de Constantinopla.

En su origen, las fiestas de la madre de Dios son memoriales de la historia de la salvación. En los siglos posteriores irán asumiendo un acento más autónomo al considerar la persona de la Virgen en sí misma y de forma más independiente.

María aparece ya asociada a Cristo en las conmemoraciones primitivas de las fiestas del Señor. Es en la conmemoración de la Navidad donde aparece inicialmente con mayor intensidad. También está presente en las celebraciones primitivas de la pascua. Melitón de Sardes, en una homilía de finales del siglo II, habla tipológicamente de María, “hermosa cordera” unida a Cristo, cordero que enmudece cuando es llevado al matadero. Señala a la madre del cordero inmolado, aludiendo a su pureza como madre del cordero sin mancha.

En “La Tradición Apostólica”, y posteriormente en las homilías de los siglos II y IV, al comentar las fiestas del Señor, se hace alusión a María asociada de una forma u otra a los mismos misterios. Estas alusiones aparecen en las oraciones, antífonas y otros textos litúrgicos.

Es más que posible la veneración del misterio de la Maternidad virginal de María ya en los primeros judeocristianos. Hay ya alusiones claras en oriente a la Virgen Madre en la celebración de la navidad en la basílica de la Natividad de Belén. En occidente, la fiesta de la navidad tiene ya explícitas tonalidades marianas como se ve en las homilías de San León Magno. La fiesta de la presentación de Jesús en el templo celebra también la purificación de María según la ley y conmemora el encuentro del Mesías con Simeón y, en él, con el pueblo de Israel, con referencia expresa a la presencia de María.

El evangelio de la Anunciación, en el último domingo del adviento, caracteriza este tiempo con un matiz eminentemente mariano. Hacia finales del siglo IV y comienzos del V hay ya una memoria mariana en la preparación de la Navidad y la encontramos en Roma, Milán, España y Aquileya.

  1. LA INFLUENCIA DEL CONCILIO DE ÉFESO EN 431

La proclamación de María como verdadera Madre de Dios, en el concilio de Éfeso, tiene un influjo trascendental para su vinculación en las fiestas del año litúrgico y en la fijación de fiestas marianas especiales. A partir del siglo V nacen varias fiestas marianas que hacen memoria de María tanto en su nacimiento como en el final de su vida terrena.

La edad de oro de la formación de las nuevas fiestas de la Virgen en la Iglesia bizantina, anticipándose a Roma, es el siglo VI. Tras el desarrollo de la cristología precisada en el Concilio de Calcedonia (451), se da una verdadera explosión del culto a María. Por ese tiempo, y debido a varias causas, nacen cuatro fiestas parcial o enteramente marianas: Natividad de María, Anunciación, Presentación de Jesús y Dormición. Éstas adquieren pronto gran importancia y difusión.

En Jerusalén se celebra fiesta de María el 15 de agosto. Se desconoce el origen. En el siglo V conmemora la Maternidad divina. Más tarde, en Getsemaní, se hace memoria de la Dormición de la Virgen. En su sepulcro vacío se celebra el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.

A finales del siglo VI se celebra en Constantinopla la Anunciación del Señor el día 25 de marzo. Al principio es más bien fiesta del Señor, pero más tarde se pone en gran relieve la figura de María. La Iglesia romana celebra en la octava de la navidad la fiesta de la Virgen Madre de Dios. El Papa Sergio I, en el siglo VII, fija las fiestas marianas de la Presentación de Jesús en el templo, de la Anunciación y de la Asunción de María a los cielos. En occidente, más tarde, la Asunción de María pasará a ser la fiesta más popular de María.

En Jerusalén nace la fiesta de la Natividad de la Virgen María, el día 8 de septiembre. Esta fiesta se difunde por oriente y el Papa Sergio la extiende a occidente.

También en Jerusalén se instituye la fiesta de la presentación de la Virgen el día 21 de noviembre, en el siglo VI. Esta fiesta pasa a occidente en el siglo VII y a occidente en el XIV .

A medida que avanza la edad media, intervienen ciertos factores de índole cultural que van modificando la situación. Mientras que se siguen repitiendo los ritos y usando los textos antiguos, se pierde la concepción orgánica de la historia de la salvación. La celebración experimenta un empobrecimiento bíblico y litúrgico Y se realiza de forma cada vez más fragmentaria y periférica. La encarnación del Hijo no se percibe ya en categorías históricas, sino estáticas y conceptuales. Por consiguiente, los acontecimientos de la salvación no son ya “misterios” sino simples pruebas de su humanidad o de su divinidad. Se desmembra el único y gran misterio en los misterios singulares de Cristo, entendidos como cuadros sucesivos. El misterio cede progresivamente a una representación visual del relato, con la prioridad de lo descriptivo y de lo anecdótico, de lo maravilloso y de lo alegórico, de lo escénico y de lo coreográfico, con una marcada tendencia a alegorizar y a dramatizar la liturgia, según las exigencias de la sensibilidad de tipo emotivo de los pueblos jóvenes del centro de Europa, convertidos en protagonistas de la civilización cristiana medieval. Pronto Pentecostés se independiza de la Pascua llegando a oscurecerla. La Ascensión adquiere un tono de despedida, contrariamente a lo que pretenden los sinópticos. El misterio se va desvaneciendo y las fiestas del Señor se reducen a mero recuerdo de la vida temporal de Cristo. La Navidad pasó a ser el culmen de la vida cristiana en detrimento de la misma Pascua. La sensibilidad popular se concentra en los episodios particulares y en los detalles con detrimento de la consideración global del misterio.

En este contexto, las fiestas de la Virgen se multiplican en número, pero pierden su contenido fundamental. La visión histórico-bíblica deja su sitio a la tonalidad subjetiva. La piedad queda detenida en los privilegios de María, y en su función de mediadora de gracias. Se componen formularios de misas y oficios para la veneración de reliquias de dudosa procedencia, o para celebrar sus diversas virtudes. Se oficializan devociones particulares, así como apariciones y revelaciones privadas. Surgen también fiestas marianas de ideas, en las que la piedad va más allá de la doctrina, y que, en ocasiones, representan auténticas exageraciones teológicas.

La liturgia romana contribuye eficazmente a la difusión de las tres fiestas marianas de la Presentación de Jesús en el templo, de la Anunciación y de la Asunción. Una antigua fiesta oriental conmemora el encuentro de Joaquín y Ana (concepción de María). Aparece ya en Italia en el siglo IX y en Inglaterra el siglo XII con el significado de Concepción Inmaculada de María. Esta fiesta se abrió paso con dificultades tanto en su celebración concreta como en su formulación dogmática. Sixto IV promulgó el formulario en 1477. Pío IX declaró el dogma en 1854. El formulario de la misa quedó establecido en 1863.

En el siglo XIV, la antigua fiesta oriental del cíngulo de María pasa a occidente como fiesta de la Visitación de la Virgen. En la edad media se afianzan otras fiestas marianas: la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, y la memoria de los Dolores de María.

  1. DE TRENTO AL VATICANO II

Pío V promulga un nuevo misal en 1570. Revisa las fiestas de María que adquieren más sobriedad. Tras un período de fixismo litúrgico, van entrando en el misal romano otras fiestas marianas, bien por el influjo de la devoción de los papas, bien por la universalización de ciertos calendarios particulares, bien por el desarrollo de la fe y de la piedad populares. Juega también un papel importante la memoria de las fiestas del Señor sugiriendo las correspondientes fiestas marianas.

En el siglo XVII Inocencio XI introduce la fiesta del santo nombre de María. En 1696 Inocencio XII extiende al rito romano la fiesta de la Virgen de la Merced. Clemente XI en 1716 universaliza la fiesta del Rosario, que ya había sido establecida por Pío V en 1671. Benedicto XIII extiende en 1726 al rito romano la fiesta de la Virgen del Carmen.

Pío VII, en el siglo XIX, introduce en el calendario universal la fiesta de los Dolores de la Virgen en el domingo después de la Exaltación de la santa cruz. Pío X fija esta memoria el día 15 de septiembre.

En 1907 Pío X establece la Memoria de la Virgen de Lourdes al conmemorar los 50 años de las apariciones. En 1931 Pío XI instituye la fiesta de la Maternidad de María. Pío XII extiende a la Iglesia en 1944 la memoria del Corazón Inmaculado de María. Y el mismo Papa en 1954 introduce la fiesta de María Reina.

  1. LA REFORMA DEL CALENDARIO LITÚRGICO

A) La reforma del Calendario Romano General de 1969

Dentro de la reforma general de la liturgia emprendida por el Concilio Vaticano II, el Motu proprio “Mysterii Pascalis”, de fecha 12 de febrero de 1969, promulgó el Calendario General Romano. Su preocupación fundamental era aplicar los principios señalados por el Concilio referentes al año litúrgico en general y a la primacía del misterio de Cristo en las celebraciones de la Iglesia.

La nueva revisión del Calendario General de las Fiestas, y los nuevos formularios marianos, “incluyen de manera más orgánica y con más estrecha cohesión la memoria de la Madre dentro del ciclo anual de los misterios del Hijo” (MC 2).

Como consecuencia, en la nueva reforma, el culto a María es rescatado de las arbitrariedades sentimentales de no pocas devociones populares y resituado en el marco de los textos bíblicos, y de la historia de la salvación. La Virgen aparece esencialmente vinculada a la persona y obra de Cristo y enmarcada en la celebración de los misterios de su vida, tal como aparecen en el año litúrgico. El culto mariano queda enriquecido en virtud de su relación con el misterio pascual, singularmente mediante la vinculación tan destacada al misterio de la Navidad.

  1. Las fiestas de la Virgen

En la nueva reforma algunas fiestas marianas pasan a ser en su denominación y categoría, fiestas del Señor, sin perder su connotación y protagonismo mariano. Se suprimen algunas memorias menores o devocionales. La fiesta de la Maternidad divina de María es trasladada a su lugar propio, el día 1 de enero, en el contexto de la Navidad, sustituyendo a la Circuncisión del Señor. Se enriquece considerablemente el común de las fiestas de la Virgen. y el culto a la Virgen encuentra una mejor inserción del misterio de María en los tiempos del año litúrgico, especialmente en Adviento y Navidad.

De acuerdo con los principios de la Constitución de la Sagrada Liturgia, las fiestas marianas pueden ser ordenadas en fiestas memoriales que rememoran hechos salvíficos en los que la Virgen estuvo estrechamente asociada al Hijo, y fiestas devocionales que surgen de la devoción popular como celebraciones menores universales y que representan memorias facultativas.

a-1) Festividades memoriales

Presentadas en un orden histórico, y destacando su importancia con mayúsculas o minúsculas, son:

*INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA.

*Natividad de la Bienaventurada Virgen María.

*Presentación de la Bienaventurada Virgen María.

* ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR.

*Visitación de la Bienaventurada Virgen María.

*MARÍA MADRE DE DIOS.

*Presentación del Señor.

*Bienaventurada Virgen de los Dolores.

* ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

La Anunciación del Señor y la Presentación del Señor son principalmente fiestas de Cristo y sólo secundariamente conmemoraciones de María. La Asunción y la memoria de la Virgen de los Dolores forman parte del ciclo pascual, mientras que todas las demás se refieren más o menos directamente a la encarnación. Este hecho puede explicarse en parte por el lugar preponderante que ocupa la Virgen en los evangelios de la infancia, en contraste con sus apariciones muy discretas en la vida pública de Jesús. La dificultad de integrar estas fiestas de forma clara en el proceso del año litúrgico se deriva de que han tenido su origen por causas y en tiempos independientes. Por eso, aunque en su desarrollo se han convertido en fiestas memoriales, no se han articulado, sin embargo, en el ciclo fundamental de la pascua. Su colocación, vinculada casi siempre a determinados días de los meses, revela a veces una conexión con el ciclo pascual que no logra ir más allá de la intención.

a-2) Las memorias devocionales

Son conmemoraciones menores universales de carácter devocional y que se ofrecen como memorias facultativas. Son:

*Bienaventurada Virgen María de Lourdes,

*Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María,

*Bienaventurada Virgen María del Carmen,

*Dedicación de la basílica de Santa María la Mayor,

*Bienaventurada Virgen María Reina,

*Bienaventurada Virgen María del Rosario.

a-3) Otras fiestas y conmemoraciones Para completar el cuadro se añaden:

*Las misas votivas del Nombre de María y de María Madre de la Iglesia.

*El común para las misas votivas de la Virgen con siete formularios,

*Festividades propias de los calendarios particulares.

  1. b) El nuevo leccionario del misal romano renovado

Todo lo mejor que ha florecido en la historia del culto cristiano sobre la veneración a María, o se deriva de la liturgia o se halla inserto en ella. Las lecturas de las celebraciones marianas atestiguan la reflexión de la Iglesia sobre la parte que ha tenido María en el misterio de la salvación. El misal anterior utilizaba de manera muy parcial y más bien desordenada, el material bíblico en el que se recordaba a María. Unas lecturas, como Lc 1,26-38 se repetían con demasiada frecuencia mientras que otras, como Jn 2,1-11 y Hch 1,12-14 no aparecían nunca en un contexto mariano. La mayor parte de los pasajes alusivos que ofrecían tanto el antiguo como el nuevo testamento no se aprovechaban para nada. El conjunto resultaba bastante pobre y totalmente inadecuado.

En la reforma del leccionario se buscó una lectura rigurosa del dato bíblico en su referencia a María. Algunos textos del antiguo testamento que describen la preparación de la salvación en general, ahora son leídos en la nueva dimensión del sentido pleno que le da el nuevo testamento o el tiempo santo de la Iglesia y que ayudan a la comprensión del misterio de la Madre del Salvador. En este sentido han sido recogidas únicamente aquellas lecturas que, o por la evidencia de su contexto o por las indicaciones de una atenta exégesis, avalada por las enseñanzas del magisterio o por una sólida tradición, pueden considerarse de carácter mariano.

Este leccionario, que representa un verdadero progreso, utiliza

b-1) del antiguo testamento,

-el llamado protoevangelio, las hostilidades entre la estirpe de la serpiente y la de la mujer y la promesa de redención (Gn 3,15)

-algunos textos históricos: las promesas de Abrahán (Gn 12), la profecía de Natán (1 Cro, 15 y 16), el traslado del arca; un número de oráculos proféticos: la virgen madre (Is 7), el Enmanue1 (Is 9 y Miq 5), la esposa que desborda de gozo en el Señor (Is 61), la hija de Sión (Zac 2).

 

b-2) De los textos evangélicos el leccionario utiliza los relatos de la infancia.

-Lucas va más allá todavía al describir la persona de María: es su reflexión sobre la actitud de fe, de obediencia, de total apertura y disponibilidad, de escucha y de interiorización de la palabra de Dios, lo que en María llega a hacerse carne. Esta reflexión eclesial sobre María se presenta como meta de la fe y de las esperanzas de los justos del antiguo testamento, el lugar donde Dios se hace hombre en medio de los pobres. Será Juan el que complete esta reflexión con la presencia de María en Caná (Jn 2,1-11) Y en el momento de la cruz, cuando ella se convierte en modelo y madre del pueblo mesiánico de la nueva alianza (Jn 19,25-27).

-Son significativos los pasajes del Apocalipsis, la visión de la mujer y de la serpiente (Ap 11 y 12), Y la de la Jerusalén celeste (Ap 21); María y los discípulos (Hch 1), y cuatro textos paulinos (Rom 5; 8; Gal 4, y Ef 1), todos ellos muy incisivos. La perspectiva que domina es siempre la historia de la salvación, es decir, la presentación de María en su relación necesaria con Cristo y con la Iglesia.

  1. María en los textos de oración del misal

La fe de la Iglesia se expresa a través de aquello que ora. El estudio de los textos para la oración en las eucaristías nos confirman, en expresión de Pablo VI, que la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. En la reforma se ha intentado superar ciertas perspectivas demasiado estrechas en las que predominaba el cuño devocional. Se ha buscado sobre todo la inspiración en la Biblia teniendo en cuenta una visión más integrada de todo el misterio de la salvación. Se ha aprovechado todo lo mejor que nos ha transmitido la más venerable tradición. Subyace en los textos una teología de fundamentos más sólidos apoyados en la cristología, en la eclesiología y en la contemplación del Espíritu Santo. Las imágenes son más vivas y hermosas. Hay una mayor riqueza espiritual.

  1. B) La Exhortación “Marialis Cultus” de Pablo VI

El día 2 de febrero de 1974, Pablo VI publicó la Exhortación Apostólica “Marialis Cultus” para afianzar la recta ordenación y desarrollo del culto a la santísima Virgen. Es un maravilloso documento que resitúa de tal manera el valor teológico y pastoral del culto a la Virgen en las claves del Vaticano II, que da la impresión de que el tema llega a su perfecta y modélica maduración. De suyo, una mirada atenta a esta exhortación pone al descubierto el inmenso vacío que todavía existe en la piedad y en la pastoral marianas tanto en la vida de los fieles, como en la pastoral de las grandes basílicas dedicadas a María, así como en las comunidades parroquiales y apostólicas.

Pablo VI afirma que “la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano” (MC 56). Aquí, afirma el papa, la veneración que la Iglesia ha dado a la Madre de Dios en todo tiempo, es una “lex orandi” (norma de oración) que constituye la “lex credendi” (norma de la fe), pues este culto a la madre de Cristo “es un culto de raíces profundas en la palabra revelada y de sólidos fundamentos dogmáticos” (Id 56). El culto a María, sin referencia a Cristo, no tendría razón de ser. El mismo año litúrgico sería incompleto si no se mostrase una presencia mariana adecuada. La Iglesia, al estar unida en su origen y en su historia a la madre de Dios, tiene que celebrarla en su vida cultual. La Virgen está presente en el año litúrgico porque está presente en la vida de la Iglesia y “es el modelo de la actitud espiritual con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios” (MC 16). Esta presencia de María en el año litúrgico es un hecho cargado de consecuencias de orden espiritual y pastoral. Por eso, las fiestas marianas han sido objeto de especial atención en la reforma del calendario.

  1. C) La nueva colección de misas de la Virgen María

A petición de numerosos pastores y fieles, y de regentes de santuarios marianos de todo el mundo, pareció oportuno recoger en un compendio algunos formularios de misas entre aquellos que se distinguen por su sólida doctrina y por la importancia de los textos en relación con la fe y la piedad del pueblo. Juan Pablo II, recogiendo los principios y deseos del Vaticano II, y el impulso dado por Pablo VI en la Exhortación “Marialis Cultus”, aprobó y mandó publicar estos 46 nuevos formularios de Misas de la Virgen María, que pueden considerarse como un apéndice del Misal Romano. La Congregación para el Culto Divino las promulgó el día 15 de agosto de 1986.

Estos nuevos formularios se proponen sobre todo favorecer, en el ámbito del culto a la Virgen María, unas celebraciones que sean ricas en doctrina, variadas en cuanto al objeto específico y que conmemoren correctamente los hechos de la salvación cumplidos por Dios Padre en la santísima Virgen, con vistas al misterio de Cristo y de la Iglesia.

Estas misas están destinadas, en especial, a los santuarios marianos, y también, a las comunidades eclesiales.

Los pastores y fieles que quieran vivir el misterio de Cristo con María y como María, encontrarán en estos formularios una riqueza extraordinaria para asociarse a la voz de la Madre del Señor cuando bendice a Dios Padre y lo glorifica con su mismo cántico de alabanza; cuando con ella quiere escuchar la palabra de Dios y meditarla asiduamente en el corazón; cuando con ella quiere participar en el misterio pascual de Cristo y asociarse al misterio de la redención; cuando imitándola a ella, que oraba en el cenáculo con los apóstoles, pide sin cesar el don del Espíritu Santo; cuando apelando a su intercesión, se acoge bajo su amparo, y la invoca para que visite al pueblo cristiano y lo llene de sus beneficios.

Estos 46 formularios están estudiados para ser adaptados a los tiempos litúrgicos. Son

Tres para el tiempo del Adviento,

Seis para el tiempo de la Navidad,

Cinco para el tiempo de la Cuaresma,

Cuatro para el tiempo pascual,

Once para el tiempo ordinario celebrando títulos tomados principalmente de la sagrada escritura o que expresan la relación de María con la Iglesia,

Nueve para el tiempo ordinario, y con formularios en los que la Madre del Señor es venerada bajo advocaciones que recuerdan su intervención en la vida espiritual de los fieles,

Ocho para el tiempo ordinario con formularios que celebran la memoria de María en su misericordiosa intercesión en favor de los fieles.

Vista esta ingente riqueza, este monumento de piedad mariano, salta a la vista la pobreza de tantos planteamientos pastorales y espirituales, centrados en prácticas extrañas a la revelación y a la liturgia, Y que implican un evidente desprecio al culto y al pueblo cristiano.

Y se ve también la necesidad de centrar más y más el culto a María en la liturgia. La liturgia, que tiene el poder admirable de evocar el pasado y hacerlo presente, pone con frecuencia ante los ojos de los fieles la figura de la Virgen María de Nazaret, que “se consagró totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención con él y bajo él” (LG 103). La liturgia propone a María como modelo de santidad, como figura de la Iglesia y como imagen de todo lo que la Iglesia ansía y espera ser. La ejemplaridad de María, tal como emerge de la celebración litúrgica, induce a los fieles a configurarse a la Madre para configurarse mejor con el Hijo. Los mueve también a celebrar los misterios de Cristo con los mismos sentimientos de piedad con que la Virgen participó en el nacimiento y epifanía del hijo, en su muerte y resurrección. Les apremia a guardar diligentemente la palabra de Dios y a meditarla con amor; a alabar a Dios jubilosamente y a darle gracias con alegría; a servir fielmente a Dios y a los hermanos y a ofrecerse generosamente; a orar con perseverancia y a suplicar confiadamente; a ser misericordiosos y humildes.

 

  1. EL FUNDAMENTO TEOLÓGICO DEL CULTO A MARÍA Y CON MARÍA

1.LA DIMENSIÓN TRINITARIA, CRISTOLÓGICA, PNEUMATOLÓCICA

  1. a) La dimensión trinitaria

El trasfondo último de la mariología es la vida trinitaria. La Trinidad es un proceso de amor personal. Es vida que se ofrece en donación perfecta. Es encuentro personal del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Dios ha querido manifestar su misterio de amor en el mundo y en la historia mediante la creación y la redención. Lo ha realizado mediante la misión del Hijo, que nos ha redimido, y la misión del Espíritu Santo que es poder de vida que une a las personas.

María es la mujer acogedora, fiel, creyente, que obedece al Padre y cumple su voluntad. Dios puede suscitar personas que le escuchan, que dialogan con él y responden a su llamada. Para realizar el misterio originario de su paternidad comunicada, Dios ha querido contar con la colaboración humana. María aparece en el plan de Dios como la respuesta ideal, como aquello que la humanidad entera debió ser, pero que no llegó a alcanzar, como la representante de la humanidad nueva, que recibe la palabra de Dios y confía en él.

Así como las personas divinas tienen su consistencia en la relación, dada y recibida, así también el trasfondo último de María es su receptividad de Dios y de su plan.

Es interesante comprobar la convergencia de fe en la que durante todos los tiempos, y en todas las confesiones, ha sido contemplado el misterio de María. Los protestantes ponen a María en relación viva con la fe. María es, ante todo, la mujer creyente. Los católicos han preferido verla en referencia a Cristo, como su colaboradora radical en la redención. Los ortodoxos la han definido como icono del Espíritu Santo, como su expresión, reflejo, transparencia y actuación dinámica. Es reviviendo las características del Espíritu Santo como María vive y actúa. Porque el Espíritu Santo es:

-Signo de vida interior. Y María es, ante todo, acogida y docilidad a Dios, vividas en su corazón.

-Poder de creatividad. Y María es el ámbito modélico de la creatividad del Espíritu, pues ella se ofrece a sí misma y ofrece su fecundidad y disponibilidad plena para el nacimiento de Jesús.

-Poder de comunión. Y María es la persona por la que se interesa el Padre para que nazca su Hijo. Y así ella es plenamente comunión con el Padre y el Hijo en el Espíritu.

De este modo, la visión teológica de María no es exclusivamente cristológica: su existencia está enmarcada en la vida de la Trinidad y su acción es una animación constante del Espíritu. María es Madre del Hijo de Dios, y por eso hija predilecta del Padre y Sagrario del Espíritu Santo (LG 53).

Es el mismo Espíritu Santo quien crea en María una sintonía plena de intenciones y acciones. De modo que no sólo el Espíritu hace obrar a María, sino que el mismo Espíritu obra en ella, ruega en ella, vive en ella la relación íntima con el Padre y con el Hijo.

María tiene con la Trinidad una relación personalista, es decir, no pasiva e instrumental, porque está siempre en diálogo de fe, de esperanza y de caridad con la Trinidad entera y no sólo con su Hijo divino. Tal actitud dialógico-personalista hace a María no sólo eclesialmente relevante, sino antropológicamente ejemplar. Pues en María se concentra, después de Cristo, todo el esplendor de la nueva criatura plasmada por el Espíritu creador de Dios. Es “llena” de gracia, ya que “el Señor está contigo”. En ella, todo hombre se descubre como posibilidad de transparencia divina, de ocupación de Dios y de correalización de vida trinitaria.

La transparencia de Dios en María es tan grande que en ella lo femenino es elevado a signo y expresión concreta del rostro de Dios y de su amor tierno a las criaturas. Con lo cual, la doctrina mariana se hace también una doctrina de la obra del Espíritu de Dios en el hombre.

  1. b) La dimensión cristológica de María

Contemplado el aspecto trinitario de la persona y obra de María, resalta evidentemente su dimensión cristológica tan señalada por Pablo VI en su Exhortación “Marialis Cultus”. Dios, en un mismo decreto, estableció el origen de María y la encarnación de su Hijo.

María está plenamente asociada a la persona y a la obra de Cristo. Y esta asociación afecta a las profundidades del ser mismo del Hijo de Dios.

La encarnación y la redención del Hijo tiene su arranque en la generación eterna del Padre en relación con el Verbo Eterno. El Padre engendra al Hijo, su Verbo. El Hijo nace del Padre. Pero esta dependencia no es de inferior a superior. Pues el Padre no “crea” ni “causa” al Hijo. Lo engendra. Esta generación no es un acto transitorio que marca dependencias. Es una situación de eternidad. El Padre vive engendrando al Hijo y el Hijo está siendo engendrado por el Padre. Así surge una dependencia de origen, de igual a igual, ya que la generación o filiación no es otra cosa que la comunicación plena del Padre en el Hijo. El Padre se da por entero, él mismo, y el Hijo recibe todo del Padre. La naturaleza divina está del todo en el Padre y en el Hijo. Y la esencia del Verbo, o del Hijo, es ser aceptación del Padre. El Hijo es aceptación, receptividad, generación, filiación enteramente divina.

El Hijo es radical aceptación del Padre como Dios y como Hombre en la encarnación. “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios y Dios era la Palabra… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único” (Jn 1,1-14). “En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo… el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su esencia… se sentó a la diestra de su Majestad en los cielos” (Hbr 1,2-3).

El Padre “envió” a su Hijo al mundo “nacido de mujer” (Gal 4,4), y el Hijo tradujo a un plano creatural su dependencia filial con respecto al Padre. El Hombre Jesús se hace, por nosotros y para nosotros, aceptación de la divina naturaleza. Estamos en el núcleo del misterio de la salvación. Cristo se hace “Sí” a Dios y a sus promesas (2 Cor 1,19-20). Se hace “el Amén, el Testigo fiel y veraz” de Dios y de su plan” (Ap 3,14), el Servidor obediente (Is 53), “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8). La vida entera de Cristo fue un “estar ocupado en las cosas de mi Padre” (Lc 2,49). En su oración fundamental nos enseñó a decir: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Y en su agonía exclamó: “Que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39). Al morir, gritó: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). San Pablo resume la vida de Cristo diciendo: “Así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos santos” (Rom 5,19).

Cristo llevó esta actitud de ser aceptación, acogida, dependencia, al acontecimiento de su cruz y de su muerte. Donde la humanidad puso pecado, rebelión, negación de Dios, él puso la aceptación más inaudita y sacrificada. En la más violenta situación de injusticia y de sufrimiento, le quitaron la vida, pero no le arrancaron ser aceptación. “Llevó sobre el madero nuestros pecados en su cuerpo” (1 Pdr 2,24). “A quien no cometió el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). “Cristo nos rescató de la ley haciéndose él mismo maldición por nosotros” (Gal 3,13). Gráficamente dice la carta a los Hebreos “aprendió a obedecer en el sufrimiento” (Hbr 5,8).

En el “Sí” de Cristo, la humanidad entera dijo sí a Dios y su plan de amor. En la experiencia dolorosa donde el pueblo elegido cayó, desobedeciendo, la aceptación de Cristo inaugura el nuevo Génesis, el nuevo hombre, la nueva tierra y los nuevos cielos. El “Sí” de Cristo es la vida del universo. Y María, en su hondura más profunda, va a ser una transparencia del “sí” de Cristo, de su aceptación de la voluntad de Dios. El “Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38) de María prolonga la encarnación y la redención de Cristo, la salvación y la glorificación de la humanidad.

  1. c) Lo nuclear de la identidad de María: su “Sí” a la palabra de Dios

El misterio profundo de la persona y obra de María es la aceptación del Padre y de su plan en Cristo. Su asociación es radical y total. Ser fiel es su identidad. Y así es contemplada en la revelación. María es la sintonía y transparencia plena de la aceptación y fidelidad de Cristo. Es Dios en ella siendo totalmente Dios. Y es ella misma en la plena aceptación de Dios y de su voluntad. Veamos los siguientes pasajes bíblicos:

Génesis 3,15: “Enemistades perpetuas pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje”. Es el primer destello de la salvación futura, después del pecado en el texto llamado “el protoevangelio”. La visión profética de María como la Mujer que tiene enemistad perpetua con el diablo y “su ralea”, es un hecho tradicional en la Iglesia, ya desde los santos Padres. María aparece con enemistades perpetuas, es decir, con fidelidad ininterrumpida y radical, en sintonía absoluta de fidelidad y entrega a Dios y su plan.

Isaías 7,14: El profeta exige de Acaz un acto de fe, de confianza en Dios. Isaías, en el nacimiento próximo del futuro rey Ezequías, ve una intervención decisiva de Dios en el nacimiento de un niño que establecerá el reino mesiánico definitivo: “He aquí que la doncella ha concebido y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel” ( Is 7,14). Los evangelios (Mt 1,23) Y toda la tradición cristiana han reconocido en aquel anuncio el nacimiento de Cristo. El testimonio unánime de los Padres ve la figura de la Virgen Madre, es decir, de la plena fidelidad y entrega a Dios y su plan. El evangelio de María, es decir, los relatos evangélicos de la encarnación e infancia de Jesús, nos revela su más profunda identidad. María aparece en ellos como la fidelidad más absoluta a la palabra de Dios, su aceptación radical. El misterio de María es el mismo misterio de Jesús. Los dos entran en el mismo diseño de Dios. De tal manera que María es Jesús comenzado. La carne de María, y su sangre, van a ser la carne y sangre de Cristo. Los sentimientos de María, su formación piadosa, están en la base del crecimiento humano de Cristo. La aceptación de Cristo es también la aceptación de María.

Lucas 1,28.38: El ángel saluda a María diciendo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Esta “gracia” es fundamentalmente relación. Llena de gracia significa llena de relación. Revela un amor total, una fidelidad plena. Dios es su razón de ser, de vivir y amar.

Al anuncio del ángel, María responde “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). María es la palabra de Dios acogida, comulgada y cumplida. Acoge a Cristo en su seno, pero le acoge enteramente también en el corazón. María está sintonizada con el Padre en la misma generación del Verbo y sintonizada con el Espíritu que “vendrá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). María es la plena transparencia del Padre engendrando al Hijo y la plena transparencia del Espíritu que con su fuerza hace posible la encarnación. María aparece como la aceptación más plena del Verbo de Dios en la misma generación del Padre y comunión de vidas y amor del Espíritu que es comunión. Jesús, en María, viene totalmente de Dios, y totalmente de ella misma, pues en ella no hay nada propio. Todo es asociación a la voluntad de Dios.

Lucas 1,45: Cumplida la encarnación, María va a visitar a su prima Isabel. Ésta dice a María: “Feliz tú que has creído porque se cumplirá todo lo que ha sido prometido por el Señor” (Lc 1,45). María aparece nuevamente como la creyente plena que acoge la palabra y voluntad de Dios. Por lo cual, en María se cumplen las promesas.

Lucas 2,35: Presentado Jesús en el templo, Simeón vaticina a María que “una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35). Con lo cual, ya en la infancia de Jesús aparece la fidelidad y obediencia de María en el contexto del sufrimiento que caracterizará la misión del Mesías. Cristo morirá en su cuerpo y María en su alma, en su corazón. María es fiel en la experiencia de lo que cuesta obedecer.

Lucas 2,51: En Nazaret Jesús vivía sujeto a sus padres. Esta sujeción, expresión de fidelidad y anonadamiento, es objeto de la meditación de María. “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). La fidelidad sacrificada de Jesús es el alimento del alma de María, fiel también hasta el extremo.

Mateo 12,47-50, y Lucas 11,27-28: Hay dos sucesos en la vida pública de Jesús que ponen al descubierto el pensamiento de Jesús sobre su madre. Asegura que el verdadero parentesco de Jesús no es la carne, sino la fidelidad, el hecho de haberle acogido en el corazón. “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte. Mas él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,47-50). El otro suceso lo narra San Lucas (11,27-28): “Estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer del pueblo, y dijo: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Pero él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Toda la tradición de los Padres afirma unánimemente que María concibió a Cristo antes en su corazón que en su carne. En ambos casos, Jesús alaba a María por ser la oyente y acogedora de la Palabra de Dios.

Juan 19,25-27: La fidelidad a la palabra de Dios es necesariamente fecundidad en el plan de Dios. La virginidad es esencialmente amor exuberante, pleno. Por ello, nuevamente Jesús habla del resultado de la fidelidad virginal de su madre. Fidelidad virginal es esencialmente maternidad espiritual. No ser fiel implica el egoísmo, el replegamiento en uno mismo. La fidelidad es plenitud de amor y de realización. “Junto a la cruz estaban su madre… Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,25-27). Los santos Padres se centran en la presencia de María junto a la cruz para destacar que ella, que está ausente en los momentos de triunfo de Jesús, aparece firme junto al pie de la cruz. Su asociación a Cristo experimenta la fidelidad tensa del sacrificio máximo. Ella es fiel, totalmente fiel. La piedad cristiana ha cantado esta fidelidad valiente en el “Stabat Mater Dolorosa”. Jesús moría en su cuerpo. María en su alma. Los golpes que se expandían por el cuerpo de Cristo, en María se concentraban en el corazón. La misma lanzada que atravesó el corazón muerto de Cristo, atravesó el corazón vivo de la madre. Si Jesús muere en su cuerpo como expresión de fidelidad llevada hasta el extremo, esta misma fidelidad queda transparentada plenamente en María que permanece junto a la cruz conmuriendo a lo vivo en su corazón. Es la fidelidad llevada al límite, hasta el extremo.

Hechos 1,14: A la espera de Pentecostés, María vive en unión con los apóstoles. “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14). María, que se hace radicalmente presente a la la palabra de Dios que la llama en el momento de la encarnación de Cristo, se hace de nuevo presente, y en oración, en el momento del nacimiento de la Iglesia. También la Iglesia, como Cristo en la encarnación, aparece en Pentecostés como fruto de la irrupción del Espíritu Santo. Y María aparece como motivo orante, y sujeto agraciado, de Pentecostés. Ella es madre, modelo y tipo de la Iglesia. La Iglesia ve en María todo lo que ella está llamada a ser.

Apocalipsis 12: María aparece finalmente en el Apocalipsis como la mujer que combate contra la Serpiente: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12). Eva, la pecadora, fue tentada por “la Serpiente antigua” (v 9). Ahora persigue al Pueblo de Dios. María, la nueva Eva, es, con el pueblo, la imagen de la nueva mujer. “La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su Hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono” (v5). La fidelidad no es sólo aceptación pasiva. Es lucha y victoria. La obediencia de María es la visión del “más fuerte” que vence al “menos fuerte” (Lc 11,21ss). María es la fortaleza en la obediencia, como Adán es la debilidad en la desobediencia. La fidelidad de María es total.

En todo este recorrido bíblico, María es prolongación y reflejo de la oblación en obediencia plena de Cristo. Dios “hace en ella maravillas” porque ella no se apoya en sí misma, sino “en el que es Todopoderoso”. Lo propio suyo es ser creyente, confiar, ser fiel, plenamente fiel.

 

 

III. “LA VIRGEN, MODELO DE LA IGLESIA EN EL EJERCICIO DEL CULTO”

(Rasgos que ofrece la “Marialis Cultus”, de Pablo VI, 16-23).

Si profundizamos en las relaciones entre María y la liturgia, ella aparece como modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo.

  1. a) María, “Virgen oyente”

María es la Virgen oyente que acoge con fe la palabra de Dios. “Concibió creyendo”, dice San Agustín. “Ella, llena de fe, y concibiendo a Cristo en su mente, antes que en su seno”, se definió así: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ella rumiaba la palabra de Cristo en su corazón (Lc 2,19.51). María es palabra de Dios cumplida.

Sabida es la centralidad de la palabra de Dios en nuestra vida de creyentes. La vida cristiana es “respuesta” a la palabra de Dios. Sólo responde bien quien antes acoge esta palabra en el corazón. La palabra viva de Dios es proclamada en cada asamblea litúrgica para que el texto sagrado se vaya escribiendo en el corazón de la comunidad. La comunidad no es otra cosa que el resultado de la palabra de Dios acogida. La comunidad reunida es el espacio privilegiado donde la palabra se escribe en cada celebración. Acoger y responder, en el corazón, y en el contexto social de la vida de cada creyente: he ahí la identidad de la fe.

  1. b) María, “Virgen orante”

María es, asimismo, la Virgen orante. Así aparece ella en la visita a Isabel. El magníficat de María es una explosión de glorificación a Dios, de humildad, de fe, de esperanza. Es la oración por excelencia de María, el canto de los tiempos mesiánicos en el que confluyen la exaltación del antiguo y del nuevo Israel. El cántico de María se ha convertido en oración de toda la Iglesia en todos los tiempos.

Virgen orante aparece María en Caná, donde hace anticipar a Jesús la hora de su manifestación y es motivo del signo milagroso de la conversión del agua en vino, como expresión simbólica de la transformación de la humanidad en naturaleza divinizada.

También el último trazo biográfico de María, nos la describe en oración: “los apóstoles perseveraban unánimes en la oración… con María, la madre de Jesús” (Hch 1,14). Virgen orante es también la Iglesia, que cada día presenta al Padre las necesidades de sus hijos, “alaba incesantemente al Señor e intercede por la salvación del mundo” (MC 18; cf SC 83).

  1. c) María es “Virgen Madre”

María es también la Virgen Madre, es decir, aquélla que por su fe y obediencia engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre. Prodigiosa maternidad, constituida por Dios como tipo y ejemplo de la fecundidad de la Iglesia, la cual se convierte ella misma también como madre, porque con la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Los padres afirmaron que la Iglesia prolonga en el sacramento del Altísimo la maternidad virginal de María.

Cada uno de nosotros, como María, engendramos a Cristo en los hombres cuando ofrecemos el testimonio vivo de la fe, del apostolado, de un amor transformante.

  1. d) María, “la Virgen oferente”

En la presentación de Jesús en el templo la Iglesia ha contemplado la continuidad de la ofrenda fundamental que el Verbo encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo (Hbr 10,5-7).

El vaticinio de Simeón unió al Hijo y a la madre en el acontecimiento salvífico de la redención. La Iglesia ha percibido en este acontecimiento de la presentación de Cristo en el templo una voluntad de oblación que transcendía el significado ordinario del rito.

Esta unión de la madre con el Hijo en la obra de la redención, alcanza su culminación en el calvario, “donde Cristo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios” (Hbr 9,14), y donde María “estuvo al pie de la cruz” (Jn 19,25), “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con ánimo materno a su sacrificio, adhiriéndose amorosamente a la inmolación de la víctima por ella engendrada” (LG 58), Y ofreciéndola ella misma al Padre. Para perpetuar en los siglos el sacrificio de la cruz, el Salvador instituyó el sacrificio eucarístico, memorial de su muerte y resurrección, y lo confió a la Iglesia, su esposa, la cual ha de unirse a Cristo conmuriendo y crucificándose con él. La Misa es el sacrifico del Cristo total, cabeza y cuerpo. La suma fidelidad, en el contexto de lo que nos cuesta amar y obedecer, la tenemos que vivir ahora todos los cristianos haciendo lo que Jesús hizo y como él lo hizo, muriendo a lo viejo, y resucitando a la novedad pascual en nuestro contexto personal y social, poniendo en trance de reconciliación todo lo que es pecado, injusticia y egoísmo.

  1. IMPLICACIONES ESPIRITUALES Y PASTORALES DEL CULTO A MARÍA Y CON MARÍA

LA CONSAGRACIÓN A MARÍA: DECIR “SÍ” A DIOS EN EL “SÍ” DE MARÍA

  1. a) El fundamento de la consagración

María no sólo es modelo de Iglesia creyente. Ella entra de lleno en la realidad histórica de la encarnación. En su “sí’ se ha transparentado el misterio trinitario. Saber decir “sí” con ella y como ella, es una actitud ideal que expresa perfección. Este sentimiento se ha concretado, en la devoción mariana de los siglos, en la idea de la consagración a la Virgen.

¿Es compatible la consagración a María con la consagración debida a Dios? Es evidente que para verificar la legitimidad de esta expresión hay que preservarla de los peligros del devocionalismo y encuadrarla dentro del marco integral de la historia de la salvación.

La consagración a Dios es la característica del pueblo de Israel en su alianza con Dios: “Seréis para mí un pueblo de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,5-6). “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 2,19). La entrega a Dios queda completada con el sacrificio (Ex 24). En el Nuevo Testamento aparece claro que es Dios quien llama y santifica. “Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6,11). Los santificados por el bautismo están llamados a corresponder con una consagración vital transformando su vida en un don total, “ofreciendo sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Rom 12,1). Jesús aparece como modelo de consagración. “Conságralos en la verdad… Por ellos me consagro a mí mismo para que también ellos sean consagrados en la verdad” (Jn 17,17.19).

b)La consagración de María a Dios

María, consagrada por Dios, se entrega totalmente a él. Hija de Sión y representante del pueblo santo, es consagrada mediante la sombra penetrante del Espíritu Santo para ser convertida en tabernáculo de Dios (Ex 40,35) Y en el arca de la alianza (2 Sam 6,1-11). María inaugura la presencia de Dios-con-nosotros con la maternidad mesiánica, que la sitúa en una relación de intimidad excepcional con el Santo. María responde con una oblación total: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Cuando María “presenta” a Jesús en el templo, vincula su persona a la consagración de Jesús al servicio divino. La consagración de Jesús al Padre por manos de su madre, actualiza la consagración sacerdotal de Cristo en su venida al mundo, y hace participar activamente a María en la consagración sacrificial de Cristo que se consumará en el Calvario.

  1. c) La consagración a María en la historia de la Iglesia

La idea de consagración a María aparece con plenitud de sentido y con cálido fervor en San Ildefonso de Toledo (s. VII), que se dice “siervo de la esclava de mi Señor”. Esta expresión ya la hallamos en San Efrén (-373). El primer ofrecimiento total de sí mismo a María expresado en términos de consagración se encuentra en una homilía de San Juan Damasceno (-749), en donde convergen muchas enseñanzas mariológicas de los Padres. En San Juan Damasceno se da una verdadera espiritualidad mariana con las características de la totalidad y de la perennidad, aun cuando no tenga todavía una estructura sistemática. En el siglo XI San Odilón, abad de Cluny, y Marino, hermano de San Pedro Damián, se ofrecen a la Virgen en calidad de siervos perpetuos. En el trasfondo medieval estaba la costumbre social de las personas venidas a menos que, con la cuerda al cuello, se presentaban a un señor entregándose a su servicio. Los términos que se utilizan son encomienda y entrega.

En el siglo XII, Fulberto de Chartres hace una clara referencia a la consagración bautismal en su consagración a la Virgen. En el siglo XIII, los siervos de María expresan la idea de la consagración como ofrenda total de sí mismos, constituyendo ello el trasfondo mismo de las constituciones de la orden. En la tardía Edad Media la idea de consagración adopta matices del espíritu caballeresco de la época. En este contexto San Ignacio de Loyola acude en 1522 en peregrinación a Montserrat y practicando su “vela de armas” se consagra definitivamente a la Virgen. En el siglo XVI las congregaciones marianas utilizan el término de consagración para expresar su oblación a María. Las congregaciones erigidas en las casas de la Compañía de Jesús la presentan como “donación solemne e irrevocable”. Una corriente carmelitana que procede ya en el siglo XIII de los eremitas latinos del Carmelo habla de la “entrega de la persona” en una consagración personal ratificada por juramento. Dentro de esta corriente, Marcos de la Natividad de la Virgen (s. XVII) llega a ofrecer a María incluso sus propios méritos. María de Santa Teresa y Miguel de San Agustín son célebres por haber vivido y propuesto su “vida marioforme y mariana” como experiencia de continua conversación, identificación y adhesión de amor a María, de manera que se viva así más intensamente la vida cristiana.

A finales del siglo XVI la relación de entrega a María se expresa con la fórmula inusitada de esclavitud, que encontró una gran popularidad en el mundo europeo. San Juan Eudes traduce en términos pastorales la teología del bautismo y la expresa en la entrega a los Sagrados Corazones de Cristo y de María. Estas mismas perspectivas estuvieron presentes en el siglo XIX con el Padre Chaminade (-1850), que insistió en la consagración como alianza, y con San Antonio María Claret (-1870), que preconizó la consagración al Corazón Inmaculado de María.

San Luis María Grignon de Montfort representa una cima de la devoción a María. Con él la idea de consagración alcanzó su más perfecta expresión. Es cristocéntrica y la vincula directamente al bautismo. Maximiliano Kolbe (-1941) se consagra a la Inmaculada Concepción de María. Se distingue por la seriedad de su compromiso en actualizar y profundizar la consagración a María. Subraya dos matices: el misterio de la Inmaculada, que define el ser de María, y la dimensión apostólica a fin de “ganar a todo el mundo para la Inmaculada”.

Desde el siglo XVII, se realizan consagraciones de naciones a la Virgen unidas a un fuerte sentimiento patriótico: Francia (1638), Portugal (1644), Austria (1647), Polonia (1656). En el veinticinco aniversario de las apariciones de Fátima, Pio XII consagró el mundo al corazón inmaculado de María. El mismo Papa consagró luego a la Virgen, Rusia (1952) y España (1954). En 1959 se le consagraron Italia y los Estados Unidos de América. También Pablo VI (21 de noviembre de 1964) y Juan Pablo II (7 de junio y 8 de diciembre de 1981; 13 de mayo de 1982; 25 de marzo de 1984) renovaron la consagración del mundo a María.

Juan Pablo II hizo del lema “totus tuus” uno de los puntos programáticos de su pontificado, y con él la consagración a María ha alcanzado la cima de la oficialidad.

  1. d) En el tabernáculo de la consagración a María

En esta línea, la consagración a María tiene un profundo sentido cuando es vivida en el marco del misterio de Cristo, y entendida como respuesta global del hombre, dada libremente bajo el influjo de la gracia, a la revelación divina. No es un acto de “latría”, o adoración, exclusivo de Dios, sino de “dulía”, o veneración, dado a los santos. Lo que ocurre es que, dada la pobreza del lenguaje humano, un mismo término se aplica a Dios y a los santos, como las palabras culto, amor, etc, sin que ello conlleve confusión.

Por ello, esta consagración a María no se presenta como una actitud autónoma, separada o simplemente yuxtapuesta a la consagración a Dios. No es una segunda vida espiritual, sino una nueva manera de vida en Dios.

La teología de los sacramentos de la iniciación cristiana es siempre el punto de partida de la consagración a María. Así queda excluido todo carácter privatista y meramente devocional.

La consagración, antes de ser un ideal por realizar, es una llamada, una gracia, una acción de Dios que toca y transforma al ser humano en su realidad más profunda. De esta gracia brota una actitud receptiva hacia el don de Dios. Se trata de una apertura mística al Espíritu Santo que actúa en el cristiano y lo conduce a lo largo del itinerario que lleva del bautismo a la gloria. La donación a María tiene el objetivo de hacer disponibles al Espíritu y dóciles a la gracia. Actualiza la espiritualidad de María constituida por una pobreza radical, una receptividad absoluta, una disponibilidad plena, una acogida sin límites del proyecto de Dios.

Teniendo en cuenta el plan unitario de la salvación, la realidad común de formar todos ” el cuerpo místico de Cristo, la actualidad perenne y universal del misterio pascual, la participación sacramental de todos en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, resulta comprensible que así como el “Sí” de Cristo se prolonga en el “Sí” de María, de igual modo el “Sí” de María queda transparentado en el creyente que se consagra a María. Y si María es tipo y modelo de la Iglesia, en todo lo que ésta cree y espera, la consagración traslada al creyente a unas cimas sublimes de madurez y perfección. Todo es para todos en la comunión de los santos. El Espíritu Santo que está en todos, es el autor de esta actitud oblativa. Y es él quien alumbra en los creyentes el “Sí” de quien es tipo, modelo y madre de la Iglesia. Entrañar la respuesta aceptadora de María en la propia respuesta de fe, hasta el punto de hacerla presente y transparente en uno mismo, es gracia de Dios Es un misterio de fina sensibilidad producido por el Espíritu; una especial asociación a Cristo y a su pasión. Toda la dinámica de la historia de la salvación, de las celebraciones de la fe, tienen su epicentro en el sacrificio de Cristo, en su pascua eterna, como actitud aceptadora del Padre. Cristo es el Sí del universo a Dios. Es la presencia de la vida eterna en el tiempo. La consagración a María es la inclusión del sí de María y de Cristo en nuestra historia, y por tanto, el intento más serio, meditado y concentrado, de realizar la eternidad en el tiempo como acto de amor. No se trata de pronunciar una fórmula, sino de pronunciarse a sí mismo, en un pronunciamiento que quiere ser total y definitivo. Grignon de Montfort, Kolbe, y Juan Pablo II, representan un especial testimonio de oblación personal en la oblación de María, fruto de una especial vibración de la sabiduría de Dios. Decir “Sí” a Dios en el “Sí” de María, es entrar dentro del misterio de acogida del Verbo ante el Padre, del “Heme aquí” de Cristo en su encarnación y sacrificio, y del misterio de la aceptación virginal de María al plan de Dios.

El texto de Jn 19,27: “Desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, puede situarnos en el fundamento mismo de la consagración a María. “Acoger” equivale a una disposición interior de apertura. Referida a Jesús, esta disposición es la fe. Se trata de decir sí a Jesús, en una decisión fundamental y total. Se acoge a María acogiendo la voluntad de Jesús. Por lo mismo, María acoge también al discípulo al acoger ella misma lo que su Hijo le pide. La consagración tiene una significación cristológica porque es la obediencia a Cristo la que hace recibir a María en la vida de creyente. La actitud del discípulo frente al don que es María supone apertura, entrega, disponibilidad, acogida filial, fe confiada y amorosa. Se establece una transferencia de propiedad, pues María pertenece al discípulo y el discípulo a María. El discípulo puede decir en verdad: yo soy tuyo.

  1. e) Un sí comprometido

Vivir la consagración a María, entrañarse en su sí, no es desentenderse de los hombres. Un desentendimiento de las generaciones jóvenes de la devoción a María, puede estar en una imagen de ella que poco o nada tiene que ver con el marco de la historia de la salvación del misterio de Cristo. El amor de María es un amor intenso ya que tiene como modelo el amor de Cristo que no tiene límites. Ese amor lleva al servicio y a una entrega de sí mismo que no tiene límites. El don a María no entra en competición con el don a Dios, pues entra de lleno en la historia de la salvación actualizando la misma entrega de Cristo a los hombres. Al contrario, dignifica la entrega humana, normalmente manchada, en la entrega generosa, “llena de gracia” de María a Dios y a su plan de salvación.

  1. f) Un sí no alienante, sino personalizador

La verdad más profunda del hombre es su relación con los demás… El hombre comprende su propio misterio encontrando al otro y estableciendo con él unas relaciones interpersonales. Estas relaciones personales se resumen en ser un tú el uno para el otro, es decir, en recibir un auténtico amor y en convertirse en don. Quedan excluidos el conflicto y la indiferencia. El amor es amor entusiasta y reciprocidad. Esta reciprocidad que implica el ser el uno para el otro (solidaridad y subsidiariedad), arranca del propio yo para centrarse en la persona amada en un movimiento oblativo. Es la doctrina clásica del amor “ex-tático”, que es aquel que hace salir fuera del yo, y que no dejar a los que aman pertenecerse a sí mismos, sino a los que ellos aman, hasta poder decir con Pablo: “Vivo yo, pero ya no soy yo, sino Cristo el que vive en mí” (Gal 2,20). El don total y la oblación son la forma excelente de conseguir la propia madurez. Respondiendo como don y regalo, se perfecciona uno en la vida dialogal. Cada uno puede decir: me convierto en “yo”, únicamente porque tú estás ahí, porque yo existo referido a ti. Cuanto más me doy, tanto más sé de mi propia persona. La entrega es necesaria al hombre para poder llegar a ser él mismo. En este sentido, Cristo dice que quien pierde su vida la gana y quien se la reserva la pierde. El amor oblativo es la máxima identidad del hombre. En este sentido, la imagen de María es uno de los grandes símbolos del cristianismo en cuanto que es una realidad histórica que por encarnar un conjunto de actitudes ideales tiene validez universal. María es la mujer que expresa la vocación suprema del hombre: abrirse a Dios que se revela, de modo total, acogiéndolo en toda la vida y dejándose plasmar en una belleza superior e inesperada. María es una obra maestra de la belleza humana realizada en la íntima capacidad de expresar el Espíritu en la carne, el rostro divino en el rostro humano, la belleza invisible en la figura corporal.

  1. LA LITURGIA, EXPRESIÓN MÁS ALTA DEL CULTO A MARÍA

Es muy significativo que Pablo VI, en la exhortación Marialis Cultus haya considerado el culto a María estructuralmente vinculado a la liturgia de la Iglesia. La piedad mariana es un elemento intrínseco del culto cristiano. Y esto refleja la misma fe de la Iglesia, ya que la norma de la oración es la norma de la fe.

El culto cristiano tiene en Cristo su origen y eficacia. Se expresa en la presencia viviente de Cristo entre nosotros y en la actualidad de los misterios de su vida. Por Cristo, en un mismo Espíritu, tenemos acceso al Padre. En un mismo decreto decidió Dios la encarnación del Hijo y la misión de la Madre. Y así lo ha considerado también la Iglesia de todos los siglos. Si la liturgia, y el año litúrgico, no son otra cosa que la reproducción, a lo vivo, de Cristo en los creyentes, María es puerta, modelo, cauce y madre de gracia. Así aparece en el contexto de la celebración del año litúrgico.

El adviento recuerda constantemente a María porque ella es la espera anhelante de la venida del Señor, y el feliz exordio de la Iglesia sin mancha ni arruga. Tal es el sentido de la fiesta de la Inmaculada, en el contexto del adviento: la preparación radical a la venida del Hijo de Dios, como se ve en la liturgia de los días feria les desde el 17 al 24 de diciembre y más concretamente el domingo anterior a la Navidad.

El tiempo de Navidad, al conmemorar el nacimiento de Cristo, lo hacemos sumergiéndonos en una prolongada memoria de la maternidad divina y virginal de María, unidos en indisoluble misterio. En ello vemos la causa y forma de la maternidad espiritual y universal de María.

La pascua es el lugar más obligado de la referencia a María en el culto cristiano. Ella es la Virgen oferente, porque estuvo estrechamente asociada a Cristo, ofreciéndolo y ofreciéndose con él, conmuriendo. Como ya vimos, la pasión del Hijo, fue también pasión en el corazón de la Madre. Esta plena asociación está reflejada en los textos evangélicos y en la tradición más expresa y constante de la Iglesia. Para una renovación de la vida cultual del pueblo cristiano, expresada en la alabanza a Dios y en la solidaria redención de los hombres, difícilmente podremos encontrar un modelo y ayuda tan eficaz como el de María.

Las fiestas principales de María son celebraciones que conmemoran acontecimientos salvíficos, en los que la Virgen estuvo estrechamente vinculada al Hijo, o rasgos fundamentales de la persona de María en relación con su Hijo o con la Iglesia. En todos ellos, desde la Inmaculada Concepción de María, hasta su Asunción a los cielos, María aparece como comienzo de la Iglesia, esposa sin mancilla de Cristo, o el principio ya cumplido, la consumación anticipada, y la imagen de aquello que, para toda la Iglesia, debe todavía cumplirse.

Como dice Pablo VI, las más altas expresiones de la piedad mariana han florecido en el ámbito de la liturgia.

  1. ENCAUZAMIENTO DE LAS DEVOCIONES MARIANAS POPULARES

Ante esta perspectiva aparece clara la necesidad de centrar el culto a María en el marco del misterio de Cristo. Las incontables formas de devociones populares, que son aquellas que se derivan del pueblo más bien que de la revelación y tradición fundamental, tienen que estar coordinadas y subordinadas al culto que se expresa en la liturgia.

Es evidente que muchas devociones populares tienen un fuerte arraigo en el sentimiento del pueblo y representan una ayuda extraordinaria para el encuentro con Cristo. Tal es, por ejemplo el rosario, oración que, bien hecha, es una magnífica contemplación de los grandes misterios de la salvación. Sin embargo, nadie duda de que se impone hoy una revisión seria y prudente de muchas formas devocionales. Los peligros de estas devociones son bien conocidos: ambigüedad mágica en las actitudes; riesgo de caída en la superstición; búsqueda desenfrenada de lo maravilloso; sustitución de las tareas éticas y de los compromisos socio-políticos de la fe por una manifestación folclorizante de la misma; contaminación del cristianismo con una búsqueda de ganancias económicas que contradicen el espíritu de pobreza; utilización política del sentimiento de identidad experimentado por las masas en tomo a los santuarios.

Es preciso un esfuerzo serio para que todas las manifestaciones de piedad mariana se inscriban en un retorno a las fuentes bíblicas, en el reconocimiento del puesto central de Cristo en la historia de la salvación, en la fe como expresión de seguimiento al Señor, y en una manera distinta de entender la presencia del cristiano en el mundo, expresada inequívocamente como preocupación por transformar desde la fe las condiciones sociales y personales de injusticia que presenta la vida actual.

María en suma, y en todas las manifestaciones de devoción, ha de significar siempre un serio impulso de humanizar la convivencia y las relaciones, en la Iglesia y en la sociedad. María debe significar un nuevo modo de saber relacionarse en la más depurada gratuidad y complementariedad. María, es también, un fuerte impulso para la reconciliación de esas dos dimensiones de lo humano que son lo masculino y lo femenino y que siempre se han manifestado, de una u otra forma, en oposición o conflicto. La devoción mariana puede ser una ocasión de responder al malestar milenario que experimenta esa mitad larga de cristianos, que son las mujeres, en el seno de un cristianismo que se ha configurado en contextos culturales fundamentalmente masculinos y que ha dejado que sus estructuras y mediaciones coyunturales se haya impuesto excesivamente no sólo en la cultura, sino en las mismas expresiones de la fe.

 

EJERCICIO PRÁCTICO DE MEDITACIÓN PROFUNDA

DECIR “SÍ” A DIOS EN EL “SÍ” DE MARÍA

  1. LA VIDA COMO PURO DON Y GRATUIDAD RADICAL

La vida, en su estrato más hondo y radical, es un sí a la existencia. Es siempre comunicación, don recibido y aceptado. Nunca es una realidad merecida o autocreada. Aceptar, acoger, recibir, es algo que marca y constituye, en todo y en todos, la más profunda identidad.

El universo es el sí gigantesco al poder creador de Dios. “y dijo Dios…y así fue… y vio Dios que todo era bueno” (Gn 1). El cosmos no es sino la aceptación de su propia consistencia. La vida, en lo más positivo y gozoso, es siempre fruto de gratuidad.

Para el hombre, y más todavía para el creyente, la gratuidad es el principio y fundamento de su existencia y de su desarrollo. Existir y crecer es decir continuamente sí a la realidad. Es vivir en el líquido amniótico de la fe. La fe crea la realidad. No es sólo una virtud, sino la puerta sagrada que nos introduce en la existencia. Al nacer, creemos en los padres y en todo nuestro entorno social. Cuando la fe falla se nos cae todo el mundo. Sin fe no existe la verdad. La fe no es la muerte de la razón, sino su luz Y su vida. La vida está más sostenida por la fe que por la razón. Sólo puede entender aquél que antes ha creído. Primero crees y después entiendes. La virtud más grande del hombre es saber decir sí a Dios, a la existencia, a los demás. Y esto nunca es alienación, sino riqueza. Porque nunca existe un yo sin un tú. Y porque el hombre, todo hombre, es constitutivamente don y relación.

  1. EN LOS FUNDAMENTOS DEL «SÍ» ETERNO y TEMPORAL

Dar y recibir está en los fundamentos mismos del misterio trinitario. La Paternidad del Padre es, estructuralmente, engendrar, comunicar. La filiación del Verbo eterno es radicalmente aceptar, ser engendrado. La realidad profunda del Espíritu es ser don y unión de amor subsistente.

La creación del universo, y después la realización de la historia de la salvación, no son otra cosa que el desbordamiento de las relaciones intradivinas hasta el hombre (imagen de Dios) y hasta el cosmos (huella de Dios). Dios nos da su Paternidad, la Filiación del Hijo, el Amor del Espíritu. La verdad, bondad y unidad del cosmos no son sino la aceptación y reflejo de la Verdad, Bondad, y Unidad en Dios.

Decir sí es la mayor fuerza creadora del universo. Es romper el no ser, el caos tenebroso, la inexpresividad, la condición informe y bruta. Una magnífica talla escultórica es el sí de la materia informe a la creatividad del artista. La sublimidad del violín es el triunfo de la genialidad del compositor sobre el silencio inexpresivo. La ciencia es el sí que triunfa sobre los secretos ocultos. El hijo es el sí del amor de los padres. La fe es el sí del espíritu sobre el imperio tenebroso del instinto y de la materia.

Es en un sí comprometido y mantenido como nace y se hace la amistad, el noviazgo, el matrimonio, la vida sacerdotal o religiosa, la convivencia social. El sí engendra la vida, la cambia y transforma. Siempre implica en una existencia nueva.

Toda la historia de la salvación nace y se desarrolla en el sí radical de la fe vivida como gratuidad y aceptación.

  1. EL NUEVO UNIVERSO ORlGINADO EN LA ACEPTACIÓN DE CRISTO

Cristo, aceptación del Padre, es la raíz de toda existencia. La nada y el caos original fueron vencidos en su Sí creador. «Todo fue creado por él y para él… y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17). Es «el Principio de la creación» (Ap 3,14), «el Principio y Fin» (Ap 21,6).

La historia de los hombres es la historia de la infidelidad a Dios. Dios quiso darse y comunicarse y los hombres le dijeron “no”. Ante la negativa, Dios tomó a su Hijo, aquél que es su Aceptación radical, y lo encarnó en la tierra. El Verbo tradujo a un plano creatural su condición de Hijo, de ser “Sí” y aceptación del Padre. Su vida fue la expresión más radical de fidelidad. “No te han agradado los sacrificios; pero me has dado un cuerpo… Entonces dije: Heme aquí que vengo… a cumplir tu voluntad” (Hbr 10,5-7). “Mi comida es hacer la voluntad de aquél que me envió” (Jn 4,34). Asumió nuestro “no” en su carne, hecho por nosotros “pecado” (Rom 8,3), y “maldición” (Gal 3,13). Donde nosotros dijimos “no”, él, en nuestro puesto, dijo “sí”: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc 14,36). “Todo está cumplido” (Jn 19,30). “El Hijo de Dios, Cristo Jesús… no fue sí y no; en él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él “Amén” a la gloria de Dios” (2 Cor 1,19-20). Se anonadó hasta la muerte por nosotros (Flp 2,7-8). Y llevó al límite su fidelidad pues “si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13). El mundo se ha encontrado a sí mismo en el sí de Cristo. Ha nacido en él.

  1. EL “SÍ” DE MARÍA

Dios quiere hacer presente a Cristo por medio de María. Y le pide el consentimiento. María contesta “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). A María no se la concibe sin Cristo. En un mismo decreto Dios dispone la creación de María y la encarnación del Hijo. Lucas describe su cooperación, que no es pasiva o instrumental, en diálogo responsable con el Padre, aceptando su plan; con el Hijo, engendrándolo; y con el Espíritu que la cubre con su sombra y obra en ella y con ella. El evangelista profundiza en su corazón y la describe en actitud de fe, de total apertura y disponibilidad, de escucha e interiorización de la palabra de Dios. María es un sí pleno y radical a Dios y su plan. Es “llena de gracia”, es decir, de relación cálida e incondicional. Su vida es Cristo. La carne de María es la carne de Jesús. María es Jesús comenzado. Es la perenne rumiante de la palabra (Lc 2,19.51). María acoge a Cristo en su corazón, antes que en su seno. Ella se hace presente en la cruz, ofreciendo la muerte del Hijo, conmuriendo de corazón junto a él, como Virgen orante y oferente. Su sí es tan radical que aparece como la respuesta ideal, como aquello que la humanidad entera debió ser, pero que no llegó a alcanzar, como lo que la Iglesia misma, toda entera, ansía y espera ser. (Pablo VI). El sí de María es absolutamente cristológico, pues es inseparable del sí de Cristo. No sólo es modelo y tipo. El sí de Cristo es posible en la maternidad de María. Y el sí de María encarna el sí de Cristo.

San Bernardo, San Luis María Grignon de Montfort, el Padre Kolbe, Juan Pablo II, han demostrado una especial sensibilidad al Espíritu Santo al vivir la consagración a María vinculando admirablemente el sí de su fe personal al sí trascendental de la Virgen.

  1. EN EL TABERNÁCULO DEL “SÍ” ETERNO DE CRISTO Y DE MARÍA

En los primeros siglos, María no tiene un culto autónomo, independiente. Aparece siempre con el Hijo, dentro del misterio de Cristo. “El culto a María, dijo Pablo VI, es un elemento intrínseco del misterio cristiano”. La carne de María es carne de Cristo. La oblación de Cristo es la de María. Siendo cierto que Cristo y su sacrificio perduran para siempre y son memorial eterno que todos participamos y hacemos nuestro; siendo verdad de fe que todos formamos el mismo cuerpo místico de Cristo sacerdote y víctima, y que vivimos en la comunión de los santos, es claro que el sí de Cristo, hecho encarnación admirable en el sí de María, está en nosotros y nos pertenece. Acoger a María, consagramos a ella, es incluir su sí en nuestra historia. Este amor y entrega a María tiene un profundo significado cristológico porque es obediencia a Cristo que en la cruz mandó a Juan, y en él a la humanidad entera, acoger a María como madre. “Desde aquel momento el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,27). Juan acoge a María acogiendo la voluntad de Jesús. Al pertenecer María al discípulo (a nosotros), y el discípulo (nosotros) a María, se establece una transferencia de propiedad. Nos reconocemos propiedad de ella, haciéndonos, con ella y como ella, apertura, entrega, disponibilidad, fe confiada y amorosa. Incorporados a su sí, entramos y permanecemos en lo más íntimo del tabernáculo de los cielos, en el “Santo de los Santos” de la gloria, en el punto más candente de la Alianza eterna, en la oblación de María y Jesús, y realizamos la eternidad en el tiempo como acto supremo de amor. La consagración a María, bien entendida, no es el pronunciamiento de una fórmula, sino el pronunciamiento de nosotros mismos, radical y definitivo, como siervos de Dios en María, incluyéndonos voluntaria y eternamente en el “Sí” de Cristo y de la Virgen.

  1. SITUACIONES QUE GIMEN ESPERANDO NUESTRO “SÍ” A DIOS, PARA SU PROPIA REDENCIÓN

Decir sí con María y como María, es hacer presente a Dios y su historia de salvación.

Decir sí elimina los odios y las distancias, y crea vida, reconciliación y amor oblativo.

Decir sí es irradiar no la fuerza del poder, o de la imposición, o del miedo, sino la de la humildad sincera y de la victimación libre y gozosa en favor de los hombres.

Decir sí es transformar el mero orden disciplinar, en vivencia del Misterio admirable de Cristo.

Decir sí es elevar el matrimonio de interés, a alianza de amor gozoso y entrega oblativa.

Decir sí hace de la Iglesia el espacio privilegiado de los hombres libres que jamás vencen, ni crispan, ni condenan, ni se aprovechan de nadie, sino que siempre irradian servicio y gratuidad.

Decir sí hace del pueblo de Dios, no masa pasiva, sino protagonista celebrante, que ofrece y se ofrece en el templo y en la calle, haciendo reino de Dios en la vida real y social.

Decir sí elimina una vieja devoción mágica a María, que ha espantado a muchos de la fe, que pretende apoderarse de lo divino en beneficio propio, y la venera siempre asociada a Cristo y a su plan de gracia y de salvación, alumbrando historia y vida verdaderas.

  1. PARA LA ORACIÓN PROFUNDA

En tus situaciones personales, eclesiales, sociales, buenas o comprometidas, di de corazón, desde el interior de la vida real, con María:

 

HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR: HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA

Descargar en pdf. María en el año liltúrgico

 

 

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