La cruz: manifestación eminente del inmanente amor de Dios

NUESTRO PROPÓSITO

Dios siempre es Dios. Pero no siempre las oportunidades históricas para la fe en Dios resultan las mismas. La modernidad y posmodernidad han representado el mayor intento del desalojo de Dios del hombre. Y la teología actual, singularmente la de corte más espiritual y místico, suscita nuevas luces que la convierten en una gran oportunidad histórica para hablar de un Dios más cercano al hombre, un Dios que en lugar de suprimir al hombre, le deja lugar en existencia haciendo posible su libertad y autonomía. Voy a poner en compenetrada referencia, ante vosotros, dos temas claves: el del Espíritu Santo y el de la entrega de Cristo en la cruz. Tan sólo voy a hacer algunas consideraciones. Sabemos que Dios es radicalmente entrega en el seno trinitario cuando unas personas se originan de otras. Y sigue siendo entrega cuando, en las divinas misiones, se encarna en el mundo y en el hombre. Y prolonga su entrega hasta el fondo en el misterio de la cruz. Dios es entrega, pues no sólo no impide al hombre ser por sí mismo, como acusaba la modernidad, al contrario, es un Dios que dentro y fuera de Dios deja lugar al otro. No avasalla, no excluye. Origina, crea y recrea siempre. En el interior del misterio de la cruz, como entrega absoluta, hasta el fondo, está el Espíritu Santo que es Persona Don, abrazo del Padre y del Hijo trasladado por el Espíritu al corazón de la comunidad cristiana y de cada creyente. Maravilloso. Sorprendente. Mi pretensión sería poner un poco más de asombro y fascinación al servicio de una nueva evangelización.

La cruz, amigos, la muerte de amor de un Dios, es ciertamente lo más hermoso que ha ocurrido en nuestra vida. Pero de niños nos han acostumbrado a contemplarla como suceso de mundo, y de un mundo infernal. Se la puede contemplar también desde otro ángulo, como lo más positivo, admirable, asombroso que ha podido suceder no ya en el mundo, sino aun dentro de Dios. Dios, en su entraña, es entrega personal, una entrega que constituye las personas. Y la cruz, por ser entrega absoluta, es algo que acontece en la entrega que Dios es. Dios se entrega al hombre porque Dios en sí mismo, todo en él, es relación, comunicación, don de sí. La cruz es algo premeditado, querido, decidido por Dios y que ocurre en la entraña de Dios. La cruz no podría haber surgido de la filosofía helena, sino del evangelio. La cruz se vive, no se explica. Significa que Dios nos ama desde dentro, del todo, irrevocablemente, asombrosamente. La cruz es lo más positivo, admirable, asombroso que ha acontecido. Es infinita ternura, suma elegancia, maravillosa cortesía, amor total, lo más grande que jamás aconteció y que jamás volverá a acontecer. Es sabiduría y poder de Dios. Sólo un Dios amor podría inventar la cruz. La cruz es el modo de amar de Dios. No es algo inhumano, sino sobrehumano. Ahora es la única clave de explicación de la vida y de la historia. Sólo Dios explica a Dios.

LA ALTERIDAD QUE RECREA

La Ilustración propuso el intento de poner a Dios bajo sospecha. Dios ha incomodado al hombre en la filosofía moderna y posmoderna. La idea de Dios, afirmaron, impediría al hombre ser por sí mismo. Las preguntas sobre Dios de la modernidad se referían, primero, a su existencia. Pero después la pregunta ha sido más profunda: ¿cuál es para el hombre el valor de la idea de Dios? De un juicio de existencia se pasó a un juicio de valor. De este modo, hoy, más que negar a Dios, la protesta se ha formulado a favor del hombre. Y se ha llegado a pensar que para que el hombre viva, Dios tenía que morir.

La soledad de un hombre sin Dios no ha resultado beneficiosa al hombre. Hasta le ha herido de muerte. Nuevas corrientes de pensamiento hablan ya de otra manera. Afirman que la alteridad, tanto más una alteridad trascendente, es factor constitutivo de la identidad. En el mundo nada se construye sólo ni se comprende sólo. Se nos ha de arrancar de la soledad. No sólo para saber que somos, sino lo que somos. El otro ya no es visto como un agresor, sino como fundador. Piaget ha demostrado que ya el niño no llega a tomar conciencia de sí mismo, si primero no es consciente de estar ante otro. La conciencia de sí es ante todo conciencia del otro. Un ser sólo, en la tierra, carecería de identidad. Se nace gracias al otro. El lugar natal de la identidad se encuentra en lo que Levinas llama “la exterioridad”. El ser nos viene de los otros. Dice Heidegger: cuando damos nombre a las cosas, las cosas nombradas son llamadas a su ser. No se existe sólo. La alteridad no supone una amenaza. Tras la era de la sospecha ha venido la sospecha de la sospecha.

La verdad de lo finito está en lo infinito. Esto vuelve a otorgar gran importancia a la fe. Dios crea al hombre y le autoriza ser lo que es. Dios no solo es Otro. No solo es Alteridad. Por la creación nos crea “otro”. El hombre es creado como diferente. Ser creado es tener de Dios el mantenernos por nosotros mismos. La creación es un Dios pro-vocando a la existencia a una persona o a un ser para que sea por sí mismo, dándole la gracia de que sea otro, autorizándole a ser lo que es.

Nuestro Dios no es ese Absoluto, desentendido y replegado en su grandeza incandescente, que nos abrasa, que ejerce la violencia de lo sagrado, no es el Dios que veta a los demás, un Dios que suprime y excluye, que elimina y descarta. Es un ser que deja lugar al otro. Existe en él una como triple kénosis, por decirlo de algún modo. Una dentro de la Trinidad, en la que Dios “hace sitio” al Otro en esa alteridad de relaciones que le define. Otra en la creación, en la que la Sabiduría divina quiere al hombre a su lado; y otra en la encarnación en la que Dios deja en sí mismo lugar al hombre, en la que Dios se cambia en el hombre, en expresión de Burulle. Ese Dios no es el que cierra el paso al hombre, no es una alteridad insoportable, sino el que siempre deja sitio al otro, es el que hace al hombre ser lo que es. Es un Absoluto depurado de todo miedo y terror. Más: su grandeza llega a estar en la verdadera kénosis de la cruz cuando no sólo se pone en nuestro lugar, sino que asume como propio nuestro pecado y nuestra maldición.

La cruz es la fuerza y el poder de Dios, su sabiduría. El núcleo de las bienaventuranzas. La más exuberante generosidad de Dios, su más fina y elegante cortesía. Es un acontecimiento nada extraño, a su misma entraña, pues él es entrega infinita. En la cruz Cristo es quien muere de amor. Pero en la cruz está amando el Padre, que es quien “entrega” a su Hijo, y ama el Espíritu, que siendo el Don Personal del Padre y del Hijo, se hace Don Personal al hombre, trasladando a él el amor del Padre y del Hijo.

NUESTRO MUNDO Y LA NOSTALGIA DEL ESPÍRITU

Se ha vivido un lago tiempo en el olvido del Espíritu. La civilización técnico industrial ha logrado indudables beneficios materiales de bienestar social. Pero también ha originado males. Lo que constituye sus logros está violentando las condiciones bionaturales primarias del planeta y enajena al hombre, rico en medios y pobre en fines, al emplazarle en un horizonte sin sentido.

En los inicios de la protesta se puso en escena la imagen y el mito rusoniano del buen salvaje. Las luchas ideológicas y las revoluciones mutaron esta imagen por la de un convencido revolucionario marxista. Teólogos de áreas deprimidas del mundo esbozaron los intentos más revolucionarios del pensamiento cristiano, en Europa y América latina, de la teología política en sus diversas modalidades: teología crítico-social, de la liberación, de la revolución. Se llegó a diseñar el proyecto de releer la revelación a través del método dialéctico de la teoría y praxis propiciado por el marxismo. A estos fenómenos han seguido otros movimientos teológicos y políticos de etización de la historia. Pero ninguno de estos impulsos se ha mostrado capaz de devolver al hombre a sí mismo. Después de la revolución cultural de mayo del 68 y de la primavera de Praga, da la impresión de que el hombre ha entrado en una encerrona entre las garras de los sistemas. La lógica de la filosofía positivista se encuentra en un callejón sin salida. Son ya muchos los que comienzan a dudar de la pretensión de hacer del hombre la medida de todas las cosas. La crisis económica ha demostrado que la crisis actual no es sólo económica, sino más profunda, es crisis de cultura. Y el fracaso económico está haciendo aflorar cada vez más fuerte el sentido y la nostalgia de la projimidad, un nuevo intento de poner al hombre en el escenario de la historia, pero de forma diferente, potenciando mucho más los valores humanos de la relación y de la proximidad. Y esto representa una oportunidad para la fe y la evangelización.

El máximo exponente y modelo de proximidad es la cruz de Cristo. No es un suceso producto de la fatalidad. Dios lo pensó, lo decidió, lo quiso. Dios no ha muerto en vano. Ahora ya no es un suceso en la historia, sino el sentido de la historia. Insisto: es lo más hermoso que ha acontecido en nuestra vida. Y esa entrega, tempiternizada, es la clave y solución para la armonía y maduración total. Esta entrega es un acontecimiento siempre vivo y actual, que nos debemos apropiar gracias al Espíritu Santo, Don Personal de Dios al hombre.

Necesitamos conocer y creer en el Espíritu Santo. En la Iglesia, las grandes reformas nunca han introducido nada totalmente nuevo. Han consistido en hacer de forma nueva lo antiguo. Ahora necesitamos testigos que sepan resituar a los hombres bajo el influjo del Espíritu. Pongamos a los hombres ante la influencia del Espíritu y basta. Entonces reinarán en el mundo la relación y la comunión. Y esto nos hará recuperar la gracia de la identidad y la gracia del entusiasmo. Primero, el sentido de identidad. Nada tan valioso para cristianos y no cristianos. Decía un místico sufí, por citar a un no cristiano: “Tanto me has aproximado a ti que he llegado a creerte mi propio yo”. Segundo, el entusiasmo. El hombre no puede vivir sin asombro. En los últimos tiempos la fascinación que cada uno necesita para vivir se ha desplazado de la fe a la cultura del progreso material. Ahora se trata de saber plantear una nueva evangelización que asombre. De que la Iglesia recupere su autoestima en la capacidad de hacer nuevos cristianos, partiendo del principio de que quien quiera ser cristiano, o es un místico, un enamorado, o no será cristiano. Se trata de hacer extensivo aquel estremecimiento en el Espíritu de Cristo cuando, según Lucas, dio gracias al Padre porque ha revelado estas cosas a los sencillos…

RELACIÓN Y COMUNIÓN: EXISTIR EN EL OTRO SIENDO UNO CON ÉL

Nuestro mundo ha entrado en la etapa de las comunicaciones. Ya el mismo Vaticano II constató el hecho de que la edad técnico-industrial ha traído consigo una socialización insospechada de todos los hombres que representa una nueva oportunidad de consecuencias importantes, precisamente para la evangelización.

En la Iglesia la experiencia del Espíritu ha sido entendida originalmente como aquel estar-en-sí de Dios que históricamente se realiza como un situarse-fuera-de-sí que alcanza de lleno al hombre para provocar en él la experiencia de Dios. Ello es posible porque la vivencia de la Trinidad, sin dejar de ser misterio, se desborda como es en sí en su originalidad pura, en el hombre, para que éste pueda correalizar la vida intradivina. Las divinas procedencias, el origen de las Personas unas de otras, se prolongan en las divinas misiones a los hombres, y así se establece la inhabitación trinitaria de Dios en nosotros. En consecuencia, estar en el otro, siendo uno con él, es el acontecimiento estructural de la fe que afecta a Dios y es la estructura de su comunicación al hombre. Es lo que acontece dentro de Dios y lo que Dios quiere suceda en el hombre. Nada de extraño tiene aquella espiritualidad de comunión que reclama Juan Pablo II en Novo Millenio Ineunte cuando nos invita a descubrir el rostro de Cristo en aquellos con los que él mismo ha querido identificarse, según el clásico texto de Mateo 25. El Papa dice audazmente: “Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una pagina de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (49). Es también una constatación resumen de la doctrina universal de los Padres cuando dicen que la eucaristía no sólo hace el cuerpo de Cristo, sino que nos hace a nosotros Cuerpo de Cristo, y que en consecuencia es el sacramento de la caridad y fraternidad.

La cruz representa el punto extremo y álgido de la salida de Dios de sí mismo. En la cruz, Dios, en Cristo, sale de sí mismo y se nos da del todo, para siempre, sin retractación posible.

La experiencia de la fe en la Iglesia no es la experiencia de una esencia divina impersonal, de un Dios-para-sí, como Ser Absoluto, como Motor inmóvil, de acuerdo con el monoteísmo grecorromano. Sino la experiencia de una presencia personal, o de relación viva, basada en la comunicación del Dios trinitario, que nos engendra de su paternidad intradivina, nos configura al Hijo al comunicarnos su filiación personal, y nos anima en el impulso personal del mismo Espíritu Divino. Del Dios que está-en-sí-mismo pasamos al Dios que vive entre nosotros (Cristo) y en nosotros (Espíritu). Insisto: ya no es el Dios del monoteísmo grecojudío, sino el Dios del Evangelio, el Padre de nuestro Señor Jesucristo y nuestro Padre. Ya el pueblo hebreo barruntó este hecho cuando se preguntó en el desierto no si existía Dios, sino si Dios está o no entre nosotros. Se trata del Dios que sale de sí, actúa en la historia y conduce a los suyos a la alianza.

LA CRUZ Y LA DOCTRINA CRISTIANA SOBRE DIOS

La doctrina sobre la Trinidad ha estado durante siglos bajo el punto de vista de la especulación. Hoy biblistas y teólogos quieren penetrar más en él precisamente tomándose más en serio el acontecimiento de la cruz. Los hebreos conocieron los atributos de Dios, su unidad, su omnipotencia y eternidad, observando su acción en la historia. Los cristianos conocemos a Dios entrando en el misterio de la cruz. Entrar en ella significa penetrar en el Sancta Sanctorum de la historia, en el punto central del cristianismo.

La reflexión teológica y espiritual ha situado siempre el fondo de la kénosis o abajamiento de Jesús, en el abandono que llegó a experimentar de Dios. La antigüedad habló del grito de abandono de Jesús como afectando sólo a su naturaleza humana. Distinguía entre el “yo psicológico” del hombre Jesús y el “yo divino” del Logos, refiriendo el abandono sólo al primero. Pero esto, que está en consonancia con una teología helénica del Dios Absoluto que no sufre, deja en la penumbra afirmaciones muy explícitas y reiteradas de la revelación que hablan de la conmoción de entrañas del Padre, de su profunda afectación en la muerte del Hijo, y del papel explícito del Espíritu en el sacrificio de Jesús. Es evidente que la Revelación necesita de una cultura para poder expresarse. Pero también parece evidente que ninguna cultura es capaz de expresar adecuadamente toda la revelación y que hay momentos en los que hay que asumir el misterio adorando más que entendiendo. La teología y los documentos magisteriales siempre han enseñado que la única persona divina del Hijo es sustentadora de todas las acciones de las dos naturalezas. La intención de pastores, biblistas, teólogos y espirituales es eminentemente espiritual: ver la formidable expresión del amor de Dios al hombre, descrita en una entrega verdaderamente “trinitaria”, o desde el fondo mismo de Dios. Urs Von Balthasar, Rahner, Ratzinger, Ladaria, y muchos exegetas y teólogos, hablan de la cruz como la manifestación eminente de la vida inmanente de Dios, como implicada en la “entrega” de amor que preexiste dentro de Dios Trino. El propio Juan Pablo II, en Novo Millenio Ineunte, tiene este trasfondo en toda su Carta Apostólica. Las fórmulas de Pablo y Juan referidas al misterio de la cruz hablan de una “entrega” externa que refleja aquella “entrega” que afecta al Padre, al Hijo y al Espíritu, como son en sí, y que se desborda en los hombres. En la “entrega” el Padre se identifica y se diferencia del Hijo. Actúa como Padre del Hijo. Es una entrega intratrinitaria. Leyendo a Pablo y Juan vemos que el Padre, al “entregar” al Hijo, llega incluso a prolongar en los hombres su misma generación divina. Es una entrega de lo que él es como propio, como Padre. ¿Quién podría entenderlo de otra manera leyendo aquellos textos maravillosos, sorprendentes: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16), “El que no se reservó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros…” (R 8,32)?. El Hijo, viendo el amor del Padre a los hombres, ama al Padre, y nos ama y se entrega por nosotros: “Se entregó a sí mismo por nuestros pecados” (Gal 1,4). “Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Nos entrega el amor del Padre y él mismo se implica también amando como Hijo. El Espíritu Santo hace efectiva la entrega de Cristo a la muerte, pues Cristo se ofreció a Dios “en virtud del Espíritu eterno” (Hbr 9,14).

La “entrega” de amor de Dios aparece en Pablo y Juan como muy profunda, muy interior y total. Una lectura profunda de los textos nos diría que en esa entrega aparecen juntas la entrega-generación del Padre al Hijo, la entrega-misión o envío al mundo, y la entrega-amor del Hijo para expresar este mismo amor muriendo de amor en la cruz. Todo es el mismo amor. El amor del Padre, en cualquiera de las tres etapas, siempre engendra. Y es que Dios es amor por mismo que es Padre. Dios siempre engendra amando. Engendra a su Hijo ya en el principio, antes de la creación, cuando el Verbo estaba cabe Dios. Nos da a nosotros el poder llegar a ser hijos cuando Verbo se hace carne y habitó entre nosotros. Y nos reconcilia como hijos en la cruz del Hijo. San Juan es contundente: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que somos llamados hijos de Dios, porque lo somos” (1 Jn 3,1). Hablando Jesús con Nicodemo vincula el amor del Padre, “tanto amó Dios al mundo”, con la idea de nacimiento: “nacer de lo alto” (Jn 3). Dios entrega al Hijo no como lo hacen los enemigos, sino como sólo el Padre puede hacerlo. Es entrega hasta el fondo. De forma que, según la tesis capital de Juan, el amor del Padre nos engendra como hijos, porque si Dios es amor, amando es cómo nos engendra en la filiación del Hijo.

Llegando más al fondo, si cabe, el grito del abandono no es sólo la recitación del salmo 22. Si somos respetuosos con la expresión bíblica, tendremos que constatar, en el Hijo de Dios, una experiencia real de abandono. Es un abandono irrepetible como irrepetible es el Hijo. Es la experiencia del pecado: la total impotencia y pasividad del Hijo que hasta descendió a los infiernos. Recordemos que los infiernos son la lejanía de Dios. De forma que, como dice Ladaria, lo que acontece en la cruz acaece ante todo entre Dios y Dios. La cruz es una historia que acontece entre el Padre y el Hijo. En la cruz el Padre sigue siendo el Amante, el Hijo sigue siendo el Amado, y el Espíritu, que es el Amor Personal, el Vínculo y unión de los dos, como Don Personal, traslada este mismo amor del Padre y del Hijo a los hombres. Dios no quiere amarse a sí mismo sin amar a la criatura. Dios no ha querido ser él mismo sin el hombre. San Buenaventura dice: “No se entra en el misterio de Dios más que a través del crucificado”.

Si el que grita “Dios mío…por qué me has abandonado” es realmente el auténtico Hijo de Dios, como dice Romanos 8,32, entonces aparece clara la distinción entre el que abandona y el abandonado. Quien abandona es su Padre con el que tiene una relación exclusiva. A esto remite la exclamación del centurión: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. Pablo habla de “entrega”, “paradidónai”. “Dios no se reservó a su propio Hijo sino que por nosotros lo entregó” (R 8,32). Aquí quien nos está mirando no es el rostro impertérrito, impasible, sin afectos, del dios platónico, sino el Dios que está en medio de su pueblo trabando una alianza definitiva, y que frecuentemente deja al descubierto la conmoción de sus entrañas. Su “entrega” o autodonación, tiene tres aspectos bíblicamente explícitos, terminantes, intencionados que no son ni intercambiables ni inseparables. Son incambiables porque el que entrega no es idéntico con el entregado, ni tampoco con su entrega. Inseparables, porque ni el que entrega ni el entregado existen cada uno por sí mismo. Existen como uno que entrega y uno que es entregado. Distingamos: el que entrega que es el Padre, el entregado, que es el Hijo, y la Entrega que es el Espíritu. Esta entrega de amor que da la vida es la intraesencia trinitaria y la intrahistoria cristológica, eucarística, escatológica. Y la raíz de todas es común: es un mismo y único Espíritu, Espíritu de Dios y Espíritu de Dios en el hombre.

De este modo la cruz no es el fin de la historia, de Dios con nosotros, sino que ésta continúa en la historia del Espíritu Santo. En él, el que entrega y el entregado permanecen unidos como Entrega eterna. Porque él es el Don Personal de la unión y entrega del Padre y del Hijo. Esto significa que, después que Jesús ha atravesado el abismo del abandono, los hombres no serán jamás abandonados por Dios. Jesús no nos deja solos, nos deja su Espíritu que permanece en nosotros (Jn 14, 16). Es el Asistente, Consolador, Abogado. El Espíritu no es descrito nunca como una realidad por sí misma, sino como el Vínculo del Nosotros Divino y el vínculo también del nosotros, los miembros de Cristo unidos a nuestra cabeza. Él nos vincula Dios para siempre. Gracias al Hijo y al Espíritu, Dios no se retractará jamás en su amor a nosotros. Es fiel aunque nosotros seamos infieles. La Alianza tiene un contenido esponsal y donde está Dios allí está la indisolubilidad. El Espíritu, amor de Dios, y la esposa dicen: ven (Ap 22,17). Y por fin, la esposa, reconocerá al esposo. Y entonces, y para siempre, “Dios será todo en todos”.

 

Francisco Martínez

Lección inaugural del Instituto de Teología para seglares,  curso 2010-2011.