La sinceridad del corazón

LA SINCERIDAD DEL CORAZÓN

O cuando Dios nos cae en gracia…

1. El profeta que no hace daño no es profeta.

Solo el necio, o el disminuido espiritual, cree que “está bien”, que  “marcha bien”, que vive en parámetros de “normalidad”. La rutina suele canonizar la mediocridad instaurando una mentalidad que afecta a muchos: piensan que estar bien es “no tener problemas”. Solo “no tener problemas” es un equívoco grave y un falso ideal. Debería inquietarnos estar demasiado tranquilos.

En nuestras relaciones con el Señor solemos ser muy laxos. Lo desconsideramos en gran forma. En cambio, con nosotros solemos ser muy susceptibles: ¡que nadie nos haga nada, ni un pequeño  descrédito, porque pondremos el grito en el cielo!

2. Vamos a reflexionar sobre cómo es nuestra afectividad para con Dios. Enseguida vemos que somos deístas más que cristianos. El deísta cree en un Dios que se desentiende del mundo y del hombre abandonándolos a su suerte. Es Dios y hace de Dios pero de forma inmisericorde. Cumple su oficio, pero sin más. La relación con él es la de creacionista e inquisidor moral. No es una relación elegante y primorosa entre enamorados.

Sin embargo el principio de la revelación es “Amarás con toda el alma… las fuerzas, el ser, el corazón…”. Creer es amar. El cielo es la fijación del amor con el que hemos llegado a amar. La meta y cima de la vida cristiana es el sumo amor posible: Oseas, El Cantar, Jesús Hijo dándonos su filiación, el Espíritu como vínculo de unión… Los Improperios del Viernes santo representan el verdadero sentido de la relación afectiva no cumplida…

3. El acostumbramiento a la mediocridad, a la frialdad, es el peor de todos los males. Sedimenta y encallece en el mal. Mata la vida. El problema del desamor no lo puede juzgar o evaluar el desamor. Quien no ama llega a normalizar el no amor. La persona fría suele penar que está bien, que todos están bien. Una persona puede ser formalmente correcta e informalmente desastrosa. Puede actuar por medio de un mecanicismo sin alma. Y puede hacer inconsciente su situación. La violencia de género existió siempre. Es ahora cuando se está tomando conciencia del fenómeno agudo de una relación afectiva rota y maltratada. Pocos reciben la gran gracia de adquirir conciencia de nuestro gran desamor a Dios. Llevamos siglos haciendo sumisos, obedientes, pero no amantes. No cultivamos la persona por dentro. El problema del mediocre es que no está donde está. Que ha abandonado la realidad y la verdad y se ha establecido en la irrealidad y la mentira. Y peor: ha olvidado su extravío. Es un ser que ya no ama. El amor no correspondido ocupa las mejores páginas de la Biblia: Oseas y los profetas. La parábola de los colonos de la viña que matan a los siervos y al hijo. Queja de no dejarse congregar como la gallina con los polluelos. Queja de  no dar frutos: los frutos son idénticos en la cepa y los pámpanos. El fruto es Cristo en nosotros. Es no dejar a Dios ser y hacer de Dios en nosotros y los otros. Grandeza de los “Improperios” de Viernes santo…

4. Importancia de la presencia sentida. De un Dios “vivido” que penetra dentro de la persona, en el tálamo de la afectividad. Conseguir una relación esponsal, filial, de amistad… Los místicos describen la invasión del ser entero, la toma de la mente, da la afectividad, de la memoria y de los sentidos, de la imaginación… Esto supone la seriedad de una iniciación, de la conquista de hábitos, un hábito, una forma de ser.

5. El peligro del intelectualismo: los conceptos son radicalmente incapaces por sí mismos de conectar con Dios. El peligro de diluirse en las ideas es un hecho.

El peligro de no orar: es hacer imposible la presencia. Orar es el proceso de ser más, de ser del todo, por la comunión con la palabra.

Lo más dichoso de la vida: cuando el evangelio ha llegado a fascinarnos y necesitamos sumergirnos en él.

6. Es necesario llegar a la madurez del afecto. La persona es su relación. Por la relación crecemos y hacemos crecer. Hacer consciente la relación es la mayor riqueza de la vida. La palabra sentida llega a hacer verdadera Presencia. Cuando nuestra ocupación es amar…

7. Uno de nuestros más graves problemas es que intentamos hacer por nosotros mismos lo que sólo Dios puede hacer en nosotros. Que en la oración consideramos lo que nosotros hacemos, no lo que Dios hace en nosotros. Que en la oración vamos a él pero no salimos de nosotros mismos. Y sin él nada podemos hacer (Jn 15,5). Nuestro encuentro con él en la oración suele ser casi siempre sólo «cosa» nuestra, iniciativa y esfuerzo nuestro: somos más activos que receptivos. No tenemos contacto vivo y directo: nos dirigimos más a una imagen subjetiva de Dios que al Dios viviente. No pedimos con insistencia. Todavía no hemos aprendido a vivir en receptividad reconociendo que es mucho más lo que hemos recibido y lo que tenemos que recibir lo que somos capaces de crear por nuestra cuenta.

ORACIÓN

Cristo, Principio y Fin, 

mi Principio y mi Fin. 

Mi Eternidad. 

Manantial. Origen. Meta. 

Sentido de mi existencia. 

Consistencia de mi ser. 

He sido diseñado y elegido en ti. 

Soy tu imagen. 

El Padre me ama en el amor con que te ama a ti. 

Tú eres mi Plenitud. 

Estás más dentro de mí que yo. 

Eres para mí más que lo soy yo en mí. 

Mi Futuro. Mi Gloria. Mi Bienaventuranza. 

Mi dicha. Mi gozo. 

Entrega. Testigo fiel. 

Don. Gracia. Sabiduría. Justificación. Santificación. 

En ti el amor del Padre es irrevocable. 

Torrente de delicias. 

En tu Luz veremos la Luz. 

En Ti vivo, me muevo y existo. 

Me sumerjo en ti. 

Me desvanezco en ti. 

Sustitúyeme. 

Prolonga en mí tu encarnación. 

Revísteme de ti. 

Ya no vivo yo: eres tú quien vive en mí.

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