La fe: la dimensión absoluta de lo relativo.

1. LA CRISIS DE FE DENTRO DE LA CASA

La vida cristiana se apoya, como en su fundamento, en la fe, esperanza y caridad. Estas «virtudes» constituyen una fuerza y capacidad de conocer, desear y conseguir, que alcanza directamente a Dios. La fe es la dimensión absoluta de lo relativo. Es algo tan misterioso que crea la realidad: la Presencia Divina en el creyente. Aquí radica el hecho más asombroso de la vida espiritual y pastoral, y también, la suplantación o degradación más trágica y triste. Es una gran gracia llegar a comprenderlo.

Una de las características de nuestro mundo son los cambios profundos y rápidos que también han afectado a la fe de los creyentes, desencadenando un verdadero proceso de secularización. Existe la crisis de los que se alejan, o de los que se van. Y existe también otra crisis de fe más nociva que afecta a los que pensamos que nos quedamos en casa y estamos dentro. Consiste en la reducción del misterio a simple organización, o de la Presencia Divina a mera doctrina o praxis. Afecta a la vida espiritual cuando se la reduce a «rezos» o devociones a la carta. Y a la vida pastoral cuando, en lugar de representar un universo cristocéntrico, está más bien centrada en el protagonismo social del «personaje» que aparece con imagen de gobernante burócrata, simple funcionario, o empresario de iglesias, o líder ideológico, o trabajador autónomo que marcha por su cuenta… En nuestra Iglesia abunda la magnificación excesiva del hombre frente a Dios… Son personas que trabajan como si todo dependiese de ellas…

2. LAS VIRTUDES «TEOLOGALES»: DIOS EN DIRECTO

El meollo de la revelación está en el hecho de la unión inmediata del hombre con Dios. Es la posesión de Dios en directo, como es en sí, o la caracterización verdaderamente divina de la vida humana. Una unión con Dios, real y no sólo mental. Supone el sobrepasamiento de todos los medios y la consecución del fin.

En esto consiste lo que la tradición cristiana, basada en la palabra de Dios, ha llamado «las virtudes teologales», es decir, aquello que afecta a la relación directa del hombre con Dios. Es el único acceso posible a Dios, la única posibilidad de unirnos a él. Lo demás se queda en el camino.

Estas virtudes son «infundidas» por Dios, es decir, puro don de Dios. Crean en nosotros una connaturalidad divina, pues mediante ellas, Dios mismo nos ilumina con su propia luz y nos mueve con su propia fuerza. «Virtud» significa poder, capacidad, fuerza. No nos dan sólo una facilidad psicológica, sino el «poder» puro y simple, la capacidad interna de obrar con una modalidad «divina». Por ellas nos ordenamos directa e inmediatamente a Dios como Fin último, absoluto y transcendente. La fe nos lo da a conocer como Primera Verdad. La esperanza como Sumo Bien. La caridad nos une a él con amor de amistad, en cuanto infinitamente bueno en sí mismo. Estamos en el centro, la cima, la raíz de la vida cristiana, el espacio por donde circulan las energías más nobles de la existencia cristiana.

3. LO MÁS CARACTERIZANTE DEL CRISTIANISMO

Israel canonizaba la piedad y la observancia. El helenismo, la gnosis o sabiduría. Cristo hace de la fe lo caracterizante del seguimiento de sus discípulos. Fe,

esperanza, caridad, llenan las páginas del Nuevo Testamento. Son lo primero que Cristo ofrece, exige, recomienda. No hay milagros, conversión, o salvación, sino en la medida de la fe. Jesús es fundamento y modelo de fe. Es el «iniciador y consumador de la fe» (Heb 12,2). La fe de Jesús es la presencia experimentada del Padre. Jesús se relaciona con Dios llamándole «mi Padre». Al llamarle Padre su conciencia se ve transcendida y ensanchada, «estremecida de gozo», ontológica y afectivamente. «Padre», en boca de Jesús, es la palabra más densa de toda la revelación. Nos revela el misterio último de Jesús, y el nuestro, pues le sitúa en la familiaridad más increíble, la de los niños pequeñitos cuando se dirigen a su «papá». Expresa el don total, la confianza absoluta, la reciprocidad más plena. Jesús, llamando a Dios Padre, inaugura una nueva era de la humanidad: la de la más absoluta trascendencia y entrañamiento del hombre en Dios. La relación filial, en Jesús, es su gozo profundo, el anhelo de su vida, el alivio de sus conflictos, la fuente de sus estremecimientos y emociones, su dicha más recóndita. Jesús busca la soledad, el apartamiento de todo, para sumergirse en el misterio insondable de la paternidad. El estar referido en profundidad al Padre es su tono vital dominante. Es su razón de ser y actuar. Hacer la voluntad del Padre es su comida y bebida.

Pablo da como ya conocida la fórmula fe-esperanza-caridad, y la sitúa como fundamento de todo. La fe en Cristo es todo su evangelio, toda la gracia, la justificación, santificación y salvación. No salvan las obras del hombre ni la observancia de la ley, sino la fe que obra por la caridad. Recuerda que «ahora subsiste la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad»(1 Cor 13,13). Su afirmación viene de Cristo. San Juan afirma que la fe es tan poderosa que «quien cree ya ha resucitado» (Jn 11,25), «posee la vida eterna» (Jn 3,16).

San Juan de la Cruz, al describir cómo una vida humana se hace cristiana y de cristiana pasa a espiritual, señala la fe y el amor como medio único e inmediato de la unión con Dios. Éste es el testimonio unánime de todos los místicos.

4. LA FE, ENTREGA TOTAL

La fe tiene un aspecto objetivo: el contenido o verdades. Tiene un aspecto subjetivo: el hecho de creer. Es creer lo que Dios revela. Y creer en el Dios que revela. Los dos rasgos, conocimiento y entrega, van unidos. Ante los errores de las sectas primitivas, muchos Padres, y posteriormente la teología y el magisterio, pusieron en primer plano la adhesión a las verdades de la Iglesia subrayando el contenido dogmático de la fe apostólica. El Nuevo Testamento, los Padres, y la mística de todos los siglos, sin descuidar el contenido objetivo, han recalcado, sobre todo, el aspecto subjetivo. San Agustín escribió que es necesario conocer para creer. Pero también creer para comprender. Pues sólo entiende quien cree.

5. LA PERENNE SUPREMACÍA DE DIOS

Ordinariamente acentuamos más nuestro esfuerzo que la gracia de Dios, más lo que va a Dios que lo que viene de él. Sin embargo, la acción de Dios es siempre previa y predominante. Fe, esperanza y caridad, antes que actitudes del hombre son gracia de Dios. Dios es palabra que funda la fe. Es Promesa que funda la esperanza. Es Amor que derrama en nuestros corazones la caridad. La iniciativa de Dios tiene carácter provocativo, incitante. Lo propio del hombre es responder, dejarse hablar y amar por Dios. Falta en los cristianos la atención a este aspecto fundamental de la prioridad divina. Muchos sólo conocen prohibiciones o normas. No se puede amar a Aquel de

quien, previamente, no nos sentimos todavía amados. El mal profundo de muchos cristianos es que piensan que nadie les habla, nadie les ama. ¿Cómo podrían creer y amar, si antes no escuchan y se sienten amados?

6. GRANDEZA Y RELATIVIDAD DE LAS MEDIACIONES

La mediación es absolutamente necesaria para la experiencia cristiana. Dios nos habla por medio de palabras, signos, hechos, personas. Lo conocemos por medio de su obra.

Hay mediaciones subjetivas: la conciencia, el conocimiento, el amor, los condicionamientos culturales, religiosos. Hay mediaciones objetivas: objetos, los sacramentos, el culto, el hombre, el mundo, la historia, la naturaleza… Las cosas y mediaciones no tienen ningún poder mágico sobre Dios. Toda su fuerza mediadora está en que Dios les ha dejado algo de sí, como paso directo a él. Llaman y convocan a Dios. Pero están destinadas a sobrepasarse ellas mismas. Cuando nos dan a Dios, nos dan mucho más de lo que ellas son y tienen. El peligro está en el momento en que suplantan a Dios. Cuando en lugar de camino se hacen meta. Cuando ya no representan, sino suplantan.

La doctrina lleva a Dios. Pero le suplanta cuando nos detiene en una imagen mental de Dios reducido a verdades. La oración nos lleva a Dios. Pero se hace obstáculo cuando la reducimos a «rezos». Santa Teresa, en su quinta Morada, hablando de la oración «de quietud», narra el más noble sobrepasamiento de la misma diciendo: «en ese estado no quería ni rezar, sólo amar». La pastoral es la misma acción de Cristo en nosotros. Pero hay una pastoral que puede ser más bien activismo humano y afirmación exagerada del personaje que no deja a Cristo hablar, actuar, amar… Hay peligro de reducir la Biblia a documento, algo más bien que Alguien, los sacramentos a ceremonias, el ministerio al personaje social: la expresión del Bautista: «Conviene que él crezca y que yo disminuya», debería ser la oración de cada día de todos los ministros. Hay peligro de un eclesiocentrismo que desplace el cristocentrismo. O de un magisterio exterior que valore y hable poco del magisterio interior, inmediato del Espíritu Santo, iluminando y moviendo directamente. Existe el peligro de quedarnos con una imagen terrena de Jesús de Nazaret que no alcanza la dimensión de su presencia misteriosa en la palabra, el pan y la asamblea, hoy y en todo lugar. Por eso Cristo mismo afirmó: «Conviene que yo me vaya, de lo contrario el Espíritu no vendrá a vosotros» (Jn 16,7).

7. DE RODILLAS ANTE EL MISTERIO

En alguna casa de oración existe una pequeña habitación sin ventanas, sin luz. Sólo una claraboya en el techo. Es una invitación a la experiencia de quedarse a solas con Dios. Cara a cara con él. Saliendo del ambiente, de sí mismo, sobrepasando todas las mediaciones, las imágenes, las ideas, las meditaciones de papel. Dios en directo. Sólo Dios. Totalmente Dios. Como es en sí. Se trata de ponerse en una actitud pasiva, receptiva: dejarme elegir, predestinar, amar, mirar, hablar por Dios. «El mirar de Dios es amor…» ¿Puede lo finito «tocar» lo Infinito? ¿Puedo yo entrar en unión directa con Dios? ¿Pero acaso he hecho alguna vez esta experiencia suprema y vértice? Ponte a solas con Dios saliendo de ti, yendo a él, permaneciendo del todo en él, saliendo nuevo con él… Di despacio, muchas veces, como Tomás:

¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

Francisco Martínez

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