La dicha de ser otro: Hacia una nueva conciencia.

Lo que aquí pretendo no es “enseñar” ideas, sino persuadiros de que creer es una gran dicha. Pero ¿puedo cambiar?, ¿quiero cambiar? Muchos conocen el crecimiento sólo en clave biológica, de kilos o centímetros. Sin embargo, es cierto que “tu mejor yo” está por nacer. Y más cierto todavía: en las manos de Dios eres una posibilidad infinita.

Afrontar esta reflexión representa la valentía más generosa de tu vida orientada no a conocer, sino a ser. Decídete: el cambio es grande.

Vivimos un cristianismo muy adulterado, insuficiente, pobre en elementos originales fundantes y en componentes constituyentes. Hay dos causas que han influido notablemente en la deficiente formación de la vida cristiana del pueblo.

La primera es la sustitución del vivir por el saber, del catecumenado por los catecismos. Los catecismos son la síntesis de la doctrina nacida contra las herejías de todos los tiempos. En la historia de la Iglesia ha crecido mucho más la doctrina dedicada a combatir herejías que la orientada a la exposición central y equilibrada de la Buena Nueva del evangelio, del misterio cristiano. Ésta es una de las causas por las que en la formación de la fe se ha producido un exceso de intelectualismo frío, un resabio de amenaza, de obligatoriedad y condena, cuando lo requerido sería una propuesta atractiva y fascinante. La doctrina de los catecismos es doctrina “verdadera”, pero al fin y al cabo, doctrina. No es lo indicado para fomentar a un amor dichoso y entusiasta. Como no es lo mismo dedicarse a “dar palos” que a redactar una carta de amor.

La segunda causa es la sustitución de Cristo por el santoral, o digámoslo claramente, de Cristo por los santos, de una vivencia cristocéntrica del misterio pascual por el devocionalismo popular que hace de los santos “los patronos”, el epicentro de “la fiesta” de las comunidades, pueblos y parroquias, sin gran consideración a la centralidad de la palabra de Dios y a la práctica sacramental. Es vivir más de la costumbre que de la verdad, más de la herencia que del evangelio o la liturgia.

No se puede vivir un cristianismo a la carta. Es necesario hacer el camino de Jesús. La Iglesia apostólica, y la de todos los tiempos, ha identificado este camino con el misterio pascual, que iniciado en el bautismo, va madurando en una vivencia comunitaria del domingo y del año litúrgico y en la práctica de un amor fraterno que actualiza  ante los hombres el amor de Cristo expresado en la cruz.

El cambio es hoy particularmente difícil. Pues además de la crisis, hay un serio bloqueo para reconocer y comprender la naturaleza de la crisis.  El hombre actual no sólo tiene problemas, él es el mayor de los problemas. A la hora de plantear soluciones, se queda retenido en los efectos y no llega a discernir las causas. Mira fuera y no dentro del hombre. Y es imposible solucionar una causa arreglando solo sus efectos. Ante una inundación, nada hacemos achicando agua, sino reparando la tubería.

El hombre actual vive un importante estancamiento de entendimiento y voluntad debido a las muy fuertes presiones del ego y del ambiente. Vive del ambiente y es ambiente. Esto supone una gran merma de humanidad y representa una verdadera desgracia porque ha llegado a petrificar ya su desorden humano y lo ha aceptado como “normal”. Ha convertido lo bueno en malo y lo malo en bueno y ha hecho del mal como un derecho. Por ello, cuando el profeta convoca a crecer y madurar, la gente le tilda de “optimista”, y cuando señala defectos y rutinas, le llama “pesimista”.  Es la prueba de la radicación del mal está asentado ya en la mentalidad y en el corazón y de que se ha hecho muy difícil la conversión.

La crisis afecta profundamente al hombre y ha llegado a debilitar su identidad, el sentido último de la vida, su visión trascendente de la existencia, su dimensión personal, social y espiritual. Cuando el hombre activa su libertad, lo mejor de él, utiliza muchas veces su instinto más que su espíritu; más su condición animal que su condición de imagen de Dios, le mueve más el interés que la gratuidad. Esto hace que abunden las personas desgracia, no gracia, las personas infierno, no cielo.

Ante tanta pobreza material y espiritual, soledad, desarmonía, vacío, sufrimiento, tristeza, carencias, ignorancia, desamor, el verdadero remedio es madurar una nueva conciencia de lo original y constituyente. Hay que saber encontrar lugares, personas, con piezas o recambios de origen. Lo sucedáneo, lo espectacular cultural, las formas sin esencia, desplazan muchas veces a lo original evangélico, incluso en las estructuras institucionales. Hay que ser fiel al original, el evangelio, y fiel al hombre hablándole en su lenguaje. La mejor evangelización es una vida capaz de fascinar y atraer, transmitida por el testimonio, por la vía de los fermentos.

Es impensable cambiar la sociedad, la comunidad, allí donde el hombre no cambia personalmente por dentro. Todo cambio que se salte la transformación interior del hombre es autoengaño y evasión. Es como pretender reparar la casa por el tejado, cuando lo que está cediendo son los cimientos. El hombre, o camina desde dentro, o no camina.

El evangelio nos llama siempre a una conversión radical y total que es transformación de la mente (de mentalidad); del corazón (o de espíritu, la profundidad del hombre); de la conducta (o de obras). Es un paso del hombre “viejo” al “hombre nuevo”.

La posibilidad de cambiar está en dependencia absoluta de nuestra capacidad de hacer silencio interior, de saber superar tanto el ruido exterior del ambiente como el interior de las turbaciones emotivas. El verdadero silencio consiste en saber ver si hay algo más allá de lo que hago ordinariamente, en estar abiertos para ver qué queda en mí cuando no hago nada de lo que hago. Tengo poco si sólo tengo lo que tengo. Debo abrirme. El hombre recibe mucho más por la vía de receptividad que por su actividad.

El impulso más generoso de nuestra vida consiste en ser capaces de avivar una nueva luz, una nueva conciencia, de “darnos cuenta de”…, de profundizar la mirada, de reeducar nuestra capacidad de atención, de aprender a escuchar. Para lo cual tenemos que saber entrar en sintonía y comunión con el mundo real del “tú”o del otro, de la comunidad (sin comunidad no es posible la vida cristiana), de la vida, de la historia, dejándonos invadir por ello. Ellos tienen lo que a mí me falta. Es mucho más lo que me pueden dar que lo que ya tengo.

La pista de solución es intentar sacar en mí el mejor yo. El hombre es su ego. Y el “ego” es el pensamiento, el haz de recuerdos, imágenes-impulsos, de la propia historia personal registrados en la memoria. Cada uno tenemos nuestra “tarjeta-memoria”, como en las agendas electrónicas y teléfonos. Ese “Ego” está influenciado por el “Ello” o la herencia secular (devocionalismo sin biblia ni liturgia), y por el Super-ego”, el medio cultural (posmodernidad, posconcilio).

El Ego es el registro de las huellas y herencia del pasado. No registra los hechos, sino la interpretación de los hechos. El pensamiento o la memoria, cuando se erige como centro y rector de nuestra interioridad y de nuestra vida de relación, constituye el Ego, el hombre siempre viejo que mira con exceso al pasado, que bloquea y distorsiona la comunión con la vida y la realidad. Es una desgracia una persona en la que la memoria del pasado es el rector de su vida, ajena al acontecer vivo y actual. Quien se guía por el pensamiento-memoria ve la vida no como es en sí, sino a través del filtro de sus propios conocimientos e intereses, por la ley de su simpatía o antipatía. Se encierra en su subjetividad y se sitúa en un estado de individualismo o separatividad que le lleva a la experiencia del vacío, de inseguridad, de angustia y de temor.

La memoria, por ser siempre pasado, selecciona, fragmenta y distorsiona la realidad. Es egocéntrica y conflictiva. Tiende a la condenación de lo que no es él y a la justificación de lo suyo contra lo otro. Aísla de la vida, y por tanto, de Dios. Se cierra a la consecución de lo nuevo. No vive lo real: se fuga al ideal, a lo que “debería ser”, huyendo de “lo que es”; a la costumbre, ladeando la verdad; a lo que hace todo el mundo, no a lo que él debería hacer; al conformismo, no a lo original. Puede hacer reformas, pero no transformación.

Es sospechoso ser siempre una persona “satisfecha”. ¿Hay razones para ello? Una persona puede estar satisfecha:
-por autenticidad: cuando he llegado ya a comprender lo que significa madurar y vivir en armonía;
-o por autosugestión: si he llegado a creerme que no necesito nada, aunque la procesión vaya por dentro;
-o por acomodación, cuando ya me he hecho a una vida rutinaria.

Pero una persona verdaderamente seria no puede en modo alguno ser una persona satisfecha. El gran engaño es vivir alienados, adormecidos, sin libertad interior.

Dios es Fundamento, Sentido y Meta de nuestra vida. La conversión conlleva el encuentro
-con el Dios vivo, no con el pensamiento o una imagen de él,
-con “lo que es”, no con lo que debería ser, o los ideales;
-con lo real, no con las ideas.

No podemos estar detenidos en las ideas y conceptos. Hay que saber no sólo escuchar, sino alcanzar una percepción directa, “tocando” lo real.

Todo esto nos obliga a la renuncia de ser “normales”, a replantearnos hacer lo que todos suelen hacer, a seguir la corriente. Hay que atreverse no sólo a pensar, sino a desobedecer al ambiente, intentando continuamente acercarnos a lo original, a lo que verdaderamente es.

Yo no soy mi nombre, ni mi cargo, ni lo que hago, ni lo que tengo, ni la imagen que proyecto, ni mi modo de pensar, ni mi historia. Soy estructuralmente una aspiración a ser más, a conocer más, a amar más. Y esto está en referencia necesaria con Dios. Pues Dios es Padre, o Fuente del Ser. Es Hijo, o fuente del Conocer. Es Espíritu, o fuente de amar.

Dios no es ni concepto, ni lo concreto. Es lo Real. Es, desde luego, “lo mejor de mí”, “lo más mío de lo mío”.

                                                                   Francisco Martínez