La conversión

Conversión, viene del latín clásico conversio, que significa cambiar. Aunque cambiar no es mucho decir: puedo cambiar a mejor, a peor, cambiar de sexo, de ideas, de criterios, de aficiones… En su acepción cristiana tradicional, conversión es la vuelta al Padre del quien se había alejado por el pecado. También se aplica a los que descubren y entran en la Iglesia.
Con todo, la versión griega de la traducción latina de conversión, es mucho más expresiva: Metanoia (μετανοιεν), μετα cambiar de opinión, arrepentirse, cambiar de modo de ser o de meta y νόυς , de la mente) corresponde a una situación en la que en un trayecto ha tenido que volverse del camino en que se movía y tomar otra dirección.
Toda la retórica sacra vertida sobre este tema, resulta a veces difícil de entender desde la perspectiva de nuestro tiempo. Nos suena a hueco, a desmesura literaria. Quizá poniendo unos pocos ejemplos de conversiones, que es lo que realmente ocurre, en lugar de la conversión como concepto o realidad intelectual, será más fácil aprender la lección que la Iglesia nos quiere dar en estos días de bendición que son la Cuaresma. Son días de bendición, ciertamente, porque hacen un paréntesis en la vida cotidiana del cristiano para ayudarnos en nuestro grado de conversión, no para echarnos en cara lo poco convertidos que estamos.

La conversión es labor diaria, pero hay que refrescarla; la actividad rutinaria nos impide muchas veces ver la fuerza del Espíritu que nos empuja a acercarnos más a la realidad última, al Dios de nuestro destino.

Modos de conversión

Primero.
Partiendo de una seria observancia religiosa y
de una práctica piadosa y rehuyendo el pecado,
necesito la conversión.

1. Un piadoso fariseo no entiende qué tiene de especial el Evangelio, porque él es creyente y cumplidor escrupuloso de la Ley, requisito para la salvación: Conversión de Nicodemo

El evangelio de Juan nos habla de un fariseo principal, Nicodemo, que se acerca de noche a Jesús, alabándole por los prodigios que hace, sin duda atraído por la fuerza del enviado de Dios (Jn 3, 1-2). Jesús le dice, dejándose de circunloquios, que quien no naciere de arriba, no puede entrar en el reino de Dios (v. 3). No se espera Nicodemo algo tan radical y contesta:
¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer? (Jn 3,4)
No hay forma de ponerse de acuerdo; estamos hablando de cosas distintas. Jesús lo explica de nuevo: En verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu es espíritu. No te maravilles de que te he dicho: Es preciso nacer de arriba. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo nacido del Espíritu (Jn 3,5-8). Parece claro el doble requerimiento: agua de conversión, de penitencia, de arrepentimiento, y luego cambiar radicalmente de valores: que sea el Espíritu el protagonista de la nueva vida, puesto que se ha transformado en la nueva madre del alma:
Respondió Nicodemo y dijo: ¿Cómo puede ser esto? Jesús respondió y dijo: ¿Eres maestro en Israel y no sabes esto? En verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos y de lo que hemos visto damos testimonio; pero vosotros no recibís nuestro testimonio. Si hablándoos de cosas terrenas no creéis, ¿cómo creeríais si os hablase de cosas celestiales? (Jn 3, 9-12)

El problema de la conversión es muy complejo, porque supone cambiar absolutamente de registro, moverse por los parámetros del Espíritu, no seguir por el camino del mero cumplimiento. Es mucho más que dejar de hacer el mal y también más que practicar el bien; es aceptar la transformación de ver el mundo con la clave de lo sobrenatural, todo el mundo, toda la vida. Por eso un buen fariseo, una persona seguramente cumplidora y escasamente pecadora, no entiende la conversión de Jesús. De todos, Nicodemo se convirtió realmente, porque lo encontramos preparando el cuerpo de Cristo para la sepultura en Jn 19, 39.

2. No entendemos qué ocurre con Cristo, que es nuestro Amigo y Maestro y al que amamos, porque no lo sentimos dentro el alma: Conversión de Emaús

El médico Lucas, relata uno de los episodios más bellos de la vida de Jesús tras resucitar (Lc 24,l3ss). Dos de sus discípulos, Cleofás y otro, salen de Jerusalén camino de Emaús. Hablan tristemente de lo ocurrido con el Maestro y se encuentran con un desconocido que va de camino; él les pregunta sobre lo que estaban hablando y ellos le cuentan entristecidos la triste suerte del Señor y las muy dudosas noticias sobre su resurrección. El Señor les da primero una catequesis sobre lo que las Escrituras decían acerca del Mesías, lo que les debió dejar bastante impactados, porque le pidieron que se quedase con ellos.
Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y desapareció de su presencia (Lc 24,30-31).
Entonces se obra la nueva conversión, el cambio radical de modo de pensar. No estamos hablando de un profeta muerto, de un maestro amado, sino del Mesías, que primero les ha explicado Jesús a través de las Escrituras y luego ha actuado como en la Cena. La conversión ha sido un salto de dimensión: están en la divina. Ellos mismos se encuentran sobrepasados, cuando comentan:
¿No ardían nuestros corazones mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras? (Lc 24, 32).
Ya se ha operado la nueva conversión. No son más buenos, no se han arrepentido de nada malo hecho o pensado. Sencillamente, han saltado de órbita. Es la conversión que nos pide Dios: no te quedes pegado al suelo, salta a mis brazos. Las cosas no te van a ir mejor ni peor, no serás más rico o más pobre. Sencillamente, tu vida tendrá otro sentido.

3. No podemos entender que un profeta y maestro sea superior a la Ley secular de la Escritura, nos parece un falsificador, un innovador sin base divina: Conversión de Pablo

Pablo es perseguidor de los cristianos, como celoso fariseo, dentro de la ortodoxia más absoluta. Nos dice Lucas que Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se llegó al sumo sacerdote, pidiéndole cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si allí hallaba a quienes siguiesen ese camino, hombres o mujeres, los llevase atados a Jerusalén (Hch 9,1-2). Su preparación remota era pues la de un judaísmo radical, seguramente de observancia rigurosa, creyente en el influjo cotidiano de Dios en la vida del pueblo elegido y también en la resurrección. No hay intermediario alguno, salvo la Toráh, entre Dios y el pueblo judío. Pero en el camino de Damasco, se le cruza Jesucristo, ya resucitado y fuera de la dimensión histórica:
Estando ya cerca de Damasco, de repente se vio rodeado de una luz del cielo; y cayendo a tierra oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El contestó: ¿Quién eres, Señor? Y El: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer (Hch 9, 3-6).
En la exégesis más simple de la conversión, la fulminación de Pablo parece decisiva; es como si se prescindiese de la libertad de elección de la persona. Sin embargo, la clave está un poco más adelante:
Pero el Señor le dijo [a Ananías]: Ve, porque es éste para mí vaso de elección, para que lleve mi nombre ante las naciones y los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto habrá de padecer por mi nombre (Hch 9,15-16).
Es decir; Pablo sabe de antemano lo que le costará su elección, a partir de una designación externa a él. Para que la conversión total tenga efecto, es preciso que el mismo Saulo acepte lo que le viene encima con todas las consecuencias, bautizándose, lo que hace (v.18) y que se posesione de él, que lo ha aceptado de antemano, el Espíritu Santo:
…el Señor Jesús, que se te apareció en el camino que traías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espfritu Santo (Hch 9,17)
Segundo.
Partiendo de una vida moralmente incompatible
con la ley de Dios, entregado a mis intereses,
a mis criterios, insatisfecho conmigo mismo,
necesito la conversión.

4. No estoy contento con mi vida, objetivamente opuesta a la Ley de Dios y me acerco deliberadamente, para ver si accede a atraparme en una red de salvación que me parece bastante deseable: Conversión de Zaqueo

El evangelio de Lucas nos habla de un publicano principal, muy rico y jefe de otros recaudadores (Lc 19, 1 ss) que vive en Jericó. Era de pequeña estatura y se entera de que pasa Jesús y, como desea verle, se sube a una higuera silvestre para no perderse detalle (v. 4). cuando Jesús pasa al lado, le llama y le dice que se va a hospedar en su casa. El primer paso lo da Jesús, que va a buscar a las ovejas de Israel, el segundo Zaqueo, que quiere ver a ese profeta y el tercer, imperativo, Jesús, que decide quedarse en casa del recaudador, siendo el cuarto el de este mismo hombre, que acepta encantado la autoinvitación:
Viéndolo, todos murmuraban de que hubiera entrado a alojarse en casa de un hombre pecador. Zaqueo, en pie, dijo al Señor: Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo (Lc 19,7-8)
La conversión ha sido radical. Zaqueo ha comprendido con quién se la juega y acepta encantado su derrota. Y para certificarlo, hace una profesión de vida radicalmente distinta de la llevada hasta entonces; invierte en el banco de la confianza en Dios y al tiempo repara el mal hecho en la medida de sus posibilidades. Jesús certifica que ese es el camino correcto:
Díjole Jesús: Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo de Abrahám; pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 9-10)
Se ha metido en el lío él solito. Y sale ganando.5. No estoy contento con mi vida, sobre todo porque no consigo mi autorrealización, el poder de dirigir mi propio destino y acabo descubriendo que hay un poder mucho más fuerte que el que yo concebía: Conversión de Ignacio de Loyola
Es de sobra conocido el proceso de conversión de Ignacio López, de la casa de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. El mismo lo relata con detalle en la autobiografía de entre 1553 y 1555. Convaleciente de dos intervenciones necesarias para reparar una grave herida de guerra en la pierna, sufrida como asediador castellano a la plaza de Pamplona, tiene largos días en que pensar y leer. Lee lo que encuentra a mano en su casa de Loyola, es decir, vidas de santos y poco más. Su voluntad de poder, rasgo congénito de su personalidad, oscila en las lecturas y consecuentes meditaciones, entre el recuerdo de la vida pasada, de cortesano aprendiz y militar pendenciero y ambicioso y la ambición de emular a los santos cuyas vidas lee. Todo es una conquista, un triunfo, ganado a base de esfuerzo, para llegar a la gloria, mundana o celestial. En este largo proceso, poco a poco va venciendo la inclinación hacia la conducta de los santos héroes y el desprecio hacia la vanidad de lo mundano y militar. Es un católico del montón, de formas, pero su alma se ablanda progresivamente en el deseo de seguir la huella de los atletas de Cristo. Dice, refiriéndose a los recuerdos y deseos relativos a los dos modos de vida que pone en paralelo:
Y ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, desta manera. Estando una noche despierto, vido claramente una imagen de Nuestra Señora con el santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada, y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas (Autobiog., 10)
El camino seguido para esta conversión radical ha sido curioso. Primero, la inactividad forzada, que hay que llenar, después el hallazgo de fuentes de meditación, a continuación la rumiación de los recuerdos remotos y las vivencias recién tenidas por las lecturas, progresivamente una elección más decantada y, por fin, la experiencia mística, quizá más fruto de la explosión del acúmulo de decisiones y sentimientos que pugnan por salir al terreno consciente, que de una revelación particular, y al fin la decisión irrevocable, en la certeza de estar en el mejor camino. Un nuevo Ignacio.
6. No estoy contento con mi vida, busco continuamente nuevas ideas, nuevas filosofias, nuevos conocimientos, algo que apague mi sed de ser y al final me encuentro con el hecho de que la vida no es problema de pensar y saber sino de vivir y de hacerlo en un orden divino: Conversión de Agustín
Tras conocer el propósito de Ponticiano, un amigo casado, de renunciar al mundo y retirarse a la vida monacal de acuerdo con su esposa, reflexiona Agustín:
Todo esto nos contaba Ponticiano, y mientras él lo estaba refiriendo, Vos Señor, me obligabais a que volviese en mí y me considerase, haciendo que todo el feo semblante de mi mala vida, que yo había echado a las espaldas por no yerme, se me pusiese delante de mí para que viese cuán feo era, cuán descompuesto y sucio, manchado y lleno de llagas (Conf. VII, 16).
Tras la lucha interior y la consideración de la propia vida y lo que ocurre con las ajenas, estando en el jardín, se pregunta muy conmovido, y lo comunica a Alipio, por su lucha y la causa de que no ceda ante la fuerza de lo que dice el corazón:
Retiréme, pues, al huerto, siguiéndome Alipio sin apartarse de mi un paso, porque aunque él estuviese conmigo, no me estorbaba para estar solo. ¿ Y cómo había de dejarme, viéndome en aquel estado? Sentámonos lo más lejos que pudimos de la casa, y allí bramaba yo, enfurecido e irritado contra mí mismo, reprendiéndome con un enojo inquietísimo el que retardase el ir a abrazarme con Vos, Dios mío, cumpliendo vuestra voluntad y ley, como todos mis sentidos interiores y exteriores, todas mis facultades y potencias me persuadían y clamaban que debía ejecutarlo… (Conf. VIII, 19).
Sufre una lucha tremenda, al conocer la oposición entre el deseo carnal, es decir, hacer lo que quiero y lo espiritual, es decir, seguir las indicaciones divinas, liberado de las propias tendencias. Retirado un poco más, bajo una higuera, llora amargamente por lo que ha sido el desatino de su vida y recibe el último empujón providencial:
Estaba yo diciendo esto y llorando con amarguísima contrición de mi corazón, cuando he aquí que de la casa inmediata oigo una voz como de un niño o niña, que cantaba y repetía muchas veces: Toma y lee, toma y lee.. .yo no pude interpretar eso sino como una orden del Cielo, en que de parte de Dios se me mandaba que abriese el libro de las Epístolas de san Pablo y leyese el primer capítulo que casualmente se me presentase… Tomé el libro, lo abrí y leí para mí aquel capítulo que primero se presentó a mis ojos, y eran estas palabras: No en banquetes ni en embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas o emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo. No quise leer más adelante, ni tampoco era menester, porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas” (Conf. XII, 28-29).
Aceptó una sugerencia más que dudosa, quizá una coincidencia, como voz de origen divino: las circunstancias aparentemente fortuitas, pueden ser auténticas gracias actuales, ocasiones de conversión.
Tercero.
Partiendo de una vida moralmente opuesta a la ley de Dios,
insatisfecho conmigo mismo y
enfrentado al mundo y a la Creación,
aún en el momento de la muerte,
puedo convertirme.

7. Partiendo de una vida moralmente insana, que entiendo como tal, descontento conmigo mismo y con mi destino, creo descubrir que Cristo es la esperanza que me aguarda: Conversión de Dimas

El relato de la Pasión es una dura sucesión de dolor y de entrega a Dios. En él se mezclan aspectos cotidianos, como la esponja con posca o el reparto de las vestiduras, con el monólogo torturado del Hombre-Dios agonizante. Cristo, crucificado entre dos malhechores, se debate en la difícil respiración de un cuerpo pendiente del madero. A su lado, los delincuentes hacen otro tanto, pero uno de ellos, al que la tradición apócrifa ha denominado Dimas, mira al Rey y ve en El a alguien más que un compañero de desgracia. Primero, reconoce a Jesús como el Mesías, ante su rebelde compañero de ejecución:
Uno de los malhechores crucificados le insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a ti mismo y a nosotros. Pero el otro, tomando la palabra, le reprendía, diciendo: ¿Ni tú, que estás sufriendo el mismo suplicio, temes a Dios? (Lc 23,39-40).
Asume, en la medida en que su entendimiento se lo permite, el mesianismo de Jesús, lo dice públicamente y luego, sin cuidarse más de las palabras de su compañero de infortunio, se dirige a Cristo:
Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (v. 42).
En plena agonía, Cristo no se olvida de su recién convertido y le confirma en la esperanza: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso (Vs. 43). Sin duda lo cumplió. La conversión se puede dar hasta el final; no se recupera la vida perdida, pero se halla la presencia beatífica, la culminación de todos los afanes. Es la lección final que Cristo da antes de expirar. Ni siquiera en la hora de la muerte, es tarde para la conversión; aún entonces está esperando la Providencia para sacarnos de la humanidad caída.
Conclusión
Conversión del agua en vino o cómo hacer que la insípida vida cotidiana se llene de fuego, aunque sea en forma de pequeña hoguera que irá creciendo con el tiempo.
Hay una conversión física que recuerda por sus circunstancias al proceso interno de conversión: el conocido episodio de las bodas de Caná. La Iglesia prepara a todos los fieles para la conversión, año tras año, mediante la liturgia y las prácticas cuaresmales. Nadie se convierte por hacer algo o leer algo; se trata de crear una atmósfera propicia para dejar actuar al Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros, a fin de lograr la conversión, el auténtico vuelco de valores y de líneas directrices de nuestra vida.
Entre las influencias activas que tenemos para conseguir, progresivamente, la conversión, está la acción de María, la Madre de Cristo. Ya sabemos que hay una celebración de boda, a la que asisten Jesús y María, en Caná de Galilea (Jn 2, lss). En un momento, el jefe de sala se da cuenta de que falta el vino y María también; así que se lo indica a Jesús: No tienen vino (vs. 3). Jesús alega que aún no ha llegado su hora, pero la respuesta de María es contundente.
Dijo la madre a los servidores: Haced lo que Él os diga (vs. 5)

Y se queda tan tranquila. Digamos que ha empujado un poquito al Hijo, adelantando algo la hora de su manifestación. El vino resultante (ignoramos si Cariñena, Somontano, Calatayud o Borja…) resulta de excelente calidad (v. 10) y la fiesta acaba muy bien. Sin embargo, lo importante no es la transmutación, perfectamente posible para Jesús, ni siquiera la diligente observación del fallo por parte de María. Lo auténticamente importante es el diálogo entre María, que da las indicaciones y los servidores, que las cumplen, centrado el interés en el bien de la celebración. La indicación continua, cuando tan a menudo recurrimos a María, propiciadora de todas las gracias, es, además de su maternal solicitud, empujando un poquito a Jesús a que se acerque a la necesidad, es su instrucción tajante y confiada: Haced lo que Él os diga.

Francisco Abad Alegría
Psiquiatra
Profesor del Instituto Diocesano
de Estudios Teológicos para Seglares