Jueves Santo de la cena del Señor

Éxodo 12,1-8. 11-14  –  Salmo 115  –  1ª Corintios11. 23-26

Juan 13, 1-15:Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.» Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.» Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.» Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.» Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Comentario

JUEVES SANTO, 2019

Los amó hasta el extremo En este primer día del Triduo Santo la Iglesia centra la atención en la institución de la sagrada Cena del Señor. Esta Cena afecta de manera fundamental a la asamblea reunida, a la comunidad cristiana. Tanto, que sin ella la misma eucaristía carecería de sentido. Pues la eucaristía no sirve solo para hacer el Cuerpo de Cristo, sino para hacernos a nosotros verdadero Cuerpo de Cristo. En su significado profundo original Cristo no instituyó la Eucaristía con el fin de adorarle a él, sino para que nosotros adoremos al Padre adorando al hermano. Esta expresión puede parecer extraña a alguno. Pero ello demostraría la importancia del desvío histórico de la piedad eucarística sufrido por el pueblo a causa de las discusiones doctrinales de la Edad Media. La Encarnación y la redención, y por tanto también la eucaristía, las verificó Cristo “por nosotros los hombres”. “El por nosotros” y el “para nosotros” determinan el por qué profundo de la institución eucarística. Esto es lo que hay de más hondo en la mente de Jesús expresado con claridad y reiteración. Es preciso saber leer bien los textos y discernir el verdadero pensamiento del Señor. Las discusiones sobre la presencia real de Cristo en el pan consagrado, de la Edad Media, desviaron y relativizaron la verdad de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Y esto ha empobrecido seriamente la comprensión de la misma eucaristía tal como queda expresada en el Nuevo Testamento y en los Padres de la Iglesia. Si bien la Cena de Cristo no fue la cena pascual de los judíos, sino una cena de despedida, sin embargo, el contexto cronológico fue el que imperaba en “el día antes de la celebración de la pascua”. Era el de la memoria de un pueblo saliendo de la opresión de la esclavitud y anhelando ser libre. El cordero sacrificado y comido tenía también el significado de sustento para hacer el camino arduo hacia la libertad. Ahora el cordero comido es el mismo Cristo, y lo es en el trance mismo de dar su vida por todos. Lo hace en el contexto de un nuevo mundo de esclavitud y opresión, liberándonos de la esclavitud del pecado y poniéndonos en trance de fraternidad. En la eucaristía original sobresale este rasgo fundamental de tener que hacer lo mismo que Jesús hizo, de darse en comida, de realizar en el don de sí el amor extremo. Para mayor claridad, Juan, en lugar de hablar hoy de la institución de la Cena, narra el episodio del lavatorio de los pies inserto en medio del banquete. Esto puede ser causa de extrañeza. La causa histórica podría ser que las comunidades de Juan, ya en el primer momento, daban excesiva relevancia a la celebración ritual de la cena, olvidándose de las implicaciones éticas, por lo que el evangelista resalta con determinación la caridad fraterna como la sustancia misma de la Cena. Esto es lo que afirma claramente Pablo cuando da primacía absoluta a la caridad en la celebración de la Cena en Corinto. El lavado de los pies constituía una tarea degradante y humillante de siervos y esclavos, no digna de un maestro hacia a sus discípulos. La reacción de Pedro ante el gesto de Jesús es comprensible. No lo entiende. Como tampoco nosotros entendemos la sustancia de la eucaristía. Solo cuando Jesús resucite y envíe el Espíritu Santo, lo entenderán Pedro y los demás. Jesús, muriendo en cruz, como siervo, es como lava los pecados del mundo. Es el amor lo que purifica y salva en el nuevo plan de salvación de Jesús. La Cena nos implica a todos a hacer lo mismo que Jesús hizo, a hacernos pan para los demás, a alimentar dichosamente el futuro de los que con nosotros conviven, a amarlos hasta el extremo. La eucaristía no es reducible a una acción piadosa tal como la entienden muchos. Es ser piedad y misericordia con todos. Es un sacrificio que no consiste en no sacrificar a nadie, sino en demostrar la máxima delicadeza y amor. Es un verdadero antisacrificio, es decir, el compromiso de ser positivos siempre y con todos. Es existir en comunidad y en comunión. Es poder decir con Jesús y como él: “Tomad… comed, mi cuerpo entregado… Tomad y bebed… mi sangre derramada”. No hay eucaristía sin fraternidad. Aunque nos hayamos acostumbrado a ello. No se puede celebrar sin pan y sin vino. Mucho menos se puede celebrar sin amor efectivo, sin don gratuito de sí. “La hostia” no son solo los elementos materiales, sino la asamblea, las personas. El centro de la celebración no está solo en el altar, sino también dentro de los corazones ya que es en ellos donde acontece lo mismo que existe en el altar. La conversión de los elementos está al servicio de la transformación de las personas. No es generar poder y distinción, sino servir y “no poder” ante el hermano. Esto deberían reflejarlo todo, los ornamentos, la eliminación de tronos y distinciones que pueden ser verdadera antieucaristía. Pesa más la verdad que la costumbre. San Ignacio de Antioquía, a finales del siglo primero, escribe: “La carne de Cristo es la caridad divina”. Y Pablo, ante las divisiones existentes en la celebración de la cena, entre pobres y ricos, entre libres y esclavos, afirma categóricamente; “Esto no es celebrar la Cena del Señor” (1 Cor 11,20, “es despreciar a la Iglesia de Dios e insultar a los que no tienen” (1 Cor 11,22), “es comer el pan y beber el cáliz indignamente y ser reo del cuerpo y de la sangre de Cristo” (1 Cor 11,27), es “comer y beber sin discernir el cuerpo” o la comunidad de los hermanos (1 Cor 11, 29). Hermanos: al celebrar la institución sagrada de la eucaristía, mantengamos el sentido de lo fundamental de nuestra fe, sin dejarnos llevar por costumbres y tradiciones que no responden a la verdad de unos hechos verdaderamente sagrados e infalsificables, por amor y respeto a Jesucristo. Hagamos lo que él hizo y como él lo hizo y vivamos con emoción los valores espirituales fundamentales de este día santo y que son reconocer y vivir el amor ilimitado que el Padre nos tiene al entregar al Hijo por nosotros; el amor del Hijo al Padre obedeciendo hasta la muerte; compartir, acoger, poner en común, comer juntos; ser fieles a lo instituido por Jesús en la Cena, derramando nosotros «hoy» nuestra vida en los hombres en el contexto de los problemas y necesidades de nuestro tiempo; construir la comunidad en la fraternidad y la paz; hacernos pan de los otros, darnos sin límites ni condiciones; ser siempre positivos, incluso con los que nos ofenden; relacionarnos siempre con los otros desde la gratuidad y no por interés; amar incondicionalmente, sin tener en cuenta la ignominia.

                                         Francisco Martínez

www.cemtroberit.com  –   E-mail:berit@centro berit.com

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