Fiesta de la Sagrada Familia

Lecturas

Eclesiástico 3 ,2-6.12-15  –  Salmo 127  –  Colosenses 3,12-21

Mateo 2, 13-15.19-23: Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.» Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

Comentario

LA SAGRADA FAMILIA, 2019

Dentro del tiempo de Navidad, celebramos en este domingo la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Es una consecuencia obvia de la encarnación de Jesús. Si el Verbo de Dios se encarna y nace de una mujer, allí mismo hay una madre y una familia. Se trata, evidentemente, de una familia muy singular. El Hijo de la familia es Hijo de Dios. La madre es virgen. Y el esposo, José, es célibe. Todo responde a un marco singular, impresionante, que dimana de la decisión de Dios. Pero el desenvolvimiento de las funciones peculiares temporales de aquella familia es correctamente humano y normal. Y es en este contexto singular donde se fragua el inicio nuclear de la historia de la salvación. A través de acontecimientos que se desenvuelven de forma ordinaria y corriente tiene lugar la gran obra de Dios con la humanidad. María es madre de Jesús. Le presta su propia carne y sangre. En Jesús, Dios y hombre verdadero, resulta una única persona. Esta unión personal de Dios y del hombre en Jesús es el acontecimiento cima de la historia y del universo y se convierte en razón y causa de la vocación y transfiguración divina de la humanidad entera. Es la obra impresionante del amor de Dios al mundo al que le da su propio Hijo. Un único sujeto, una misma persona, pero con naturaleza verdaderamente humana y verdaderamente divina, es causa y modelo de nuestra divinización. José es la gran persona a la que Dios confía el cuidado de la madre y del Hijo y el cuidado, por tanto, de los comienzos de la salvación. Todo esto tendrá repercusión eterna. No sabemos mucho de aquellos inicios, pero todas los acontecimientos se asientan en una realidad cierta e innegable. Hay aquí una familia humana indudable, hay un padre que realiza las funciones de padre tal como acontece en las familias del mundo. Hay también una madre que asume las tareas propias de una verdadera madre. Y hay una familia humana que responde a una vocación divina singular y la vive y la expresa en el contexto de una cultura humana propia de un rincón concreto de la historia. El evangelio de este domingo tiene dos partes. En la primera Mateo relata la huida de la familia de Jesús a Egipto. La acción está dirigida por Dios por medio del ángel y con la colaboración obediente de José. Herodes y su sucesor Arquelao representan la oposición violenta que encuentra la expansión del reinado de Dios ya en sus mismos comienzos, pero también la impotencia para impedir que siga adelante la salvación de Dios. En la segunda parte aparece José, persona obediente, implicada del todo con la voluntad de Dios. La revelación en sueños no impide una verdadera obediencia comprometida, fruto de una reflexión y discernimiento continuo. La humilde casa de Nazaret aparece como un signo misterioso en el que Dios se manifiesta en un conjunto de cosas pequeñas y ordinarias para el común de los hombres, de forma que ser padre o madre, dedicarse al trabajo, compartir la vida social en un núcleo urbano pequeño, adquieren también una significación trascendente. La sagrada familia de Nazaret, en su misma pequeñez y modestia, y en atención al estilo de austeridad y pobreza y a la carencia absoluta de ruido social, se convierte en paradigma absoluto de vida social, familiar, laboral, y en modelo de actitudes y sentimientos personales y comunitarios. Nazaret es cátedra singular de una vida con sentido y horizonte, de valores domésticos, personales y públicos. Es texto abierto que nos habla de la trascendencia de lo real y común, del cada día y en cualquier lugar. Nazaret es escuela de la humanidad y de todo orden de convivencia. Es universidad de valores temporales y eternos, humanos y divinos y de la sabiduría integral. La sagrada Familia de Nazaret es un suceso de revelación y de gracia de magnitud extraordinaria. Enseña siendo y viviendo. Habla con la vida y con los hechos ordinarios. Es senda práctica inteligible para todos, aun cuando hablen en diversidad de lenguas. Es una vivencia de lo divino de forma humana y sencilla. El mismo silencio y la simplicidad están cargados de sentido y de significación. No sabemos mucho de Nazaret. Pero este no saber forma parte de la intención de Dios que, a pesar de su revelación trascendente, utiliza la pedagogía de lo más pobre y sencillo. En el corazón de lo ordinario se esconde una auténtica iniciación. Es el proyecto de Dios haciéndose realidad e historia. Es una lección vivida y no solo enseñada. Todo goza de inmensa sencillez, pero todo tiene sentido trascendente, comenzando por el mismo silencio. Pablo VI, en su alocución en Nazaret el 5 de enero de 1964, habló del sentido del silencio de Nazaret. Silencio tan necesario para nosotros hoy que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. El ruido es el lenguaje de los que viven vacíos y son superficiales. Se opone a lo profundo y misterioso. Muchos quisieran llenar su hondo vacío mediante el ruido. Pero el ruido suele ser el lenguaje de la superficialidad. “Por el ruido que nadie sepa que existís”, dijo una gran religiosa del siglo pasado. Al hombre de valores profundos le molesta fuertemente el ruido. En la misma familia tenemos cada día ejemplos manifiestos de este ruido. En la comida familiar, cuando todos nos sentamos cara a cara para hablar y comer, es frecuente el hecho de hijos que en una mano manejan el tenedor, y en la otra el mando de la televisión o el teléfono móvil que están manipulando continuamente. Aparecen ausentes de la comida y de la conversación. No tienen nada que comunicar. Los demás no existen. Necesitan ruido porque son ambiente y ruido. Esto es muy grave. Nazaret es una cura de riqueza humana y de profundidad. Nazaret es una lección sublime de vida familiar. La mujer es madre y hace de madre. En su ternura entrañable el niño aprende un amor que trasciende, que tiende a lo infinito. En las entrañas de una madre el niño aprende que Dios es amor. A quien no ha conocido lo entrañable le acecha una vida superficial. Para nacer y vivir necesitamos de las entrañas. El amor de la madre es ante todo un amor de referencia que no termina en ella. El amor profundo saca del individualismo y remite a lo trascendente. Es en el amor trascendente como el niño aprende que Dios existe y nos ama. Cuando el padre hace de padre, inicia e introduce en el amor de un Dios que es Padre. Si es maravilloso tener padre en la vida y gozarlo, lo es tanto más aprender en la paternidad humana la paternidad verdaderamente divina. Es también en Nazaret donde aprendemos el sentido profundo del trabajo. El trabajo es inherente a la vida humana porque Dios hizo al hombre socio de la creación. El trabajo prolonga la creación y prolonga también la redención liberando a la persona de todas las servidumbres humanas. Es un acto verdaderamente divino. La teología del trabajo ha entrado tarde en el panorama espiritual y pastoral y muchos tienen de él un concepto puramente económico. Este hecho es raíz de desaciertos e injusticias planetarias en nuestro mundo actual. El trabajo está en el vértice de la capacidad creadora del hombre y está también en el núcleo mismo de las tensiones, violencias y guerras modernas. Es preciso tener un concepto creyente del trabajo pensando que no es sólo un fenómeno social y cultural, sino teologal y moral. De él dependen los bienes más sagrados para la vida y la paz entre los hombres. Nazaret es modelo de trabajo creador y liberador. El cristiano actual ha de aprender en los catecismos no solo las verdades explícitamente religiosas, sino también el sentido profundo de las realidades naturales. La encarnación de Jesús y su vida en Nazaret nos enseñan que la existencia cristina es una existencia encarnada. Hay que ser fieles al cielo siendo también fieles a la tierra, componiendo y arreglando según Dios las realidades fundamentales de la convivencia social humana. Reconociendo sobre todo la dignidad de la persona como imagen de Dios y su libertad. La persona no es el individuo, ni es simple número. Mucho menos es un mero objeto. Es una vocación y necesita disponer de su libertad para poder conseguirla por sí misma. Su desarrollo humano y creyente está por encima de la simple producción. El trabajo humano está siempre por encima del capital. Los medios nunca están por encima del fin. La dialéctica del tener nunca ha de sustituir la necesidad de ser. Pidamos hoy a la sagrada Familia que nos enseñen a vivir los verdaderos valores de la existencia.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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