Festividad de Nuestra Señora del Pilar

Lecturas

1ª Crónicas 15, 3-4.15-16 ( o Hechos 1, 12-14) –  Salmo 26

Lucas 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.»
Pero él repuso: «Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

Comentario

NUESTRA SEÑORA DEL PILAR 2018

Hoy Aragón se conmueve en la fiesta de Nuestra Señora del Pilar. Y no solo Aragón, sino España y muchas naciones de Hispanoamérica. Esta celebración no se reduce solo a la vivencia de una fiesta social, que por el hecho de ser patronal, nos sobreviene cada año. La figura de María extiende sus raíces en lo más hondo de la historia de la salvación de la humanidad, en lo más entrañable de la humanación del Hijo de Dios como verdadero salvador de los hombres. Es incuestionable que el pueblo ha vivido siempre una gran devoción a María. Y resulta también evidente que este Pilar de Zaragoza es testimonio histórico de la concurrencia multisecular de nuestro pueblo bajo el amparo de María y de su protección maternal. María nos ha llevado siempre a las raíces de nuestra fe. Y lo ha hecho de forma palmaria y abundante. Es un hecho constatable que la santa Capilla nunca está sola. Nuestro pueblo permanece siempre junto a ella en actitud de fe y ella permanece siempre junto a todos, en nuestros anhelos, necesidades y plegarias.

María es importante en la historia de Dios con los hombres y es también  trascendental para el acceso de los hombres en Dios. María estuvo ayer y sigue estando hoy esencialmente vinculada a Jesús y a su obra. El hecho de la encarnación del Verbo y de su nacimiento humano en Belén nos lleva necesariamente a María y a su misión singular. Siendo grande que el Hijo de Dios se haga hombre en nosotros y para nosotros, Lucas relata estos hechos no como crónica acabada de sucesos que pasan y se olvidan, sino como relatos que configuran para siempre el presente y el futuro de la historia de la nueva humanidad que deberá hacer suyos la persona y la vida de Jesús naciendo en él, conviviendo con él, conmuriendo y resucitando con él. Lucas no se agota en la descripción biológica y carnal de la maternidad de María: la contempla como discípula rumiante permanente de la palabra de Dios, como modelo de respuesta, en la que Dios se manifestó siempre plenamente complacido, como lo demuestran las expresiones “llena de gracia, el Señor está contigo”. En la misión que Dios le confió no solo fue madre, sino que actuó como madre, implicando no solo su útero, pasivamente, sino su condición integral de mujer, siendo madre y actuando siempre como madre en un acompañamiento comprometido, singular y difícil. Ella se define “esclava del Señor” y por eso es aclamada como “bendita tú eres entre todas las mujeres”. La íntima participación de María en la obra de Jesús es descrita por Simeón como una espada que atravesará su alma, es decir, como un acompañamiento fiel a aquel que morirá por nosotros. María está siempre donde está Jesús, bien convirtiendo el agua en vino, la humanidad en divinidad, como en Caná, bien conmuriendo de corazón con Jesús en el Calvario.

María da a luz, en favor del mundo, al Hijo eterno y preexistente de Dios. El evangelio utiliza dos expresiones para fundamentarlo: “dar a luz” y “parir”. Juan lo refrenda afirmando que en ella “el Verbo se hizo carne”. Identifica lo que hay de más divino, trascendente y espiritual, con lo que hay de más material, carnal y animal: carne y parto. Se es madre engendrando una Persona. Una madre no engendra un cuerpo, sino una persona. María es madre de su Hijo en persona. Y este hijo es Dios. De esta forma el Hijo del Padre se convirtió en Hijo de María. Esta unión personal de lo divino y de lo humano significa en último término no solo que Dios amó hasta hacerse hijo de una mujer, hasta morir por nosotros, hasta asumir al hombre en su misma carnalidad. Significa también que Dios eternamente estará entre nosotros, para nosotros y en nosotros. Significa que Dios nos verá a nosotros en su Hijo, nos amará en su Hijo con el mismo amor con que ama a su Hijo. En Cristo la unión de Dios con el hombre se hace forzosamente eterna e indestructible.

María es madre integral porque antes de concebir a su Hijo,  en la concepción y parto, y durante su vida, fue siempre virgen. Ser virgen habla de la totalidad de la entrega. María fue virgen por lo mismo que es contemplada siempre como totalmente adherida a la palabra de Dios. María es Jesús comenzado. La carne de María es la carne de Jesús. La vida de Jesús fue la suya. El “hágase en mi según tu palabra” le acompañó siempre. Jesús bendice a su madre no solo por el hecho de ser su madre, sino, ante todo, por ser siempre oyente de la palabra, por haberle acogido no solo en su seno, sino en su corazón.

Esto nos lleva a dos actitudes trascendentales de María que nosotros debemos imitar. María nos enseña a acoger a Cristo y nos enseña también a acoger a Juan, a todo hombre, en nuestra vida.

María acogió a Jesús en su seno. Pero le acogió sobre todo en su corazón rumiando continuamente la palabra de Dios. Dice Lucas que “María rumiaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Cuando comulgamos recibimos a Jesús, el Hijo de Dios y el Hijo de María. Pero Jesús no está de forma mecánica o química en la eucaristía. Jesús es su palabra, su evangelio, sus discursos y parábolas. El concilio Vaticano II resume una doctrina sublime cuando nos dice en la Constitución sobre la sagrada liturgia que cuando proclamamos la palabra de Dios “Cristo mismo habla” (SC 7). Jesús se hace presente y comprensible en la lectura del evangelio. Si solo tuviéramos la hostia consagrada, tendríamos una presencia muda. El evangelio es la expresividad de la eucaristía. Los dos forman una misma realidad. Al comulgar hay que acoger el evangelio, entenderlo, asimilarlo. El cristiano ha de hacer una organización evangélica del corazón. Ha de ser, un evangelio vivo porque está llamado a ser testigo de Jesús.

Jesús está hoy en el hombre. Somos su cuerpo místico. Es impensable que comulguemos con la hostia santa y no comulguemos con el hombre que también es el cuerpo del Señor. Lo que hacemos a los hombres lo hacemos al mismo Cristo. Dios nos ha dado la gracia de la convivencia, de la comunidad, para hace visible su propia presencia, para que, amando al hombre, amemos a Dios. Amar en serio es ensanchar el corazón, fortalecer el amor que se vive en el cielo. Dios es amor. El cielo es amar. Y al cielo se va amando. Que la Virgen del Pilar nos enseñe a amar. Que bendiga a nuestras familias, a nuestros ancianos y niños, a las comunidades cristianas de Aragón y de España, que bendiga a los pobres y enfermos y a todos los que sufren. Que impulse en todos nosotros sentimientos de concordia, de reconciliación, de fraternidad e integración.

                                                              Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

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