El Triduo por dentro: el Viernes Santo

EL TRIDUO POR DENTRO: EL VIERNES SANTO

Sentirme Cristo en su viernes santo.

Pedirle que actualice en mí su pasión y muerte.

Ponerme en su lugar.

Aceptar con alegría el sufrimiento que cuesta amar.

Hacer lo que él hace y como él lo hace

I. HISTORIA, CELEBRACIÓN Y VALORES

A) Historia y celebración

Tenemos constancia de que a finales del siglo IV se celebra en Jerusalén una oración itinerante que va, el jueves por la tarde, del monte de los Olivos a Getsemaní, y el viernes, del cenáculo al monte Calvario. Allí el obispo presenta la cruz al pueblo para venerarla. La celebración ha estado siempre centrada en la veneración de la cruz y la consideración de la muerte del Señor. La pascua se cumple en la pasión y muerte de Cristo, el cordero inmaculado, cargado con nuestros pecados y llevado al matadero. La proclamación de la pasión según el evangelio de san Juan es el acto clave de la celebración.

En el fondo de la acción litúrgica celebramos la cruz no como instrumento del suplicio del Señor, sino como exaltación del amor más fuerte que la muerte. En la cruz adoramos el sufrimiento que redime y salva. La cruz es el amor superior, total y eterno. Es el amor con que Dios nos ha amado.

Las partes esenciales de la celebración litúrgica son:

La pasión proclamada

1ª lectura de Isaías (52,13-53), la profecía del servidor sufriente,.

2ª lectura de Hebreos (4,14-16; 5,7-9), el carácter salvador de la obediencia de Cristo.

3ª lectura del evangelio de San Juan: la pasión de Cristo.

La pasión orada

Plegarias por el mundo y la Iglesia. Oraciones del siglo V, con contenidos que probablemente alcanzan el siglo primero.

La cruz adorada

Entrada solemne de la cruz y adoración de la misma.

La pasión comulgada, o la comunión.

Hoy no hay celebración eucarística. Se comulga con las especies sagradas consagradas en la celebración de la cena del jueves santo.

B) Los valores espirituales del viernes santo

* El amor del Padre que entrega a la muerte a su propio Hijo por nosotros.

* El dramatismo del pecado como negación de Dios y muerte o enfermedad del hombre.

* El realismo de una redención por la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

* El amor de Cristo expresado hasta el extremo.

* La trascendencia del amor sufrido, amor no inhumano sino sobrehumano.

* La cruz como forma de vida del cristiano: el amor supremo vivido siempre, incluso en la incomprensión y persecución.

* Perdonar siempre e ilimitadamente.

* Reconciliación, cercanía, proximidad, como forma de vida.

II. ORACIONES DE LA BIBLIA, DEL MISAL Y DE LA TRADICIÓN ESPIRITUAL

a) Oraciones-colectas

1. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; santifica a tus hijos y protégelos simpre, pues Jesucristo, tu Hijo, en favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual (Misal).

2. Oh Dios, tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por medio de su pasión ha destruido la muerte que, como consecuencia del antiguo pecado, a todos los hombres alcanza. Concédenos hacernos semejantes a él. De este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana, la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial (Misal).

b) Salmos

SALMO 30: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado;

tú que eres justo, ponme a salvo.

A tus manos encomiendo mi espíritu;

tú, el Dios leal, me librarás.

Soy la burla de todos mis enemigos,

la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos;

me ven por la calle y escapan de mí.

Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: “tú eres mi Dios”.

En tu mano están mis azares;

líbrame de los enemigos que me persiguen.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu misericordia.

Sed fuertes y valientes de corazón,

los que esperáis en el Señor.

c) Antífonas

Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (Sal 66.2).

d) Oración universal

Por la santa Iglesia: Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo manifiestas tu gloria a todas las naciones, vela solícito por la obra de tu amor, para que la Iglesia, extendida por todo el mundo, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre.

Por todos los ministros y fieles: Dios todopoderoso y eterno, cuyo Espíritu santifica y gobierna todo el cuerpo de la Iglesia; escucha las súplicas que te dirigimos por todos sus miembros, para que, con la ayuda de tu gracia, cada uno te sirva fielmente en la vocación a la que le has llamado.

Por la unidad de los cristianos: Dios todopoderoso y eterno, que vas reuniendo a tus hijos dispersos y velas por la unidad ya lograda; mira con amor a toda la grey que sigue a Cristo, para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad congregue en una sola Iglesia a los que consagró un solo bautismo.

Por los que no creen en Cristo: Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo que, viviendo con sinceridad ante ti, lleguen al conocimiento pleno de la verdad; y a nosotros concédenos también que, progresando en la caridad fraterna y en el deseo de conocerte más, seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor.

Por los que no creen en Dios: Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti; concédeles que, en medio de sus dificultades, los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes les lleven al gozo de reconocerte como Dios y Padre de todos los hombres.

Por los gobernantes: Dios todopoderoso y eterno, que tienes en tus manos el destino de todos los hombres y los derechos de todos los pueblos; asiste a los que gobiernan, para que, por tu gracia, se logre en todas las naciones la paz, el desarrollo y la libertad religiosa de todos los hombres.

e) Los improperios de Cristo en la cruz

¡Pueblo mío! ¿qué te he hecho yo,

en qué te he ofendido?

Respóndeme.

Santo es Dios. Santo y fuerte.

Santo e inmortal, ten piedad de nosotros.

Yo te guié cuarenta años por el desierto,

te alimenté con el maná

te introduje en una tierra excelente;

tú preparaste una cruz para tu Salvador.

¿Qué más pude hacer por ti?

Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa.

¡Qué amarga te has vuelto conmigo!

Para mi sed me diste vinagre,

con la lanza traspasaste el costado a tu Salvador.

Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos;

Tú me azotaste y me entregaste.

Yo te saque de Egipto,

sumergiendo al Faraón en el Mar Rojo;

tú me entregaste a los sumos sacerdotes.

Yo abrí el mar delante de ti;

tú con la lanza abriste mi costado.

Yo te guiaba con una columna de nubes;

tú me guiaste al pretorio de Pilato.

Yo te sustenté con maná en el desierto;

tú me abofeteaste y me azotaste.

Yo te di a beber el agua salvadora

que brotó de la peña;

tú me diste a beber vinagre y hiel.

Por ti herí a los reyes cananeos;

tú me heriste la cabeza con la caña.

Yo te di un cetro real;

tú me pusiste una corona de espinas.

Yo te levanté con gran poder;

tú me colgaste del patíbulo de la cruz.

f) Salmos sobre la pasión

Agonía: 40, 53, 68.

Traición de Judas: 51,108.

Ante el sumo sacerdote: 2, 37, 55, 93.

Encarcelado: 56,87,139.

Cargado con la cruz: 7,39,58,72.

Crucifixión: 21,55,56,87,142. Sepultura: 15.

g) Viacrucis bíblico:

Ver “El libro de la vida cristiana”, de Francisco Martínez, (Editorial Herder) pág. 103

 

EJERCICIO PRÁCTICO DE MEDITACIÓN PROFUNDA

LA MUERTE DE CRISTO COMO ENTREGA DE AMOR

No se trata de ponerse sólo ante verdades o ante imágenes que se quedan en el sentimientos. Se trata, si tengo fe viva y soy valiente, de mirar a Cristo en la cruz, o mejor, de dejarme mirar por él de modo que su persona y su pasión entren dentro de mí y queden dentro, muy dentro, no sólo en la imaginación y entendimiento, sino en la afectividad, en el corazón. Debo ver en cada texto a Cristo mismo en un aspecto de su persona y de su sufrimiento que yo debo compartir.

EL PECADO, MAL DEL HOMBRE

A la luz de la muerte de Cristo, el pecado es comprendido como mal de Dios y máxima tragedia del hombre. Es rebelión del hijo contra su padre (Is 1,2; Jer 3,20), adulterio y prostitución de la esposa infiel (Os 2,4), traición al amor (Jer 3,20), es homicida (1Jn 3,8-12), el causante de la muerte de Cristo (Rm 8,32).

2. EL AMOR ETERNO DE DIOS COMO AMOR-ENTREGA DE SÍ

Que Dios ame al hombre es ya algo inconcebible. Pero que Dios haya querido expresar históricamente su amor en el acontecimiento de la cruz, como verdadera muerte de amor, es algo que sobrepasa hasta nuestra capacidad de imaginar. Jesús nos revela dónde está la fuente del amor-entrega que él vive en la cruz. El conocimiento que él tiene de sus ovejas tiene su relación y fundamento con el conocimiento mutuo del Padre y del Hijo. El Padre ama al mundo. El Hijo ve este amor del Padre a los hombres y, entonces, acepta del Padre la misión de redimir el mundo dando su vida por sus ovejas. Jesús dice: “Yo soy el buen pastor; y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo a él, y doy mi vida por las ovejas… El Padre me ama porque doy mi vida… Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ésa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn 10,14-18). La fuente del amor de Dios está en la entraña eterna del Dios Trinidad. La cruz es un suceso en la historia. Pero la fuente y raíz de la cruz es el amor eterno del Padre, antes de la historia temporal. Darse del todo, desde la misma entraña, y para siempre, es el modo característico de amar de Dios. Si bien Dios no sufre, ni puede sufrir, el amor que se hace “entrega de sí”, que motiva la cruz, radica en el ser eterno de Dios. Un amor absoluto y eterno tenía que expresarse, supuesta la encarnación, en la radicalidad de una entrega sin límites en el acontecimiento temporal de la cruz. No se trata de un predeterminismo fatal y necesario. Se trata del núcleo de la libertad y gratuidad mismas de Dios. Hay conexión entre la cruz y la entraña eterna de Dios antes del nacimiento del tiempo y de la historia. El canto del siervo de Yahveh, de Isaías, hace referencia profética al sacrificio de Cristo. “¡Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que él soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53, 4-7).

Los textos del nuevo testamento son fuertemente expresivos: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

“En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (Rom 5,6-10).

“El que no se reservó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom 8,32).

“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,9-10).

 

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