El anuncio cristiano en tiempos de cambio

Sospecho que la pastoral del futuro habrá de ser bastante diversificada, al menos en esta Europa desde donde escribo, dada la enorme variedad y pluralidad de nuestro entorno. Además habrá de tener en cuenta dos tipos que antes casi no conocíamos y ahora son frecuentes: el ateo agresivo (literalmente inquisidor) y el hombre de buena voluntad, quizá ya ni siquiera bautizado, que se mueve ante un sin fin de ofertas de sentido presentes en su entorno y, como no sabe con cuál quedarse, va tomando diversas cosas de cada una y haciéndose su propio deuteronomio.

Tratando de decir algo válido para toda esta pluralidad, señalaré un elemento formal y cuatro de contenidos.

1,. Desde el punto de vista formal creo que cualquier agente de pastoral habrá de tener muy claro que el cristianismo es una oferta increíble de sentido, pero que pasa por una cierta renuncia a la búsqueda de sentido. Se refleja aquí la clásica dialéctica cristiana entre muerte y resurrección. Y lo que quiero decir con ella me parece que se escenifica bien en una anécdota de hace casi un siglo: Simone de Beauvoir, en sus Memorias, cuenta su primer encuentro en la Sorbona con Simone Weil (acompañada ya por una fama de “roja” entre el alumnado), y la breve discusión que ambas mantuvieron. La futura amante de Sartre defendía que había que dar a los hombres antes que nada un sentido para sus vidas. Y su homónima que, ante todo, había que darles pan. Ambas se parapetaban en sus posturas hasta que S. Weil le espetó: ¡cómo se nota que nunca has pasado hambre! La de Beauvoir reconoce que aquello le hirió. Pero lo fundamental para mis reflexiones es que la vida de S. Weil, pese a ser mucho más breve y más difícil, estuvo mucho más llena de sentido que la de su compañera de universidad y de nombre. Por ahí va lo que he dicho antes de una plenitud de sentido que pasa por la renuncia a la búsqueda del sentido.

A eso habrá que añadir que la pastoral no debe ser una mera indoctrinación sino una mistagogía y un enseñar a vivir, teniendo en cuenta que cada persona es una historia y tiene sus momentos y sus oportunidades. Parodiando la expresión de Paulo Freire habría que decir que en el futuro ya no cabe una pastoral “bancaria” (depositar contenidos) sino que toda pastoral es también un acompañamiento.

2.- En cuanto a los aspectos materiales de la comunicación del cristianismo quisiera destacar cuatro.

a.- El primero de todos es la figura de Jesús que constituye el mayor tesoro del cristianismo y del género humano. El cristianismo debe, por encima de todo, dar a conocer a Jesús e invitar a seguirle. La llamada al seguimiento, por lo que tiene de riqueza humana, es válida absolutamente para todos los hombres, aunque no todos llegarán después a la fe en Jesús como el Cristo de Dios y la Revelación de Dios. Los creyentes en Jesucristo sabrán que guardan la mayor reserva de fundamento para ese seguimiento de Jesús que debería ser común a todos los hombres.

Jesús el hombre nuevo, el de las entrañas conmovidas, el icono de una libertad plenamente humana, el debelador de los ricos y de todos los poderes religiosos o de la fundamentación religiosa de las desigualdades entre los hombres, el sanador, el judío que hizo estallar desde dentro su propio judaísmo, al anunciador de otro mundo posible (“reinado de Dios”) y de una confianza inquebrantable ante la dimensión más última de lo real, el conflictivo y molesto como pocos hombres de esta historia… y el que llamaba a una forma de vida como la suya. Hacer presente a ese Hermano y Señor en la vida de los seres humanos es más importante que comunicar una serie de verdades inconexas sobre el más-allá, con cuya profesión se compra el cielo. Pero a mí no me cabe duda de que en nuestra iglesia se da hoy un perceptible “miedo a Jesús” al que, por eso, se procura enmascarar con un “cristo” sin rostro que, pretendiendo defender su dimensión divina, enmascara su figura humana que es el rostro de aquella divinidad. Y le da así el rostro de los poderes religiosos institucionales.

La pastoral del futuro deberá tener muy presente que en el seguimiento de Jesús se cumple “la voluntad del Padre”, mientras que diciendo “Señor, Señor” se puede ser profundamente infiel a la voluntad de Dios y quedar fuera del Reino de los cielos. Y que Jesucristo, encarado con este dilema, prefería a los que cumplen la voluntad del Padre, en lugar de los que dicen “Señor, Señor”.

b.- En segundo lugar, y por raro que parezca, la pastoral del futuro, deberá tener muy presente el pecado. Cierto es que el pecado tiene hoy muy mala prensa. En parte por la pésima presentación que hicimos de él los cristianos, fustigando más la debilidad humana que la auténtica maldad. Y en parte también por el paganismo de nuestra cultura que sólo conoce la moral cuando se trata de fustigar a los demás, pero no de marcarse camino a sí mismo.

Pero insistir en el pecado no significa caer en la esclavitud de la ley y la obsesión transgresora. Monseñor Romero declaró en Lovaina que “hemos aprendido lo que es el pecado”. Y citando a santo Tomás pudo poner de relieve que a Dios sólo le ofende el daño que hacemos a los seres humanos (a los demás o a nosotros mismos). El cristianismo ha tenido siempre una sensibilidad muy particular para la enorme capacidad de autoengaño que tenemos y nos cultivamos los hombres, a la hora de hacer daño a los demás o a nosotros.

El verdadero anuncio del pecado nunca es moralismo porque va siempre precedido por el anuncio del perdón y la acogida de Dios. Es llamada al conocimiento propio, a la lucidez sobre nosotros mismos, y a la denuncia de todas las ideologías y mecanismos (¡también religiosos!) que nos facilitan ese autoengaño y nos acunan en él.

Esto nos impone la tarea de hacer y predicar la moral “desde abajo” mostrando la verdad y la calidad humana de todo lo que la fe cristiana considera obligatorio, y sin ampararse en el fácil recurso de fundar esas obligaciones en algún mandato arbitrario de Dios. Es tarea mucho más difícil porque requiere más diálogo, más estudio y más experiencia creyente. Y obligará a una distinción entre aquellas obligaciones que son universales y deben constituir una ética humana o “laica” válida para todos los humanos, y otras obligaciones que el cristiano debe asumir como particularmente suyas, como precio del enorme privilegio de la fe. Porque no se puede pedir lo mismo a quien considera que cada ser humano tiene un valor absoluto incondicional porque es hijo de Dios e imagen de Dios, y a quien, por carecer de fe, considera que el ser humano no es más que “un  mono que ha tenido suerte”, ni aunque estime y considere esa suerte como muy grande. El cristianismo debería ser visto por los no cristianos como “pionero de humanidad” y fecundar de este modo la historia humana.

c.- Desde estos dos presupuestos, la pastoral futura deberá ser consciente de aquel dicho tan lúcido del profeta y mártir D. Bonhoeffer: “el Dios que se revela en Jesucristo pone de revés todo lo que el hombre religioso espera de Dios”. El cristianismo anuncia un Dios “distinto”: escandaloso muchas veces porque es un “Dios crucificado”, y estúpido otras porque es un Dios débil que no tiene más poder que el del amor. Un Dios además que no es soledad y preservación recelosa de su grandeza, sino donación de su ser y posesión de sí en la relación. Un Dios que, por cercano que sea, no deja de ser absolutamente misterioso y que por insondable que sea en su misterio no deja de ser increíblemente cercano. Un Dios que es el Dios de los pobres, que derriba a los poderosos de sus tronos y despide vacíos a los ricos. Hoy está de moda, al abordar el problema de las religiones de la tierra y del indispensable encuentro y colaboración con ellas, sostener que Dios es lo que todos tenemos en común y a todos nos une. Yo prefiero decir que lo que nos une es “la búsqueda” de Dios: porque, sin negar lo hay de verdad en la afirmación citada, me parece una media verdad peligrosa puesto que muchas veces (y parodiando una frase de D. Reagan) Dios “no es la solución, sino el problema”. El dios de ellos “es otro”, viene a decir un personaje de José Mª Arguedas. Y hasta para aquellos que intentamos anunciarlo, Dios no será nunca una propiedad privada nuestra.

d.- Finalmente, la pastoral del futuro creo que deberá tener muy en cuenta la dimensión eclesial de la fe y estudiar bien cómo alimentarla. No cabe negar que la institución eclesial es hoy un escándalo y uno de los mayores obstáculos para la fe. Ello lleva muchas veces a buscar (y cultivar) un cristianismo individualista. Pero eso desfigura seriamente al cristianismo, acentuando el individualismo unilateral que nos ha impuesto la cultura norteamericana. El ser humano es intrínsecamente comunitario y, en el binomio persona-comunidad, no crece un miembro a costa del otro sino que ambos crecen simultáneamente cuando son auténticos.

Por otro lado, lo que decíamos antes sobre el Dios cristiano permite comprender que la fe en Él es también intrínsecamente comunitaria: porque no se puede creer en un Dios que es Amor y comunicación de su ser, como no sea en una estructura comunitaria.

La pastoral habrá de cuidar y alimentar una fe profundamente eclesial que, precisamente por eso, no dejará de ser una fe conflictiva ante el estado actual de la institución eclesiástica. Una fe “en rebelde fidelidad”, por usar un conocido título de P. Casaldáliga. Esto no será fácil: exigirá no sólo paciencia sino también esperanza. Pero sólo conseguirán cambiar la Iglesia quienes crean, como Ignacio de Loyola, que “no hay tantos grillos y cadenas en Salamanca que no esté yo dispuesto a llevar más por amor a Cristo”, con el convencimiento de que uno no busca otra iglesia mejor para sentirse más cómodo en ella, sino porque cree que esa otra iglesia es la que Jesucristo se merece. Una nueva pneumatología será indispensable para esta pastoral.

Hay que concluir con otro punto que vuelve a lo que al comienzo llamé aspectos formales, aunque esta vez se refieren sólo a las formas de transmisión y no a los aspectos estructurales de la predicación cristiana. La pastoral del futuro necesita una inmensa y cuidadosa revolución en su lenguaje. La gran mayoría del lenguaje oficial eclesiástico ha perdido fuerza y capacidad significante: en el mejor de los casos no suele “decir” nada (en el peor transmite una imagen deformada de muchos contenidos cristianos). Esto vale del lenguaje oral pero también de otras formas y estilos de lenguaje no verbal, que pueden transmitir un modo de sentir o de abrirse a la realidad. Es muy difícil, por ejemplo, ver unos cuantos obispos actuando juntos, con sus capisayos, sus lencerías y sus “chucherías” litúrgicas (que antaño pudieron significar algo pero hoy no significan nada), y pensar que aquellos hombres son nada menos que sucesores de los que el Señor Jesucristo eligió como responsables primeros de su mensaje.

Quizá siguen quedando muy formales estos puntos. Pero me parece que son lo que puedo decir desde la distancia. Me atrevo a concluir con un famoso texto, escrito por D. Bonhoeffer desde la cárcel de Hitler, hace ya casi 40 años, pero que conserva intacta y virgen toda su capacidad profética que lo hace actual para nuestros días:

“Nuestra Iglesia que, durante estos años, sólo ha luchado por su propia subsistencia, como si esta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar a los hombres y al mundo. Por esta razón las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá en la actualidad dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Todo el pensamiento, todas las palabras y toda la organización en el cuerpo del cristianismo han de renacer partiendo de esta oración y esta actuación cristianas” (mayo 1944).

                               José Ignacio González Faus, (mayo 2011)

                                Institut de Teologia Fonamental

                                Facultat de Teología de Catalunya