Domino VII ordinario, ciclo A

Lecturas

Levitico 19, 1-2.17-18  –  Salmo 102  –  1ª Corintios 3, 16-23

Mateo 5, 38-48 .En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Comentario

AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

2020, Séptimo domingo ordinario

,A El evangelio de hoy sigue hablando de “la ley en plenitud” que caracteriza la predicación de Jesús en su sermón de la montaña. Insistimos: nunca en la historia de la humanidad nadie había llegado tan alto en la formulación de unos ideales tan sublimes para saber vivir y convivir. Jesús no solo expone principios: a través de ejemplos hiperbólicos describe una casuística sorprendente que culmina con la exigencia del amor a los enemigos. Decíamos en la homilía del domingo anterior que para comprender el discurso sobre las bienaventuranzas de Jesús, tendríamos que preguntarnos no sólo qué es lo que él dice, sino quién es él realmente. Jesús es el hombre-Dios, verdadero hombre y verdadero Dios. Sus actos son humanamente divinos y divinamente humanos. El meollo de su mensaje es el hombre como “imagen de Dios”, es decir, la divinización del hombre. Dios no solo nos crea, nos engendra como hijos suyos. Cristo es modelo y causa de nuestra filiación divina. Somos hijos de Dios en la misma filiación de Jesús. En consecuencia, Dios nos ama en el mismo amor con que ama a su propio Hijo. Solo quien llega a comprender esto entiende también las bienaventuranzas en su raíz. Con Cristo, Dios mismo ama en nosotros. En consecuencia, el cristianismo, antes que ley es don y gracia. Jesús pide un comportamiento exigente, pero antes da la gracia suficiente para realizarlo. Aquí radica un grave problema para muchos. Jesús formula una exigencia extrema. Es imposible que el hombre pueda cumplirla por sí mismo, por sus fuerzas naturales. Pero al mandarnos hacer lo que podemos, nos ayuda a cumplir lo que no podemos. Señalemos una observación importante: Jesús fascinó hablando. Atrajo fuertemente. En su vida palestina asombró y “habló con autoridad” y la gente se preguntaba “¿quién es este?”. Jesús, al hablar, transmitía entusiasmo para actuar. Tras su ascensión a los cielos, la Iglesia, prolongando la enseñanza de Jesús, instituyó el catecumenado. La realidad nuclear de este catecumenado era el evangelio que las comunidades escuchaban y asumían de corazón. La Iglesia de los primeros siglos bautizó a los adultos. Pero llegó un momento en que Europa entera se hizo cristiana. Y a partir del siglo IV ya solo se bautizaba a los niños porque los adultos habían sido bautizados ya en el momento de nacer. Con ello se desvaneció la emoción de asumir personalmente la fe. Transmitir la fe era entonces un acto rutinario, herencia cultural, pero poco apto para producir la emoción de la conversión sincera. La Iglesia de muchos siglos ha hecho cristianos mecánicamente, sin la emoción creyente de una iniciación apasionada. Y eso repercute enormemente hoy en la calidad de la fe del pueblo. Lo peor es que no tenemos conciencia de ello. A nuestro cristianismo le falta la alegría y emoción de los Hechos de los Apóstoles o del Cantar de los Cantares. Falta asombro, entusiasmo, decisión personal, opción fundamental. Abunda la instrucción de temas, pero escasea la iniciación a una experiencia fuerte de la comunidad. La inmensa mayoría de cristianos no ha recibido una iniciación suficiente para dotar su vida de una alegría dominante y fomentar una fe entusiasmada. Aun hoy los seglares no cuentan con adecuadas opciones para formar a fondo su fe, a pesar de las firmes recomendaciones del Vaticano II, el concilio impulsor de la formación de los laicos. Una apropiada formación de seglares adultos está en la primera línea de la necesidad de la Iglesia actual, de las diócesis y parroquias contemporáneas. Una Iglesia que no cuente con gran capacidad de asombrar en la exposición de su mensaje está destinada al fracaso. Una comunidad eclesial que no evangelice mediante un testimonio gozoso y alegre, no puede convencer a nadie. Un sacerdote o catequista que comience su exposición diciendo que va a “decir solo unas palabras sencillas”, y esquive el mensaje de Juan y Pablo, es sospechoso de insuficiencia como verdadero evangelizador. El evangelio de hoy presupone comunidades de fe que asumen a Cristo como “camino, verdad y vida”, y que ofrecen motivos provocativos para creer y testificar en verdad. Solo quien ha organizado evangélicamente su corazón en consonancia con la enseñanza que Jesús nos propone, es capaz de superar la indiferencia y estancamiento de nuestra generación. En el evangelio que hemos escuchado Jesús supera y trasciende la famosa ley del talión donde está retenida la vida social y cultural de nuestro tiempo. Los hombres ponen como meta y límite de su comportamiento moral y legal la justicia, la equidad, la igualdad en las relaciones personales y sociales. Jesús supera ese límite y lo lleva a su plenitud, al “todavía más”, al borde mismo de lo humanamente imposible. Jesús toca techo en la historia de la humanidad. Frente a los que exigen ojo por ojo, Jesús propone: si alguien te abofetea la mejilla derecha, ofrécele la izquierda. A quien te quite la túnica, dale también el manto. A quien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos. A quien te pida un préstamo, no se lo niegues. Jesús quiere en nosotros una actitud abnegada mayor que el sacrificio que nos piden. Quiere en nosotros un gran espíritu de generosidad y de elegancia divina, una gran riqueza interior. Ante cualquier vejación Jesús nos dice: no te rebeles en tu corazón, disponte positivamente a sufrir más de lo que te hacen sufrir, a dar más de lo que te quitan, a servir más de lo que te solicitan. Jesús, avanzando todavía más, nos dice: “Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”. Amar al enemigo es el mandamiento más exigente de Jesús y es, además, su testamento espiritual. En el contexto del Levítico y de la mentalidad hebrea, “prójimo” y “hermano” equivalían a “compatriota”: hijo de un mismo pueblo, raza y religión. El trato de prójimo había que extenderlo también al extranjero residente en el país. Pero Jesús declaró prójimo al propio enemigo, a personas que representaban el prototipo del odio racista nacional y religioso. El samaritano de la parábola de Jesús, siendo enemigo del pueblo, fue abiertamente canonizado por él. En cambio, desautorizó audazmente al sacerdote y al levita, a pesar de que eran la cúspide de la estima y veneración del pueblo. Ante este evangelio causan estupor evangélico las conductas de personas e instituciones que hoy invocan motivos fútiles para crispar, para el separatismo, la escisión y el distanciamiento. Tanto más cuanto alimentan falsas razones históricas y sociales, basadas no en la verdad, sino en un manifiesto fanatismo que choca violentamente con la misma fe. Esta cultura del disenso estridente afecta también hoy al mundo de las relaciones políticas e ideológicas, que alientan en exceso la crispación, la amenaza, el insulto. Nuestra vida cotidiana está plagada de rígidas intolerancias en las que se suele condenar y malquerer de forma crónica y persistente. Jesús nos manda hoy amar a los enemigos. Su enseñanza es terminante, excelsa, firme. La fundamenta en el hecho de que Dios es Padre de todos y manifiesta su gozo en perdonar. Jesús mismo expresa su perdón en la experiencia de una muerte violenta. Nos dice que Dios mismo no perdona a quien no perdona. Perdonar supone y requiere ser hijos y hermanos. Recibe perdón quien sabe darlo con alegría. Nadie da lo que no tiene. Darlo es tenerlo. Por eso Jesús situó la petición de perdonar en la misma oración del padrenuestro. La cruz y la eucaristía son perdón recibido y dado. Si perdonamos, es que Dios ya nos ha perdonado previamente a nosotros.

Francisco Martinez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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