Domingo XXXIV – Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

2ª Samuel 5, 1-3  –  Salmo 121  –  Colosenses 1, 12-20

Lucas 23, 35-43:  En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Comentario

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO, 2019

Con este domingo finaliza el año litúrgico y en el próximo inauguraremos el nuevo año con la celebración del Adviento. La fiesta de Cristo Rey fue instituida por Pío XI en 1925 con una finalidad precisa: quería afirmar la soberana autoridad de Cristo sobre los hombres y las instituciones ante los avances del ateísmo y la secularización de la sociedad. En 1970 la fiesta se formuló de otra manera: “Cristo Rey del Universo”, queriendo destacar más bien el carácter cósmico y escatológico del reinado de Cristo. Se fijó en el último domingo del año litúrgico y como conclusión del mismo. El sentido de la nueva orientación lo explica la oración inicial de la misa cuando pide a Dios que “toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin”. La nueva formulación casa mejor con la finalidad misma de la celebración del año litúrgico que es la formación a lo vivo de Cristo en nosotros por medio de la celebración litúrgica de los misterios fundamentales de su vida, desde la Navidad a Pentecostés, y por medio de la asimilación progresiva del evangelio y de la eucaristía. Estas celebraciones de los misterios de la vida de Jesús no son solo ahora memoria o recordaciones del pasado, contienen espiritualmente la realidad misma que conmemoran, y así la vida de Cristo, y sus correspondientes sentimientos, se forman en la comunidad cristiana y en cada uno de sus miembros. Una vida espiritual sin Cristo, un año litúrgico sin la celebración de los misterios de la vida del Señor, era impensable para la comunidad de los primeros siglos para la cual la Pascua del Señor era lo que daba contenido y forma a la vivencia de la vida cristiana integral. Que Cristo es rey lo afirma él mismo ante Pilato. Pero durante su ministerio público Jesús no cede nunca al entusiasmo mesiánico de las multitudes, demasiado mezclado con elementos humanos y con esperanzas temporales. Su misión es de orden muy diferente. Cuando las multitudes quieren aclamarlo como rey, después de la multiplicación de los panes, él desaparece. En una única ocasión se presta a una manifestación pública entrando triunfalmente en Jerusalén, mostrándose con humilde aparato, conforme al oráculo de Zacarías 9,9. Y este éxito acelera su pasión. Jesús, interrogado por Pilato, no reniega del título de rey. Pero precisa que su reino no es de este mundo. El buen ladrón, reconociendo también su realeza, ruega a Jesús que se acuerde de él cuando esté en su reino (Lc 23,42). Jesús reconoce la gloria de su realeza, pero esta tendrá lugar en su resurrección y en su manifestación final. El sorprendente trono de Cristo es la cruz. Predice que “cuando sea elevado, atraerá a todos hacia él” (Jn 2,32). Los seguidores de Jesús son sus súbditos porque “son arrancados del dominio de las tinieblas para ser trasladados al reino de su Hijo, en quien tienen la redención” (Col 1,13). La dependencia de los cristianos de Cristo no se realiza por medio de leyes. No es de carácter jurídico. Es una dependencia basada en la libertad y el amor. Jesús no se apoya en la omnipotencia divina, sino en la impotencia humana. Atrae, fascina, seduce, se hace amar y no temer, y pide hacerlo libremente, voluntariamente. Los que se afirman sus súbditos lo dan todo, su vida, sus bienes, la libertad, las comodidades, el bienestar terreno. La atracción y el encanto brotan de dentro, no de fuera. Es entusiasmo, no sumisión. Es amor, no humillación. Los cristianos que se reconocen verdaderos súbditos de Cristo, viven esta dependencia en máxima libertad. Viven en el mundo, pero se despegan del mundo. Viven en la carne, pero no según los requerimientos de la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está ya en el cielo. Sufren, pero son ya bienaventurados. Obedecen las leyes instituidas, pero su verdadera ley consiste no en cumplir, sino en amar, y amar incluso a los que les hacen mal. Aman, incluso cuando no se les ama a ellos. Mueren como todos, pero dejan este mundo en la viva esperanza de que es entonces cuando reciben una vida superior. En no pocas ocasiones les infieren la muerte, pero ellos creen que es entonces cuando reciben la verdadera vida. Aun siendo pobres, enriquecen a muchos, porque saben que su dueño y rey es el señor absoluto de la vida. Carecen de todo, pero lo tienen todo. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor y consideración. Efectivamente, quienes así obran tienen a Cristo como su Rey y Señor. Reconocer que Cristo es el rey de nuestra vida, significa en primer lugar confesar gozosamente que está en nosotros y con nosotros, que vive en verdad dentro de nosotros activamente, iluminando y conduciendo, como verdadero Rey y Señor. La presencia de Jesús como Dios y Señor en cada uno de nosotros, ejerciendo una amistad y una guía sorprendente, es la verdad fundamental del evangelio. Jesús dijo: ”Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Y Pablo comenta: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16). Cristo tiene una presencia hablante y actuante en cada uno de sus seguidores. Nada quiere tanto como amar y ser amado, hablar y ser respondido. El ideal de fe de todos los siglos, reconocido e impulsado siempre por el magisterio de la Iglesia, es advertir esa Presencia y ser coherentes con ella. Dios no solo habló; sigue hablando hoy y siempre. Pero en muchos de nosotros, en realidad, él no está, no manda, no reina. Permanece como un extraño en su propia casa. En muchos, acaso como una estatua. No le sienten ni perciben. Muchos viven en las afueras de Dios, pues lo han reducido a imagen mental. Y viven también fuera de ellos mismos, pues la conciencia, la espontaneidad, el amor, la libertad no se hacen presentes y actuantes. Activan solo la memoria, la costumbre, la rutina. Cuando dicen que van a Dios no salen de ellos mismos. Su fe es un monólogo solitario, pues hacen rezos, pero no oración. No rezan a Dios: se rezan a sí mismos en monólogo y no en diálogo. Mueven los labios, y la memoria, pero no el corazón. Cuando rezan, utilizan las palabras fría y mecánicamente. Jesús dice que, al orar, no utilicemos muchas palabras. Durante siglos ha habido corrientes de orantes que no utilizaron las palabras. Vivieron una fuerte conciencia de su presencia y un intenso sentimiento de reconocimiento y amor. Pasaron horas diciendo suavemente, intensamente, “¡Jesús!”, o simplemente “¡Tú!”, en una suma activación del corazón, del afecto sentido. Se relacionaban con un Jesús no solo conocido, sino intensamente vivido. Como dice hoy el prefacio de la misa, el reino de Jesús es un reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. Pidamos hoy al Señor que reine en nuestra voluntad y que nos ayude a difundir su reinado dichoso sobre todos los hombres.

.Francisco Martínez

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