Domingo XXXIII ordinario, ciclo C

Lecturas

Sabiduría 9, 13-18  –  Salmo 89  –  Filemón 9b-10. 12-17

Lucas  14, 25-35: En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Comentario

EL QUE NO RENUNCIA A TODOS SUS BIENES

NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO

2019, domingo 23 ordinario

Hemos escuchado a Jesús en el evangelio de Lucas señalando la enorme radicalidad que requiere a los que desean seguirle. Jesús se muestra tan exigente que hay incluso comentaristas que, asustados, afirman que las recomendaciones de Jesús no son para todos. Pero el mismo evangelio lo contradice expresamente. Lucas dice que una gran cantidad de gente le acompañaba por el camino. Y es evidentemente a esta multitud a quien Jesús habla. Es preciso que respetemos el texto y que sepamos interrogarle para que nos diga exactamente lo que Jesús quiso decir. Jesús afirma: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Jesús invita a todos sus oyentes a seguirle, y pone como condición la renuncia voluntaria a los vínculos afectivos familiares, aun los más sagrados, la renuncia radical al propio interés, y la renuncia también a las posesiones materiales. Evidentemente Jesús sabe bien lo que pide. Pide, nada más y nada menos, la renuncia a la familia y a sí mismo. Lo pide todo porque da mucho más. Consciente de ello exige un serio discernimiento y una previa deliberación sobre los costes y los riesgos de un comportamiento de tanta envergadura. El texto de Jesús hay que leerlo en el contexto de su mensaje integral. El mandamiento fundamental de Jesús es el amor universal exigido con una radicalidad extrema. Según él debemos amar a todos y “como él mismo nos amó”. El amor que debemos profesar a los demás se fundamenta en el mismo amor con el que amamos a Dios. Amando al prójimo es a Cristo a quien amamos. Los dos constituyen un mismo amor. “Lo que a estos hicisteis, a mí lo hicisteis” (Mt 25,40). Todo hombre está destinado a ser “partícipe de la divina naturaleza”, a ser “cuerpo de Cristo”, a ser “nuestro hermano”. Nuestro amor a Dios y a todos y cada uno de los hombres es indivisible. Él amó, incluso con sorprendente predilección, a los mismos pecadores. El amor ha de ser verdaderamente extremo a todos, sin excepción. No existe motivo para odiar o desamar a padres y familiares. Más todavía: los seguidores de Jesús, debemos tener integrado el amor humano en el amor a Dios. La relación universal fundamental, siempre irrenunciable, es el amor a todos. Evidentemente, en caso de oposición, hay que optar por Jesús. Hasta las personas más cercanas pueden convertirse en obstáculo para la radicalidad que Jesús exige. En ese caso el discípulo tendrá que elegir entre los vínculos familiares que reclama la fidelidad al Maestro. Jesús, en el evangelio, nos pide estrategia, táctica, responsabilidad. Y relata dos comparaciones en apoyo de su afirmación. Cuando uno quiere edificarse una torre, un chalet, primero calcula los gastos para comprobar si posee el dinero que necesita. Es importante comenzar bien, pero más todavía llevar todo a buen término. En todo aquello que hacemos, debemos ser prudentes, sagaces. Y otro ejemplo: cuando un rey quiere dar la batalla a otro rey, primero reflexiona si con la mitad de recursos tendrá suficiente para vencer. Si no es capaz de ello, pedirá la paz. Para Jesús hay que obrar con coherencia. ¡Obrar con lógica en la vivencia de nuestra fe! ¡Qué pocos lo hacen! La incoherencia moral es un mal terrible en nuestros cristianos. Acaban de publicar una estadística que afirma que los creyentes cristianos no son hombres verdaderamente felices. Es muy difícil determinar la veracidad de este tipo de asertos. Son muchos los que viven una fe convencida y alegre. Pero es evidente que son muchos los cristianos de nombre, pero no convencidos, no de vida real, cristianos de paréntesis, que rezan de vez en cuando, pero viven una vida pagana, como el resto de la sociedad de la que apenas se diferencian. Cristianos iniciados en la ley y en las normas, pero no en el espíritu de las bienaventuranzas. A muchos cristianos actuales el tipo de formación que han conseguido no les garantiza una alegría exultante, manifiesta. Viven un residuo de fe antigua, la de nuestros mayores, basada en devociones populares, sin el armazón estructural del misterio de Cristo basado en la liturgia, sobre todo, en la palabra de Dios. Una formación actual y verdadera de los creyentes de hoy no podría prescindir de un mínimo de la doctrina ofrecida por el Concilio Vaticano II. Debería estar fundamentado en la fe cristiana como Buena Noticia capaz de provocar un dominante asombro y fascinación, una manifiesta alegría capaz de animar la convivencia familiar y social. Debería consistir no solo en un conjunto de verdades y pensamientos memorizados, sino también, y principalmente, en una fundamentada animación de la afectividad, en un entusiasmo contagioso, un gran enamoramiento del evangelio y de la eucaristía, el entusiasmo de un laicado convincente y confesante. La Iglesia de un buen laico de hoy debería ser no una Iglesia administradora de ritos y ceremonias, sino una Iglesia evangelizadora y misionera. No una Iglesia clerical, sino Pueblo de Dios. No una Iglesia adaptada al orden social, sino una Iglesia de los pobres. No una Iglesia de ceremonias, sino una comunidad de la palabra de Dios comprometida por la paz y la justicia. Todo esto exige una formación que el común de nuestros cristianos no tiene. Hay que poner al día nuestra fe. Lo pide Dios. Lo merece nuestro mundo. Es el gran reto para quien quiera ser creyente de verdad. El Espíritu de Jesús nos anime a todos para que seamos fermento de un mundo donde abunde la verdad, la justicia, el amor sincero y activo.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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