Domingo XXXIII ordinario, ciclo B

Lecturas

Daniel 12, 1-3  –  Salmo 15  –  Hebreos 10, 11-14.18

Marcos 13, 24-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Comentario

REUNIRÁ A SUS ELEGIDOS DE LOS CUATRO VIENTOS

2018, 33º domingo ordinario

Estamos alcanzando el final del año litúrgico. Y seguidamente comenzaremos otro nuevo. Esto motiva la selección de los textos de la palabra de Dios que hoy nos hablan de lo que acontecerá al final de los tiempos en la última venida del Señor al mundo. Cristo vino ayer circunscrito a su realidad histórica temporal en Palestina, y ha estado y está viniendo ahora, y durante todos los tiempos, como realidad misteriosa en la liturgia, a todos y cada uno que creen y participan en el misterio pascual. Enviando su Espíritu nos transforma en él. Las fiestas de Cristo, hemos dicho muchas veces durante el año, no son solo recuerdos del ayer, sino que contienen hoy la realidad misma que conmemoran: Cristo que vino al mundo, sigue viniendo al hombre, a cada hombre, a todos nosotros, como realidad de gracia y de espíritu, para configurarnos e identificarnos con él. Es la venida oculta, misteriosa, pero muy real, de la que depende nuestra identidad y eternidad.

Se habla hoy, más que en otras épocas, del fin del mundo. Dicen los científicos que puede sobrevenir por el agotamiento del sol, o por el calentamiento global de la tierra, o a causa de un gran meteorito, o por una catástrofe nuclear. Es evidente que todo lo terreno y temporal tiene un fin. Y lo tienen este universo y nosotros. Los textos que hemos leído, sobre todo el evangelio, al hablar del fin del mundo, utilizan un género literario abarrocado caracterizado por descripciones muy extrañas e imaginativas. Pero lo cierto es que, según Jesús, el día y la hora nadie lo  conoce, solo el Padre. También es cierto que la clave de todo este acontecimiento es la venida y presencia de Cristo como Señor del hombre y de la historia para verificar la verdad y autenticidad del comportamiento universal. En el fondo del mensaje hay una afirmación central que debe captar nuestra atención: nos espera un futuro feliz. Jesús ha vencido la mentira, la caducidad y la muerte y nos ha comunicado su misma vida eterna. Él es la verdad absoluta final. Su palabra no pasa, es verdadera y sólida. Los textos bíblicos nos exhortan apremiantemente a vivir hoy confiadamente en esta verdad del evangelio.

Marcos escribe su evangelio hacia el año 70. Lo hace en un momento muy difícil. En Roma acontece la primera persecución de los cristianos. Nerón persigue y mata a numerosos cristianos. Probablemente Jerusalén y el templo ya han sido destruidos. El abatimiento es general e intenso. ¿Dónde queda el reino de Dios anunciado por Jesús? El mensaje del texto quiere ser claro: la victoria del Señor es segura. El Hijo del Hombre viene. El mundo y nosotros estamos en buenas manos. Viene a pesar de las adversidades y para vencerlas. Viene a convocar y salvar a los elegidos. No es tiempo de vacilaciones, ni de distracciones, sino de atención al Señor.

El mensaje de la palabra de Dios es terminante: Cristo viene, ciertamente, y debemos estar dispuestos y confiados. Viene en el contexto pedagógico y efectivo del año litúrgico: deberíamos saber en qué consiste esta venida y cómo acontece. “Año litúrgico” hace referencia al “annulus”, o anillo, la joya esponsal en línea circunferencial que no tiene ni comienzo ni fin. Es redonda. Significa la fidelidad esponsal. Se lo colocan mutuamente los esposos en el día de su boda. En los árboles comprobamos su desarrollo en cada uno de los anillos que la savia de cada año da al tronco crecimiento y consistencia en forma concéntrica. La vivencia del año litúrgico, del misterio pascual, es la forma necesaria y capital con la que la Iglesia de todos los tiempos celebra la salvación concreta de la comunidad y de sus miembros. Inspirada en la tradición de Israel, según la Biblia, la Iglesia cristiana, desde el primer momento, celebra anualmente la pascua de Cristo resucitado desplegando su vida entera, de adviento a pentecostés. Lo que ayer fue historia en su cuerpo humano, ahora es realidad misteriosa en el cuerpo de la comunidad que revive los misterios de Cristo naciendo en él, configurándose en él, conmuriendo y corresucitando con él, sentándose ya ahora con él en los cielos en la medida en que Cristo es su vida. La realidad profunda del año litúrgico es nuestra transformación en Cristo. Ya no es suficiente ser buenos o cumplir la ley. Ahora la verdad total, la verdadera santidad, nuestra realización definitiva es Cristo. Nada ni nadie puede sustituirle. Es el Camino, la Verdad y la Vida. No basta ser observantes, hay que ser amantes. Es en la liturgia donde se realiza este encuentro. En ella “Cristo mismo habla hoy” y la predicación de esta palabra constituye el órgano más importante del Magisterio oficial de la Iglesia. En el Año litúrgico la pedagogía que Dios utilizó en el correr de la historia para anunciar y preparar la venida de su Hijo al mundo, la utiliza ahora la Iglesia para preparar en nosotros la venida misteriosa del Señor. Otras devociones y prácticas pueden ser laudables, pero no pueden sustituir este hecho.

Esto requiere estar familiarizados con lo más identificador de nuestra fe: la vida en Cristo. Pablo lo enuncia a través de la imagen del “Cuerpo Místico de Cristo” que somos nosotros. Juan lo expresa en la insistencia de Jesús de que “permanezcamos unidos a él de la misma forma en que él está unido al Padre” para comunicarnos su misma filiación personal, los misterios de su vida y su mensaje evangélico. El Cuerpo eucarístico, y las Escrituras, hacen hoy el cuerpo místico. El cuerpo místico de Cristo, nosotros, somos ahora al mundo lo que su corporalidad visible fue entonces en Palestina: presencia, revelación y salvación. No es suficiente, si queremos vivir como auténticos cristianos, detenernos en la realidad histórica de aquel Cristo de ayer. Ahora ya no vive así. Hay que mirarlo en su forma actual gloriosa derramándose en la comunidad cristiana y animándola en su propia vida. La vida cristiana es Cristo. Él es en persona, e indefectiblemente, la vocación y el destino del hombre. No existe otra posibilidad. No siempre se insiste lo debido en este hecho estructural y estructurante. El “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5) de Jesús debe seguir resonando con apremio e insistencia.

Esto, en lugar de alejarnos de este mundo, debe comprometernos más en él, en todas sus situaciones y problemas de insuficiencia, de exclusión e injusticia, de ignorancia y estancamiento, para instaurar todas las realidades temporales, sociales, culturales, en la verdad del evangelio. La encarnación de Dios no es solo un suceso histórico puntual, sino perenne, ahora a través de los creyentes. Solo nos salvamos salvando. Solo caminamos amando. Es imposible ser fieles a Dios sin ser fieles a la tierra, a su promoción y desarrollo, previsto según Dios, y a su mandato al hombre de “dominar la tierra”. Creer en Jesús es, como él lo hizo en su vida, sanar, curar, liberar al oprimido. Indudablemente nuestra salvación son los otros. “Lo que a estos hicisteis a mí lo hicisteis” (Mt 25,40), dice Jesús como fórmula de salvación para todos. El cristianismo sociológico limitado al cumplimiento de unas normas y observancias, no sirve para la salvación. Ser cristiano es amar, y amar con todas las fuerzas. Hay que devolver al cristianismo su rostro original. Y no es otro que Cristo sacrificado por los hombres. Lo hizo ayer él. Y ahora lo tenemos que hacer nosotros con él. Y el paso primero inapelable es conquistar el conocimiento y alegría de la fe.

                                                                        Francisco Martínez

www.centroberit.com

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