Domingo XXXII ordinario, ciclo C

2ª Macabeos 7. 1-2. 9-14  –  Salmo 16  –  2ª Tesalonicenses 2. 16. 3,5

Lucas 20, 27-38: En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Comentario

NO ES DIOS DE MUERTOS, SINO DE VIVOS

2019, 32º Domingo ordinario

Cada Domingo profesamos el Credo y proclamamos: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Nos referimos a una de las realidades fundamentales de nuestra fe. En este mes de noviembre celebramos también la conmemoración de los Fieles Difuntos. Hoy en el evangelio los saduceos provocan a Jesús para que se pronuncie sobre la vida después de la muerte. Cristo, muerto y resucitado, es el fundamento de fe y de esperanza reconocido por la comunidad cristiana y “compartir la vida eterna” es su más profunda aspiración. Reflexionemos sobre el evangelio de hoy. Jesús está ya en Jerusalén. El largo recorrido iniciado en Galilea ha llegado ya a su fin. Jesús hace de la gran explanada del templo su cátedra de enseñanza. Al llegar a la ciudad ha sido aclamado por el pueblo sencillo como “rey que viene en nombre del Señor”. Esto solivianta a los responsables y a los mercaderes del templo, a cuantos mantienen intereses personales con el pretexto de Dios. En este ambiente se desarrollan una serie de controversias con fariseos, ancianos y sacerdotes. En el caso del evangelio de hoy aparece un grupo especial, los saduceos. Se trata de un grupo formado por miembros de las familias más acomodadas de Jerusalén, adineradas y dedicadas a la actividad del templo y a la política, muy poco estimadas por el pueblo porque se les acusaba de colaboracionistas con los romanos. Desde el punto de vista religioso eran conservadores; no valoraban la tradición oral y solo reconocían autoridad a la Torá, la ley. Según su interpretación, en la Ley no se hablaba en ningún lugar sobre la fe en la resurrección de los muertos y, dado que no admitían otra autoridad que la Ley, esta doctrina no formaba parte de sus creencias. En torno a este tema establecen un debate de escuela con Jesús. Y para apuntalar su postura utilizan un argumento en relación con la famosa ley del Levirato. Según ella, si un hombre se moría sin descendencia, su hermano debía tomar como esposa a la mujer de aquel para darle un descendiente y prolongar su estirpe. Para los saduceos la vida se prolongaba por medio de la descendencia, no mediante la resurrección de los muertos. Los saduceos montan una exagerada y caricaturesca historia de siete hermanos que se casan con la misma mujer, siete veces viuda, y mueren sucesivamente sin tener descendencia. Con este ejemplo cuestionan a Jesús: si la resurrección es volver a la vida, y resucitan los siete hermanos, ¿de cuál de ellos será esposa esa mujer? Jesús no entra en la discusión ladeando este ridículo ejemplo. Para él la resurrección de los muertos no consiste en prolongar esta vida material, sino que supone una transformación radical de la persona que al morir goza ya de una plenitud dichosa de la vida misma de Dios. Jesús aduce una prueba del Antiguo Testamento. Apela al pasaje en el que Dios se aparece a Moisés que, aunque había muerto, dice que “para él todos están vivos” (Lc 20,38). Su respuesta, pues, es tajante. La otra vida es verdaderamente otra, distinta. No tendrá ya las limitaciones espacio-temporales de esta, ni la organización social de la vida presente: “son hijos de Dios porque participan de la resurrección” (Lc 20,36). Y todo ello, explica Jesús, porque Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”. Dios es la vida y la fuente misma de la vida, y toda criatura humana, creada por amor y para el amor, si desarrolla su vida según el plan de Dios, no morirá para siempre. La vida no termina con la muerte biológica. Jesús, en la resurrección de Lázaro, afirmó: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn 10,25). Pablo, fundamentando la catequesis de la Iglesia de todos los siglos, dice: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán todos mueren, así también todos revivirán en Cristo” (1 Cor 15,29). La resurrección de Cristo es el fundamento de toda la vida cristiana. Y lo es porque la verdad fontal y estructural de la fe es que Cristo resucitado, desde el momento mismo de su resurrección, se convierte en manantial de vida divina resucitada para la comunidad cristiana. De su cuerpo resucitado fluye una corriente de vida gloriosa, de Espíritu Santo, que vivifica la comunidad entera ya ahora en la tierra. Juan y Pablo, cuando hablan de la resurrección de Jesús, en la mayoría de las veces, no se refieren a una resucitación corporal individual, sino a la animación divina, resucitada, de la comunidad. No hablan de la animación de un cadáver, sino de la animación espiritual de la comunidad entera. La resurrección de Jesús y la vivificación espiritual de la comunidad son un mismo hecho. Lo sucedido en el cuerpo físico de Jesús pasa al cuerpo social de la comunidad que experimenta de repente un cambio dramático de vida y de comportamiento. Efectivamente, y como comprobamos en los Hechos de los Apóstoles, la resurrección de Jesús suscita una repentina convergencia de hechos admirables y sorprendentes. Ponen de manifiesto la irrupción de una poderosa fuerza divina que tiene su origen y expresión en Cristo resucitado que ilumina y conmueve a todos. La comunidad entera se estremece de gozo en el Espíritu Santo y comienza a vivir un repentino y fascinante modo de vida distinta y nueva. Los que creen en Cristo reconocen en su propia experiencia personal que Cristo ha resucitado y que ahora vive en ellos. Y esta es la fe de la Iglesia de todos los siglos. Hermanos: la vida cristiana es, como dice Pablo “Cristo en nosotros como esperanza de la gloria” (Col 1,27). Deseemos ver a Jesús, en el evangelio. Leamos, meditemos y comulguemos frecuentemente con intención de cambiar, y entonces será él quien nos mire y nos cambie.

Francisco Martínez

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