Domingo XXXI ordinario, ciclo ,

Sabiduría 11, 22- 2.2  –  Salmo  144   –  2ª Tesalonicenses 1, 11- 2,2

Lucas 19, 1-10 : En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Comentario

EL HIJO DEL HOMBRE HA VENIDO A BUSCAR

Y SALVAR LO QUE ESTABA PERDIDO

2019, 31º domingo ordinario

Estamos en los últimos domingos del año litúrgico y los textos sagrados nos invitan a centrar la atención a la conclusión de nuestro camino humano y al final de los tiempos. También la fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos se desarrollan en la misma línea. Dios ratifica constantemente sus promesas y nosotros debemos saber ver y gozar anticipadamente de las mismas. El evangelio de este domingo pone ante nuestros ojos el relato de la conversión de Zaqueo. Es un excelente modelo de decidirse a ver a Jesús y de dejarse invitar por él. Dios ha enviado a su Hijo para realizar este encuentro y Jesús nada quiere tanto como encontrarse con nosotros. Zaqueo es jefe de publicanos, un hombre rico que tenía que ser muy mal visto por la gente porque colaboraba con los romanos en el cobro de los impuestos. Los recaudadores eran gente sin escrúpulos que aprovechaban su oficio para enriquecerse a costa de los demás. Zaqueo quería ver e incluso conocer a Jesús. Había oído hablar de él, de sus obras, de su autoridad diferente a la de los maestros de la ley, de su trato con los que eran despreciados y marginados, de los que le seguían por el camino. Quería conocerle, no por la curiosidad de ver a un personaje famoso. Demostró su interés echándose a correr y subiéndose a un árbol, porque Jesús iba a pasar cerca. Iba a ser el hazmerreír de la gente, pero en su interior latía el deseo sincero de encontrarse personalmente con Jesús. Y el encuentro se produce. Jesús llega junto al árbol, mira hacia arriba y ve a Zaqueo. El que buscaba ha sido encontrado; el que quería ver ha sido visto. Y unas pocas palabras cambiaron su vida para siempre. Cuando Jesús pasa por su lado, de manera sorprendente le clava los ojos, lo ve y lo llama comunicándole que quiere quedarse en su casa. Es un “hoy” feliz y dichoso, tiempo de Dios, de salvación. Zaqueo no duda un instante y lo acoge gustoso en su casa: la presencia del bien, de Dios, no puede más que alegrar el corazón del hombre. La gente se sorprende y critica la determinación de Jesús: “¡se ha alojado en casa de un pecador!”. No comprendían. Pero Jesús sí lo entiende y Zaqueo también. Este, puesto en pie delante del Señor, confiesa abiertamente que se ha producido el cambio radical que buscaba: compartirá sus bienes con los pobres y dejará de aprovecharse de los clientes que se acercan a su negocio. Jesús lo ha cambiado. “¡Ha llegado la salvación a esta casa!”. ¡Qué magnífico evangelio el de hoy! Zaqueo siente una fuerte insatisfacción. Representa a todo hombre, y nos representa a nosotros mismos, cuando llegamos a sentir la insuficiencia de los bienes, del dinero, para saciar el corazón. En todo hombre es más real la demanda de felicidad que la fortuna en encontrarla. El hombre, todo hombre, es siempre un “plus”, un todavía más, en la línea del deseo y de la felicidad. Cuanto más tiene tanto más se excita su deseo de poseer. Es una constatación universal. Todo hombre es un ser finito con tendencias infinitas. Estamos hechos para el Absoluto y nuestro corazón está siempre inquieto y anhelante. Sin el Infinito el hombre es desasosiego insaciable. Dios nos dice a cada paso, como a Zaqueo: “¡quiero hospedarme en tu casa!”. Dios nos pertenece a nosotros más que nosotros mismos. Está llamado a ser lo mejor de nosotros mismos. Sin Dios careceremos siempre de lo mejor de nosotros mismos y seremos siempre sed insaciable. “Ver”, bíblicamente es la metáfora del disfrutar de la fe y del amor. El que no cree, o cree a medias, no ve realmente. La vida es luz. Vivir supone que alguien ha dado a luz. La muerte, la no existencia, son las tinieblas. Jesús se define como luz: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Ha venido a curar a los ciegos. La curación de los ciegos tiene una significación especial en el evangelio. El ciego vive en las tinieblas de la muerte. Las tinieblas representan el Seol, el lugar de los muertos. En cambio la luz representa el misterio del Dios viviente. Jesús es luz, revelación, palabra. En su transfiguración se manifiesta como resplandor de luz, como anticipo de la luz eterna. Todos los que en la historia de la fe han visto de manera especial han clamado ¡Qué bien estamos aquí”. Hay un ver progresivo que en sus inicios es puro conocimiento humano, simple información, un conjunto de conceptos mentales. Hay también un ver que lo irradia su presencia divinizadora. Es la mística. No lo que el hombre alcanza pensando y discurriendo. Sino lo que Dios hace él mismo divinizando, haciéndose intensamente presente. La mística es el capítulo más luminoso de la historia de la humanidad. Conduce al cielo, a la gloria, donde “veremos a Dios cara a cara, tal cual es” (1 Cor 13,12). Ver a Dios significa tener la dicha de estar con él. Estar en su presencia significa gozar y disfrutar de su misma gloria. La energía para ello es el conocimiento. Nuestra generación pasa por una crisis fuerte en el conocimiento de Dios. Ni tiene el viejo conocimiento de los antiguos catecismos, ni posee una iniciación suficiente correspondiente a una imagen actualizada de la realidad de Dios. En san Juan está claro: si Dios es amor, conocerle es amar. Quien no ama no conoce. El evangelio de Zaqueo nos dice otra cosa hermosa: convertirse es amar. La verdadera conversión no termina en formas meramente piadosas. Quien se convierte a Jesús se da a los demás, como él lo hizo, y reparte con ellos sus bienes. Dios es infinita gratuidad. Quien se acerca a él ama los otros. Y es más dichoso dar y darse que recibir. Lo dice Jesús. La gratuidad solo se puede tener cuando uno está lleno de gracia y desborda de ella. Dar y, sobre todo darse, es la condición más hermosa del hombre. Dando es como más y mejor se recibe. Darse es multiplicarse, extenderse, ensancharse. Dar es mucho más que solo tener mucho. Zaqueo nos enseñe a encontrarnos con Jesús

. Francisco Martínez

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