Domingo XXXI ordinario, ciclo A

Lecturas

Malaquías 1, 14b-2, 2b, 8-10  – Salmo 130  –  1ª Tesalonicenses

2, 7b-9.13

Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Comentario

ELLOS DICEN, PERO NO HACEN

2017, 31º Domingo ordinario

            Jesús, en los aledaños del templo, ha mantenido una serie de controversias con los fariseos y maestros de la ley. Estos están muy molestos porque el mensaje que transmite Jesús afecta frontalmente a su comportamiento. Y prende en ellos un duro rechazo a sus enseñanzas y a su pretensión mesiánica. La situación se tensa de tal modo que Jesús, en respuesta, pronuncia un duro discurso contra ellos. Habla a la gente y a sus discípulos, y seguramente en presencia de los mismos líderes del pueblo. Sus palabras son una fuerte crítica a las actitudes y maneras de estos, por su forma de vivir. En la primera parte de este discurso Jesús denuncia la hipocresía en que viven los maestros de la ley y los fariseos en contraste con el estilo de vida inaugurado por él. Amonesta, además, seriamente a las comunidades para que no caigan en las mismas incoherencias que condena en los otros. Jesús reconoce la autoridad de los maestros de la ley y de los fariseos en el estudio e interpretación de la misma. Y pide a la gente hacer lo que enseñan. Pero rechaza su falsedad porque, en su comportamiento, no son ejemplo de vida. Señala rasgos concretos de su conducta desviada: dicen y no hacen; atan cargas pesadas que ellos no soportan; buscan solo su prestigio y reconocimiento. Jesús se dirige también a sus discípulos inculcándoles el estilo de vida sencilla, predicado y vivido por él: no os dejéis llamar maestro, ni padre, ni guías, porque uno solo es vuestro Maestro, vuestro Padre y vuestro Guía. Este nuevo estilo de vida, en contraste con el de los maestros de la ley y los fariseos, tiene una pauta fundamental: servir, no servirse. Es el elemento diferenciador de la comunidad cristiana. Por eso Jesús concluye que “el que se ensalce será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

 

EN LA VIDA CRISTIANA, MANDAR ES SERVIR

Jesús, en su discurso, dirigiéndose a la gente, reprende el comportamiento de los responsables del pueblo. Hace una concesión generosa reconociendo su dignidad y advirtiéndoles de su responsabilidad. Pero les increpa fuertemente por su indignidad. Subraya: “Haced lo que dicen, pero no imitéis lo que hacen”. Jesús, después de denunciar el mal comportamiento de los jefes, pasa a hacer serias reconvenciones a sus discípulos, a los que van a ejercer el apostolado y el ministerio evangelizador. Nosotros, los ministros del evangelio, queridos hermanos, estamos habituados a predicaros a vosotros, los seglares, o “fieles”, constantemente la palabra de Dios. Y al hacerlo rutinariamente, podemos incurrir con facilidad en el serio peligro de pensar que esa palabra os afecta solo a vosotros y no a nosotros. Hoy Jesús en el  evangelio nos habla expresamente a nosotros, los sacerdotes, juntamente con todos aquellos que realizan cualquier ministerio evangelizador. Y nosotros vivimos inmersos en el mismo mundo que vosotros, amenazados por las mismas trampas que los demás. Y es muy útil que escuchemos juntos a Jesús, para tener muy claro qué clase de sacerdotes queremos ser nosotros y qué tipo de sacerdotes vosotros deseáis. El Papa Francisco, con marcada insistencia, ha hecho la radiografía de las debilidades en que hoy vive el clero, utilizando palabras duras y asumiendo un estilo terminante, como en otros tiempos hicieron los profetas, por ejemplo Malaquías, y el mismo Jesús. Eso nos pide ser fieles a la palabra de Dios poseyéndola en el corazón y no solo en la boca. Un evangelio como el de hoy nos compromete ante vosotros a ser fieles al ejercicio del ministerio rehuyendo el lucro, las distinciones y vanidades, el funcionarismo. El Papa ha señalado en distintas ocasiones públicas las lacras del sacerdocio de hoy: el clericalismo como algo superior y separado del mundo; el carrerismo o la búsqueda de notoriedad y distinción pública; el apego al dinero o materialismo; la reducción del ministerio al funcionariado religioso; el ritualismo excesivo; el rigorismo legalista; la lejanía de los pobres; el olvido de las periferias; la escasa madurez afectiva; los abusos sexuales a menores.

 

INSTANCIAS RENOVADORAS DEL MINISTERIO HOY

Jesús en repetidas ocasiones da instrucciones concretas a sus discípulos sobre cómo tienen que vivir y proceder en su apostolado ante el pueblo. Es preciso que la mentalidad y actitud de los enviados por Jesús transparente lo mejor posible la voluntad del Señor. De nuestra fidelidad dependen en gran parte la evangelización, la educación del pueblo cristiano, la vida en paz y buen amor de los pueblos, y en definitiva, la salvación. El primer rasgo distintivo del sacerdote de hoy, y de siempre, es que no sustituye a Cristo, sino que le representa. “Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”, dijo el Señor. Y también, “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe”. “El sacerdote personaliza a Cristo”, precisó santo Tomás de Aquino haciéndose eco de la universal tradición de la Iglesia. La fe enseña que los sacramentos son actos del mismo Cristo hoy viviente en los cielos, a través de sus ministros. Cristo mismo bautiza, habla, perdona a través del sacerdote. El ministerio requiere una expropiación de la persona para dejar hacer a Cristo, porque todo es de Cristo y esto exige concordar todo con él, el exterior con el interior, las manos y la boca con el corazón, y la persona entera con él. Y si nuestra vida y ministerio son de Cristo, Cristo es inseparable de su cruz y del estilo de la cruz. El poder del evangelio es la negación de todo poder humano. Nosotros no hemos recibido otro poder que el del amor. Y de un amor expresado siempre en el estilo de la cruz, que es la suprema afirmación de  los otros en el máximo anonadamiento de nosotros. Solo Cristo y su evangelio han de ser nuestra fuerza. Todo otro poder humano resulta falsedad evangélica.

Si la verdad fundamental del sacerdocio cristiano es Cristo, su razón de ser es el servicio a los hombres. Jesús lo explicó en el momento de partir al Padre, mediante el gesto memorable del lavado de los pies. Aquel gesto nos confirió claramente el papel de siervos. Y no servir es no ser. No servir, es no servir ya para nada. Cualquier otro evangelio que camine en dirección distinta es falso. La crucifixión y muerte de un Dios, su absoluto abajamiento, es  un principio sagrado, exigente y terminante. Ser apóstol es dar la vida lejos de cualquier ganancia o funcionariado social. Toda identificación con los poderes del mundo es falsedad evangélica. Ser sacerdote, hoy y siempre, es dar la vida, dar el tiempo, dar las energías, estar presentes en las necesidades de la gentes. El puesto del sacerdote son las periferias humanas: la miseria económica, la pobreza doctrinal, la falta de fe y de esperanza, las necesidades humanas y creyentes de los hombres, la exclusión social.

Dicho esto, no cabe duda que el evangelio nos pide renunciar a privilegios y distinciones históricas, a tratamientos singulares, a los signos sociales de diferencia o exaltación, aun cuando se trate de costumbres inveteradas. Los títulos y precedencias a  los que alude Jesús en este evangelio, siguen persistiendo en nuestra cultura social y eclesial y es la misma fidelidad al evangelio lo que debe prevalecer a las viejas costumbres y tradiciones. El discípulo de Jesús, por fidelidad a él, debe matar la distancia y la distinción, porque todo ello aleja, separa y disgrega. Y esto no es del evangelio. El único distintivo del sacerdote ha de ser la aprobación y el cariño del pueblo. Ha de pesar siempre más el evangelio que la historia y la costumbre. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

                                                         Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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