Domingo XXX ordinario, ciclo B

Lecturas

Jeremías 31, 7-9  –  Salmo 125  –  Hebreos 5, 1-6

Marcos 10, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Comentario

“MAESTRO, HAZ QUE RECOBRE LA VISTA”

2018, 30 Domingo Ordinario

            Hemos escuchado en el evangelio cómo Jesús devuelve la vista al ciego Bartimeo. Cuando Jesús comenzó su viaje de Galilea a Jerusalén curó a un ciego. Ahora, a las puertas de Jerusalén, cura a un segundo ciego. La ceguera era imagen de lo que estaba ocurriendo a los fariseos, a muchos oyentes y también a los mismos discípulos: no entendían el proyecto de Jesús. Estaban necesitados de que Jesús curase su incapacidad de comprender. Bartimeo es un hombre ciego al que le faltaba la luz, y por tanto, orientación. Está sentado, incapaz de dar más pasos. Está también clavado al borde del camino, sin destino en la vida. Es mendigo, su subsistencia depende de los demás. Sin embargo, el relato dice que  todavía hay en él una fe capaz de hacerle reaccionar y de ponerlo de nuevo en el camino. Bartimeo percibe que Jesús no está lejos y pide a gritos su ayuda. La narración de Marcos tiene la intencionalidad evidente de describir el camino del encuentro y seguimiento de Cristo, el encuentro de la fe. Los pasos de este proceso creyente son: suplicar y gritar a causa de la ceguera; insistir, a pesar de la oposición, la reprensión, la contrariedad; acercarse a Jesús desde la postración, con confianza y alegría; hablar directamente con él y expresarle los deseos partiendo de la amarga experiencia que está viviendo, superando dificultades y obstáculos; dejarse iluminar los ojos y el corazón; recobrar la vista y el horizonte; seguir a Jesús por el camino que lleva a Jerusalén y al Reino.

Marcos ha colocado esta curación, al final del viaje a Jerusalén, antes de entrar en la ciudad santa, con toda intención. Jesús se enfrenta a la gran incomprensión de los fariseos, sus enemigos, y de una parte del pueblo, y también a la torpeza de sus propios discípulos que no entienden a Jesús cuando les habla de dar la vida, de compartir, de ser los últimos, de arrancarse todo aquello que no les conduce al Reino, de hacerse los servidores de todos.

Marcos escribió en su tiempo refiriéndose a un ciego concreto. Hoy el evangelio proclamado nos habla a nosotros y, en un sentido actual y más pleno, se refiere a nuestra ceguera personal, muy generalizada.  Es muy profunda y debemos saber y querer presentarnos a Jesús con el fin de pedirle que nos abra los ojos para ver. Dios nos ha llamado y convocado en Cristo a un destino muy grande y nuestro pecado es que estamos fríos e indiferentes, no acabamos de creer. Nos ha convocado al Infinito. Ha impreso en nosotros una fuerte aspiración a ser más, a conocer más y amar más. Nuestro destino es el Absoluto, no los fragmentos. Nuestra vida es Cristo. Debemos aprender a vivir en él. Pero el mal es que hemos  llegado a hacernos ajenos a nosotros mismos, a nuestra propia vocación. Somos ciegos y no lo reconocemos, porque es lo que vivimos cada día, permanentemente. Tenemos un mal serio y lo hemos olvidado. Nuestra ceguera es un engaño muy grave. Es un extravío importante. Al no vivir como pensamos, hemos terminado pensando como vivimos. Y al ser esto un fenómeno generalizado, no acertamos a percibirlo en nuestra persona. Creemos que todo es normal, pero no lo es. Vivimos del ambiente y somos ambiente. Y no somos nosotros mismos. En nosotros piensa y habla el ambiente y esto es muy grave. Somos el cargo, la imagen social, el concepto que otros tienen de nosotros. Pero no hemos estrenado nuestra identidad personal profunda, la de nuestra vocación trascendente. Tenemos ideas buenas, pero no la Luz. Tenemos verdades, pero no la Verdad. Tenemos fragmentos, pero no el Todo. Tenemos amorcillos, pero no el Amor. Tenemos placeres, pero no la Felicidad. No afrontamos nuestro problema nuclear. Vivimos el error de curar en algunas ocasiones los efectos de nuestro mal, pero no la causa del mal. Tenemos una imagen de Dios, pero no a Dios. Vivimos, caminamos, corremos, pero fuera de pista. Estamos atrapados en nuestro pasado porque vivimos y decidimos según nuestra memoria y recuerdos. Pero la memoria se refiere siempre al pasado, no al futuro. No vivimos de la razón y menos de la fe. No crecemos. No maduramos. Vivimos nuestro mundo como el más real y en torno a él establecemos nuestras certezas. Y nos situamos en el terreno de lo subjetivo y de lo parcial. Nada tan temible como un hombre de certezas infinitas, que no piensa, que no pregunta, que no reflexiona y cambia. El hombre seguro de sí mismo encierra el peligro del egoísmo, pone freno al crecimiento y hace inviable la verdad y la gratuidad.

La ceguera del hombre de hoy es un hecho. No todo lo que él cree verdad, lo es. Hay procesos cognitivos que acontecen no en el espacio de la razón, sino más allá de ella. Son automatismos, estrategias inconscientes. Hay hoy personas y despachos dedicados a motivar, a inclinar y persuadir, a conducir y guiar. Y las personas somos capaces de procesar estímulos que nos pasan inadvertidos. Otros están pensando por nosotros y deciden por nosotros. No somos libres. Somos ciegos. El evangelio de hoy nos hace la gran oferta de nuestra vida. Jesús quiere hacernos libres, ponernos sanos, capacitarnos para ver. Quiere curar todas nuestras cegueras. Nuestra racionalidad individual no es toda la luz. Otros ven más que nosotros. Hay, además, una Revelación histórica que nos ofrece una luz trascendente. Debemos conocerla con la máxima objetividad. El hombre, todo hombre, suele filtrar la objetividad a través de su subjetividad. Para entender las cosas importantes hay que tener limpio el corazón. Se ve más con el corazón que con los ojos. Se ve más con la fe que con la razón. Somos ciegos y no sabemos hasta qué punto. Si no nos ponemos en trance de búsqueda, de imparcialidad, no entenderemos.

Jesús curó ayer al ciego y sigue curando hoy. El camino para acercarnos hoy a Jesús es el evangelio. Es su misma biografía personal. La ignorancia del evangelio es ignorancia de Cristo. En el evangelio, las parábolas, los discursos y dichos de Jesús, su mensaje, su persona se hacen transparentes y actuales cuando leemos y comulgamos. El evangelio es la intimidad e inteligibilidad de Jesús. La inspiración, la influencia directa de Dios para iluminar, no se agota en la acción personal de un autor pasado. Los libros sagrados nacieron para ser proclamados en las comunidades de todos los sitios.  La relectura sigue formando parte de la Escritura. La recepción sigue formando parte de la Revelación. El agua que brota del manantial sigue siendo la misma en todo el cauce del río. Cuando proclamamos la palabra de Dios, Cristo mismo habla y sigue hablando hoy. Esta es la fe de la Iglesia. Hay que saber leer comulgando. La respuesta a la palabra es la fe. La fe crea la realidad. La razón solo entiende. La fe comulga. Creer es apoyar la vida en alguien. Es entrar en comunión de vida con él. Es una fuerza poderosa, más que la simple razón, que genera apoyo, seguridad, confianza, comunión.

Debemos pedir ayuda para entender y comprender. El camino nunca se hace solo en ninguna carrera o asignatura. En la fe cometemos el error de caminar solos. Y es un camino más difícil y trascendental. Debemos leer, estudiar el evangelio, dejarnos instruir y acompañar. La Iglesia lo hizo siempre. Conocer el sentido no ya literal, sino actual y pleno, espiritual, conocer el sentido simbólico de los Escritos sagrados necesita instrucción. La Iglesia siempre lo pensó así y organizó catecumenados, escuelas, acompañamientos sabios y expertos. Y tú ¿por qué no? Ningún tiempo tan sagrado como el dedicado a entender el sentido hondo de la vida, las realidades más reales, la palabra de Dios. Cristo nos abra los ojos del corazón para entender que solo conociéndole bien a él conoceremos nuestra propia vocación trascendente.

                                                                    Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

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