Domingo XXVIII ordinario, ciclo A

Lecturas

Isaías 25, 6-10a  –  Salmo 22  –  FIlipemses 4, 12-14

Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Comentario

A TODOS LOS QUE ENCONTRÉIS, LLAMADLOS A LA BODA

2017, 28º Domingo Ordinario

            Jesús está en Jerusalén, en los días previos a su pasión y habla en público dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los fariseos que le miran con actitud hostil. Jesús refleja admirablemente la realidad de estas tensas relaciones exponiendo la parábola de los invitados a las bodas del hijo de un rey. Con claridad meridiana les interpela poniendo al descubierto su situación de rechazo a su persona. Jesús habla de un rey que celebró la boda de su hijo. El momento culminante de una boda era el convite nupcial. En la parábola Jesús transparenta su condición de Hijo de Dios que viene al mundo en actitud esponsal para provocar respuesta y fidelidad. Él es “el Hijo” y “el Esposo” y en su persona ha llegado la hora del banquete nupcial en la tierra, signo y realidad de su mensaje del Reino. Él viene a formar “un solo cuerpo”, “una misma carne” con la humanidad salvada de la esclavitud, llamada a correalizar la felicidad misma de Dios. Pero los invitados, en este caso los sacerdotes y fariseos, se niegan. Este rechazo no es solo descortesía. Es rebelión, pues se trata de una invitación de la casa real a un acontecimiento de significación histórica que representa una reafirmación de la continuidad política. Negarse es definirse como enemigo de Estado. Es negar el plan universal de salvación ofrecido por el mismo Dios.

Narra Jesús cómo el rey envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda. Invitar a una boda no era como llamar a trabajar en la viña, como Jesús expone en la parábola anterior. Allí se trataba de un deber oneroso. Aquí, en el banquete de boda, los comensales son  invitados a sumergirse festivamente en el gozo de una misma familia. A pesar de ello, los invitados rechazan la invitación. Es una actitud incomprensible. Cuando es el rey quien invita, el rechazo se convierte en rebelión. La parábola refleja la paciencia activa de Dios en la historia de su pueblo. En lugar de irritarse, envía de nuevo a otros siervos a decir: ¡venid a la boda! El acento del mensaje recae sobre la reiterada afirmación: “todo está preparado”…, “tengo ya preparado”… El Reino que Jesús ofrece está ya presente en su propia persona. Mas ellos, no importándoles nada el ofrecimiento, se marchan a sus asuntos personales. Los intereses ofuscan la llamada. Al fin el rey montó en cólera y acabó con ellos. Y mandó de nuevo a sus siervos a invitar a todos, buenos y malos, y la sala se llenó de comensales. Es paradójico celebrar un banquete de bodas en un palacio real con gente recogida en las calles. Salta a la vista el amor universal de Dios y la preferencia de Jesús, tan subrayada en su predicación, por los publicanos y pecadores. Jesús alude al drama de Israel: mientras los principales le rechazan, los pecadores acuden a él. En la cena el rey entra a ver a los invitados y observa a uno que no lleva traje de boda. Jesús se está refiriendo a las disposiciones internas. La vocación cristiana es gracia. Pero la gracia obliga. No por ser bueno el rey, deja de ser el rey. La intención de la parábola afecta a una clase de invitados indignos. El vestido de boda es rendir los frutos de la vid, es devolver los talentos fruto del trabajo, es la justicia o cumplimiento de la voluntad divina, el revestimiento de Cristo en el Bautismo.

 

EL REINO DE LOS CIELOS ES COMO UNAS BODAS

Jesús, en un eco intenso de los profetas y del Cantar de los Cantares, habla de la semejanza del reino que él predica a unas bodas. Él mismo se designa como esposo de la nueva humanidad. Él establece una alianza de amor y ese amor configura a la esposa, la humanidad, con los dones maravillosos de Dios. Dios invita a todos. Pero es preciso llevar el traje nupcial, ser coherentes con lo que celebran. Dios no solo crea al hombre. Su relación queda definida no por el concepto filosófico de la causalidad, sino por el concepto teológico de un Dios amor. Dios ama apasionadamente al hombre y manifiesta una libérrima voluntad de comunicarse personalmente de forma gratuita y amorosa. La vocación divina del hombre no es un sobreañadido fortuito. No es un ornato complementario. Ya antes de la creación del mundo eligió al hombre “en Cristo”, en su Hijo querido, entrañado en él. Dios, principio del hombre, ha querido ser también fin absoluto del mismo. Lo ha creado para estar con él y participar de él.  El destino del hombre es su divinización, o dicho en términos paulinos, su “ser en Cristo”. Dios se ha humanado para que el hombre sea divinizado. El hombre, sin dejar de ser finito, ha sido llamado a la infinitud, a correalizar la vida misma de Dios. Dios, como es en sí, se ha constituido destino del hombre. Y ha querido que el hombre responda él mismo, siendo libre. Ha decidido en serio la verdadera alteridad del hombre, su independencia y autonomía. Un niño despierta a la conciencia por la presencia y amor de su madre que le ha dado el ser. El hecho de haberlo recibido todo de ella, no anula su respuesta: la posibilita y la provoca. El amor con el que es amado genera el amor amante. El tú maternal genera el yo filial. Y este amor no es esclavizante, sino liberador y personalizador. El hombre es libre, posee una libertad dialogal. Ha de ir a Dios no obligado, sino espontáneamente, no arrastrado, sino libremente, asumiendo que va a un destino fascinante y atractivo. En realidad el hombre nunca es más libre que cuando responde con amor a una oferta de amor. El hombre en manos de Dios es una maravilla. Es, gracias a él, una forma finita de ser dios.

 

SABER RESPONDER

La vida, nuestra existencia entera, no es sino un inmenso don y existimos en tanto que respondemos libremente. Somos en todo la respuesta que damos.  Nuestra vida no es sino la respuesta al amor de nuestros padres. Nuestra fe, nuestra cultura, el amor responden exactamente a lo que hemos recibido en la vida. Vivir una vida con sentido requiere, primero, eliminar nuestra grave ignorancia. Lo que ignoramos, no existe para nosotros. La formación religiosa antigua era más segura porque no era combatida. Pero hoy es radicalmente insuficiente para provocar gozo y alegría, para motivar la admiración y el asombro y para transformar la vida. La pérdida de fe de nuestra generación es muy grande. O planteamos una evangelización que conmueva y entusiasme, o nuestra fe será insuficiente. Existe en el Concilio Vaticano II, en la teología nueva, en pequeños núcleos cultivados de seglares. Quien quiera renovar su fe ha de desearlo en su corazón y hacerlo en estos ambientes.

En segundo lugar, para hacer de nuestra vida una respuesta convencida y entusiasmada a la fe, hay que sanear nuestros ambientes, profundamente descristianizados, y crear un clima de espiritualidad bíblica, litúrgica, eclesial en consonancia con la doctrina actual. O la fe renueva la cultura, o la cultura atea hará agnósticos a nuestros creyentes.

En tercer lugar debemos renovar nuestro concepto de Iglesia, que no es un lugar de servicios religiosos en torno a un pequeño grupo piadoso, sino el pueblo de Dios, el Cuerpo místico de Cristo, el espacio privilegiado donde Dios sigue hablando y santificando y nosotros respondiendo. Es la comunidad que es amada por Dios y ama con el amor mismo de Cristo.

                                                     Francisco Martínez

 

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E-mail: berit@centroberit.com

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