Domingo XXVII ordinario, ciclo A

Lecturas

Isaías 5, 1-7 – Salmo 79 – Filipenses 4, 6-9

Mateo 21, 33-43:
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?» Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Comentario

ARRENDARÁ LA VIÑA A OTROS LABRADORES

2020, 27º Domingo Ordinario

            Hemos escuchado una bella parábola de Jesús pronunciada en el recinto del templo, justamente antes de su pasión. En el mismo lugar acontecen una serie de discusiones de Jesús con las autoridades y los grupos más representativos del judaísmo.

            Jesús, en la parábola, habla de un propietario y de su viña. La viña es un gran símbolo del pueblo de Israel. La vid tenía junto con la higuera y el olivo el primado de las estimaciones del pueblo. En momentos de sublimación poética significaba también la esposa.  El tema de la vid tiene su cima profética en el cántico de Isaías a la viña, signo eminente de la propiedad y de los amores de Yahvé. Jesús habla de un propietario que plantó una viña y la cercó con un vallado. Excavó en ella un lagar y edificó una torre. La narración subraya el solícito interés personal de aquel hombre que no escatimó cuidados a su heredad. La arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando vino el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para percibir sus frutos. Mateo subraya enérgicamente que los frutos son suyos. Los siervos enviados se refiere a los profetas, pero los arrendatarios los recibieron mal, golpearon a los enviados, los apedrearon y a uno lo mataron. Que la persecución y la muerte fuera destino de los profetas era una opinión común. El dueño les envió otros siervos en mayor número que los primeros.  Pero fueron tratados de la misma manera. Jesús narra una historia de Israel conocida por todos. Finalmente envió al hijo pensando que le tendrían respeto. El relato llega al vértice de la conmoción. ¿Qué harán los colonos con el propio hijo del propietario? Hijo y Enviado son dos títulos claros atribuidos a Jesús. La situación que plantea el envío del hijo es extremadamente  arriesgada. Habla del alto interés del viñador de obtener una respuesta adecuada gozando de los frutos de su viña. Enviar al propio hijo, ante la trágica experiencia dice mucho de la propia conciencia de Jesús de implicarse en la trama de la parábola. Pero todo es inútil: los colonos, cuando vieron al hijo, reaccionaron insospechadamente mal. Se dijeron: este es el heredero, matémosle y nos quedaremos con la herencia. Quedarse con la herencia. “Heredero” era un título cristológico complementario de Hijo. Los dirigentes (los colonos) querían ser ellos solos, excluido Dios, amos y señores del pueblo de Dios. Y agarrándolo lo echaron fuera de la viña y lo mataron. Es trágico: se juzga al Hijo  indigno de vivir y aun de morir  dentro del recinto de su heredad. Jesús no podía ser más expresivo.

            La aplicación de la parábola por parte de Jesús es impresionante. Jesús no habla a medias, ni habla a medias con expresiones oscuras.  La muerte del heredero por parte de los colonos señala expresamente a los jefes del pueblo judío, y a los fariseos como autores de su muerte. La tensión del ambiente era formidable y la predicción de Jesús denota a las claras que el desenlace final tuvo unos preámbulos duros, pero evidentes. Jesús se mantuvo en el más evidente testimonio de la verdad.

            La parábola va también por nosotros. Estamos muy aludidos en ella. Hemos recibido la vida de Dios y nos ha encomendado la misión de ser testigos de su amor a través de nuestra vida. Muchos deberían conocer y amar más a Dios porque nosotros existimos. Pero vivimos al margen de Dios. Y vivimos en función de nuestro interés. Empleamos sus dones en nuestro provecho. Vivimos nuestra vida y no la vida de Dios en nosotros. Vivimos al margen de Dios. En nuestra vida estamos en su hacienda. Nuestra vida le pertenece y le pertenece también todo nuestro ambiente. “En la vida y en la muerte somos del Señor”, dice Pablo (R 14,8). “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7), añade. Le pertenecemos y nos ha enviado a trabaja en su viña. Dios nos ha elegido en Cristo para ser “alabanza de su gracia”. Somos hacienda del Señor en lo más profundo de nuestro ser. Se nos ha olvidado ser y nos acapara el tener. Nos hemos degradado a nosotros mismos porque hemos confundido la mente y el corazón con la cartera. Estamos huecos y vacíos. Muchos deberían poseer a Dios porque nosotros existimos. Pero no somos referencia esencial. Muchos deberían conocer y amar más a Dios porque nosotros existimos. Pero vivimos afirmando el “y” quienes nos ven no le perciben a él. Vivimos nuestra vida, no la de Dios en nosotros.

            Deberíamos colaborar mejor con Dios en la creación, haciendo cosas hermosas, dejando huellas bellas de su Ser. Él está presente en todo, quiere estar presente y nosotros debemos hacer obra de Dios. Nuestra casa, nuestra convivencia con los demás, nuestro trabajo y nuestro ambiente deberían ser más hermosos sencillamente porque nosotros existimos. Deberíamos irradiar a Dios, oler  y saber a Dios. Dios nos ha escogido para una misión suya, muy suya, reproducir la imagen de su Hijo, crear un mundo más justo y más humano. Nuestra vida es Cristo. Pero muchos nos le conocen debido a nuestro comportamiento personal. No somos testigos de Cristo. No vivimos prolongando su persona, su redención y su gloria. Nos aprovechamos de él y no aprovechamos para el plan de salvación. 

            Nosotros, los sacerdotes, tenemos una responsabilidad especial porque él nos ha elegido como guías de su rebaño. Y nuestra responsabilidad es mayor. Primero porque debemos ser luz y sal para el pueblo. No podríamos ser perros mudos que no saben, o no quieren, ladrar oportunamente. Pero también por convertir la voluntad de Dios en la nuestra, por sustituirle malamente. Un mal histórico de todos los tiempos es suplantarle en lugar de representarle. Que  reconvertimos el servicio con el honor, con nuestro provecho personal. Silenciamos el pecado de la casa de Israel, los pecados del pueblo, o también porque atamos ligaduras extrañadas confundiendo la verdad de Dios con nuestras verdades personales. Silenciamos los pecados verdaderos y añadimos otros falsos que para Dios no lo son tanto. Confundimos la voluntad de Dios con la nuestra.

            Cada uno de nosotros, ante la parábola, deberíamos saber hacernos preguntas serias ¿Qué hacemos de nuestra vida de fe ¿Hasta qué punto somos testigos de Cristo? ¿Qué hemos hecho de su muerte y resurrección? ¿Qué hacemos del evangelio? ¿Qué responsabilidad asumimos dentro de la comunidad de fe? ¿Servimos o nos servimos? ¿Estamos presentes o ausentes? ¿Nos implicamos o nos evadimos?

            El Señor sea nuestra luz y nuestra salvación.

Francisco Martínez  

www.centroberit.com

e-mal:berit@centroberit.com

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