Domingo XXVI ordinario, ciclo C

Lecturas

Amós 6, 14 .4-7  –  Salmo 145  –  1ª Timoteo 6, 11-16

Lucas 16, 19-31: En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”»

Comentario

EL POBRE LÁZARO Y EL RICO COMILÓN

2019, 26º domingo ordinario

Hemos escuchado una parábola de Jesús que nos habla del uso prudente y sagaz de las posesiones materiales. Es una clara resonancia de su tajante afirmación “no se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16,19). Jesús, para resaltar los valores del reino que él predica, y dirigiéndose principalmente a los fariseos, relata una parábola imaginaria. En el pueblo circulaban sustratos de relatos parecidos transmitidos de tiempo inmemorial. Es posible que Jesús tuviera en cuenta algunos de estos elementos enmarcándolos en su mensaje sobre el valor fugaz de las posesiones materiales. Jesús establece relación y correspondencia entre el aquí y el más allá y señala el inmenso contraste entre el buen y el mal uso de las riquezas. Afirma, en el núcleo mismo de su mensaje, que en el más allá la situación de pobres y ricos se invierte dramáticamente: el rico es atormentado y el pobre disfruta dichoso y feliz. En consecuencia hay que escuchar la palabra de Dios y organizar la vida y el corazón de forma coherente. Lucas, hablando de seguir a Jesús, trata del tema de las riquezas porque constituyen un elemento determinante para saber si estamos con él o al margen de él. Expresan el seguimiento o la deserción. La elección que hacemos aquí tiene repercusión decisoria en el más allá de la vida después de la muerte. Jesús lo expresa muy gráficamente en la parábola. Describe primero el fuerte contraste entre la vida del rico que viste lujosamente y disfruta de sabrosos majares, y la del pobre Lázaro que pasa hambre, está enfermo y solo recibe mendrugos. Una vez muertos los dos, los destinos se invierten dramáticamente y Jesús resalta la situación personal del rico, que aparece desgraciado en contraste con la del pobre que aparece feliz. María alude a este hecho en el cántico del Magníficat. Y el tema se hace también medular en el sermón de las Bienaventuranzas. El mensaje de Jesús es terminante. En el rico, lo que ahora es un valor absorbente para los hombres, es abominación para Dios. El rico, al abandonar los verdaderos valores, pierde su vida. Porque el hombre es lo que ama. Amando lo temporal, él mismo se materializa y se empobrece, porque en el mundo de los deseos no suele haber conciencia del límite. Una gran riqueza es siempre una gran servidumbre, y por lo tanto, una gran miseria. Dios es amor y el cielo es amar. Quien ama anticipa y asegura la felicidad absoluta y definitiva. El rico, prefiriendo placeres materiales, se materializa y se rebaja. El pobre no posee esas ataduras materiales. Está libre para el amor. Jesús describe la disparidad de destinos del rico y del pobre y la enorme contrapartida de la recompensa. El cielo convierte en desdicha la abundancia de la riqueza material y hace dichoso el desapego de los bienes materiales. Por ello, en la segunda parte de la parábola, Jesús apela a la conversión. Ahora el diálogo ya no versa sobre el rico y el pobre, ahora aparecen hablando el rico y Abraham. Es la súplica anhelante desde la experiencia de los tormentos en la otra vida. El rico pide a Abraham tan solo que la punta de su dedo le refresque la lengua. Pero Abraham le replica con la irreversibilidad del último destino. Le insiste a Abraham que envíe a Lázaro a sus cinco hermanos para amonestarles sobre un destino tan trágico, pero Abraham le replica que ya tienen a Moisés y los profetas que han hablado sobre el particular y no han sido ni escuchados ni aceptados. Jesús provoca a una conversión verdadera. Y esto es difícil, imposible si Dios no interviene. No es cambiar unos actos malos, sino unas actitudes perversas, una mentalidad negativa, unas inclinaciones tiránicas. La exigencia de conversión que Jesús requiere tiene su fundamento profundo. Dios se nos da él mismo como plenitud y premio. Dios ha decidido ser nuestra plenitud. Dios ha hecho del hombre un ser finito de tendencias infinitas. A quien no tiene a Dios le falta el Infinito. Este Infinito no es compatible con las migajas de los bienes materiales, que pueden entretener, pero no saciar. Dios ha decidido estar más dentro de nosotros que nosotros mismos. Es nuestra plenitud, nuestro exceso divino, nuestra felicidad eterna. Dios nos pertenece a nosotros más que nosotros mismos. Dios se nos da como cielo y nosotros debemos aceptarle. Pero aceptarle no se concreta en un solo acto intrascendente, sino en un estado permanente y totalizante de apertura y deseo, en un anhelo absoluto y abarcador. Sin aceptación por nuestra parte no hay cielo ni felicidad. El hombre es su voluntad, la única facultad asimiladora e integradora. Dios respeta la libertad del hombre y cuenta con ella. La crea él mismo y la respeta siempre. Cuenta siempre con ella. La crea él mismo y su gloria es la libertad del hombre. Dios quiere que cada hombre sea él mismo, sea verdaderamente otro, tenga una personalidad propia y autónoma. El hombre, o camina él mismo desde dentro, o no camina, no vive. Su libertad es condicionante y decisiva para ser hombre, y sobre todo para caminar libremente hacia Dios y madurar él mismo esta tendencia. Querer o no querer, o querer a medias, es una actitud crucial para el hombre. Un querer limpio, franco y libre es una opción insoslayable que además ha de ser permanente y creciente, totalizadora. Dios quiere que el hombre le acepte, le acoja, le abrace, le ame con todas sus fuerzas. Dios no quiere poder nada sin o contra la libertad del hombre. De lo contrario el hombre no sería hombre. Ha decidido respetar su libertad. Es su máximo don y gloria, En la vida y en la muerte cada uno ha de ser él mismo, no otro. Jesús nos llama a la conversión y esta conversión no se asienta solo en el hecho de una norma o ley. La ambigüedad nunca es verdad. Nunca se alcanza la identidad donde no hay fidelidad. Una persona no comprometida no alcanzará nunca el núcleo de su propia identidad. La fidelidad nos hace, nos construye. Hagamos decisiones fuertes. Las mantengamos vivas. Conquistemos el hábito de desear y querer, de alcanzar y ser. Dios no desea únicamente cosas externas, sino el corazón. La vida plena surge del corazón. “Y donde está tu tesoro, allí está tu corazón”, dice Jesús (Mt 6,21). Nuestra conversión no es plena y madura cuando queremos crecer solo nosotros, sin el contexto de una comunidad de personas e ideales buenos. Crezcamos, y ayudemos a crecer.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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