Domingo XXVI ordinario, ciclo B

Lecturas

Números 11, 25-29  –  Salmo  18  –  Santiago 5, 1-46

Marcos 9, 38-43. 47-48

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Comentario

EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS ESTÁ A FAVOR NUESTRO

2018, Domingo 26º Ordinario

            En el evangelio de hoy vemos a Jesús caminando de Galilea a Jerusalén en un lento viaje en el que va instruyendo a sus discípulos. Durante el mismo, y partiendo de los detalles de la vida cotidiana, Jesús ofrece los nuevos principios del Reino de los cielos. En el evangelio de Marcos observamos hoy dos partes bien diferenciadas. En la primera vemos la reacción de los discípulos al observar que un exorcista desconocido, invocando a Jesús, está expulsando demonios. En la segunda parte hemos escuchado a Jesús la radicalidad de comportamiento que requiere el Reino que él predica.

Marcos señala a Juan diciendo que ha visto a uno que echaba demonios en nombre de Jesús y han querido impedirlo porque “no es uno de los nuestros”.  Probablemente Marcos haga referencia a una problemática del tiempo en que escribe su evangelio. Alguien que no es de la comunidad utiliza el nombre de Jesús para curar y esto es visto en la comunidad como usurpación de atribuciones. Jesús reacciona pacíficamente considerando positiva su acción y les recuerda que cualquiera que no se oponga a su actuación puede ser considerado como uno de ellos.

Jesús corrige un mal grave de todos los tiempos en quienes son sus seguidores: creerse  propietarios de su misión. Tener talante de dueños, ser egoístas con los dones recibidos con destino a los demás, obrar con exceso de celo y rigidez, ser intransigentes con los otros, entristecerse cuando otros revelan valores positivos y triunfan, son actitudes desgraciadamente demasiado frecuentes. Un apóstol que es rígido no conoce bien al Dios que le llama y le confía la misión. Tiene mala imagen de Dios y por ello le es imposible actuar en su nombre y darlo a conocer. Es incapaz de fascinar y de asombrar, de generar amor y felicidad porque tiene sustituida la grandeza de Dios por su propio orgullo y ambición personal. Un apóstol rígido y celoso absolutiza los medios en detrimento de los fines. Se sitúa él en el puesto de Dios y lo destrona. Confunde el servicio con el poder. Reconvierte su misión en una actitud egolátrica y es incapaz de entender el amor de Dios y la fuerza de la cruz. Lamentablemente sustituye la fuerza y la gracia de Dios por lo que él cree que son sus habilidades personales. Es decir, no ha entendido su identidad y pervierte la misión. Hay también una forma de malear la fe cuando magnificamos nuestro grupo o comunidad disminuyendo a otros. Cuando pensamos que somos los mejores. Cuando canonizamos la capacidad humana en detrimento de los medios del evangelio.

La contestación de Jesús a Juan es magnífica: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”. En un discípulo de Cristo lo que cuenta es que el bien se difunda, no que sea él quien lo hace y tenga éxito. Es muy humano resaltar las diferencias y magnificar los fallos de otros. Señalar el bien de los otros, sobre todo cuando no pertenecen a nuestro entorno, requiere mucha elegancia de espíritu. Solemos ser parciales e interesados. Llegamos frecuentemente a condenar los aciertos de los contrarios mientras que aplaudimos los errores de los nuestros. La crónica diaria de la política es deplorable: se sataniza  al rival, haga lo que haga, y se canoniza incondicionalmente a los propios en sus mismos desaciertos. Esto es lamentable. Un cristiano debe señalar el error, esté donde esté, y debe reconocer la verdad se halle donde se halle. Es problema de fe y de fidelidad al evangelio.

En la segunda parte del evangelio hoy Jesús nos sorprende mediante un lenguaje paradójico en el que formula una serie de advertencias para no incurrir en el pecado. Con duras palabras hace una llamada a la radicalidad usando metáforas muy expresivas, como cortar la mano, el pie o sacarse los ojos. El que sigue a Jesús no puede hacerlo a medias; ha de amar con todo su ser, con todas sus fuerzas, con todo su corazón. Pero el gran problema de la cultura de nuestro tiempo, el aire que todos respiramos consciente o inconscientemente, es la fuerte derivación hacia la indiferencia y la mediocridad. Somos muy mediocres y esta es máxima desgracia. Hay hoy una desgana profunda y crónica referente a los valores éticos, sociales, evangélicos. Muchos cristianos viven una vida sin compromiso. Otros hacen pequeñas cosas creyendo que con ello colman las exigencias de la fe. No parecen cortados a la medida del Infinito. El cristiano de hoy ha de confrontarse necesariamente con este problema grave. Dios es incompatible con el fragmento y la disminución. Hablar de Dios es pensar siempre en clave de Infinito y de perfección. Dios, en sí mismo, es Infinitud, Eternidad, Plenitud. Ha hecho al hombre “a su imagen y semejanza”. Lo ha creado para que en el tiempo y en la eternidad sea su verdadero “tú” dialogante, para convivir con él y compartir su condición divina. El hombre está hecho para la infinitud. Un día seremos Dios con él. El hombre, en sus esperanzas e ideales, tiene posibilidades infinitas. Es un ser finito, pero tiene y siente tendencias infinitas. Dios lo ha tratado en serio y por él se ha encarnado compartiendo plenamente la condición del hombre. Se ha entregado del todo a él por la encarnación. Ha revelado un mensaje divino y lo ha dotado de veracidad, muriendo en cruz,  resucitando por todos y para todos y se ha constituido en principio del Espíritu para insuflar vida divina y gloriosa desde el cielo a su comunidad redimida. Dios es Amor Infinito y quiere que el hombre correalice eternamente este mismo amor. El Hombre Dios ha sido radical en favor nuestro. Dios no es mediocre ni se alía con los mediocres. No podría  hacer que el hombre no ame, o ame a medias. Dios nunca podría ser no-amor o amar menos. Al hombre mediocre le falta el Infinito y carece incluso de capacidad de comprenderlo.

Jesús habla de un radicalismo extremo, total, cuando se refiere a su seguimiento (Mt 8,18.22): pide prioridad absoluta sobre la familia, el oficio, los bienes, la necesidad de enterrar al padre. El seguimiento es tan radical que excluye la pretensión de retribución: el bien hay que hacerlo siempre en secreto y sin pretender retribución, Dios paga no por el esfuerzo, sino según su infinita generosidad. Jesús pide radicalidad en todo lo referente al amor fraterno: en el sermón de la montaña exige amar a los enemigos, no juzgar, no condenar, ser siempre misericordiosos. Dios nunca habla de “tolerancia cero”. La última palabra de Dios siempre es el perdón y para todos. Jesús habla en términos radicales cuando se refiere a los bienes de este mundo. Lo dice con términos contundentes: son fuente de inquietud, hacen esclavos, ahogan la Palabra, impiden buscar el Reino, son falso tesoro, son obstáculo para la salvación, nadie tiene derecho a acumular mientras otros mueren de hambre.

La radicalidad de Jesús resalta sobre todo cuando afirma que “si alguno quiere ir en pos de mí, niéguese a sí mismo y me siga” (Mt 16,23). Es evidente que la opción por lo Infinito requiere la dejación de lo finito y limitado. Dios no es comparable a nada. No se trata de abandono, sino de preferencia. Se requiere fe, y fe viva, para entender a Jesús y comprometerse con él. Se trata de haber llegado a comprender que amar menos es una especie de suicidio. Hacer solo lo mío es miseria humana. Lo trágico no es solo tener corazón menguado, sino tener ojos que no ven y mente que no comprende. Dios sea nuestra luz y nuestra verdad.

                                                             Francisco Martínez

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