Domingo XXVI ordinario, ciclo A

Lecturas

Ezequiel 18, 25-28  –  Salmo 24  –  Filipenses 2, 4-9

Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Comentario

PUBLICANOS Y PROSTITUTAS OS ADELANTARÁN EN EL REINO DE DIOS

2017, 26º Domingo Ordinario

            Jesús nos invita hoy en el evangelio a analizar la sinceridad de nuestra respuesta a su llamamiento. Viene de Galilea a Jerusalén haciendo no solo el camino geográfico, sino también doctrinal, convertido en cátedra desde la cual ha desarrollado el núcleo de su maravilloso mensaje. En la ciudad de Jerusalén, en los entornos del templo y en el monte de los Olivos Jesús vive densamente los últimos días de su magisterio.  El pueblo sencillo, asombrado, le ha aclamado al entrar en Jerusalén, pero los dirigentes del pueblo, sumos sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos, al sentirse interpelados, le rechazan y mantienen una fuerte tensión contra él. En este contexto Jesús expone una parábola que confronta a sus adversarios y revela lo que ellos tienen en sus corazones. Jesús habla de un padre que tenía dos hijos a quienes envía a trabajar a su viña. La respuesta que dan es antagónica. El primero dice que va, pero de hecho no va. El segundo responde que no va, pero de hecho va a trabajar. Jesús interpela a sus oyentes para que sean ellos mismos quienes juzguen. “¿Qué os parece? ¿Quién de los dos cumple la voluntad del Padre?”.  Jesús pretende que sus oyentes, ayer, y los lectores hoy, se sientan expresamente concernidos y se definan ellos mismos.

La pregunta de Jesús va dirigida a los sumos Sacerdotes y a los Ancianos del pueblo, que solían pertenecer a la secta de los Saduceos. El mundo saduceo era el dinero y el poder. De la religión tomaban lo que les convenía, lo que no estorbaba a sus intereses y negocios y modo de vivir. Pero sus creencias religiosas no orientaban ni determinaban su vida. Jesús se enfrenta con ellos y les fuerza a responder ellos mismos para que sean también ellos quienes juzguen, sentencien y condenen su propia causa. Como son perspicaces y saben cosas de religión, juzgan bien. Lo difícil es que se reconozcan en la conducta del hijo desobediente que inicialmente dice ir, pero no va a la viña. Porque ellos aparentan ser efectivamente los hijos bien educados e instruidos en la ley, los que conocen la voluntad de Dios y parecen dispuestos a cumplirla. Pero no llegan a cumplirla. Jesús provoca a sus oyentes: señala a los pecadores públicos, a las prostitutas, a la gente de mal vivir, según las apariencias, como aquellos que inicialmente se niegan, pero que al fin hacen la voluntad de Dios. Y afirma que estos pasan delante de los que son tenidos como piadosos, como buenos, de los que hoy van a misa y encienden velas a los santos, pero que no cumplen en verdad el mensaje cristiano. Jesús en el evangelio él mismo se junta con pecadores, más que con hombres piadosos.

 

DECIR Y SER

Jesús, y nosotros hoy también, sabe que más vale callar y ser que decir y no ser. La realidad de practicar la disminución, de quedarse en el camino, de ser menos, de actuar con insuficiencia, de caminar a medias, de ser incoherente, de dividirse y fragmentarse en la vida y en la fe es, sin duda, un hecho real y lamentable en nosotros. La parábola de hoy debemos escucharla no como algo que Jesús dijo a los Saduceos de aquel tiempo, sino como mensaje suyo a cada uno de nosotros hoy. En nuestro mundo todo es posible. Hay quienes incluso niegan que exista la verdad. Una cierta oposición puede tener la congruencia de la complementariedad, de completar la verdad de los otros. Lo malo es la oposición por principio, oponerse por oponerse, la incapacidad de entenderse, hacer inviable la comunicación y comunión. Frecuentemente, los que menos se comprometen suelen ser los que más culpan a los otros. Toda separatividad lleva la mentira existencial en su mismo núcleo porque la verdad absoluta, en su tramo decisivo y final,  es integración y comunión, sin que valgan quejas ni falsificaciones. Una de las mayores desgracias de los mediocres es la confusión del término con el camino. Viven a medias y se quedan a medias. Son incapaces de encontrar la excelencia allí donde ellos se encuentran. El mediocre acaba siempre pervirtiendo su razón, pues quien no vive como piensa, termina pensando como vive. Necesita justificarse a cada paso. El mediocre piensa que él no se equivoca nunca. Se venga de su vulgaridad quejándose siempre de los otros, hablando mucho de compromisos, de esfuerzos, de ideales, pero sin mover un dedo por su parte. Necesita de la quiebra de los demás para justificarse él mismo. El mediocre practica la disminución, la fuga y ausencia, nunca la virtud, que, en su significado profundo, significa fuerza o vigor. El cobarde habla mucho, se queja demasiado, y se evade frecuentemente para justificar y compensar su mentira y su cobardía.

 

QUIEN SE SITÚA CERCA DE DIOS CAMINA ABIERTAMENTE EN LA VERDAD

Jesús nos dice hoy que el verdadero seguidor suyo no debe medirse por las buenas formas, las apariencias y las palabras, sino por las obras. Nos manda hacer decididamente la voluntad del Padre. Separar la fe y la vida es fariseísmo. Debemos hacer aquello mismo que creemos. La fe se expresa con la vida. Debemos testificar con nuestro comportamiento y no solo con palabras.

Nuestra mediocridad afecta profundamente a Dios, pues da de él una imagen pobre, y aboca a un Dios menos conocido, menos amado, menos afirmado. La mediocridad, el no adaptar el pensamiento a la vida, termina confundiendo al Dios real y vivo con una simple imagen mental de Dios. El mediocre no tiene a Dios: solo una imagen subjetiva de él. Tiene un Dios reducido a criatura. Es cristiano de cultura religiosa, pero no de fe. Se deja llevar por la rutina, por los conceptos mentales, pero no implica el corazón ni los afectos. Ante Dios está disminuido o dividido. Para él la religión es mucho más el esfuerzo humano que la gracia de Dios, que cuenta poco. Se ha quedado en la ley y no ha implicado amor. Reduce la eucaristía a una difusa presencia de Cristo en el pan, pero ignorando su verdad profunda, la caridad, la solidaridad, la fraternidad, la unidad y complementariedad con los otros.

Nuestra mediocridad afecta también, y mucho, a nuestras relaciones con los demás. El mediocre es un prófugo de la comunidad y de lo comunitario. Es egoísta y reservón. No sabe lo que es la verdadera amistad. En todo caso su amistad no es sino un vulgar compadreo de ocasión, de comidas o viajes compartidos, de compañía esporádica. Vive la pretensión de salvarse él, no de salvarse salvando. Vive la ley, no el amor. Existe en la institución, no en el interior del misterio. Es ambiente más que evangelio. No ha conectado con lo absoluto, y lo relativo le zarandea. Quiere cambiar todo y a todos, pero él no cambia. No es generoso, ni gratuito. Propende al enfado, se queja de todos. Es una persona ausente. No llora ni sufre por nadie. La mentira más grave del mediocre es no ver su disminución de amor y responsabilidad frente a Dios y frente a los demás.

Pidamos a Dios que nos haga generosos en el amor y ardientes en la esperanza.

 

                                                   Francisco Martínez

 

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