Domingo XXVI ordinario, ciclo A

Lecturas

Ezequiel 18, 25-28 – Salmo 24 – Filipenses 2, 1-11

Mateo 21, 28-32:
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Comentario:

PUBLICANOS Y PROSTITUTAS

VAN POR DELANTE DE VOSOTROS EN EL REINO

2020, 26º Domingo ordinario

            Hemos escuchado en el evangelio una parábola de Jesús que solo encontramos en Mateo y que surgió en el contexto de las discusiones entre Jesús y los judíos observantes de la ley Estos le criticaban con dureza por su manera de tratar a los pecadores. La parábola está encabezada por una pregunta que Jesús propone con el fin de que respondan en su interior todos y cada uno de sus oyentes. Jesús contrapone el comportamiento de los dos hijos del propietario de una viña. Este los envía a trabajar.  El primero de ellos, en principio, responde que va a ir, pero no va, desobedeciendo al padre. En cambio el segundo le dice inicialmente que no quiere ir, pero termina yendo. La pregunta de Jesús a la gente es quién de los dos cumplió la voluntad del Padre. Jesús, al proponer una parábola hermosa, hace una contraposición atrevida entre dos sectores sociales allí presentes: unos, el estamento oficial, que le rechaza, y otros, la gente sencilla del pueblo, que le acoge.

            La viña era un símbolo importante y tradicional en la vida del pueblo de Dios. Representaba la hacienda heredada, el trabajo diario y el sustento familiar. El primer hijo, que acepta inicialmente trabajar, pero que se niega de hecho a ir a la viña, encarna en principio al pueblo de Israel que surgió de la alianza del Sinaí, y que vivía de la conciencia de su vinculación histórica al plan de salvación de Dios, y estaba simbolizado, en especial, por escribas y fariseos, custodios de la fidelidad del pueblo. Se centraban teóricamente en la observancia exterior de la ley, pero ahora cerraban el corazón al mensaje que Jesús predica. El segundo hijo se asocia a los pecadores y gentiles que siempre eran considerados como excluidos del verdadero pueblo de Dios, pero que ahora son los que en verdad escuchan a Jesús, responden a su mensaje, se conmueven y se convierten de corazón. La parábola tiene un cierto paralelismo con la que encontramos en el evangelio de Lucas sobre el hijo pródigo.

            En el contexto redaccional de Mateo, los jefes sacerdotes y los ancianos del pueblo ejercían un poder moral dominante y, escuchando a Jesús, entendían bien que en la parábola se estaba refiriendo a ellos al hablar del hijo que dice ir, pero que no va. Jesús les invita a reflexionar sobre la base del sencillo ejemplo del trabajo en la viña. Insiste sobremanera en la necesidad de hacer y no solo decir. No siempre hay amor en las buenas razones. El hijo aparentemente justo era uno de los que dicen pero no hacen.

            Jesús, en su confrontación con escribas y fariseos, experimentó la dureza del rechazo pleno. Pensando en los escribas y fariseos, sentencia: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”. Él vino a revelar a Dios y el plan de Dios. Este plan era el Hijo, él mismo,  como camino, verdad y vida. Pudo él hacerlo porque él mismo era Hijo de Dios y podía obrar en cuanto tal. En ninguna parte de la Biblia se dice que la palabra de Dios es dirigida a Jesús como solía acontecer con los profetas. La palabra brota de él y es acompañada de signos maravillosos porque Jesús hace lo que dice. La aceptación o rechazo de su palabra es para el hombre luz o tinieblas, vida o muerte. Todo hombre juega la gran batalla de la fe en su propio interior, en su corazón. Jesús, hablando, no solo trasmite conceptos. Mueve y conmueve, porque trasmite su Espíritu. Los evangelios destacan el asombro de las multitudes cuando se preguntaban de dónde le venía a Jesús su sabiduría. “Nunca nadie habló así”, afirman. Jesús fascina, inquieta, atrae. Los que le oyen quedan impactados, convocados. Jesús encuentra resonancia en el  fondo de los corazones porque interpela y llama. No solo llama y convoca, impulsa a responder y a aceptar. Jesús, para todo hombre de buena voluntad, es llamada y respuesta, es convocación y presencia. A la ley externa del Antiguo Testamento sigue la ley interna del Espíritu de Jesús iluminando, atrayendo, fascinando. La mayoría de los hombres viven la fe a su manera. Hasta cuando oran no salen de ellos mismos, no tocan a Dios, solo una imagen mental de Dios. Desconocen el aspecto más gozoso de la fe que es la presencia viva y actuante del Espíritu de Jesús en los que le oyen y acogen. Jesús, hablando, no solo comunica palabras, contagia su Espíritu que impulsa a responder. Jesús hablando ayer, o en la proclamación del evangelio hoy, transmite iluminaciones e impulsos que nos invitan y ayudan a caminar en la senda de la fe. Es preciso saber oír, dejarnos conmover y conducir. Dios mueve al hombre desde el interior mismo de su identidad y libertad humanas y lo hace con una modalidad divina que sobrepasa todas las capacidades de la razón. Dios prometió: “Pondré mi ley en sus entrañas, la  escribiré en sus corazones” (Jr 31). El Espíritu de Dios es transmitido a todos y su misión es  iluminar, mover, conmover impulsar. El Espíritu crea vida en el silencio, fe en la ignorancia, unidad en la dispersión, audacia en el miedo, desprendimiento en el egoísmo, sabiduría en la rudeza, fortaleza en el testimonio. Jesús nos manda hacer lo que podemos y pedir lo que no podemos, para que podamos. Un cristiano de verdad no puede vivir solo de referencias externas. Sin Jesús, sin su Espíritu, no podemos hacer nada. La parábola de Jesús nos afecta y cuestiona nuestra fe. Nosotros estamos llamados a situarnos en el marco de la historia de salvación colaborando dinámicamente en él. El evangelio de hoy nos interpela.

            ¿Cómo es mi fe? ¿Creo en verdad o más bien solo creo que creo? Mi fe ¿tiene mucho de herencia y ambiente o he llegado a personalizarla y vivirla en serio?

            ¿Tiene como núcleo fundamental y presente a Jesucristo, Mediador siempre en acto en la Iglesia y en mi vida?

            ¿Mi fiesta principal y el eje vital de mi piedad personal gira no en torno a devociones (patronos o santos de mi devoción) sino en torno a Jesús y su pascua?

            ¿Doy importancia estructural a la lectura de los evangelios dominicales, convencido de que en ellos “Cristo mismo habla? ¿Leo y con-leo con los amigos de la fe y voy haciendo de la lectura continuada una organización evangélica del corazón y de la vida personal, social, eclesial?

            ¿Es para mí la cruz no un objeto de adorno, sino soportar el mal sin tener en cuenta la ignominia, o vencer siempre el mal con el bien, o amar siempre en la dificultad? ¿En la misa  me hago oferente y víctima, ofrezco y me ofrezco?

            ¿Pienso que la eucaristía no solo hace el cuerpo de Cristo, sino que nos hace a nosotros su cuerpo, y que actualiza en nosotros su misma pasión y gloria?

            Hermanos: Avivemos nuestra fe viviéndola más auténtica, activa y testimonial.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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