Domingo XXV ordinario, ciclo A

Lecturas

Isaias 55, 6-9 – Salmo 144 – Filipenses 1, 20c-24.27a

Mateo 20, 1-16:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Comentario

¿VAS A TENER TÚ ENVIDIA PORQUE YO SOY BUENO?

2020 25º Domingo Ordinario

            Jesús, en su viaje de Galilea a Jerusalén, se aproxima a la capital judía y allí vive la incómoda experiencia del desencuentro con los principales grupos judíos. Ve que los responsables se sienten señores de la situación, dueños del pueblo y de la convivencia. Con el pretexto de defender la ley, se defienden ellos mismos. Jesús propone una parábola que narra la infinita gratuidad de Dios.

            Jesús habla del nuevo reino de Dios y lo compara a la viña de un propietario que convoca a varios jornaleros a trabajar en ella. Mateo repite cinco veces que se trata de un propietario que convoca a trabajar a “su” viña, remarcando fuertemente el posesivo, para dejar claro que nosotros, en la vida, somos como obreros que trabajamos en la viña “de otro”. Jesús, en la parábola, evoca una costumbre muy conocida en Israel. Hombres sin empleo fijo se congregaban a primera hora en la plaza ofreciéndose con su misma presencia a cualquier trabajo eventual. El propietario de la viña salió al alba y contrató a varios operarios en un denario por jornada. No le bastaron los jornaleros y salió a media mañana, y al mediodía, y a media tarde e hizo lo mismo. Cuantas más horas pasan, más inverosímiles, y por tanto más expresivas, se hacen estas demandas del amo en la plaza para contratar obreros. “¿Por qué estáis aquí todo el día sin trabajar?”. Da la impresión de que el dueño se preocupa más de la eliminación social del paro que de obtener ganancias en su propiedad personal.

            Mateo, al hablar de los contratados, recalca bien “los primeros” y “los últimos” a fin de que los primeros sean testigos de la retribución de los últimos y puedan protestar ante la aparente incongruencia. En el relato del episodio no cuenta ni el rendimiento del trabajo, ni la fatiga o el esfuerzo. Los primeros pensaron que recibirían más, pero recibieron también solo un denario, como los últimos. Ante lo cual murmuraron contra el propietario. En lugar de alegrarse por la dicha de los últimos, apelan a una falsa razón de justicia distributiva: “los has hecho iguales a nosotros”. El “ardor de las horas de sol” hizo hiriente la diferencia de unos con otros. No se quejan por más o menos dinero. Lo que les ofende es no ser diferentes. Pero el señor replica a uno de ellos, que personifica a todo el grupo, el de ayer y el de siempre: “Amigo, no te hago injuria. ¿No te pusiste de acuerdo conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete”. La Biblia entera es testigo de la infinita largueza de Dios que no se funda en otra razón que la de que “el Señor es bueno” y “ama a todas sus criaturas”.

            “El ojo malo” (Mt 6,23) ve tinieblas donde hay luz. El envidioso confunde la bondad de Dios con la injusticia. Sufre porque el otro, el hermano, goza.

            La parábola no quiere dar una lección de igualitarismo social en la tierra y tampoco quiere decir que que no se va a tener en cuenta, en el más allá, la mayor o menor dedicación  con la que los siervos de Dios hayan cumplido su servicio. Estos temas ni se niegan ni se afirman. No se entra en  ellos. La parábola alude a un hecho sencillo: algunos han sido llamados “a última hora” y el Señor les otorga los beneficios del reino en pie de igualdad con los que, de mucho tiempo atrás, ya “trabajaban” con afán ante él. Y estos han murmurado contra el proceder del Señor. En apariencia por celo de la justicia, pero en realidad por la debilidad de los celos. Ciertos momentos de la historia ha mostrado claramente la aplicación de la parábola. En tiempos de Jesús la disponibilidad creyente de publicanos y pecadores, de mucha gente sencilla, tuvo que herir manifiestamente la sensibilidad de escribas y fariseos. En los mismos discursos de Jesús resalta manifiestamente el contraste entre “los pecadores” y los fariseos. En los años cincuenta ingresaron en la comunidad cristiana muchos paganos. El Espíritu inundó sus almas con la admiración de todos, pero no sin protesta de algunos judeocristianos con mentalidad “de primera hora”. Ya escribiendo Mateo, los gentiles o paganos, incorporados al reino, no solo se equiparan a los judíos, incluso los sustituyen.

            Este evangelio podría hacernos un bien inestimable. Comporta una llamada singular a mejorar nuestra vida en muchas cosas fundamentales. Vivimos un fuerte subjetivismo egocentrado  que deforma la realidad que nos envuelve, la de Dios y la de los hombres. Nos hacemos centro, como el sol, cuando solo somos una pequeña luciérnaga en el universo. La fuerza de nuestro ego es impresionante y llega a falsear nuestras relaciones con Dios y las de los demás. Nuestra subjetividad representa un desajuste con la realidad que nos rodea. Las cosas no son para nosotros como son en realidad, sino como nos parece que son. La humildad es la verdad. La envidia es mentira y vive de la mentira. La humildad restablece siempre el desorden introducido por la envidia y el pecado. Ser humilde es la mayor victoria del mundo. Solo quien es rico en Dios es capaz de ser humilde porque no hace sombra a nadie.

            Tenemos una imagen deformada de Dios. Pensamos siempre en clave de potencia infinita, de poder acumulado y concentrado, de “Dios Omnipotente y Todopoderoso”, más que como Padre misericordioso y bondadoso. Y además justo, pero con justicia meramente humana. La conclusión es que medimos a Dios por el rasero de la razón humana. “Pero vuestros pensamientos no son  mis pensamientos”, dice el Señor. El Dios histórico real es Padre y ha enviado a su propio Hijo al mundo. El cual, al encarnarse, ha escondido su omnipotencia divina en la impotencia humana de forma que hasta se ha dejado matar por el hombre a quien creó a su imagen y semejanza. A partir de este hecho ha vencido y convencido dejándose vencer, actuando como víctima, no como Dios Todopoderoso. La cruz, fracaso y locura para el hombre, es fuerza y sabiduría de Dios. Dios es amor, generosidad desbordante, misericordia infinita. Nada tiene que ver con las medidas y pesos humanos. Sus preferidos son los pobres, los que sufren, los que lloran, “los últimos” porque él les compensa y llena. Nos enseña no a prevalecer, ni  a ser superiores, ni a ser “los primeros” en la tierra, porque ser pobre humanamente significa ser rico en amor. Dios es amor infinito y no necesita de ganancias y añadidos.  El egoísta, en todo caso, se limita a  pedir justicia, la ley del talión u “ojo por ojo”. El egoísta tiene siempre celos del bien de los otros. Siempre resta y disminuye. No soporta el bien de los demás. No le agrada el bien, la dicha de los otros. Le entristece y la destruiría. O se la apropiaría.

            En la parábola, los primeros llamados, en lugar de considerarse privilegiados por estar en la viña, sienten envidia de los llamados a última hora y de que cobren lo mismo que ellos. No les alegra su bien y les duele el bien de los otros. Representan a todos aquellos que niegan la desbordante generosidad de Dios. Para ellos, Dios tendría que ser más reservado y cicatero, un ser que pesa y mide a la manera del hombre. No entienden que sea desbordantemente generoso y que haga personas muy afortunadas. Solo piensan en ellos. Y esto es trágico, porque el amor de generosidad constituye la dicha del hombre y es el fundamento de la vida en el nuevo reino de Dios. El cielo es amar, vivir un amor inmerecido y desbordante, total e incondicional. Una persona envidiosa va en la dirección contraria al crecimiento, a la verdad y a la autenticidad. Se contenta con la miseria. Vive negando, disminuyendo, restando para sí y para los otros. Hacer del egoísmo ley de vida es un suicidio. El que no ama ni va al cielo ni salva a nadie. Pidamos ser desbordantemente generosos y gratuitos.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroerit.com

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