Domingo XXIX ordinario, ciclo B

Lecturas

Isaías 53, 10-11  –  Salmo 32  –  Hebreos 4, 14-16

Marcos 10, 35-45

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Comentario

EL HIJO DEL HOMBRE HA VENIDO

A DAR SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS

2018, 29º Domingo ordinario

            El evangelio de Marcos nos presenta hoy la tercera predicción explícita que Jesús hace de su muerte. Significativamente viene precedida por el evangelio del joven rico que contemplamos en el evangelio de la semana anterior, y también de la conversación que el evangelio de hoy narra de Jesús con Santiago y Juan, en la que estos le piden sentarse con él en la gloria. Demuestran la incapacidad de creer la naturaleza de mesianismo de Jesús y su mensaje. En estas escenas vemos la inmensa distancia existente entre la mentalidad de Jesús y la de la gente. Jesús realiza su mesianismo por caminos  imprevisibles y desconcertantes para todos.

El evangelio viene hoy precedido de la primera lectura tomada del libro del Deutero-Isaías (Is 40-55) que se escribe cuando el pueblo retorna del exilio babilónico camino de Jerusalén. Trata de promesas mesiánicas de salvación y liberación. El personaje del que habla es diametralmente opuesto a Ciro. El gran rey persa representa el poder, el dominio político y militar. En cambio el siervo de Yahveh del que habla Isaías es ajeno al poder. La salvación que aportará no vendrá del poderío militar, ni de la prepotencia económica, ni tampoco de leyes incapaces de hacer justicia al débil. La fuerza salvadora de Dios no se manifiesta ni se hace presente en la dominación, en el poder destructivo, en la imposición, sino, al contrario, en la vida entregada y humilde de un pacífico. La Iglesia cristiana ha leído siempre estos textos referidos a Cristo. La carta a los Hebreos presenta a Jesús como sumo sacerdote misericordioso que asume la condición humana para tomar sobre él solidariamente nuestros males y debilidades y purificarlos en su propia carne.

Los caminos del hombre son siempre el poder y el éxito. Y esto lleva necesariamente a la violencia física y moral. Lo propio del hombre es prevalecer. Y los discípulos de Jesús, sus mismos íntimos, no son ajenos a ello. La contestación de Jesús ante las apetencias dominantes de sus discípulos es contundente: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser  grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida como rescate por todos”.

El mal del hombre es su propio egoísmo. El hombre ha sido hecho para la comunión relacional. La verdad más profunda del hombre no es el hombre solo, sino el hombre con el hombre. El hombre nace vacío y ha de madurar y crecer con los otros, porque de esto depende la cultura, la complementariedad, la misma felicidad. Si la felicidad es el amor, el amor es relación. La vida del hombre, cuando nace, suele recorrer tres etapas. La primera, de infante y niño, está dominada por el instinto. El niño no razona, al principio, ni conoce la gratuidad. Lo quiere todo imperiosamente para él. La segunda es la de la mente, cuya meta y talante es la igualdad, la justicia, dar a cada uno lo suyo. La tercera es la del espíritu, cuyo estilo es la gratuidad, el desinterés generoso, darse. Pocos alcanzan este nivel del espíritu.

El egoísmo es el cáncer del hombre, su negación y destrucción. Cristo realiza la obra de la salvación por caminos de radical oposición al ego del hombre. Se apropia del mal del hombre y lo mata en su propia carne, amando. No es el médico que cura a distancia. Ni el general que derrota haciendo daño a los otros. Ni el juez que juzga a extraños. Toma en su propia carne nuestro mal y lo mata en su propia persona. Hablan de un sanitario que se inyectó voluntaria y audazmente los virus de un familiar enfermo para crear anticuerpos con los que tratar de recuperar la salud del ser querido. San Agustín expresa con una frase lapidaria, intraducible, el significado profundo de la redención de Cristo. Dice: “Eo victor quia victima”, en tanto es vencedor en cuanto que se victima él mismo. Es decir, vence dejándose derrotar. Gana haciendo de perdedor. Cristo asume voluntariamente el mal del hombre, se lo apropia, y lo destruye mediante la inmolación libre y voluntaria de su propia persona. Si el mal suele producirse por la búsqueda del éxito y del triunfo, en Jesús la salvación viene asumiendo ser el último, el derrotado y castigado, el escarnecido y excluido. Es un camino inaudito e inimaginable. Es la máxima desafirmación de sí en el máximo reconocimiento de los demás, el libre y gozoso anonadamiento de sí mismo, en la máxima exaltación de los hombres. Para curarnos y  salvarnos Dios ha elegido el camino contrario a la afirmación de los instintos del hombre: la fuerza de la nada, el fracaso del éxito propio, la locura de un amor solidario. Dios sitúa la redención en el núcleo mismo del mal. Los textos bíblicos no pueden ser más explícitos: “En esto hemos conocido el amor, en que él dio su vida por nosotros” (1 Jn3,16). “Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef 5,2). “Habiendo amado a los suyos, los amo hasta el extremo” (Jn 13,1). Pablo escribe unos testimonios conmovedores haciendo entender que Cristo eligió para sí lo peor del hombre, su propio pecado y su condenación: “Y Dios…, a quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: maldito el que está colgado de un madero, a fin de que llegue a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abrahán, y por la fe, recibiéramos el espíritu de la promesa” (Gal 3,13-14). Estos textos tienen una significación escalofriante. Si la intrahistoria del pecado es el egoísmo, la oblación de Cristo es la contrahistoria de ese mismo egoísmo. Nos dicen algo importante. El amor es todo en la vida. Y el máximo amor es el que se expresa en la donación sacrificada de sí mismo. Solo amamos bien cuando somos capaces de sufrir ilimitadamente por alguien. El amor total es adhesión total, infrangible, aun a costa de la propia vida misma. Jesús hizo de este gesto el meollo de la fe cristiana y el núcleo mismo de la celebración de la fe. Dijo: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos  hacia mí” (Jn 12,32).

Hay un sufrimiento que es inhumano. Hay otro sufrimiento que es más bien suprahumano porque es asumido libremente como solidaridad y amor, ya que la persona prefiere valorar al otro por encima de todo, amarle ilimitada e incondicionalmente. A una madre le cuesta poco perdonar porque es madre, porque tiene entrañas de amor y de misericordia. Revisemos nuestro concepto de amor. No es egoísmo velado, satisfacción personal, sino relación entrañable. En tanto amamos en cuanto estamos dispuestos a sacrificarnos por quien amamos. Cristo sea nuestra verdad y nuestra fuerza

                                                        Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

descargar documento pdf

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *