Domingo XXIII ordinario, ciclo B

Lecturas

Isaías 35, 4-7a  –  Salmo 145  –  Santiago 2, 1-5

Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Comentario

LOS OÍDOS DEL SORDO SE ABRIRÁN,

LA LENGUA DEL MUDO CANTARÁ

2018, 23º Domingo Ordinario

            En el rito del bautismo el ministro celebrante realiza un rito importante, de expresiva significación, que pasa desapercibido para muchos. Después de regenerar al bautizado como hijo de Dios por el agua y el Espíritu Santo, y en el momento en que la ceremonia concluye, toca con el dedo pulgar los oídos y los labios del recién bautizado diciendo a la vez ¡Effetá! Es el mismísimo vocablo que Jesús utilizó en arameo para curar al sordomudo del que habla precisamente el evangelio de hoy, y que significa “¡ábrete!”. Con ello el celebrante expresa su deseo de que el recién bautizado tenga en su vida dichosamente abiertos los oídos y los labios para escuchar y proclamar las maravillas de Dios ante los hombres. Es, pues, un gesto que hoy y siempre nos afecta a todos los bautizados de forma muy significativa.

Un sordomudo, en tiempos de Jesús, vivía una condición sumamente penosa individual, familiar, social y religiosa. En la mentalidad ambiental cundía la idea de que la enfermedad era siempre castigo de Dios por ser pecador o hijo de pecadores. El aislamiento del enfermo era ingrato en extremo. La sociedad en que vivió Jesús era una muchedumbre de pobres y necesitados. Si a esto se le añadía a alguien la condición de sordomudo, la desgracia era extrema.

La curación del sordomudo tiene en la redacción de Marcos una importancia catequética importante. Y nos afecta a todos, pues la impermeabilidad para la escucha de la palabra de Dios y la mudez para confesar y alabar a Dios, son siempre un grave mal en todos los tiempos y lugares.

Marcos destaca el hecho de que Jesús sale de los confines de Palestina y penetra en el territorio pagano de la Decápolis, y en él anuncia la Buena Noticia y cura al sordomudo. De este modo quiere destacar la universalidad de la salvación. Esta curación revela rasgos importantes en Jesús. Realiza una salvación integral, hasta física: mete los dedos en los oídos del enfermo y con su saliva toca sus labios. Jesús, para curar al sordomudo, lo aparta de la gente y lo lleva a solas con él. Este gesto revela una cierta resistencia a la realización de milagros que no despiertan una fe viva. Pero a Jesús le puede la compasión ante el sufrimiento y la necesidad del ser humano. Devuelve la salud al enfermo, y al mismo tiempo lo reintegra en la vida social. Con   ello le hace recuperar sus derechos religiosos y el enfermo deja de ser un marginado social. Estos son los signos del nuevo reino que Jesús predica. La palabra de Dios de este domingo contextualiza este hecho identificando la presencia de Jesús con la aparición de una naturaleza exuberante que recompone el desastre ecológico y de una humanidad feliz que supera toda discapacidad humana. Isaías habla de una sorprendente recuperación de las personas: el mudo habla, el sordo oye, el ciego ve, el cojo salta como el ciervo. Y habla también de páramos o arenales transformados por la exuberancia y frescura del agua.

El relato de Marcos posee una intencionalidad evangelizadora muy potente, abierta a todos los tiempos y referida a cada uno de nosotros. En ella Cristo mismo nos habla. Es una palabra de Dios que resuena en todos los tiempos y que se ordena a sanar una pandemia grave y universal, la incapacidad de oírle y de hablar entusiasmadamente de él, la desgana crónica y perniciosa de ser menos, conocer menos y amar menos. Apunta también a muchos silencios nuestros ante el fenómeno social de la pérdida del sentido de Dios, ante las injusticas históricas de grandes sectores de nuestra humanidad y ante la precariedad de fe entusiasmada de nuestras comunidades. El silencio encubridor es una enfermedad endémica de nuestra época. Son muchos los que originan males espantosos. Pero son muchos más los que los silencian y encubren, ajenos a situaciones planetarias de sufrimiento, de angustia y de disminución.

Todos deberíamos sentirnos tocados por el evangelio de hoy. El mal al que alude nos afecta profundamente a todos. Es la sordera que induce a la mudez. Hay correlación. Es la actitud de quienes no quieren oír, no saben escuchar, están dominados por una cerrazón subjetiva absoluta, incapaces de sentir compasión, ausentes siempre de la historia y de la vida real, que van por la calle o en el autobús, o están comiendo, y van atados al móvil o a la televisión, ajenos a todo el mundo, paradójicamente incomunicados aun cuando aparentan estar continuamente hablando. Hablan siempre consigo mismos, pero casi nunca con los demás. Hablan, pero su hablar es charlatanería, vacío de trascendencia, pues ignoran los contenidos importantes y trascendentes. Los problemas de la fe, de la educación en valores, de la solidaridad familiar o social, están no solo ausentes, sino vetados. Desconocen el lenguaje de la solidaridad, de la superación, de la responsabilidad.

Esta sordera y mudez de muchos suele tener una causa: un ego inflado donde no caben los otros. Es un ego, o amor propio, que está en los antípodas de lo que dijo Jesús: “si alguno quiere venir tras de mí, niéguese a sí mismo” o “quien ame su vida la perderá”. Es un ego, memoria o pensamiento, constituido en rector de la interioridad personal, verdadera configuración de un pasado registrado ahora como memoria o recuerdo de lo que fue, no de lo que ahora es o está sucediendo, y que siempre selecciona, fragmenta y distorsiona la realidad. El egoísta vive siempre en su mundo subjetivo, no en el de los demás. El pensamiento del egoísta no es libre, es mecánico y autómata. Está hecho de sordera y de mudez. No de reflexión y solidaridad.

El verdadero drama del que no escucha, del que nunca habla de temas trascendentes, es que, aunque parezca contradictorio, él no es él, es puro ambiente. No es una persona que habla, sino un ser hablado. Ha bloqueado la puerta del recibir y la del ofrecer. Se ha cerrado en sí mismo y se ha negado a los demás. Es  una persona que no solo tiene problemas; el problema es él. Porque donde no camina el corazón, no camina el hombre. No hay peor sordera como la de aquel que no quiere escuchar. Quien se cierra a Dios, quien abandona la práctica de la fe, quien no lee, medita y estudia, se hace menos humano, bloquea las fuentes de la empatía, de la humanidad y compasión, de lo trascendente y sublime, y se vuelve seco, distante, displicente, insolidario.

En el evangelio, el vértice de la madurez y felicidad del creyente es “un corazón que escucha”, que acoge, cree y ama, que se deja conducir y guiar por Dios y lo manifiesta en unas relaciones siempre cordiales y afables. En la vida creyente existen unas situaciones en las que el hombre no piensa, es iluminado; no se mueve, es movido por Dios. Se produce una empatía, una connaturalidad dichosa, una atracción interior que se vive y se expresa como delicadeza, elegancia de espíritu, entusiasmo contagioso, fidelidad límite, docilidad especial, verdad y amor plenos. “Dichosa tú porque has creído”, dijo Isabel a María (Lc 1,45). “Dichosos los que sin ver creen”, dice Jesús (Jn 20,29). Todo lo noble, lo perfecto, lo positivo, al ascender hace converger”. Todo lo pobre, fragmentado y parcial, hace descender y disminuir.

Que Jesús cure nuestras sorderas y nuestra mudez personal, social y eclesial.

                                                                                Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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