Domingo XXIII ordinario, ciclo A

Lecturas:

Ezequiel 33, 7-9  –  Salmo 94  –  Romanos 13, 8-10

Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Comentario

LA CORRECCIÓN FRATERNA

2017, Domingo 23º ordinario

Al tema del cuidado y atención que los discípulos de Jesús han de practicar con los  más pequeños, sigue el de la solicitud que han de observar para con los hermanos pecadores. Corregir al hermano es alta exigencia del amor evangélico. El evangelio de este domingo viene precedido, primero, por la lectura de un texto de Ezequiel que asegura que si no ponemos en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a nosotros se nos pedirá cuentas de su sangre. En segundo lugar la carta de Pablo a los romanos nos recuerda que la plenitud de la ley es el amor. Es, pues, preciso saber amar, mediante la oportuna corrección fraterna, en el caso del hermano pecador.

 

LA CORRECCIÓN FRATERNA: UN DEBER POR ESTRENAR ENTRE CRISTIANOS

Nuestro mundo es un hediondo escenario donde a cada momento se ofende, se insulta, se calumnia y detrae. La lengua origina una peligrosa plaga, un desastre de humanidad, que causa estragos por doquier, una verdadera miseria que además de ser maligna es vorazmente contagiosa en toda clase de personas. Los vicios de la lengua se expanden como una engañosa costumbre, un hábito pertinente, un negocio mundial, un sucio vertedero de basuras. Abundan los profesionales de noticias negativas, de denigraciones e infamias, de chismorreo y divulgación de la miseria ajena para regocijo de masas, de espectadores y lectores de medios de comunicación. La mala lengua es una especie de fiesta, o de algarada, nacional. Como en el antiguo circo romano hay quienes matan, hay asesinados y hay quienes se divierten. El chismorreo cotidiano sobre los famosos, sobre el sexo, sobre la política crispada o los excesos nacionalistas, forman una especie de ambiente que, al constituir un hecho generalizado, impide tomar conciencia de su gravedad. El insulto en la política y en los parlamentos, la pasión en el deporte, el extremismo de los credos religiosos, llenan páginas y reportajes de negatividad, de afrentas e improperios. El “no” al otro a lo otro, a priori y generalizado, malogra por sistema la verdad, el bien común, la paz, la promoción y el desarrollo. Se roba la intimidad personal, se divulgan las situaciones y noticias reservadas, se las vende y compra en función de una ganancia pérfida y de una divulgación desleal. La calumnia, la detracción, la difamación, el chisme, están elevados a la categoría de diversión nacional, de entretenimiento de masas. El evangelio de hoy es de importancia considerable y nos afecta a todos y seriamente. El cristiano, ante el mal, ama y corrige. Actúa con amor exquisito.

 

LA CORRECCIÓN FRATERNA

La magnitud de nuestra frialdad e irresponsabilidad no nos permite ver la gravedad del problema. El individualismo en la vida cristiana, la despreocupación por los demás, el vivir a su aire o a su bola, es perversión y hasta negación de la verdadera fe. Jesús instruye claramente a sus discípulos en un asunto delicado y trascendente. Delicado porque requiere mucho amor y elegancia espiritual en quien realiza la corrección fraterna y en el que la recibe. Y trascendente, porque en la enmienda del hermano nos jugamos nuestra propia salvación: “Si tú no le adviertes … el malvado morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuenta a ti” (Ez 3, 17-19). Jesús nos habla hoy de nuestra actitud ante el hermano que peca. La corrección fraterna es un acto de amor elegante y exquisito. Jesús señala tres instancias. Primero, repréndelo a solas contigo. No vale echarle en cara, avergonzarle y exasperarle, ni distanciarnos de él. Se trata de amarle y recuperarle para la comunidad. Segundo, si no hace caso, corrígele entre otros dos hermanos. Tercero, si tampoco hace caso, díselo a la comunidad. No hay que pretender un juicio colectivo. Ni emplazarle ante una solución jerárquica. Si el hermano se niega a todo, es que ha escogido separarse, y la comunidad constata la separación. Se le contempla ya como un ajeno a la comunidad de fe. Reúsa vivir en comunión y ha de ser tenido como tal. Dios está en la comunidad y refrenda lo que la comunidad dice. La decisión de la comunidad, que procede en caridad, viene de Dios.

 

EL PORQUÉ Y CÓMO DE LA CORRECCIÓN FRATERNA

El problema verdadero de la corrección fraterna no es hacerla, sino cómo hacerla. Hay que ejercerla como la hace Dios que actúa como Padre. Él nos perdona a cada uno una deuda ingente que requiere que nosotros perdonemos todo a todos. Perdonar es condición necesaria para recibir el perdón. Más: dar perdón es signo de tenerlo anticipadamente. Si no perdonas, tampoco Dios te perdona. Debemos corregir y perdonar como Jesús lo hace, con la misma solicitud que aflora en las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida, del hijo pródigo. El Apocalipsis refleja el verdadero perdón de Dios: “Yo, a los que amo, corrijo” (3,19). La corrección cristiana llega a llevar juntos la carga de quien peca: “Cuando alguno incurra en alguna falta… corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Gal 6,1-6). San Agustín dice: “Si le dejas estar, -a quien yerra-, peor eres tú callando que él faltando”.

La corrección fraterna no es una acción libre. Quien tiene el amor de Dios, corrige y cura. Es una acción eclesial de primer orden. Nos vemos mejor en el ver de los otros. Corrigiendo, nos corregimos. Amando, nos amamos. La corrección fraterna es un gran acto de amor. Solo quien ama de verdad está en capacidad de corregir. La corrección, o es un acto de amor o es preferible no hacerla. Hay que practicarla con cariño, con humildad, curando y sanando, sin lastimar ni herir, lejos de toda venganza, rencor o resentimiento, de modo que así sea percibido por el corregido. La corrección violenta es pecado contra la caridad. “Dios os trata como a hijos; ¿y qué hijo hay a quien su padre no corrige?” (Hbr 12,7-8). La corrección fraterna es un acto primoroso de amor fraterno porque emplaza el crecimiento allí donde radica lo concreto de la necesidad. Es inviable una comunidad sin corrección fraterna. No es posible el crecimiento sin la ayuda de los demás. No se puede crecer sin eliminar el estancamiento del conocimiento y de la voluntad. En la Iglesia también abunda el amor propio. Sería virtud elegante dejarnos todos juzgar por los otros, por los mismos subordinados, por los pobres, ser capaces de preguntarles: “¿Quién decís que soy yo?”. Ayudar es ayudarse porque es así como crece el amor.

Lo que decimos de la corrección fraterna, vale también para la común presencia responsable ante los problemas comunitarios, sociales, económicos, políticos. Es  deshonesto inhibirse ante las amenazas contra la verdad y la convivencia social y ante las manipulaciones o presiones partidistas arbitrarias. Dejar que solucionen los problemas los responsables políticos de turno, pertrechándonos en la indiferencia, trae consecuencias perniciosas para todos. Si es grave nuestra responsabilidad ante el pecado de las personas cercanas, lo es mucho más grave ante los pecados sociales que afectan a la verdad, a la paz y al bien común. Que el Señor nos ilumine para que siempre tengamos amor.

                                                                    Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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