Domingo XXII ordinario, ciclo C

Lecturas

Eclesiastico 3, 17-20.28-29  –  Salmo 67  –

Hebreos 12, 18-19.22-24a

Lucas 14, 1,7-14:  En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Comentario

EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO

2019, 22º Domingo Ordinario

El domingo es el día en que la comunidad se reúne convocada por Jesús. En la reunión los convocados leemos el evangelio y lo comentamos y hacemos de este mundo un preludio de la vida eterna. El domingo fue instituido por Jesús porque quería estar con nosotros y hablarnos. Este hecho debería informar la organización actual y práctica del domingo, tan deformada en nuestra cultura actual. Una recuperación esencial pasa por la escucha, recepción, discernimiento y puesta en práctica del evangelio. Haremos bien en no permanecer pasivos ante este hecho. Cualquier gesto de replanteamiento y recuperación representa un acto valioso y elegante de fe y de amor de excepcional importancia en nuestra relación con Jesús. Nada quiere tanto él como que nuestra vida sea vivencia y difusión del evangelio. En el evangelio de hoy Jesús nos hace dos advertencias importantes para nuestra orientación fundamental hacia el reino de Dios. Parten de la capacidad de observación de Jesús en los banquetes que tenían lugar en su tiempo. El desarrollo de estas comidas era muy variado. El evangelio narra que Jesús entra en casa de uno de los principales fariseos, invitado por él, precisamente cuando fariseos y maestros de la ley dirigían duras críticas a Jesús. Estas comidas eran aprovechadas por Jesús para practicar sanaciones, enseñanzas, discursos, disputas. Dentro de estas comidas tenían también lugar los llamados “symposiom”. Hacían referencia a una sobremesa especial en la que los comensales conversaban en torno a los distintos temas sugeridos por el anfitrión de la casa. A través de estos espacios se fortalecían los lazos de amistad y familiaridad. Jesús observa que los convidados escogían los primeros puestos. Jesús va más allá del comportamiento cívico de los invitados y habla del reino de Dios. Da dos consejos, en primer lugar, situarse no en los primeros, sino en los últimos puestos. Y, segundo, invitar no a gente de influencia social, sino a pobres que no pueden devolver el favor. En la primera advertencia Jesús nos recomienda ser moderados en la elección del puesto en la mesa. Resulta vergonzoso que el anfitrión se vea en el trance de hacernos descender para dar nuestro puesto a otras personas a quienes él mismo ha otorgado la preferencia. El tema de la precedencia social, ser preferidos y ocupar puestos relevantes, obedece a un instinto general. Jesús quiere evitarnos el bochorno evidente que representa el correctivo del anfitrión haciéndonos descender. Es ciertamente un suceso verdaderamente comprometido. Pero Jesús tiene motivos mucho más profundos para provocar nuestra modestia y humildad. Dios nos ha concedido la precedencia inigualable del reino de los cielos. Se nos ha dado él en persona como anfitrión y como banquete. Nos ha dotado de una dignidad divina. Es tanto lo que nos da que lógicamente debería provocar nuestra suprema satisfacción y complacencia. Las necias precedencias o preferencias terrenas son un insulto a Dios, pues posponen su don personal a nuestros egoísmos personales terrenos. El gozo por lo que Dios nos da es verdadera confesión de fe. Le está diciendo a Dios que estamos contentos con él. En cambio, cuando somos violentos y tenemos preferencias terrenales empequeñecemos a Dios y su don y nos hacemos daño a nosotros mismos. Jesús nos quiere humildes porque ello significa que le valoramos a él y valoramos su don a nosotros. La verdadera humildad cristiana no tiene nunca signo negativo. No tiene que ver nada con la pusilanimidad, el rebajamiento, la timidez, sino que es siempre expresión de riqueza y exuberancia de corazón. La humildad es la verdad. Dios es todo y nosotros somos pobres. Quien conoce y ama a Dios no organiza una batalla por una preferencia material. Dios rechaza al orgulloso porque, primero, el orgulloso ha rechazado a Dios y su infinita primacía. Solo quien es rico en Dios es capaz de ser humilde. Somos más personajes que personas. La verdadera tragedia es que solemos cambiar la persona por el personaje, el ser por el no ser, y todo ello porque somos pobres en la fe. El vanidoso es una persona que carece de amor. Y la carencia de amor es la máxima miseria. Jesús hace una segunda recomendación y advertencia. Cuando invites no lo hagas a quien puede corresponderte, sino a los que no pueden agradecértelo y compensarte. También esto es imposible a quien no tiene amor. Es más gratificante dar que recibir. Dar es señal de que somos ricos en Dios. Quien vive de egoísmo le está diciendo a Dios que es poco y que le debe poco. Ser humilde es la mayor victoria del mundo. El amor solidario es la mayor riqueza del hombre. Quien ama es rico en Dios. Quien no ama es miserable en todos los órdenes humanos y divinos. Dios no solo ama. Es amor. Y quien ama, está manifestando que participa de Dios. Quien ama ha nacido de Dios, porque Dios es amor. Lo que constituye a Dios y le revela es el amor. Es imposible que Dios no ame como es imposible que Dios no exista. Lo propio del amor es darse. Darse, en el amor, no es empobrecimiento, sino expresión de abundancia y de riqueza. Amar no es solo ley y precepto. No es solo un asunto de ética. Es un asunto de nacimiento y de naturaleza, es una forma de ser y de comportarnos. Si amamos y en la medida en que amamos, hemos nacido de Dios y permanecemos en él. “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14). El amor siempre es de Dios por su origen, -viene de él-, y por su naturaleza, pues ”Dios es amor”. El amor es siempre nuestra ganancia y nuestro premio. Ya reconocerlo es don de Dios. El Señor nos haga crecer en amor y solidaridad.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail: berit@centroberit.com

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