Domingo XXII ordinario, ciclo A

Lecturas:

Jeremías 20, 7-9  –  Salmo 62  –  Romanos 12, 1-2

Mateo 16, 21-27

.En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Comentario

EL QUE QUIERA VENIRSE CONMIGO QUE SE NIEGUE A SÍ MISMO

2017, 22º Domingo Ordinario

            Hemos escuchado un evangelio que corresponde a las últimas conversaciones íntimas de Jesús con sus discípulos en las fechas previas a su muerte en Jerusalén. Jesús, llevando la iniciativa, abre a los suyos una perspectiva profética inesperada, nueva, nada imaginable, de su misión. Habla claramente de su pasión y lo hace como de un deber por cumplir: Jesús “tenía que ir” a Jerusalén. Su imperativo no era sumisión a un destino fatal, sino un acto libre de servicio filial de enorme trascendencia. El recuerdo de aquellas conversaciones pasó luego a los escritos del Nuevo Testamento y están ahora en el núcleo de la fe cristiana. La idea de “tener que ir” a Jerusalén está fuertemente asociada al hecho de “tener que padecer mucho y ser ejecutado”. Esto, a todas luces y para todos, representaba una paradoja y un gran “escándalo”. La reacción de Pedro, fiel exponente de la de los demás, demuestra que unos y otros no han entendido el significado del misterio de Jesús. Dice Mateo que Pedro, tomado a Jesús aparte, comenzó a reconvenirle: “¡No lo permita Dios, Señor, eso no puede pasarte!”. Evidentemente, aparecía incompatible ser Mesías y Señor y morir de esta forma, nada menos que por culpa de los principales. La respuesta de Jesús es tajante: “¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios!”. La dura respuesta de Jesús a Pedro evoca el momento de las tentaciones de Jesús en el desierto. Allí el tentador quiso apartar a Jesús de la misión que Dios le había encargado invitándole a vivir un mesianismo de triunfo y de poder, y no de entrega a la cruz. Pedro, que fue presentado como piedra sobre la que se asentará el edificio de la Iglesia, se convierte también en piedra de tropiezo, en escándalo, que induce a Jesús a renunciar al plan de Dios.

Pedro había proclamado a Jesús Mesías e Hijo de Dios. Jesús le llama bienaventurado porque ha recibido una revelación del Padre. Y ahora Jesús ¡llama “Satanás” a Pedro! Cosas muy serias estaban pasando para ello. La afirmación de asumir la cruz es esencial en el mensaje de Jesús. No se puede marginar, ni ayer ni hoy. Parece justificada una interpretación antigua que no ve precisamente en las palabras a Pedro una repulsa, como al tentador en el desierto,  sino el imperativo a colocarse  en su actitud profesional de seguir a Jesús. Como diciendo: no es tu sitio ponerte en el camino delante de mí (así eres obstáculo o escándalo), sino detrás de mí para caminar llevando la cruz en pos de mí. Jesús reprocha a Pedro que no tiene sentido de las cosas de Dios, sino solo de las cosas de los hombres.

 

SEGUIR A JESÚS ES LLEVAR LA CRUZ PROPIA CADA DÍA

Las instrucciones de Jesús a sus discípulos en los momentos previos a su pasión tienen no solo el patetismo del momento, sino además la claridad de un mensaje singular y trascendente que compromete por completo el futuro. En Jesús, su mensaje es testimonio y su enseñanza es vida. Lo que dice de sí les afecta necesariamente a ellos. El camino del Maestro es también camino obligado para los discípulos. La experiencia pospascual daría plena luz a las palabras de Jesús. Pero aquella enseñanza inicial contenía ya la declaración formal y contundente de lo que implicaba el seguimiento de Jesús. Jesús lo hace explícito. “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame”. Según Marcos estas enseñanzas se dirigen también al pueblo (8,34), y según Lucas a todos (9,23). Mateo presenta a Jesús como formador del círculo íntimo de sus discípulos, germen y modelo de la Iglesia.  Negarse a sí mismo implica todo un cambio de personalidad y de corazón. Es la sincera disposición a organizar la propia vida no por criterios propios, sino en plena fidelidad a Cristo. Es negar aquel profundo y secreto sentimiento de propiedad personal que uno siente siempre que pronuncia la palabra “yo”. Es la transformación del egocentrismo por un cristocentrismo absoluto, obrando con él y como él. Ya antes de contar con los escritos apostólicos, todos conocían lo que implicaba el misterio de la cruz. Todos conocían la imagen de un condenado portando la cruz camino de su ejecución. Toda la carta a los Gálatas da por supuesto el conocimiento de la centralidad de la cruz en la vida. Llevar la cruz cada día representaba vivir aquel desposeimiento radical que conlleva el sermón de la montaña en cada uno de sus rasgos. Para Jesús, la vida decisiva es fruto de la muerte. El grano da fruto precisamente muriendo. La vida se gana dándola y perdiéndola.

Jesús no pierde la vida. La entrega voluntariamente. Él muere amando y por amor. La magnitud de la entrega es la magnitud del amor. “Tanto amó que entregó su vida”, dicen a porfía Juan y Pablo. Jesús da a su enseñanza la veracidad de su ejemplo y testimonio. Da su vida en la dificultad y persecución. Devuelve bien por mal. Nunca se pone frente al hombre, contra el hombre, por encima del hombre, sino a favor del hombre. Nunca vence, siempre convence. No condena, no juzga, no hace mal. Su última palabra es siempre el perdón y la misericordia. Él salva siempre amando, corrigiendo, persuadiendo. Trata al hombre por dentro, respetando su libertad e identidad, curando, sanando, liberando, engrandeciendo. Jesús jamás habla de “tolerancia cero”. Perdona siempre. No se cree superior. Vence el mal por la fuerza del bien. No castiga nuestros males, se los apropia y los mata en su carne. Vence victimándose. Es la máxima desafirmación de sí mismo por la máxima afirmación del hombre. Ha elegido el camino contrario a la afirmación de los instintos del hombre: la fuerza de la nada, el fracaso de éxito propio, la locura de un amor solidario. No fue humilde, fue la misma humildad. Vivió su identidad mesiánica como servicio integral al hombre. Pablo escribe: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humillo a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fl 2,5-8).

Hermanos: esta actitud solo pueden entenderla y practicarla quienes tienen mucho amor.

                                                                                      Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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