Domingo XXII ordinario, ciclo A

Lecturas

Jeremías 20,7-9 – Salmo 62 – Romanos 12, 1-2

Mateo 16, 21-27:
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Comentario

EL QUE QUIERA VENIRSE CONMIGO,

QUE SE NIEGUE A SÍ MISMO

2020, 22 Domingo Ordinario

            En el evangelio de hoy Mateo contempla a Jesús inaugurando una etapa nueva en su actividad y en su enseñanza. “Desde entonces,  comenzó Jesús”… dice. Jesús confronta a sus discípulos con una nueva perspectiva de su misión. Habla de “mostrar el camino”, no solo enseñar. Lo cual sugiere algo así como una visión casi ocular, una evidencia. Se refiere a su pasión como un deber por cumplir, un acto de servicio filial y no un destino fatal. El texto es como un verdadero contrapunto a la confesión de Cesarea. Allí Pedro confiesa  a Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Y él es alabado por Jesús. Ahora Jesús anuncia que va a sufrir mucho y Pedro es llamado “Satanás”. Jesús habla ahora de ir a Jerusalén donde tiene que sufrir mucho de parte de los Ancianos, Jefes sacerdotales y Escribas. Allí morirá y resucitará. Esta redacción de Mateo está influenciada por la confesión de fe de la comunidad del momento en que el evangelista escribe. Pedro, tomándole aparte, comenzó a reconvenirle: “Dios te libre, Señor; de ningún modo te sucederá eso”. Era incompatible ser  Mesías y morir a manos de los enemigos. Jesús volviéndose a Pedro dijo: “ponte detrás de mí, Satanás; me eres un tropiezo”, un estorbo en el proyecto de Dios. Una muy antigua interpretación lo traduce no como una repulsa, sino como un imperativo a colocarse en su vocación en el puesto que le corresponde, siguiendo a Jesús, detrás y no delante, para caminar “llevando la cruz en pos de mí”.  La raíz profunda del fallo es que no tiene el sentido de las cosas de Dios, sino de las cosas de los hombres. Tener sentido significa en el Nuevo Testamento una cierta sintonía afectiva, práctica, no de las cosas de la carne, sino del espíritu; no de las de la tierra, sino del espíritu; un vivir en radical sintonía con Cristo Jesús.

            Pedro aparece como modelo de discípulo que experimenta el drama personal de la rebeldía cuando obedece al imperativo de seguir a Jesús. Pero el Señor es tajante. El camino del Maestro es también el de sus discípulos. Jesús lo expone en cinco sentencias que hacen explicito este seguimiento “en pos de mí”.

            La primera es: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y me siga”. Seguir a Jesús es algo radical, martirial. Es estar dispuesto a  negar aquella íntima propiedad que siente cada uno  cuando pronuncia la palabra “yo”. Negarse a sí mismo es la sincera disposición  a sacrificar la propia vida por fidelidad al seguimiento de Cristo. Discípulo y mártir son lo mismo y están en el mismo plano. El seguidor de Cristo toma sobre sí su cruz. Alude al uso romano vigente de los condenados a la crucifixión que tenían que caminar hacia el lugar señalado llevando a cuestas el patíbulo  o palo trasversal donde eran clavados salvajemente. Jesús piensa en su suerte personal, dramática, inminente, que impide toda suavización. Los discípulos, al oír estas palabras, recordarían  imágenes de crucificados. Jesús identifica “seguirle a él” y “llevar la cruz”. Llevar la cruz es “negarse a sí mismo”. Cuando Jesús habla de la cruz da por supuesto que los oyentes están familiarizados con la imagen. “Llevar la cruz”, y llevarla “cada día” es acaso la sentencia predilecta más repetida de la literatura espiritual cristiana de todos los siglos para expresar la transformación del egocentrismo humano en un cristocentrismo radical. Toda la carta a los Gálatas supone un conocimiento profundo de lo que significa estar concrucificados y conmorir con Cristo, apuntando al martirio, pero también a la vivencia del espíritu de las bienaventuranzas, como amor radical universal incluso a los enemigos.

            La segunda sentencia de Jesús habla de morir para vivir. “El que quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí la encontrará”. Jesús dice que la vida es fruto de la muerte. Pasamos a la vida entrando en la muerte. Es un proceso causal. La vida o es generosidad y entrega o no es vida. La otra vida es amor y no podría dejar de serlo. El que no ama, pierde, no vive. El que ama, gana.

            La tercera sentencia es “Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?”. Es decir: ¿para qué quieres el mundo si pierdes la vida? Sería un pésimo negocio. Todos los bienes del mundo no valen la vida eterna. Cuando se trata de la vida eterna la imposibilidad se eleva al infinito.

            La cuarta sentencia es: “El Hijo el Hombre  va a venir en la gloria de su Padre, con  sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Es decir: no salva o condena la pertenencia a un grupo, sino la praxis responsable de cada uno, o el servicio a Cristo en sus hermanos.

            La quinta sentencia es: “En verdad os digo: algunos de los que están aquí no gustarán la muerte antes que vean al Hijo del Hombre viniendo en su reino”. Este dicho se refiere a la glorificación de Jesús. El Reino de Dios y la venida  del Hijo del Hombre son ya realidad operante en el misterio de la pascua cristiana.

            La negación de sí mismo y la cruz no son una realidad inhumana, sino maravillosamente sobrehumana. La cruz no son los crucifijos. Sino el amor extremo, más indebido. Solo puede ser entendido como amor supremo, como amor de Dios en el hombre. La entrega que subyace en la suma amistad o en la conyugalidad humana, es la pista indicada para aproximarse al impresionante amor de Dios que en Oseas es descrito en términos inverosímiles como enamoramiento sin retorno, celos de fuego, pasión ardiente, ternura delicada, gozo, alegría, emoción, y en el Cantar de los Cantares habla de la irreversibilidad e invencibilidad de este amor que, por fin, responde en la misma forma e intensidad que lo recibe. Resulta inconcebible que la palabra de Dios haya inspirado un lenguaje tan audaz para explicar tanto la fogosidad del amor que llama como la del amor que responde. La encarnación de Cristo significa el entrañamiento infinito del amor de Dios en el hombre de forma irreversible y para siempre. La muerte de Cristo representa la seguridad de que Dios ha dado todo al hombre, se ha dado del todo y de forma irreversible, en su amor al hombre. Esta es la señera afirmación de Pablo. “Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? … ¿Quién nos separará del amor de Cristo?  ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros? … pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 31ss).

            Hermanos: creemos en Dios, pero nos cuesta creer en el amor de Dios. Sin embargo, en el evangelio creer es amar.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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