Domingo XXI ordinario, ciclo C

Lecturas

Isaías 66, 18-21  –  Salmo 116  –  Hebreos 12, 5-7.11-13

Lucas 13, 22-30: En Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Comentario

VENDRÁN DE ORIENTE Y OCCIDENTE Y SE SENTARÁN

EN LA MESA DEL REINO DE DIOS

2019, 21º Domingo ordinario

Hemos escuchado un episodio del evangelio en el que Jesús pronuncia unas palabras nada suaves acerca de la salvación. Si esta escena nos hubiera llegado a través de un único papiro, el mensaje de Jesús nos hubiera parecido rígido y severo. Por ello hay que contextualizar las expresiones de Jesús y saber enmarcarlas junto a otros textos suyos que no son tan pesimistas. Un personaje anónimo pregunta a Jesús si serán pocos los que se salvan. Era esta una preocupación habitual entre la gente de aquella época. En general pensaban que los salvados serían todos los miembros del pueblo de Dios. “Todo israelita, por el hecho de serlo, entrará a formar parte del siglo futuro” (Sant 10,1). En ese supuesto ¿cuál es la relación del conjunto de la humanidad con respecto a ese “Reino” que predica Jesús? Muchos tenían un sentido restrictivo de la salvación y creían que serían pocos los que se salvaban. Jesús, camino de Jerusalén, predicando el reino de Dios, encuentra una oposición tenaz en los fariseos. Oposición que en algunos momentos llega a ser persecución a muerte. El rigorismo puntual de Jesús pudo encontrar en esto la razón de la dureza de sus palabras. De todas formas Jesús reconoce abiertamente el indudable riesgo de todos en una vocación que resulta difícil y que requiere sin duda una confrontación enérgica para llevarla a cabo. Jesús, en su respuesta, evita entrar en el terreno de la casuística y apela a la decisión personal de cada uno, diciendo: “esforzaos”. Ante el rechazo de los jefes del pueblo al mensaje evangélico, Jesús señala que no es la pertenencia étnica o religiosa lo que salva, ni el conocimiento teórico de la voluntad de Dios, sino la actitud con que cada uno vive su día a día en la fe. En el Nuevo Testamento el tema de la salvación está muy subsumido en el de la redención universal de Cristo y en el sentido profundo y universal de su propia resurrección. En el mensaje apostólico la resurrección de Cristo es también resurrección de la comunidad. En la redención de Cristo, “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (R 5,20). Después de Cristo nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios. Con la encarnación del Verbo, el fin se sitúa ya en el medio del tiempo y de la historia. Con él llega a nosotros ”la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4), “la última hora” (1 Jn 2,18), “el tiempo se ha cumplido” (Mc 1,13), la vida eterna significa “conocer ya al Hijo y su obra salvadora” (Jn 17,3). Después de Cristo ya no hay nada porque él nos aporta las últimas y definitivas realidades. El Bautismo representa la entrada real en el Reino, y la eucaristía es prenda de la inmortalidad del hombre. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). En su resurrección, Cristo fue constituido Señor y Cabeza de la nueva humanidad. La resurrección del Señor no es la reanimación de un cadáver, como en el caso de Lázaro. No es el retorno a las condiciones de una existencia terrena empíricamente comprobable. La resurrección de Cristo es la vivificación de la nueva comunidad en el Espíritu Santo. Al hablar de la resurrección de Jesús, Juan se refiere, en la mayor parte de las ocasiones, no a lo acontecido en el cuerpo físico de Jesús, en un momento determinado, sino a lo que está sucediendo en la comunidad de los discípulos de forma permanente. En efecto, cuando Jesús resucita, se produce simultáneamente en la comunidad una convergencia de sucesos admirables que tienen su razón de ser en el hecho mismo de que Jesús está de nuevo con ellos, pero de distinta forma, como “Espíritu vivificante”. La vida nueva ya está en ellos. Todos, de forma asombrosa, pasan repentinamente de la tristeza y depresión absoluta a un nuevo y fascinante estilo de vida que sorprende y arrastra multitudes; pasan del pánico que espanta y provoca la huida, al testimonio audaz y valiente ante los poderes públicos. Todos viven una convicción real: Jesús ha resucitado, permanece vivo y ha comenzado a difundir su nueva vida. En un contexto de sucesos fascinantes y asombrosos hay algo que llama poderosamente la atención en la resurrección de Jesús. Los testimonios son contundentes. La exaltación de Cristo a los cielos provoca de inmediato en la comunidad de los discípulos un amor asombroso al hombre, a todo hombre, por parte de todos los miembros de la comunidad. Efectivamente, la resurrección de Cristo es “su exaltación a la derecha del Padre”. “Dios lo ha resucitado de entre los muertos”. “Lo ha vivificado”. “Lo ha constituido Mesías y Señor”. “Lo ha glorificado”. La gran afirmación de Juan es que Dios es amor. La resurrección, la vida nueva, es entonces amar. Es vivir la misma vida de un Dios que es amor y que no puede dejar de amar. En la resurrección de Cristo, su persona y su vida, su eucaristía y su cruz, permanecen en él y de él fluyen hacia la comunidad que “vive en Cristo”, ”conmuere y es resucitada en él”. La Iglesia del tiempo es sacramento de la presencia terrena del Cristo glorioso entre los hombres. Quien nos ve a nosotros le ve a él. Es en la Iglesia donde los hombres deben ver y escuchar a Cristo. El amor es la totalidad del evangelio. La vida cristiana es amar. Lo que evangeliza en los cristianos es el amor. Para convertir al hombre, primero hay que amarlo. Sin amor no hay evangelización. El amor es la vida de la comunidad de Cristo. Es la eucaristía y la cruz de Cristo que perduran en nosotros. En conclusión, todo lo que un cristiano debe hacer es amar. Pero el amor no es un vulgar sentimiento. No se identifica con la cantidad de pequeñas acciones de amor. No es la cantidad lo que hace el amor verdadero, sino la mayor radicación de la disposición y actitud de amar. El amor no crece cuantitativamente, sino cualitativamente, cuando aumenta la actitud, la disposición y la capacidad. Un clavo no entra en la madera pasando suavemente muchas veces la mano, sino por una violencia superior a la resistencia. Jesús amó hasta el extremo, dando por entero su vida. El amor cristiano, o es total o no es cristiano. El cristiano, amando, da la vida. El Señor nos ayude a conocer y a amar en serio.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *