Domingo XVIII ordinario, ciclo C

Lecturas

Eclesiástico 1,2. 2,21-23  –  Salmo 89  –  Colosenses 3, 1-5. 9, 11

Lucas 12, 13-21:  En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».

Comentario

¿DE QUIÉN SERÁ LO QUE HAS PREPARADO?

2019, Domingo 18º Ordinario

Jesús sigue en su viaje camino hacia Jerusalén donde va a consumar su misión. Una persona anónima le requiere para que haga de mediador con un hermano en el reparto de la herencia. Las leyes de entones favorecían al hermano mayor al que correspondían dos terceras partes de los bienes. La otra parte se repartía entre el resto de hermanos. La respuesta de Jesús evita la casuística y va más allá de lo que la pregunta plantea. Afirma que lo que verdaderamente importa es no dejarse atrapar por la avaricia, por el deseo de acaparar cada vez más bienes, que es lo que sucedía a los dos hermanos. Asegura que el sentido de la vida, la presente y la futura, no está en acaparar riquezas. Hay que poner el corazón no en lo efímero, sino en lo absoluto, Dios. Para ilustrar este caso, Jesús ofrece una parábola de marcado estilo sapiencial, la del rico insensato. Un hombre rico hace cálculos para almacenar su inmensa cosecha. No se aprecian aquí simples deseos de amontonar cada vez más, sino de guardar y proteger lo que en justicia era suyo. Por tanto, nada tendríamos que reprocharle. Decide construir unos graneros más grandes y dedicarse, después, a la vida cómoda, a descansar, comer, beber y pasarlo bien. Piensa que tiene ya la vida garantizada. Sus muchos bienes se lo permiten. Y esta es precisamente su insensatez: los bienes no lo son todo ni lo más importante, porque la vida es pasajera. Poseer bienes no es igual a vida. La vida no depende de los bienes. Poner la confianza en las riquezas no garantiza una vida plena. Este hombre rico es insensato no porque tenga muchos bienes, sino porque ha olvidado que quien sustenta la vida son otros valores: Dios y no las cosas. La desmedida ambición por procurarse mucho más de lo necesario es demencial y hasta perjudicial. Los bienes nunca son más que la persona y que los valores personales. El avaro es un descreído que acumula vacío, seducción, ofuscación sobre lo esencial. Llena sus manos, pero vacía el corazón. La sentencia final desvela la realidad profunda de la avaricia: atesora vacío y se vacía de Dios en lugar de enriquecerse con él. Las muchas riquezas conducen al egoísmo y a la insolidaridad, y marginan a Dios, su amor y misericordia. Jesús nos dirá en otro momento: “No podéis servir a Dios y al dinero”. En la Biblia, inicialmente, la riqueza es un bien. Suele ponderar las riquezas de los piadosos personajes de la historia de Israel. Pero son un bien relativo secundario. No son el mejor de los bienes. Poner la confianza en ellas pervierte la vida. En el Nuevo Testamento el don de Cristo es salvación y vivir de espaldas a él es la muerte. La riqueza que le suplanta lleva a la condenación absoluta: “Ay de vosotros, ricos, pues tenéis vuestra consolación” (Lc 6,24). Lo que determina la bendición o maldición es la opción por Dios. Ante el don total de Dios, para adquirir la perla preciosa, el tesoro único, hay que venderlo todo (Mt 13,45), pues no se puede servir a dos señores (Mt 6,24). El dinero es un amo implacable: ahoga la palabra del evangelio (Mt 13,22), hace olvidar lo esencial, la soberanía de Dios (Lc 12,15-21), inmoviliza en el camino los corazones mejor dispuestos (Mt 19,21). El desapego es ley absoluta: “quienquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33). El rico que encadena su afectividad a los bienes de este mundo se hace imposible entrar en el reino: “sería más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja” (Mt 19,23s). Solo los pobres, los que carecen de apegos, son capaces de acoger la buena noticia (Lc 4,18) El mismo Señor se hizo pobre por nosotros y es así como pudo enriquecernos a nosotros (2 Cor 8,9). Pablo nos dice hoy en su carta a los colosenses que debemos buscar los bienes de arriba, donde está Cristo. El cielo es amar. Y esta vida no es otra cosa que la iniciación a amar. Ni Dios podría dispensarnos de amar, porque él es amor y no puede dejar de serlo. Al cielo se va amando y el mismo cielo no es otra cosa que la dicha de amar y de ser amados por Dios. El dinero sofoca la vivencia de los mejores valores humanos y cristianos. El mundo del dinero es un mundo sin gracia, sin entrañas. Es la negación de todo lo personal: del espíritu libre, del trabajo creador y dichoso, de la vida desinteresada, de la santidad. El dinero se ha convertido para muchos en el lenguaje universal de un mundo vacío de espiritualidad, el dueño indiscutible de un mundo sin alma, en el único signo de poder y grandeza. Al ofrecer el confort, conduce a la facilidad, es decir, a la disminución de hombre. Es padre de la mediocridad. La política del tener asfixia las preocupaciones del ser. Establece una inmensa y universal tiranía sobre el rico, que es más poseído que posesor, y sobre el pobre, que no tiene capacidad ni ganas de pensar en un proceso de personalización. La riqueza puede privar de toda la grandeza verdaderamente humana al eliminar los principales instrumentos que la forjan: la dificultad, el sacrificio, la compasión. El peor mal de un régimen capitalista no consiste en hacer morir de hambre a los hombres, sino de ahogar en la mayoría de ellos, ya sea por la miseria, ya por el ideal del pequeño burgués, la posibilidad y el deseo mismo de ser personas. ¿Cuáles son nuestros valores profundos? ¿Mi visión de la fe es rica, asombrada, motivadora, o mis deseos fundamentales giran en torno a lo verdaderamente pobre y marginal de la verdadera fe? ¿Cultivo suficientemente el fortalecimiento de mi fe? El Señor sea nuestra luz y salvación

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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