Domingo XXVIII ordinario, ciclo C

2ª Reyes 5, 14-17  –  Salmo 97  –  2ª Timoteo 2, 8-13

Lucas 17, 11-19:  Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Comentario

JESÚS SANA A DIEZ LEPROSOS 2019,

28º Domingo ordinario

Jesús camina hacia Jerusalén y su caminar no es solo geográfico, sino también catequético. Camina enseñando. Lucas relata hoy el episodio de la curación de diez leprosos. La narración tiene dos partes. En la primera Jesús cura a los enfermos. En la segunda destaca la fe de uno de ellos que retorna para dar gracias a Jesús. La intención manifiesta del relato es afirmar que es la fe en Jesús lo que salva, no la práctica ordinaria de la ley judía. Lucas narra que, antes de entrar en una ciudad, por tanto, lejos de donde vive la gente, diez leprosos acuden a Jesús. En aquel tiempo la lepra era considerada como un signo propio del pecado y, en consecuencia, del alejamiento de Dios. Los leprosos no podían vivir en lugares habitados, porque tenían que evitar el contagio. La ley lo prohibía. Y por esto mismo, no se acercaban demasiado a Jesús. La lepra representaba entonces un mal no solo físico, sino, ante todo, moral. Su alejamiento de la convivencia era como un enterramiento en vivo. Los diez leprosos invocan a Jesús como “maestro”, pero la mirada de Jesús se caracteriza por la compasión. Las palabras de Jesús resultan un poco enigmáticas, porque les dice que vayan a ver a los sacerdotes y, mientras lo hacían, quedaron limpios. En Israel eran los sacerdotes los que declaraban puros a los leprosos después de curarse, hecho que permitía reintegrarse en las familias. Jesús cura la lepra y revela su poder. La segunda parte del relato muestra que si la fe ha sido capaz de curarlos, no ha sido suficiente para salvarlos. Solo el leproso samaritano ha sentido necesidad de volver sobre sus pasos y postrarse ante Jesús, gritando de agradecimiento y glorificando a Dios. Jesús se sorprende al ver solo a uno de los hombres que habían sido curados. La fe del samaritano y su necesidad de agradecer demuestran su madurez. Jesús pregunta irónicamente donde están los otros nueve curados. Lucas recalca que el hombre que vuelve a Jesús es un extranjero, un pagano, precisamente un hombre que no pertenece al pueblo de Dios. Pero tiene fe y agradecimiento. Las palabras de Jesús concluyen el relato: “Tu fe te ha salvado”. Solo la fe en Jesús puede salvar al hombre. Pablo, en sus cartas a los Romanos y a los Gálatas establece un principio absoluto: la salvación no es fruto del cumplimiento de la ley, sino de la fe y amor a Jesús. La curación de los leprosos revela la misericordia de Jesús. Es esta la finalidad de su presencia. Ha venido a sanar y curar. Para ser sanados es preciso creer en Jesús. La curación y la salvación vienen por la fe en Jesús. Nuestra misión creyente, si es que creemos de verdad, es hacernos presentes responsablemente ante los excluidos de este mundo. Nuestra convivencia es una máquina de exclusión moral, social, económica, religiosa. Y creer lleva consigo el proyecto de sanar, curar, liberar. Esta es incluso la definición misma que Jesús da de su misión personal. La compasión y la misericordia entran de lleno en todas las parábolas donde se refiere a la razón de su venida el mundo. Hay autores que afirman que este suceso, mejor que curación de los diez leprosos, debería llamarse la parábola del samaritano agradecido. Porque lo importante no es ser curados, sino ver, tener capacidad de creer. Los leprosos tenían ciertamente una triste enfermedad. Y tenían también un deplorable vacío en el corazón. No conocían a Jesús, No tenían fe. Y Jesús la provoca en el leproso agradecido. Jesús admira la fe del curado. Y señala la lamentable omisión de los otros curados. La increencia, para Jesus, es una lepra superior. Dar gracias, tener capacidad de reconocimiento, no es una situación banal. Dar gracias, significa que uno sabe que ha recibido gracias, que tiene reconocimiento de los bienes que ha recibido. El hombre fue creado por Dios como imagen suya, como verdadero hijo de Dios y el nivel de acogida y de fe es el de su capacidad de reconocimiento. Somos los dones recibidos. No nos autocreamos: lo hemos recibido todo y lo seguiremos recibiendo. Ser agradecidos es la mejor confesión de fe. La salvación, la vida eterna es reconocer, dar gracias. El verdadero pecado es no dar gracias, no ser reconocidos. Jesús en la eucaristía, ante el silencio grosero del hombre que ignora y omite la acción de gracias en la vida y en el rito, tomó pan en sus manos, como símbolo de todos los dones de Dios, y dio gracias por él y en nombre de todos. Dios nos da el pan de cada día. Este pan son todas las gracias que recibimos de él. Los dones materiales y los que pertenecen a la esfera de Dios. El pan que Dios nos da es todo cuanto diariamente recibimos de él. Nuestro reconocimiento debería ser profundo, intenso, dichoso, constante. Pero nos puede un cierto sentido de dueños y de propietarios de nuestra vida que nos aleja de la verdad. Y es importante ser reconocidos porque dar gracias significa tener, y no dar gracias implica no tener ni reconocer. La gratitud es salvación y el no-reconocimiento es perdición. Por eso Jesús pronunció la acción de gracias en el gesto fundamental de su vida: la cena. Y “tomando el pan en sus manos”, es decir, tomando todos los beneficios que dan la vida al hombre, “dio gracias”. Y nos mandó a nosotros hacer lo mismo. La eucaristía es dar gracias a Dios por todo lo que nos ha concedido, por todo lo que él representa para nosotros. En el cielo daremos gracias a Dios Y como no seremos capaces de agradecer todo lo que de él hemos recibido, Cristo se hace nuestra personal acción de gracias. Es decir, Dios, con una mano se nos da él en persona, y con la otra se eleva por nosotros a Dios para ser nuestra acción de gracias personal por cuanto hemos recibido de Dios. Esta es la maravilla de nuestra fe. Hermanos: conozcamos mejor y vivamos siempre reconocidos a Dios.

Francisco Martínez

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