Domingo XVII ordinario, ciclo A

 

Lecturas:

1ª Reyes 3, 5 . 7-12  –  Salmo 118  –  Romanos 0, 28-30

Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Comentario

SEMEJANTE ES EL REINO DE LOS CIELOS A UN TESORO

2017, Domingo 17º ordinario

Jesús, a través de parábolas, nos habla de la naturaleza honda del reino de los cielos y nos invita a saber elegir y optar. Ello requiere entender, es decir, no solo tener información, saber de forma teórica, sino conocer de forma entusiasmada y práctica. Se trata de un conocer vehemente que decide y elige de forma muy alegre y gozosa.

Jesús, hablando, no da solo información. Su riqueza no se queda en las ideas. Ofrece una experiencia intensamente vivencial e inicia a ella. Habla como testigo, no como enseñante. Contagia y enciende. Apunta al sentido de la vida y suscita una opción preferencial que cautiva, que lleva a elegir con alegría anhelante. No se sitúa en el plano de un maestro que enseña, sino en el de una persona que vive un encuentro personal prometedor y dichoso. Jesús transmite una gran noticia, lo más interesante que un hombre podría escuchar. Algo que impacta los anhelos más profundos del hombre.

Jesús expone tres parábolas, tres relatos sumamente breves, pero verdaderamente cautivadores, que revelan admirablemente la naturaleza del proyecto que ofrece. El reino de los cielos, dice, se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene  y compra el campo. El reino de los cielos  se parece también a un comerciante de perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. Jesús, haciendo aflorar la exuberancia que tiene en el corazón, habla también de la semejanza del reino de los cielos con la red del pescador que recoge gran cantidad de peces, y al llegar a la orilla, se seleccionan los grandes y los malos se tiran.

En todos los casos se trata de una fortuna, de un hallazgo prometedor y dichoso, de una sorpresa considerable que provoca alegría incontenible. El encuentro, por sí solo, conduce fuertemente a saber discernir y optar. Se trata de una opción preferencial afectiva segura que llena y colma. Jesús sabe bien, y lo transmite, que el reino del que habla es lo más valioso. Asegura que quien lo encuentra vende todo y compra lo encontrado. Y lo hace con alegría grande porque piensa que es la operación de su vida. Su vida después será muy otra.

SABER OPTAR

La primera lectura, del primer libro de los Reyes, nos ofrece el testimonio de Salomón. Dios le invita a pedir cosas. Pero no pide riquezas, sino sabiduría, el verdadero conocimiento, un corazón que entienda, una experiencia vivencial práctica. Él sabe elegir y Dios le da mucho más de lo que pide. El problema del hombre moderno es que tiene atrofiada su capacidad de discernir y elegir. Vive la fascinación de lo que en realidad no es y carece de la emoción ante lo que verdaderamente es. Vive el hechizo de las cosas que sin Dios ni siquiera existirían. El déficit lamentable del hombre de hoy es que carece de un saber capaz de interesar la afectividad, la emoción y el asombro. Es adoctrinado, pero no ha sido iniciado. No vive y camina él desde dentro, desde la emoción y el amor, desde la ilusión  y el entusiasmo, porque no ha sido educado de esta manera. Son varias las causas que confluyen a ello. La fascinación del mundo moderno con sus halagos y avances técnicos, la pérdida de valores y tradiciones familiares y religiosas, la invasión del pensamiento agnóstico, el contagio de la frialdad e indiferencia religiosa, el predominio de una doctrina moralizante y amenazadora, carente de evangelio y de buenas noticias, el olvido de la comunidad de fe y de alegría compartida.

EL TESORO ESCONDIDO

Jesús no invita a aceptar unas ideas o un proyecto social o cultural. Invita a aceptarle a él en persona. Los oyentes perciben de inmediato que su mensaje es su propia biografía. Vive lo que dice y requiere a los demás. Pide seguirle, imitarle. “Venid a mí”, dice. Pablo lo afirma en su catequesis fundamental: “A los que había elegido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que fuera el primogénito de muchos hermanos” (Ef 4, ). Refiere una comunicación y comunión de vida como jamás se había formulado antes. Habla de estar en él, ser él, vivir en él. Habla de ser su cuerpo, ser miembros de su cuerpo, de comer su carne y beber su sangre, de que él permanecerá en nosotros y nosotros en él. Nos da su vida, su filiación divina, su destino. Nos hace no ya hombres terrestres, sino celestes. Pablo habla de revestirnos de Cristo. Habla de una nueva vida en Cristo, de reproducirle en su misma muerte, sepultura, resurrección y ascensión a los cielos para vivir y reinar con él. Hace inmanente en nosotros su misma trascendencia. Ser cristiano es ser Cristo, ser él. El tesoro, o la perla encontrada de que habla Jesús es nuestra vocación personal a reproducir a lo vivo en nosotros la misma “imagen de Dios”, a compartir su naturaleza divina, a nuestro ser y existir en Cristo. Dios ha convocado al hombre a un destino que rebasa su estructura nativa: la participación en el modo de ser de Dios. El hombre tiene destino divino. Lo que es por creación no le basta para llegar a ser lo que debe ser: partícipe de la condición divina. Dios mismo, la vida de Dios, es la patria de su propia identidad. El hombre es un ser finito, pero tiene tendencias infinitas. Y no puede conformarse con pequeñas cosas. Tener a Dios es tener el infinito y no tenerlo es tener una existencia efímera, sin sentido. El tesoro del hombre, la perla preciosa, es Dios. El hombre ha caído en gracia a Dios y se ha convertido en la emoción de Dios. La encarnación de Cristo, su muerte y resurrección nos hablan de la dignidad del hombre. La humanidad real está modelada cristológicamente desde el principio. No hemos sido creados por el Dios del deísmo, sino que somos creaturas del Dios encarnado. La encarnación de Dios significa que Cristo estará siempre con nosotros y para nosotros y que nada ni nadie nos separará ya del amor de Dios manifestado en Cristo. Cristo es nuestro destino y nuestra gloria y este es el tesoro del hombre.

                                                                         Francisco Martínez

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E-mail: berit@centroberit.com

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