Domingo XVII ordinario, ciclo A

Lecturas

1ª Reyes 3. 5.7-12 – Salmo 118 – Romanos 8, 28-30

Mateo 13. 44-52:
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Comentario

VENDE TODO LO QUE TIENE Y COMPRA EL CAMPO

2020, 17º Domingo Ordinario

            Hemos escuchado en el evangelio de este domingo la continuación del discurso de Jesús, de las parábolas. Es la parte final del mismo en la que Jesús expone tres nuevas parábolas, sobre el tesoro escondido, el mercader de perlas preciosas  y la red echada en el mar. Tras ellas Mateo escribe la parte final del discurso.

            Las dos primeras parábolas tienen elementos comunes y también específicos. Se trata del hallazgo de un tesoro y de una perla preciosa, suceso frecuente en la antigüedad y que cambiaba la vida de los afortunados. Ante el inesperado hallazgo, la persona agraciada va y vende todo lo que tiene para poder adquirirlo. El Reino de los cielos es el gran tesoro o la perla que se halla como escondido en la trama de la vida. Encontrarlo es la mayor fortuna de la existencia. La reacción del hallazgo es tajante: vender y desprenderse de todo lo que se tiene para poder comprar y adquirir el tesoro. Vale la pena sacrificar todo aquello que se juzga más valioso. Un tesoro no está en escaparates, ni en supermercados, ni en los lugares concurridos. Es algo oculto que requiere inquietud, interés, búsqueda, esfuerzo y fortuna. Lo que Jesús predica, el Reino, constituye un verdadero y máximo tesoro. Es algo que pertenece a la verdadera identidad del hombre y de su verdadero destino: la necesidad más perentoria de tener y gozar, de ser, de vivir y convivir con seguridad y con sentido trascendente. Ante un bien tan definitivo la solución es muy tajante: “vender y desprenderse de todo cuanto se tiene” para conseguirlo.

            La parábola pronunciada por Jesús sobre la red de pesca, llena de peces de toda clase, hace referencia al juicio final y recuerda que Dios es tolerante y comprensivo y cuenta con nuestra responsabilidad. Pero no todo está dentro de su beneplácito; lo bueno es bueno y lo malo es malo, y solo lo bueno tiene futuro. Lo malo nunca sirve.

            Jesús llama “tesoro” y “perla preciosa” al Reino que él predica. El evangelio es la “Buena noticia”, máxima noticia. Es encuentro valiosísimo cuanto el cielo supera la tierra. Ninguna noticia posible podría sorprender y halagar tanto al hombre. Se le ofrece la posibilidad de entrar a formar parte de la familia de Dios. En ella la transformación de su ser le capacita para convivir con Dios. Pero este tesoro escondido precisa ser hallado. Requiere hambre de sentido, inquietud de búsqueda. La condición de “tesoro”, o de “perla”, o de “peces gordos” nos lleva a sacrificar todo en la vida para obtenerlo porque compensa ciertamente y del todo. La Revelación de Jesús y posteriormente la reflexión eclesial de todos los siglos nos han hablado ampliamente de la naturaleza de este tesoro. Es la misma vida de Dios compartida, como es en sí, por el hombre gracias al ofrecimiento de Cristo. Dios no es soledad, sino máxima comunión. Es Padre, Hijo y Espíritu. Es decir: es el Ser y la Vida, es el Conocer infinito y es el Amar Absoluto. En la entraña de Dios existen la Vida, el Conocimiento, el Amor, todo ello vivido y compartido. Dios es un horizonte de plenitud, de felicidad, de abundancia. En su vida viviremos. En su conocimiento conoceremos. En su amor amaremos. Dios ha creado al hombre como imagen dinámica suya. En la vida eterna correalizaremos con Dios su propia vida. Dios, en el hombre, ha creado un ser finito, pero llamado a la Infinitud. En consecuencia el hombre tiene vocación divina, capacidad divina, hambre de Infinito. La hondura del hombre es tal que lo que tiene por naturaleza no le bastaría para ser feliz, ha de fundamentarse en lo que Dios le da como vocación y destino. Dios se le ha dado al hombre y lo mejor del hombre no es él mismo, es Dios en él, con él y para él.

            El requisito para encontrar y disfrutar el tesoro del evangelio es “vender todo” lo demás. La fuente y condición de la felicidad del hombre es su propia voluntad, su capacidad de elegir y de realizarse afectivamente. El hombre es lo que elige. Dios ha creado al hombre con libertad. El hombre está llamado a ser él mismo, a discernir y elegir y determinarse él mismo. Dios es coherente con lo que hace y respeta la libertad del hombre aun cuando el hombre se rebele contra él. El que nos crea sin nosotros, no nos salva sin nosotros. El hombre debe elegir, obrar él mismo, decidirse él mismo. Por ello debe conocer a fondo y decantar sus propias opciones. Somos lo que elegimos. Y para elegir bien, antes debemos dejarnos seducir por lo que debemos amar. El hombre o se determina desde su libertad o no es él, no camina él. La desgracia del hombre es que está tan identificado con las cosas que cuando habla, no habla él, sino otros en él. Más que un ser que habla es un ser hablado por otros. Quien ha perdido el asombro y la fascinación, quien no habla él mismo desde su identidad profunda, ha dejado de ser hombre. Solo se es hombre hablando, eligiendo, determinándose, optando, decidiéndose.

            Las opciones del hombre dependen de sus conocimientos, de su capacidad personal de saber y conocer. El hombre es lo que sabe y conoce. El hombre tiene conocimientos. Pero puede tener también la sabiduría, que en el fondo es el conocimiento del amor. Es un conocer profundo. Hay un saber mental de información, de ilustración. Pero hay un saber que viene de sabor, de degustar, de una participación real de lo conocido y del conocido. El hombre solo conoce bien cuando degusta o saborea lo que conoce, cuando en su entender toman parte la voluntad, el gusto, el entusiasmo y el amor. Una cosa es la formación y otra distinta es la iniciación que participa en aquello que se conoce. Hay un conocer conceptual y hay además un experimentar que requiere la presencia viva y real de aquello mismo que se conoce. El hombre es una posibilidad infinita ante Dios. Y cuando busca sinceramente, Dios no falla. En la medida en que Dios está cerca, el hombre no conoce él, es iluminado. No se mueve él, es impulsado por Dios. El hombre es una posibilidad infinita en manos de Dios. Tiene una apertura al infinito, una conexión con lo trascendente. Y cuando es activada, el hombre tiene capacidad de experimentar aquello mismo que le sobrepasa. Tenemos vocación de águilas, pero sin oración, sin contacto con Dios, somos como gallinas entre alambradas y con las alas cortadas. Tocar a Dios, orar en serio, es entrar en lo infinito, es adentrarnos en la eternidad. Para ello es preciso saber que Dios, orar a Dios, estar con él y en él es el gran tesoro de la vida y que hay que saber darlo todo para conseguirlo.   

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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