Domingo XVI Ordinario, ciclo B

Lecturas

Jeremías 23, 1-6  –  Salmo 22  –  Efesios 2,13-18

Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

ANDABAN COMO OVEJAS SIN PASTOR

2018, Domingo 16º Ordinario

Jesús predica la llegada del Reino de Dios y muchos quedan fascinados y atraídos mientras otros, inconmovibles en sus creencias, pasan de largo. El evangelio de Marcos constata la multitud de los que escuchan y acogen con agrado. Dice que Jesús vio la multitud y le dio lastima de ella porque todos andaban como ovejas sin pastor. Una religiosidad funcional y exterior existió siempre en Israel y fue objeto de la predicación de los profetas que clamaron siempre en favor del culto en espíritu y verdad. Pero Jesús da un paso sorprendente en su predicación y anuncia la venida del Reino de Dios como plenitud y perfeccionamiento de la ley antigua. Ahora la nueva ley son las bienaventuranzas, basadas no en normas externas, sino en un amor interior radical, pleno, incondicional. El desamor a la ley fue una constante en Israel y lo es también en los cristianos de hoy. La crisis de fe de los cristianos en estos dos últimos siglos, debido a la modernidad y posmodernidad, ha sido uno de los fenómenos culturales más impactantes de todos los tiempos. Somos hijos de esa crisis y no hemos percibido todavía la enorme repercusión de ese hecho en nuestras propias mentalidades.

Hoy podría decir también Jesús que las gentes caminan como ovejas sin pastor. Pastor y ovejas configuran una imagen cultural y bíblica que sugiere seguridad, conducción, pastos abundantes, sentido de la vida realizado y cumplido. ¿Pensamos en realidad que la gente hoy camina como ovejas sin pastor? ¿Existe crisis y desorientación en el pueblo? ¿En qué suele manifestarse esta crisis? ¿Y qué podríamos hacer para guiar, conducir, alimentar en la verdad y en realidad? Un primer paso para ello sería reconocer nuestros errores y desvíos. Y esto constituye un verdadero problema. La gente está enferma de sentido, pero no lo reconoce. El mal no es el mal que experimenta. Sino la dificultad o incapacidad de reconocerlo. Se ha perdido no solo el sentido de lo eterno, sino también el sentido de la misma existencia terrena. Se vive en la vaguedad y en la indeterminación. Y resulta hoy difícil reconducir y renovar. Tenemos muchas ruinas del pasado y tenemos también numerosos prejuicios y resentimientos que hacen difícil redefinir horizontes y precisar metas.

El hombre moderno es como oveja sin pastor y es difícil saber tratarlo. Es un ser desencantado de su misma racionalidad. Pasa de todo. Huye de la realidad y se ha recluido en lo privado y personal. No apuesta por nada con firmeza. Ha hecho de la  frialdad y de la indiferencia un estilo de pensamiento y de vida. Está decepcionado de todo, también de la religión. Se asienta en la indeterminación, en la discontinuidad. Pasa de la fe y de la política. Sus intereses personales constituyen el único horizonte de sentido. Vive en un mundo que pone lo económico en el centro de la vida y de los intereses vitales.

Sería difícil, y hasta pretencioso, saber diagnosticar con precisión y tratar adecuadamente la crisis creyente del hombre actual. Sí que podemos esbozar algunas pistas de solución. Señalemos algunas.

Carecemos de comunidades referencia. Y sin comunidad no hay vida cristiana. Es impensable vivir la fe y el amor sin los otros. Y en una comunidad no se ingresa aprendiendo dogmas y herejías. Sino iniciándose en el nuevo estilo de vida de la misma comunidad, de una comunidad que viva acertadamente el sentido de lo fundamental de la fe. El buen testimonio es el líquido amniótico donde la vida nace y se desarrolla. La vida no se enseña, se respira y se vive.

Sería necesario impulsar una Iglesia que anuncia “la buena noticia”, el verdadero “don de Dios”, aquellas realidades que tienen capacidad de motivar profundamente al hombre, su verdadera libertad de elegir, de integrarse con emoción e ilusión. Este don es Dios mismo que se da personal y amorosamente en la entrega de su Hijo que, resucitado, vive en el cielo irradiando ya ahora su vida nueva gloriosa en su comunidad terrena por medio del bautismo, de la eucaristía, del Espíritu Santo, como verdadera regeneración y nacimiento de lo alto.

La comunidad cristiana de hoy necesita priorizar y hacer ostensible el objetivo fundamental de Jesús y de su venida al mundo que es sanar al hombre de sus males y posesiones diabólicas, liberarlo de sus cautividades y esclavitudes reales, externas e internas, psicológicas y sociales, espirituales y materiales.

La Iglesia contemporánea necesita revelar fuertemente a Cristo y no desplazarlo, y menos sustituirlo, sino reconocerlo siempre como ”mediador siempre en acto”, en el corazón mismo de la comunidad. Necesita contemplarlo hoy viviente en los cielos y haciéndose presente y contemporáneo a cada hombre para revestirlo de él, identificarlo con él por los sacramentos y por un amor real y efectivo. La Iglesia de hoy necesita proclamar con claridad y firmeza que ella misma es Cuerpo de Cristo y que ser cristiano no es otra cosa que “la vida en Cristo”.

La comunidad cristiana actual necesita reeducar a los cristianos en una Eucaristía que no sea solo sacramento pasivo de la presencia de Cristo, sino además, y principalmente, verdadera actualidad  y contemporaneidad de la cruz, de su muerte y resurrección, de su gesto permanente de dar la vida generosamente, siempre y a todos, también a los enemigos. La eucaristía es la caridad, la gratuidad, la solidaridad máxima posible con todos, porque es, no solo don de cosas, sino don y entrega pesonal.

La comunidad cristiana actual necesita proclamar el evangelio vivo y real, haciendo evidente que Cristo no solo habló ayer, sino que sigue él mismo hablando hoy cuando se proclama la palabra de Dios. Que “el pan nuestro de cada día” y “el pan partido” no es solo la eucaristía sino también la palabra que nos alimenta cada día. Que no hay manducación sacramental del pan donde no hay manducación sacramental de la palabra. Que el evangelio es la intimidad personal de Jesús, lo más hermoso y grande que se ha presentado en la historia de la humanidad y que Dios nos propone comulgar para hacer de esa humanidad el Cuerpo de Cristo, participes verdaderos de la naturaleza divina.

La comunidad cristiana debe expresar su fe en el contexto secular y temporal en que vive. Debe ser fiel al cielo siendo fiel a la tierra, comprometiéndose en la justicia y solidaridad social en favor de los más necesitados, luchando por la promoción y desarrollo de todos, en especial de los pueblos y personas más pobres. Una actitud espiritualista en un pecado contra la ley de la encarnación que asume por completo la integridad humana del hombre. Donde no hay hombre no hay cristiano. Todo lo que es humano es objeto de gracia. Una santidad que deje al margen las circunstancias radicales de la condición humana es una caricatura de cristianismo y es hasta una herejía doctrinal. El cristianismo no es un comienzo a cero. Lo que no es humano no es cristiano. Es grande la falta de formación cristiana en nuestros seglares. Y esta nueva formación, urgente y necesaria, parece todavía no ha comenzado en planteamientos normales.

Ojalá sepamos plantear un acertado pastoreo del pueblo de Dios, rico en fe y que produzca frutos abundantes en esperanza y caridad.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

berit@centroberit.com

 

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