Domingo XV ordinario, ciclo A

Lecturas:

Isaías 55, 10-11 – Salmo 64 – Romanos 8,18-23

Mateo 13, 1-23:
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

Comentario

SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR

2020, 15º Domingo Ordinario

            El evangelio nos ofrece hoy una instantánea de la actividad de Jesús que, saliendo de casa, en Cafarnaúm, va a la orilla del mar de Galilea y se sienta en una barca, a la orilla, para explicar a las multitudes arracimadas los secretos del reino. En  ese marco idílico de cielo, mar y tierra formando como un templo, Jesús ofrece la enseñanza del reino y lo hace mediante el uso de parábolas. Utiliza la imagen y desde ella salta a la idea. Mediante la comparación explica la realidad. Jesús ya no habla en la sinagoga, de la que ha sido expulsado. Ahora habla en la calle y en un ambiente de hostilidad e incredulidad. Esto condiciona su forma de hablar. Jesús se fija en la vida humana de su pueblo y toma de ella símiles y semejanzas para ofrecer un marco preciso al panorama de su mensaje espiritual. De esta forma el mensaje revela y oculta a la vez en dependencia de las disposiciones anímicas de los oyentes.

            La parábola del sembrador describe el proceso biológico de la sementera y destaca los momentos positivos y negativos del crecimiento. La parábola rebosa optimismo por el buen resultado conseguido. Pero refleja también el sabor del fracaso. Todo ello es un claro reflejo del ambiente en que vive Jesús.

            Jesús habla en la parábola de cuatro clases de terreno sobre el que cae la semilla. Ello determina cuatro sembradíos diferentes. Alude, primero, a la tierra del camino, la senda fija de tierra apisonada y dura por donde transita el ir y venir de sembradores y cosechadores. Parte de la semilla cae en esta tierra pisoteada y los pajarillos se la comen. Otras semillas caen en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y germinaron enseguida por no tener profundidad. El sol la agostó. Otras semillas cayeron sobre los espinos, los espinos se hicieron más altos y las ahogaron. Y otras, al fin, cayeron sobre tierra buena, dando fruto: una cien, otra sesenta, otra treinta. Jesús concluye: “¡el que tenga oídos para oír que oiga!”. Conoce el corazón de sus oyentes y ve que unos aceptan y otros rechazan. Y deja a cada uno en su personal responsabilidad.   

            Conocer a Jesús y entender su mensaje: he ahí todo lo que él pretendía. Él ofrece una nueva revelación. Pero no todos tenían predisposición a escuchar y entender. La palabra de Jesús abre una brecha profunda entre los que entienden y los que no entienden. Los primeros son privilegiados. Los otros son invidentes. Jesús bendice al Padre porque revela los secretos a los pequeños y sencillos, mientras que los oculta a los satisfechos de sí mismos. Jesús manifiesta cierta reserva en los temas centrales de su mensaje. Al arreciar la ofensiva contra él, se muestra reticente por estrategia y precaución.

            En la escuela de Jesús, para ver, hay que ser ciegos a la fascinación del mundo, a la malicia de los que rechazan. Se precisa un corazón de niño. Lo que Jesús ofrece es don y gracia y requiere disponibilidad de corazón. No cabe el rechazo ni la suplantación. Quien solo ve con los ojos, no puede ver con el corazón. Los escribas y fariseos tenían ya su idea hecha acerca del reino. Y rechazaban a Jesús. Jesús les habla en parábolas porque ya no son capaces de ver, para que no vean mientras permanecen en esa actitud. No se trata de una reprobación ni de un castigo formal. La dureza de  este pasaje refleja el dolor de la comunidad apostólica por el pecado de incredulidad de un sector importante del pueblo de Israel. El pecado contra el Espíritu consistía en mantener unos ojos, oídos y corazón que no querían ver, ni oír, ni comprender lo que estaban viendo y oyendo.

            Jesús explica el significado de la parábola a sus discípulos. La semilla caída en el camino responde a la indisposición global del mundo a la palabra de Dios debido a la obcecación de la mente y al endurecimiento del corazón en relación con el sentido de lo absoluto y eterno de la revelación.  La semilla caída en terreno pedregoso es aquella que, recibida con gozo, no tiene raigambre debido a las tribulaciones y dificultades de la vida de fe y de la convivencia. Le falta permanencia y resistencia contra los conflictos disgregadores que encontramos en la vida. Y abandona la práctica con facilidad. La semilla caída entre espinos es aquella que el afán del mundo y la seducción de las riquezas asfixian y la hacen infructuosa. La semilla caída en tierra buena responde a aquellos que oyen la palabra, la comprenden y la hacen fructificar produciendo el cien, el sesenta, el treinta.

            Jesús habla y nada quiere tanto como ser escuchado. Acoger su palabra es acogerle a él. La palabra brota de su entraña y se entraña en el oyente. La pregunta es por qué no escuchamos, por qué el evangelio de Jesús no produce en nosotros el fruto esperado, por qué son tan pocos los que aceptan su mensaje y lo hacen mediante una acogida clara y totalizante. Aceptarle es entrar en comunión con él, ser él.   

            El hombre nace y crece mediante la palabra acogida y vivida. Hablar no es solo transmitir información. Somos en la vida lo que oímos, acogemos y creemos. La escucha, la fidelidad y comunión hacen la vida del hombre. Comemos no solo alimentos, sino la intimidad personal. Vivir es darse, escuchar, asimilar, vivir en comunión. Acoger la palabra de Jesús es acoger su persona, su vida en nosotros. La presencia de Jesús entre los hombres, la verdad de su encarnación, significa en último término que Dios nos ama de forma impresionante hasta darnos al Hijo. Significa también que nada quiere tanto Dios como ser amado por el hombre con su mismo amor que él deposita en nuestros corazones. La fidelidad, la acogida sin límites, la sintonía y comunión es todo lo que Dios espera del hombre en un plan en el que Dios ordena todas las cosas, sobre todo su palabra y su amor, para alcanzar en el hombre una sintonía y comunión que él mismo califica de forma sorprendente como “esponsal”, “filial”, de “amigos”. El hombre ¡amigo de Dios, hijo de Dios, esposa de Dios! He ahí el meollo de la revelación, su fin más preciado. Descubrirlo es hallar un tesoro. El hombre, ante Cristo, es apertura y posibilidad infinita. Dios le pide que sea fiel. Cristo actúa en la pura receptividad del hombre y quiere crear una acogida ultrasensible, una permanencia abierta, una connaturalidad plena para aceptarle y vivirle hasta llegar a ser él. Se hace palabra y pan porque escucha y alimento son las dos realidades que de afuera entran muy adentro y llegan a formar parte de la identidad del sujeto.  La tradición eclesial de todos los siglos nos ha enseñado a escuchar comulgando, asumiendo un Cristo no solo conocido, sino, sobre todo, vivido. Pablo dijo “para mí la vida es Cristo”. Que su palabra fructifique en nosotros para que él viva en nosotros y nosotros en él. 

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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