Domingo XIX ordinario, ciclo A

Lecturas:

1ª Reyes 19, 19a. 11-13  –  Salmo 84  –  Romanos 9, 1-5

Mateo 14, 22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.»
Él le dijo: «Ven.»
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.»
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

Comentario

ÁNIMO, SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO

2017, 19º Domingo Ordinario

Jesús, después de la multiplicación de los panes, sube al monte solo para orar y envía a los discípulos a atravesar el lago sin él. Los momentos de oración de Jesús le sumergen más hondamente en su misión. Jesús necesita estar con el Padre y vivir la conciencia intensa de que el Padre está con él. La oración no le aleja de la misión: le sumerge más decididamente en ella. Y por eso le vemos frecuentemente retirarse a orar. La Iglesia, y cada una de las pequeñas comunidades, han de hacer su camino en el mundo y a veces se sienten solas, zarandeadas por las olas de acontecimientos adversos. Mateo resalta las adversas condiciones que amenazan a los discípulos cuando marchan por el lago, lejos de la orilla, zarandeados por las olas, con un fuerte viento contrario. Jesús aparece caminando sobre las aguas del lago y les dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Pedro, lleno de coraje por la presencia de Jesús, le dice: “Señor: si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Jesús le dice: “Ven”. Pero Pedro comienza a hundirse y grita: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le agarra de la mano y le dice: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. El evangelio nos invita a confiar en Cristo en la vida cotidiana, y sobre todo en momentos de turbación y zozobra.

La Iglesia universal y las comunidades particulares conocen hoy momentos de persecución, de rechazo e incomprensión. Lo resalta frecuentemente la prensa mundial. En este contexto es fácil temer o desanimarse. Cada uno de nosotros experimentamos también vientos adversos y olas amedrentadoras de muchas clases y en momentos muy diversos. Y en ocasiones nos es difícil confiar. Frecuentemente nos asaltan nubarrones inquietantes. Son las dudas de fe, el temor a la muerte, las enfermedades, nuestras experiencias de exclusión y menosprecio, las contrariedades y contradicciones en la vida, las injusticias y comportamientos indignos, muchos sucesos que no comprendemos y que contrarían nuestra conciencia y la sensibilidad de la sociedad y de la misma Iglesia.

El evangelio de hoy viene precedido por dos lecturas. La primera es del Libro Primero de los Reyes y está centrada en la figura de Elías. El profeta huye de la reina Jezabel que le persigue a muerte. El desánimo le lleva al deseo de morir. Camina cuarenta días con sus noches hasta el monte de Dios evocando el paso del pueblo por el desierto camino de la salvación. En ese contexto se le hace presente el Señor que le habla en el susurro del viento. Le envía a ungir reyes y le nombra un sucesor. El Señor, aun en un contexto de persecución, garantiza el futuro. En la segunda lectura de la carta de Pablo a los romanos, el apóstol expresa su tristeza por la falta de respuesta del pueblo judío al plan de Dios, pero Dios lo ha tenido en cuenta para la presencia de dones extraordinarios, sobre todo, el envío del Mesías, máximo don.

 

LA ORACIÓN DE JESÚS AL PADRE

Jesús ora frecuentemente. Es en él una necesidad y un gozo. Él es en persona la experiencia humana de la filiación divina. Es el hombre total ante el Padre. Dijo que “su comida era hacer la voluntad de quien le envió” (Jn 4,34).  El “hágase tu voluntad” fue la respiración de su alma. Para Cristo el Padre es el todo valor. En los momentos difíciles, o ante los más decisivos, va al desierto, o sube a la montaña, “entra en lo secreto” y ora. Ora siempre que experimenta la dificultad. Y ora para poder vencer, como en Getsemaní. Entra en la oración con miedo y sale victorioso. Él mismo nos enseñó que la oración posee lo que no está en la capacidad del hombre. La doctrina de la Iglesia ha tenido muy en cuenta este detalle y proclama: “haz lo que puedes y pide lo que no puedes para poder”. Jesús inaugura una nueva época desde el punto de vista de la oración. La oración de Jesús es la respiración de su alma, el alto donde él halla descanso, su secreto y su vida más profunda.  La oración le es tan natural como la respiración. La dependencia amorosa y filial es la vida de su alma. Lejos de aislarlo de los hombres, lo hunde más profundamente en el corazón de su misión.

 

CONFIAR EN DIOS EN NUESTRAS PRUEBAS Y SOLEDADES

Jesús siente miedo de que nos sintamos solos y nos dice: “No os dejaré solos”. En el evangelio de hoy Jesús dice a los suyos, zarandeados por las olas: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Y a Pedro: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. Jesús había dicho a los suyos: “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Y también: “Soy yo, no tengáis miedo” (Jn 6,20). Pablo escribe de forma sublime: “Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no se reservó ni a su  propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará juntamente con él todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?… ¿los peligros? Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni otra criatura alguna  podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (R 8,30ss). Dios, dándonos al Hijo, afirma san Juan, nos extiende el mismo amor que tiene el Hijo. En consecuencia, con el Hijo en nosotros y con nosotros, Dios no nos abandonará jamás. Jesús, desde su experiencia personal de perseguido y amenazado de muerte, nos dice: “Venid a mí todos los que estás cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso  para vuestras almas” (Mt 11,28s).

Debemos tener confianza vital con Cristo. Un Dios encarnado por nosotros y para nosotros, muerto de amor a nosotros, resucitado para nosotros, debe motivar plenamente nuestra confianza. Él dio por nosotros el máximo testimonio en la historia, en su mensaje y milagros, en la sublimidad única e insuperable de su doctrina, en el don inefable de su vida, en el seguimiento radical de millones de seres que lo abandonaron todo para vivir con él y según él, viviendo y muriendo con él y como él. Su persona y mensaje casan con las necesidades y aspiraciones más profundas del hombre. Sin él la historia del mundo sería otra. Sin él al mundo le faltaría el alma, los sentimientos y vivencias más sublimes de la historia. Nadie, en la historia, ha obtenido un seguimiento radical, hasta la muerte, vivido en una entrega y alegría tan admirables y extremas. Su persona y su mensaje tienen el refrendo de Dios. Señor de la vida y de la muerte nos ha hecho promesas inefables para motivar una fe y confianza radicales. Ojalá sepamos decir con Pedro: “Señor, ¿a dónde vamos a ir? Tú solo tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

                                                        Francisco Martínez

 

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