Domingo XIV ordinario, ciclo A

lecturas

Zacarias 9, 9-10 Salmo 144 – Romnoa 8, 9, 11-13

Mateo 11, 25-30:
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Comentario

SOY MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN

2020, 14º Domingo ordinario

Acabado el discurso de Jesús sobre la misión y antes de iniciar la predicación de las parábolas, el evangelio de Mateo nos ofrece la persona de Jesús no ya hablando sobre la oración, sino orando él mismo en persona al Padre. El pueblo judío practicaba la oración de bendición, una especie de jaculatorias en las que alaba a Dios por sus intervenciones en la historia de salvación. En ocasiones esta bendición tomaba una forma larga, como en el caso del Benedictus, para cantar el origen y la finalidad de alguna de las extraordinarias maravillas de Dios. En esta ocasión se da uno de los contados casos en el que el evangelio nos ofrece el contenido de la oración de Jesús muy similar a las bendiciones judías. Su primer elemento es la proclamación del nombre de Dios como “Padre”. Y el motivo es “porque escondiste estas cosas a los sabios  y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos”. Jesús señala aquí el meollo de la espiritualidad cristiana que es la confianza filial. Trasladando el estado de dependencia infantil al plano de la disponibilidad evangélica, señala un modelo excelente de acogida abierta a su palabra. Los niños acogen a Jesús como “Hijo de David”. En cambio, “los sabios y prudentes”, los escribas y fariseos, le rechazan. Los misterio del reino de Dios se manifiestan a los sencillos, mientras quedan ocultos a los que se tienen por sabios y poderosos. Esta revelación de los misterios de Dios será principio de una nueva y superior sabiduría, la de los “pobres” que tienen confianza. Los humildes entienden, los poderosos no. Sus bienes les ciegan: agotan en ellos su confianza.

Jesús, después de su mirada contemplativa al Padre, se refiere a él sintiéndose “el Hijo”. Y en un tono de absoluta intimidad, propio de Juan, habla de la especialísima relación que le vincula al Padre en un plano superior al de los hombres. Jesús es el Hijo de Dios en un sentido único y singular. Padre e Hijo se conocen mutuamente en connaturalidad absoluta. El verbo bíblico “conocer” refleja una intimidad familiar profunda, la experiencia de una vida compartida, y con el correr de la Revelación y de la teología, designa una íntima actividad divina que engendra y que hace co-poseer la misma vida divina. Es familiaridad absoluta. El Padre habita en una luz inaccesible que solo el Hijo comparte. Esta es la vida que revela el Hijo. Jesús es la Revelación del Padre a los humildes. Realizada por Jesús se convierte en “la luz del mundo”, como dirá Juan (8,12). Él es “la imagen del Dios invisible” (Con 1,15). “Quien le ve, ve al Padre” (Jn 14,11s). 

La última parte de este evangelio encierra una notable expresión afectiva de Jesús. Es una invitación a compartir su Buena Nueva. Es a “los pequeñuelos”, “los pobres”, “los fatigados y agobiados”, “a quienes el Hijo quiere revelar”. Son los “sedientos” de Isaías. Estas palabras designan a los sometidos a la ley mosaica, no en sí misma, sino en cuanto explicada por escribas y fariseos, los carceleros domésticos del pueblo. Los judíos eran esclavos de los romanos, y también de los que abusaban interpretando la ley a su manera. Eran dependientes no de Dios, sino de los hombres, de su particular interpretación interesada de la ley. Jesús invita a cambiar de yugo, el que les hacía depender de los fariseos, por el suyo, el del Reino de Dios. No se trata de incorporarse a una escuela o sistema, sino de adherirse libre y gozosamente a una persona que ofrece “descanso y reposo”. Es “la paz” característica del Jesús pascual. Una paz que ya aquí y ahora, encontrándose con él, se hace definitiva y anticipada.   

El motivo y estímulo para la adhesión a Jesús es su misma persona. Primero, él dice que es “humilde” y “manso de corazón”.  Después añade que “mi yugo es suave, y mi carga ligera”. Estas expresiones coinciden con la imagen de “los pobres de Yahvé” de la historia de la salvación, que a pesar de ser zarandeados por los más poderosos, confían del todo en Dios y se fían de él. La afinidad espiritual con el Magníficat de María, expresión de gozosa confianza, es total. Jesús se define como modelo de los humildes-pobres de Yahveh, no porque es fiel al papel que le ha tocado, sino por unas disposiciones libres y entrañables que emanan de su ser Hijo de Dios e Hijo del Hombre y de la conciencia siempre encendida de serlo. No se trata de un sentimentalismo piadoso, sino de una experiencia filial total con Dios como Padre.

“Cargar mi yugo” y “cargar mi cruz” son lo mismo. En principio, podrían asustar. Es natural. Sería demasiado poético y utópico llamar a la cruz carga “suave y ligera”. La ascesis cristiana no podría dejar de hacerse pesada a no ser que impulse firmemente una fuerza superior. Con esta fuerza espiritual la ley nueva ya no es un centón de reglas y leyes, sino una actitud interna entusiasmada, una predisposición enamorada y valiente, para la que cumplir es amar. La gracia convierte lo inhumano del esfuerzo en un impulso sobrehumano y valiente. El temor se hace amor. Y cuando el  amor actúa nada se hace fastidioso. 

La fe del hombre moderno es pobre. Abandonada la formación antigua, la nueva todavía no se ha producido. La pobreza de la fe de nuestra gente es hoy máximo problema. La síntesis pedagógica elaborada por el Vaticano II está muy lejos de haber penetrado vivencialmente en nuestro pueblo. Todavía la fiesta principal de los pueblos no es la pascua, la fuente, sino un santo tradicional, una chispa pascual, frecuentemente desconocido. El cristianismo está muy lejos todavía de ser cristocentrismo. Los pastores y evangelizadores no revestimos la humildad, sencillez y el entusiasmo como para poder convencer. La nota dominante de la formación y de la vida de comunidad no es la alegría, la ilusión y el seguimiento asombrado. En ella abundan los súbditos y los obedientes, pero no los amantes. 

Jesús se nos ofrece para hacernos dichosos. Y este es el verdadero contenido del evangelio. Él viene de arriba, donde vive siempre con el Padre y el Espíritu. El hombre es imagen de Dios y la imagen tiene añoranza de su modelo. Dios es Padre, Hijo y Espíritu. Es Amante, Amado y Amor. Es Ser, Conocer y Amar. Y este es el camino y el destino del hombre, correalizar con él su propia vida. Esto lo encontraremos amando, buscando en el interior, en el corazón, pero de corazón. Solo una mirada enamorada busca y encuentra. El amor brota del interior y apunta al interior. Jesús nos invita a encontrar en él la Fuente total de la dicha, nuestra realización absoluta. Las cosas y personas nos atraen porque son un reflejo de Dios. Sin Dios no existirían. Pero Dios es el Modelo y la Fuente. Y Jesús, solo Jesús, nos lleva a él. Nos ha hecho en él y para él y solo en él está nuestro descanso.  

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