Domingo XIII ordinario, ciclo c

Lecturas

1ª Reyes19, 16b.19-21  –  Salmo15  –  Gálatas 5, 1.13-18

Lucas 9, 51-62 .. Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». El respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Comentario

TE SEGUIRÉ DONDE QUIERA QUE VAYAS

2019 Domingo 13 ordinario

Introduciendo el evangelio que leemos en este domingo, Lucas afirma muy intencionadamente que al llegar el tiempo en que Jesús tenía que subir al cielo, tomó la firme decisión de ir a Jerusalén. Es precisamente en la ciudad santa donde Jesús va a vivir el acontecimiento vértice de su vida: el fracaso espantoso de la cruz convertido en el triunfo final de su resurrección y ascensión a los cielos. En este camino hacia la ciudad santa, Jesús propone su enseñanza a los discípulos, de forma que el camino geográfico se hace también camino interior y espiritual acerca de la entrada en el reino de Dios. El estilo de vida de los discípulos será el del mismo Jesús. El evangelio de hoy versa sobre cómo seguir a Jesús. Siendo de condición divina, el Verbo de Dios se hizo carne y libremente habitó entre nosotros. En él apareció la inmensa humanidad y benignidad de Dios. Lucas insiste en la manera de vivir del maestro, con humildad y solidaridad extremas, haciéndose libremente maldición y pecado por nosotros con el fin de hacernos él a nosotros hijos de Dios. Este estilo de amor y entrega ha de ser también el de quienes quiera ser sus discípulos, viviendo con radicalidad y disponibilidad absolutas, yendo, como Jesús, de un lado hacia otro, donde lo imponga la necesidad o la oportunidad, sin domicilio propio, sin sentimientos de propiedad y estabilidad. La llamada de Jesús es libre, pues apela a la libertad. Lo cual significa, primero, que sin libertad no habría verdadero seguimiento. En segundo lugar, Jesús manifiesta que la entrega ha de ser radical y total, segura, incondicional, la de los verdaderos esclavos. San Pablo lo explica: “Habéis sido llamados por Cristo para vivir en libertad… no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor” (Gal 5,13). Reafirmando estos principios, Lucas refleja en su evangelio tres máximas pronunciadas por Jesús a aspirantes anónimos. Señalan las actitudes radicales de un verdadero seguimiento. Las menciona en un contexto imaginario, como palabras de Jesús que circulaban en el seno de la comunidad primera, en las que se quería subrayar la importancia singular de conocer a las claras el pensamiento de Jesús. En el primer relato, una persona anónima se acerca a Jesús diciéndole que le seguirá a donde quiera que vaya. Jesús le dice que las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero que el Hijo del Hombre no tiene ni donde reposar la cabeza, está siempre disponible, no goza de estabilidad. La itinerancia no sabe lo que son las seguridades y asume los riesgos de la intemperie. Seguir a Jesús requiere una expropiación radical. Somos hijos de Dios y hermanos de los hombres y ser coherentes con ello determina todo nuestro comportamiento. Jesús dice a una segunda persona: “sígueme”, expresando el carácter inmediato del seguimiento. El interpelado no se niega. Pero impone un compás de espera. Y lo hace con un motivo de apariencia más que razonable. “Déjame primero enterrar a mi padre”. Ante este deseo Jesús sorprende fuertemente: Responde “deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”. Los exegetas interpretan. Unos: deja que los encargados se ocupen de enterrar a los muertos. Otros: deja que los indecisos, los tibios, los espiritualmente muertos, entierren a los físicamente muertos. Jesús habla de la prioridad absoluta de la misión que se impone como inapelable y urgente. Un tercer personaje se ofrece a Jesús expresando una disponibilidad condicionada: te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia. Jesús insiste en la radicalidad del seguimiento: quien decida seguirle no puede mirar atrás. Seguir a Jesús no puede ser expresión de un sentimiento pasajero. Exige sacrificar los sentimientos, hasta los más íntimos y personales: la seguridad personal, los mismos deberes filiales, los sentimientos y vínculos familiares. La doctrina sobre el seguimiento de Cristo nos afecta a todos. Él se dirige a sus seguidores de todos los tiempos. También a nosotros. El anonimato de los personajes que señala hoy Lucas habla con claridad. El evangelio nos interpela para que nos cuestionemos si somos de verdad seguidores de Cristo o si nos buscamos más bien a nosotros mismos con el pretexto de seguirle. Primero, no podemos ignorar que quien nos llama es él en persona. No podemos negarnos a la gratuidad, a ese maravilloso “plus” peculiar de la vida cristiana que mantiene el amor aun en condiciones adversas extremas: “Habéis sido llamados a heredar la bendición” (1 Pdr 3,9). “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido a vosotros” (Jn 15,16). “Nos ha elegido en él antes de la creación del mundo… según el beneplácito de su voluntad” (Ef 1,4s). ¿Y para qué nos elige? Para ser testigos suyos, de su inmensa gratuidad solidaria y para dar también de ella fruto abundante: “Os ha destinado a que vayáis y deis fruto abundante” (Jn 15,16). “Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). ¿Y cómo podremos ser testigos? Debemos ser testigos de la fuerza y poder de la gratuidad manifestada en la cruz: “Cuando sea elevado atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). “En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo (Gal 6,14). La impresionante gratuidad de la cruz constituye la verdadera sabiduría. Ante Jesús crucificado, es locura el escapismo, el egoísmo, la pasividad y frialdad y la fuga de la cruz: “los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Cor 1,22s). La carta a los Gálatas nos explica hoy lo que es la verdadera libertad cristiana. El cristiano no se gloría de su independencia y autonomía, sino de la cruz de Cristo, de la esclavitud en favor de los demás. “Hermanos: habéis sido llamados a la libertad; sino que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor unos a los otros” (Gal 5,13). Para Pablo, la libertad verdadera es la radical disponibilidad para todas las iniciativas del amor, imitando y prolongando siempre a Cristo. Es el amor excesivo a los otros, el amor de la cruz, el que llega a dar incluso la vida en la indiferencia y en la misma ofensa. La persona de Cristo, su testimonio en la cruz, su vida generosa y entregada, su mandamiento explícito de ser como él y de hacer como él hizo, nos confrontan con claridad. Cuando nos negamos a esta disponibilidad, no hemos entendido a Cristo en lo más nuclear de su mensaje. Todavía no hemos convertido la voluntad y la sensibilidad. En nosotros habitan todavía las tinieblas. Todavía somos carnales, no espirituales. Jesús avisa: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25).

Francisco Martínez

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