Domingo XIII ordinario, ciclo A

Lecturas

2ª Reyes 4, 8-11. 14-16a  –  Salmo 88  –  Romanos 6, 3-4.8-11

Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Comentario

EL QUE NO TOMA SU CRUZ, NO ES DIGNO DE MI

2017, Domingo 13 Ordinario

            Acabamos de escuchar en el evangelio las palabras acaso más duras utilizadas por Jesús en su enseñanza. La fuerza paradójica de las mismas estriba en su aparente oposición con la recomendación de paz que impregna lo más nuclear de su mensaje. La radicalidad del amor que exige Jesús tampoco representa una desvalorización del amor entre padres e hijos. Jesús promulgó el cuarto mandamiento (Mt 19,19), y reprochó a los fariseos el falso amor a los padres (Mt 15,4-6). Entender bien el texto requiere, pues, saber contextualizarlo. Jesús enclava sus palabras en el discurso sobre la misión. Se dirige, pues, a los suyos. Ellos están encontrando un rechazo obstinado por parte de los fariseos y de la gente principal. Jesús en forma alguna quiere decir que ha venido a sembrar discordia, sino que el empeño por su seguimiento ha de ser tal que no ha de ceder ni a las más dolorosas disensiones familiares. Ante el comportamiento de los enemigos de Jesús y posiblemente ante la experiencia de titubeo y debilidad de algunos de los miembros de la comunidad, Jesús, en un patético “crescendo” de exigencia severa, habla de la radicalidad sin límites del amor que quiere le tengamos. Se trata de un amor a él que ha de ser prioritario al amor a los propios padres o al de los propios hijos. Solo Dios podría exigir tanto… Jesús vincula  su preferencia a él con el amor expresado por él en la cruz. En la comunidad cristiana primitiva pronto la cruz fue tema de elevación teológica, de rito litúrgico, de idealización mística en la historia del cristianismo. Este mismo amor radical tiene su fuente en el amor del mismo Padre que “amó tanto al hombre que por él entregó a su propio Hijo” (Jn 3,16). No se trata, pues, en el fondo de una dura exigencia meramente moral y ejemplar. Va en coherencia con la calidad de vida que el Padre nos regala en el Hijo cuando quiere que todos nosotros compartamos la vida que él es y posee para que podamos correalizar su misma dicha y felicidad. La opción de Dios por el hombre determina su identidad y destino. La opción por Dios es, además, la gran posibilidad del hombre. Se trata de elegir a Dios o de elegir aquellas simples cosas que sin Dios ni siquiera existirían. El hombre ha de elegir y ha de saber elegir con libertad, pero también con acierto y radicalidad. Dios respeta la libertad del hombre, pero el buen uso de esa libertad es el único camino a su verdadera vocación y realización.

ACOGER A JESÚS ES IMPLICARSE EN LA JUSTICIA Y EL AMOR SUPREMO

Elegir y amar a Jesús es implicarse en un amor superior y radical, con él y como él. Es un amor intensamente compasivo y solidario. Nuestro mundo no lo conoce. Las nuevas técnicas han conducido a la emergencia de una sociedad que goza de altas cotas de bienestar. Un mundo basado en el dinero, en el liberalismo político y económico, ha generado inmensas acumulaciones de poder social en manos de muy pocos. La riqueza mal repartida ha generado una enorme asimetría entre una minoría que acumula más y las grandes masas empobrecidas. De los países más pobres salen materias primas de incalculable valor con destino a los países industrializados, y en ellos hay también multitudes de manos de trabajo barato en favor del consumismo de las regiones más ricas. Grandes migraciones de población de países pobres o en guerra hacia los países ricos de Europa o América están alcanzando cotas alarmantes. Gobernantes de naciones poderosas y grandes bloques de ciudadanos se expresan molestos por lo que juzgan como una invasión silenciosa de sus territorios. El gravísimo problema de los inmigrantes parece no encontrar solución satisfactoria en no pocos gobernantes. Multitudes de familias se echan diariamente al mar en pateras o barcazas endebles y cada día tenemos noticias de rescates penosos y de numerosas recogidas de cadáveres. El Mediterráneo se ha convertido en una gigantesca fosa común que ha engullido a miles de desesperados. Una sociedad basada en la acumulación del dinero, en el individualismo y en una cultura de la ceguera y del olvido, ha generado esa cruel asimetría social que repugna a la fe cristiana y a los más elementales sentimientos de solidaridad y compasión. Hay gobernantes que juegan con el dolor de ingentes multitudes incitando a grandes sectores de sus ciudadanos a hacerse extraños al dolor ajeno y a mantener actitudes de recelo, de frialdad y distancia. Estar con Jesús, creer en él, significa que, según la parábola del samaritano, nuestro prójimo no es uno de los nuestros, de nuestra nación o religión, sino aquel que pasa necesidad, sea quien sea. Estar con Jesús es hacerse presente a quien apenas tiene algo que comer o beber, o está desnudo, o está cautivo de la realidad social cruel que todos creamos o toleramos. Estar con Jesús es, para quien quiere vivir de la fe,  estar contra movimientos de disgregación y distanciamiento de quienes crean tensión e inestabilidad con la excusa de un mayor enriquecimiento y distribución de riqueza material de los propios. Claramente, el compromiso solidario con los desfavorecidos debe ser más fuerte, en el seguidor de Jesús, que lo que requieren los mismos vínculos familiares. Jesús, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros”. Su opción ha de ser la nuestra.

UNA NUEVA FORMA DE VIVIR

Seguir a Jesús implica una nueva forma de vivir. Y hay que practicarla cueste lo que cueste. Para un cristiano, estar solo con el número, y no con el evangelio, es no estar con Jesús. Muchos valoran más el número que la verdad. Y, además, provocan y promueven su propia opción personal desde instancias de poder que deberían ser neutrales o afines más bien a las necesidades de los menos favorecidos. Otros viven en la piedad, en el mismo apostolado, un individualismo feroz absolutamente ajeno a la fe. Pablo hoy nos insiste en la dimensión social de nuestro bautismo. En su primera carta a los corintios nos enseña también la dimensión social, comunitaria, de la eucaristía. Sin los otros ni hay bautismo ni hay verdadera eucaristía, porque son sacramentos de agregación a la comunidad creyente que personaliza a Jesús en su comportamiento hacia los demás. Dios nos ha acogido en su amor, en su casa, en su familia, y ser seguidor de Jesús es dejarnos acoger y acoger a los demás. La nueva consanguinidad del reino de los cielos la crea la común acogida de la palabra y de la fe. Acoger la palabra es más que ser madre y hermano de Jesús. Cargar con la cruz es amar en la distancia y en la dificultad, en la incomprensión y en la ofensa. El seguimiento de Jesús conlleva la radicalidad de la cruz conocida, elegida y vivida. Hay que amar a los pobres y a los mismos enemigos. Esta es la cruz de Jesús en nuestra vida. Hay que amar a los padres y hermanos, y hay que amar a nuestros compatriotas. Pero las funciones y roles humanas de este mundo no son superiores a las que impone la existencia cristiana, al “plus” de nuestra vocación divina, que nos enseña a implicar a todos en el plan de Dios, incluidos nuestros padres, hermanos, hijos, amigos y enemigos. Hay que amarlos. Pero en Cristo y en el mensaje de Cristo. Si los amamos de verdad, hemos de desear para ellos la fe que nos reconoce a todos como hermanos de Cristo. La fe del evangelio no restringe la existencia, la dilata. Seguir radicalmente a Jesús es siempre escoger la mejor parte. El que ama en serio, y a todos, no se equivoca nunca.

                                                                Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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