Domingo XIII ordinario, ciclo A,

Lecturas

2ª Reyes 4, 8-11. 14-16a – Salmo 88 – Romanos 6, 3-4, 8-11

Mateo 10, 37-42:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Comentario

EL QUE NO TOMA SU CRUZ NO ES DIGNO DE MI

2020, Domingo 13º ordinario

            El evangelio que acabamos de escuchar representa el final de uno de los cinco discursos de Jesús, referido en este caso a la actividad apostólica. Jesús pronuncia, como  acabamos de escuchar, unas sentencias de radicalidad inaudita y extrema. Nunca ni nadie ha pretendido tanto. Exige lo que nadie se atrevió jamás a exigir. Pide una preferencia radical por él superior a la de los hijos en relación con sus padres, o la de los padres en relación con sus hijos. Por si ello fuera poco, exige a todos llevar su misma cruz. Eso no podríamos entenderlo si no hemos llegado a comprender el sentido de la encarnación y de la misión de Jesús en el mundo. Él ha venido a introducirnos en la familia de Dios, a deificarnos, a compartir con nosotros su condición divina. La de todos. La de padres e hijos también. Preferirle a él es la máxima opción posible en favor de los que amamos. Nunca amamos tanto como cuando vivimos en la cercanía de Dios.  Optar por Cristo es siempre la mejor opción del hombre. En él asumimos lo Absoluto y relativizamos lo efímero y finito. En Cristo siempre elegimos la mejor parte.

            Optar por Cristo es optar siempre por una identidad superior. Con Cristo y en él entramos en el sentido más rico y profundo de la vida. Con Cristo y en él se realizan en nosotros los mejores ideales y deseos, las más gratificantes posibilidades. Nuestras vidas adquieren en Cristo un claro alcance que nos inserta en Dios. Tener como horizonte a Dios es nuestra más dichosa posibilidad. Nuestra vida en Cristo es nuestra suprema realización. En nuestra vida no deberíamos contraponer, sino integrar lo divino y lo humano, lo temporal y lo eterno, nuestra fe y nuestra capacidad de amar. Dios nos ha diseñado en Cristo desde toda la eternidad y Cristo es nuestra única historia, nuestro fin esencial y  total. Estamos diseñados para convivir eternamente con Dios, siendo cielo de Dios, amando con su amor, gozando con su misma dicha.   

            El máximo desacierto en la formación de los cristianos está en el hecho de nuestra pobreza evangélica. Deberíamos conocer mejor lo que realmente entraña el reino de Dios en nosotros. Lo más grande de la vida del hombre es su tendencia a la felicidad. Dios dilata nuestra capacidad de amar y nos inserta en él en una relación que él mismo  describe en términos de filiación divina, de esponsalidad espiritual, de verdadera amistad.

            La opción por Jesús representa la realización máxima del hombre, del hombre divinizado. Pero Jesús va histórica y biográficamente siempre vinculado a la cruz. Afirma que el que no toma su cruz y le sigue no es digno de él. La cruz es para los cristianos de todos los tiempos necesidad inalienable y emblema universal. Como símbolo creyente solo puede ser entendida por quien ha penetrado ya en la dimensión contemplativa del evangelio. La cruz es un asunto de amor. Es el amor característico de Dios. No representa un momento puntual de la vida de Cristo. Es la dimensión fundamental de toda su vida. En su fondo es un amor superior, sorprendente, maravilloso, radical, incondicionado. Es la máxima afirmación de los otros en la máxima desafirmación de sí mismo. Es continuar amando donde el amor normalmente se quiebra en muchos. Es un amor sin límites que nunca falla, nunca decrece, nunca se desvanece. En la cruz, lo directamente expresado no es el sufrimiento, sino un amor grande. El sufrimiento no es sino la comprobación y garantía de la seriedad de ese amor. Lo más dichoso que ha acontecido en nuestra vida es que Cristo haya muerto por amor a nosotros. La cruz no es una ejecución, sino una entrega libre por nosotros. Entrega ilimitada, infinita. En la cruz Cristo renunció a presentarse ante nosotros en la imagen de un Dios poderoso. Jesús no habló de un Dios omnipotente, sino de un Padre con entrañas de ternura infinita. Perdonó todo y a todos. “La cruz es el abrazo de Dios a los verdugos de si Ungido”, dice la liturgia. La máxima fuerza de Dios está en haber permitido que se le ataque. Lo extraordinario no es solo que Dios haya muerto de amor, sino que haya convertido esta entrega radical en praxis y testimonio obligado de vida y de comportamiento como condición esencial para los seguidores de Jesús. La cruz es siempre, después de Cristo, la medida con la que amamos a los demás. La cruz no es algo inhumano, sino sobrehumano. Amar de esta forma es signo de que uno está poseído por Dios, de que ha entrado en un orden superior y ha alcanzado la divina receptividad y posee la verdadera gracia de Dios.

            Dios llama a todos a un amor sobresaliente y maduro. Pocos lo alcanzan. La razón es lo mucho que estamos apegados a nosotros mismos. El rechazo de sufrimiento es inmadurez y distanciamiento de Dios. Es falta de gratuidad y de generosidad. Alegrarnos ante el sufrimiento supone la mediocridad convertida en generosidad. Es prueba de que está resuelto en nosotros el dilema egoísmo-gratuidad. El amor sufrido no ese inhumano, sino sobrehumano. Elimina nuestra incapacidad de crecer y madurar. Rompe el techo de nuestra incapacidad y nos lleva a una envidiable madurez. Es la suprema victoria del amor. Algo tendrá este sufrimiento cuando fue la forma que revela que Dios ama al hombre. Dios amó al hombre en la cruz y mediante la cruz. Aprendamos a amar.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com


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