Domingo XII ordinario, ciclo A

Lecturas

Jeremías 20,10-13  –  Salmo 68  –  Romanos 5, 12-15

Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

Comentario

NO TENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO

2017, 12º Domingo Ordinario

            Después de haber celebrado el ciclo del tiempo pascual, recuperamos los domingos llamados ordinarios en los que en este año seguimos la lectura continuada del evangelio de Mateo. El fin es que lleguemos a saber comulgar con la hostia sagrada comulgando progresivamente con el evangelio hasta que Cristo se forme en nosotros. Existe extendido el turbio concepto según el cual la cantidad de comuniones origina proporcionalmente la cantidad de gracia recibida. La verdad de fondo es que comulgamos sacramentalmente con el pan en la medida en que asimilamos  espiritualmente el evangelio proclamado cada domingo, a fin de que grabemos la vida integra de Cristo en nuestras vidas. Lo que come y comulga es la fe. Cristo mismo, su vida entera, su mensaje es lo que en cada eucaristía se hace alimento para que comamos. El domingo no es una simple institución para “cumplir” preceptos. En él el mismo Señor nos congrega para que estemos del todo con él, nos dejemos alimentar de él y nos transformemos en él.

Hemos leído un fragmento del llamado segundo discurso del Señor. En Mateo encontramos cinco grandes discursos, y este segundo está dedicado a la misión que los discípulos han de compartir con Cristo. Son sus más cercanos y Jesús traslada a ellos su mensaje personal para que ellos lo continúen. El mensaje de Jesús es su persona. “Quien a vosotros recibe a mí me recibe”. Jesús dice hoy tres veces: “¡No tengáis miedo!”. Y lo dice enérgicamente porque él y los suyos viven un contexto de odio y de persecución. En la sinagoga los escribas y responsables respiran odio y enemistad de muerte contra él. Entonces era peligroso ser discípulo de Jesús, y, tanto más, proclamar su mismo mensaje. Exactamente lo mismo que hoy sucede en muchos cristianos que son brutalmente perseguidos y mueren por el evangelio. Este mismo sufrimiento se hace también patente en muchos cristianos cuando son capaces de dar un testimonio tenaz de su fe y de su amor a Jesucristo en la práctica cotidiana de la vida cristiana, cuando no incurren en la inercia y evasión ante las exigencias de la comunidad cristiana, cuando no escatiman tiempo, esfuerzo y recursos para la misión, cuando no ceden a la seducción del dinero ni embotan sus energías en un  exceso de consumismo, cuando comprometen el entusiasmo y la emoción en la tarea de que la fe sea mejor conocida y vivida, cuando se esfuerzan en la defensa de la dignidad y libertad de muchos pobres, necesitados y perseguidos, cuando no viven “a su aire”, evasivamente, sino que viven la vida y las preocupaciones de los demás.

Este evangelio lo dirige Jesús a sus más cercanos, a los que han sentido con más fuerza la llamada a la vivencia profunda o al apostolado. Jesús les habla cuando están tentados de temor y miedo. Pero las palabras de Jesús interpelan también a cuantos se enquistan en la mediocridad por falta de entusiasmo y de ilusión. Es una apremiante llamada a cuantos se sienten en dificultad. El mensaje de Jesús es formidable. Jamás nadie habló así. Reveló la vocación trascendente del hombre como sujeto amado y llamado por Dios, destinado a correalizar con él su vida. Habló con sublimidad de ese admirable “plus” del hombre, de ese sublime “todavía más” que le convoca a una identidad superior y divina. Pero el mensaje de Jesús molestaba a los poderosos que disfrutaban del privilegio y prestigio del pueblo. Y decidieron matar a Jesús. Y este hecho se prolonga hoy en cuantos por no ser fieles a su vocación cristiana y apostólica, desertan de la generosidad y de la entrega. Hay apóstoles y cristianos paralizados en la fe, por  miedo a darse. Abundan quienes piensan que el hombre es libre para amar y darse, y que cuando hacen algo pequeño, eso mismo tiene un carácter libre y voluntario. Nuestra capacidad de amor y solidaridad es un don de Dios a los otros y nuestras inhibiciones son “homicidio”, como llama san Juan. Nuestro ambiente actual ha parasitado, en una concepción materialista de la vida, a personas generosas, a gentes que en algún momento han sentido una especial vocación, a personas militantes en parroquias, movimientos y comunidades que, ante el ambiente, han terminado pensando que ya no es posible hacer más, que no se puede hacer nada. El miedo, el envejecimiento espiritual, el contagio del ambiente, paraliza y mata. Y muchos ya no solo no crecen, viven bloqueados y han perdido la conciencia de su parálisis espiritual y apostólica. Ya no viven la dinámica del compromiso cristiano, o en todo caso, lo confunden con prestaciones personales mínimas muy lejos de sus verdaderas posibilidades. No permiten, ni al mismo Jesús, que nadie les robe “su tiempo libre”, si es que existe libertad para no hacer nada.

Hace mucho tiempo que ciertas corrientes materialistas inundaron la calle originando una parálisis de fe y de misión impresionante en el pueblo. Las estadísticas de cuantos abandonan la práctica religiosa, incluso la misma fe, son progresivamente espeluznantes. Es impensable ser cristiano y no sentir pasión por el problema. Nuestra fe es proporcional a la preocupación que manifestamos por la situación del abandono del amor a Dios por parte de grandes masas. Que no haya seria preocupación en responsables de la misión, esto hace muy grave el problema. Son muchos los que ya no creen. Otros conservan cierta práctica, pero sin la correspondencia de una fe viva. Muchos han incurrido ya en la frialdad e indiferencia. Y a estos es ahora muy difícil motivarlos. La pérdida de fe ha producido en muchos un fenómeno raro, la observancia de una praxis ritual que poco o nada tiene que ver con el realismo simbólico de las acciones sacramentales. Hacen algo que ignoran y practican aquello mismo que no creen. Es el rito por el rito, o la fe por lo que tiene de simple cultura social, sin ardor creyente. Son practicantes, pero no amantes, integrantes, pero no creyentes. Cree verdades pero no son verdad. Celebran ritos, pero no lo que expresan y significan. Creen en una imagen de Dios, pero no en el Dios verdadero del evangelio.    Creen en la eucaristía como cosa sagrada, pero no creen en la solidaridad y caridad, en la generosidad y misericordia.

Hermanos: dejémonos interpretar por Jesús en nuestros miedos e inhibiciones, en nuestras perezas y pasividades. Hagamos lo quo podemos y pidamos lo que no podemos para poder y para vivir con gozo y alegría nuestra fe

                                                                 Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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