Domingo X ordinario 2018

Lecturas

Génesis3, 9-15  –  Salmo 129  –  1ª Corintios 4, 13 – 5, 1

Marcos 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Comentario

RECONOCER EL MAL Y LUCHAR CONTRA ÉL

2018, 10º Domingo Ordinario

            Terminadas las fiestas pascuales, y su prolongación en los domingos de la Trinidad y Corpus Christi, volvemos al llamado “tiempo ordinario” que interrumpimos en el mes de febrero al comenzar la Cuaresma. Tiempo que perdurará hasta finales de noviembre cuando comience el nuevo ciclo, es decir, un nuevo Adviento. El evangelio de hoy nos sitúa ante el misterio del mal en el mundo. La ocasión se presenta cuando algunos escribas han llegado desde Jerusalén y acusan a Jesús, con el fin de desprestigiarlo, de estar poseído por Belzebú, el príncipe de los demonios. Es en su nombre, aseguran, cómo expulsa los demonios de los poseídos. Jesús responde a esta acusación mediante una pegunta que pone de manifiesto la incoherencia de sus acusadores: “¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?”. Acusar a Jesús de posesión de Satanás, y no del Espíritu Santo, es blasfemar contra ese mismo Espíritu. Es absurdo y refleja cerrazón y empecinamiento. El resentimiento y los prejuicios ciegan la razón.

En el evangelio Jesús habla del mal que, en este caso, no se presenta en forma de  serpiente, como en los orígenes del hombre, sino con los nombres de Belzebú, demonio o Satanás. Se trata de una personificación del mal y no debemos asustarnos de estos nombres. Es un lenguaje que también nosotros a veces utilizamos. Y decimos que tal persona es un demonio, o hablando de un chiquillo decimos: “es un diablillo”. El evangelio habla de personas que tienen un espíritu inmundo, o un espíritu impuro, o que están endemoniadas. Se refieren al mal que hay en esas personas. En la Biblia el mal es descrito en ocasiones en forma personal. Utiliza toda una suerte de nombres: serpiente, dragón, bestia, satanás, diablo, enemigo. Pablo describe dentro de él mismo unas fuerzas irreductiblemente opuestas y que están en guerra permanente: el bien y el mal (R 7,18-23).

La actitud de los escribas suscita interrogantes. ¿Por qué niegan la luz? ¿Por qué no soportan la evidencia? ¿Por qué nos atrae con tanta fuerza el mal y nos obstinamos tanto en él?  ¿Cuál es el origen del mal y por qué existe tanto mal en el mundo?

La primera lectura del Génesis nos ha situado ante la tentación y la caída de Adán en el paraíso. Es la primera ruptura del hombre con Dios y con la mujer y escenifica la aparición de la consecuente culpabilidad, con todas sus implicaciones. El pecado perturba siempre. Rompe con Dios, con los semejantes, con la misma creación reflejada aquí en la serpiente. Pablo, en su segunda carta a los Corintios, anima a superar la tentación porque Dios compensa las pruebas que tenemos en la ciudad terrena, con una morada en los cielos.

¿Por qué existe tanto mal en el mundo y por qué llegamos incluso a causarlo?  ¿Por qué hacemos sufrir tanto a los hombres? Esta es la roca del ateísmo. Ya desde lo más antiguo se propuso el dilema: o Dios no puede evitar el mal, y entonces no es omnipotente, o no quiere evitarlo y entonces no es bueno. Pero es evidente que Dios respeta la libertad del hombre. El hombre es finito en su naturaleza, y tiene siempre necesidad de crecer, y es finito en su libertad y esto introduce la posibilidad del mal moral. Negar el mal llevaría consigo la negación de la libertad humana. En la Revelación Dios mismo se muestra como el anti-mal del hombre. Su encarnación, su sometimiento al sufrimiento y a la muerte, hacen patente la inexorabilidad del mal físico e incluso moral: ni siquiera “el Hijo muy querido del Padre” ha escapado a las consecuencias de la finitud. Negarlo sería negar el amor mismo en la redención. La “necesidad de la pasión”, de la que habla Jesús, rompe las falsas retóricas sobre el abandono de Dios, o la ira de Dios, o la venganza del Padre en la cruz. Dios, en Cristo, aparece como el anti-mal por excelencia. Jesús se presenta siempre del lado del que sufre, sanando, curando, liberando, perdonando. Dios no manda el mal por decisión propia. La tragedia de la cruz nos dice que Dios puede y quiere vencer el mal, pero respeta siempre la libertad del hombre, y ofrece el contrapunto del amor sufrido y de la resurrección vividos en la paciencia y fidelidad.

Somos nosotros los que hacemos sufrir porque practicamos el egoísmo, la disminución, la ausencia e inhibición, la irresponsabilidad. Nos creemos libres en aquello que afecta sobremanera a la felicidad de los demás. Contaminamos con nuestro egoísmo las relaciones y los ambientes. Practicamos la merma, la debilidad, la pereza, la fuga y después nos olvidamos de ello sedimentándonos en la insensibilidad, en la mala conciencia. Cada vez que dejamos de practicar el bien creamos un vacío eterno. Y ya no sentimos escrúpulo por ello.

Son muchos nuestros fallos, y lo peor es nuestra insensibilidad ante los mismos. Nos  fijamos mucho más en los errores ajenos que en los propios. Por ejemplo, nos medimos con leyes y deberes, pero no nos cuestionamos ante las exigencias del impresionante amor de Dios. Nos emplazamos ante normas concretas, pero no ante las exigencias de la historia de nuestros ambientes naturales, sociales y eclesiales. Nos encapsulamos en lo que hacemos nosotros, y no prestamos atención a lo que Dios hace, espera y exige en nosotros. Vivimos en el pasado de la fe, no en el presente de las inspiraciones del Espíritu. No le consultamos. No nos hacemos dependientes de él. Seguimos nuestros gustos, pero no nos dejamos interpelar por las necesidades de los otros, de la comunidad familiar, social, eclesial. Trabajamos en la historia, pero no haciendo historia. Hemos perdido ilusión y entusiasmo y nos hemos enquistado en la frialdad e indiferencia. Somos ambiente, pero no testimonio y profecía. No leemos bien el evangelio: nos aferramos al sentido literal antiguo de los textos, pero no percibimos el sentido actual, pleno y espiritual de los mismos. Nos arrastra la razón y no nos determina la fe. Hablamos de un Dios en sí, pero no del Dios que  actúa en la historia en la vida real y ambiental, cooperando con él. No vivimos una fe contagiosa y fascinante, capaz de generar estímulo, amor, felicidad y alegría. Tratamos a los otros por fuera, exigiendo deberes y compromisos, pero no por dentro, fomentando la persuasión, la convicción, la cooperación y el entusiasmo.

Deberíamos hacer conciencia del mal que generamos. Para ello, deberíamos confrontarnos con el amor de la encarnación, de la cruz y muerte de Jesús, de la eucaristía frecuente, sabiendo ver si vivimos solo en nuestro provecho o si acompañamos en verdad a Cristo con-muriendo y resucitando con él.

                                                                                              Francisco Martínez García

www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

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