Domingo VII del Tiempo Ordinario Ciclo C

Lecturas

Jeremías 17,5-8 – Sal 1,1-2.3.4.6 – Corintios (15,12.16-20)

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,17.20-26)

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas.

Palabra de Dios

Comentario

SED MISERICORDIOSOS COMO VUESTRO PADRE DEL CIELO ES MISERICORDIOSO

Lucas, después de exponer las bienaventuranzas y malaventuranzas, abre una nueva sección dentro del sermón de la llanura. El tema dominante del evangelio de este domingo es, sin duda, el perdón y la búsqueda de la paz y de la reconciliación. Se sitúa en la cima del mensaje de Jesús y, desde luego, es lo más determinante y característico de su predicación. Este evangelio viene precedido por una primera lectura del primer libro de Samuel que nos relata el comportamiento magnánimo y leal de David que respeta la vida de Saúl, su enemigo. La segunda lectura escuchada pertenece a la primera carta de Pablo a los corintios y nos habla del cristiano como imagen del hombre celeste. Nosotros, los cristianos, solemos gloriarnos de la doctrina cimera del perdón de los enemigos, pero nos sentimos heridos cuando nos ofenden y no sabemos reaccionar bien cuando llega el caso. En contraste con nuestros sentimientos violentos, Jesús nos lleva al motivo y modelo del perdón total. Es reconocer y sentir que el mismo Dios, al que le debemos la vida, y por eso llamamos Padre, es también el Padre de los que consideramos enemigos. La ofensa al hijo es también ofensa al Padre. Jesús llegó al extremo de pedir al Padre perdón por aquellos que en aquel mismo momento le estaban quitando la vida porque no sabían lo que estaban haciendo. Su testimonio es para nosotros un modelo y un mandato. Jesús nos habla expresamente del amor a los enemigos. Bajo la denominación genérica de enemigos, enumera diversas maneras o situaciones en las que hay que mantener ese amor.  Enemigo, para Jesús es el que odia, el que expulsa, el que insulta, el que de una manera u otra se opone al grupo de los discípulos de Cristo. Jesús enseña que hay que amar también en estos casos. Nunca se había expresado con tanta fuerza la necesidad de amar en unos extremos semejantes. Los autores griegos hablaban de hacer daño a los enemigos y ponerse al servicio de los amigos. Pericles llegó a la meta ideal de vencer a los enemigos por medio de la magnanimidad y la tolerancia. Corrientes estoicas y pitagóricas hablaron también de convertir a los enemigos en amigos. Jesús habla de amar a los enemigos y convierte la norma en mandato. Y exige una benevolencia  activa, desinteresada, extraordinaria en favor de personas que se nos presentan como antagonistas. 

Jesús no se detiene enunciando principios. Desciende a la casuística que está en la calle, en la vida cotidiana. Y pide “hacer el bien a los que nos odian”. Y manda “bendecir a los que os maldicen”. Es decir: no basta la actitud pasiva ante la maldición pronunciada por el enemigo. Hay que responder con una respuesta positiva de bendición. Y añade: “Orad por los que os injurian” poniendo de relieve el carácter  universal y absoluto de su vigencia. Jesús afirma que si un discípulo suyo, precisamente por serlo, recibe una bofetada, como señal de injuria y desprecio, debe aceptar la ofensa e incluso debe estar dispuesto a recibir otra bofetada, como muestra del espíritu de amor que debe caracterizar al verdadero seguidor suyo. “Al que te quite la capa, déjale también la túnica”, dice Jesús, y “a quien te pide dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames”, significando que hay que ir más allá en el amor incluso cuando el prójimo va más allá en la ofensa. Jesús formula la llamada regla de oro del amor fraterno: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Es un resumen categórico del amor a los enemigos. Jesús con esto trasciende la mera reciprocidad. Y lo señala con claridad: ”Pues si amáis solo a los que os aman, ¿qué merito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien  solo a los que os hacen bien ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis  solo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo”.  

Jesús insiste en el amor a los enemigos acumulando verbos que hacen patente la actitud radical de servicio y el motivo y medida de todo, que es la misma bondad y misericordia del Padre. Merece la pena que los escuchemos atentamente: “¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. Insistimos en la causa y raíz de este comportamiento. Es el amor del Padre. Mateo precisa que seamos “perfectos” como el Padre. Lucas lo traduce diciendo que seamos “misericordiosos” como el Padre.  El no juzgar no se refiere solo a no remitir a los jueces en el ámbito jurídico, sino a la inclinación de todo hombre a juzgar y condenar a los demás. Es decir, Jesús reclama la radicalidad y totalidad de la misericordia en el corazón. No se puede pedir más. 

La doctrina sobre el perdón a los enemigos es siempre actual y apremiante. Y es oportuna en extremo especialmente en nuestro momento social y eclesial. Los grupos políticos suelen escenificar a diario en la pantalla pública de los Medios la descalificación sistemática de sus oponentes. Difunden el error pernicioso de presuponer que solo es verdad y bueno lo que siempre hacen los nuestros, y perverso y erróneo lo que hacen siempre los otros, los rivales. El tema de la misericordia también resulta oportuno en el actual momento eclesial, debido a la tumultuosa denuncia de los abusos inmorales de personas y grupos en el pasado y hoy. El sufrimiento de las víctimas requiere indudablemente atención magnánima y reparación justa. Es verdad que un cristiano debe acatar y respetar en conciencia las decisiones civiles de la justicia humana. Debe, además, aborrecer la complicidad moral del silencio y ocultamiento. Por ser cristiano debe, también, ser testigo de la misericordia. Jesús no sustrajo ningún pecado a una misericordia radical y sincera. La dificultad está en conciliar los extremos. Debe condenar y aborrecer, por un lado. Y debe poner remedios oportunos y eficaces, sobre todo si tiene responsabilidad, a una lacra social y moral muy grave, superando años de dejación y de impunidad abusivas. Y muy importante también: debe no limitarse a condenar. Debe subvenir a la necesidad de sanar y corregir, de reeducar y rehabilitar, de no expandir un daño innecesario publicitando y detrayendo, disminuyendo y poniendo en entredicho a otras personas e instituciones restándoles la reputación y autoridad para ejercer una misión necesaria en la sociedad. Pensemos como pensemos, ante el evangelio de hoy, la última palabra del cristiano es siempre la misericordia y el perdón, una misericordia que no debe nunca, desde luego, minusvalorar a los ofendidos. La razón es que Dios es Padre de todos y que no existe pecado en la tierra o en los infiernos que no haya sido redimido por Cristo con su propia sangre. Y él nos ha mandado el perdón y la misericordia incluso en los extremos más extremos, como lo hizo él en la cruz. 

Hermanos: leamos lentamente, y muchas veces, el evangelio del perdón y de la misericordia, y hagamos una organización evangélica de nuestra vida y de nuestros sentimientos. 

Francisco Martínez