Domingo VII de Pascua, ciclo C

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Lecturas

Hechos 1, 1-11  –  Salmo46  –  Efesios 1, 17-23

Lucas 24, 46-53 : En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Comentario

MIENTRAS LOS BENDECÍA, FUE LLEVADO AL CIELO

2019 La Ascensión de Jesús

Después de la resurrección de Jesús y de los relatos de apariciones a sus discípulos, la liturgia nos sitúa ante la fiesta de su Ascensión a los cielos. Es un acontecimiento transcendental para la fe cristiana. Pero está expresado en un lenguaje marcadamente simbólico y será provechoso que sepamos discernir el sentido preciso de la palabra de Dios. Resurrección, Ascensión y Pentecostés son diferentes caras de una única experiencia poliédrica que es la experiencia pascual. La Iglesia, ante la magnitud del acontecimiento, despliega todo lo que se halla desde la resurrección de Jesús a Pentecostés en un día de siete semanas, “siete veces siete”, que en el lenguaje judío era expresión de plenitud. Estas tres fiestas representan el mismo hecho de la resurrección de Jesús bajo diferentes ángulos. Cada uno insiste en un aspecto distinto de aquella experiencia singular, difícil de explicar, que vivieron los primeros testigos. En ella radica el núcleo y el fundamento del misterio cristiano, y ella nos indica también la forma y modo de la vivencia de la fe según el evangelio. Los primeros cristianos fueron testigos de esta experiencia misteriosa y determinante de la fe cristiana. Debería perdurar siempre. Existe el peligro real de estancarnos en una representación popular del suceso, -Jesús ascendiendo espacialmente-, cuando precisamente el misterio que celebramos responde a lo verdaderamente nuclear de todo el mensaje del Nuevo Testamento. Es, pues, necesario que sepamos captar el verdadero significado. Toda la vida de Cristo consistió en descender y ascender. Descendió en su encarnación mediante la cual “el Verbo de Dios se hizo carne”. En Cristo, el Hijo de Dios se hace hombre y en él, un hombre llega a ser Dios. Como los hombres, ya desde el inicio, rechazaron a Dios, Cristo, aceptación del Padre, restableció, obedeciendo, el plan de Dios de amar y divinizar al hombre. Vino a hacer la voluntad de Dios, a hacer posible en su persona su realización. Y fue fiel en la experiencia difícil de ser y vivir siempre como Hijo de Dios, asumiendo y matando en su carne las negatividades y el pecado de los hombres. Donde los hombres dijeron “no” a Dios, Jesús dijo “sí”. Lo dijo en la vida y también en la cruz. “Aprendió lo que cuesta obedecer en la experiencia de lo que cuesta sufrir”. Victorioso, Jesús descendió a los infiernos, el domicilio del mal, y allí derrotó el pecado y su consecuencia, la muerte. Aniquilado el pecado, al resucitar nos abrió de nuevo el camino de encuentro con Dios. Ascendió primero él a los cielos como cabeza de la nueva humanidad. Y ya en el cielo, viviendo permanentemente como Mediador siempre en acto, hizo que de su cuerpo glorioso brotase hacia nosotros una corriente de vida gloriosa, de Espíritu Santo, que nos hace su cuerpo. Gracias a su mediación, la Iglesia terrena se va transformando en él como cuerpo suyo. Cristo ascendió ayer a los cielos y ahora vive ascendiendo a los suyos. Celebrando la liturgia, celebrando la eucaristía, proclamando su vida de Adviento a Pentecostés, nos asciende a los cielos ya ahora y su ascensión es nuestra ascensión. La vida cristiana es cristificación y divinización. Ascender es hacernos testigos de su vida. La Iglesia solo existe desde Cristo y en Cristo. No hay otro camino ni otra posibilidad. La iglesia no es eclesiocéntrica sino cristocéntrica. La piedad, o se fundamenta en Cristo, o no es cristiana. No se identifica con una iniciativa o un simple esfuerzo moral. Ser cristianos no es solo ser buenos, sino dejar a Cristo vivir en nuestra vida. Comulgamos sacramentalmente con Cristo comulgando espiritualmente con los evangelios que proclaman su vida y su mensaje. Cuando vamos a Cristo y estamos con él, con nosotros asciende nuestra vida entera, en especial nuestra vida fraterna y social. El hombre no vive dos historias, la religiosa y la profana. No tiene sino una sola historia integral de salvación. El Dios de la redención es también el Dios de la creación. Los valores terrenos, humanos, temporales, son también contenido lógico y natural de nuestra fe. Nuestra existencia cristiana no puede realizarse sin un contenido humano, profesional, social, histórico. A Dios no vamos desnudos de la humano, sin cuerpo, sin historia, sin ambiente. El desarrollo, la solidaridad, la paz, la igualdad y fraternidad, la cultura y el bienestar, la familia, las relaciones nacionales e internacionales, la erradicación de la pobreza, la inmigración, todo ello forma parte del programa cristiano camino de reino de Dios. Constituyen el modo concreto de ascender a los cielos. Lo que hizo Jesús en Palestina, sanar, liberar, ahora lo debemos hacer y prolongar los creyentes. Sería ficticio, y hasta falso, ser cristianos solo con el alma, no de cuerpo entero y en nuestra realidad histórica social. Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los cristianos debemos aprender a vivir en su ausencia física. Él puso fin a su presencia terrena, pero quiso hacerse presente de otra forma no sujeta a los límites del tiempo y del espacio, a través de los sacramentos, sobre todo, de la eucaristía. Ayer se hizo presente a los hombres de forma visible y corporal. Hoy lo hace de forma más penetrante y espiritual, en el interior de cada hombre. Muchos cristianos han demostrado tener dificultad para entender esta presencia misteriosa de Cristo en su propia interioridad. Están bloqueados, retenidos en su existencia histórica, pasada, en Palestina. No se experimentan ellos como Cuerpo Místico de Cristo hoy. Tienen, además, reducida la presencia eucarística a una especie de “cosa” santa, fruto de la expresión escolar de la transformación de una sustancia en otra. De este modo se oscurece el rasgo más importante de la eucaristía, que es ser presencia y actualidad dinámica de su muerte y resurrección, “cuerpo entregado y sangre derramada” que se dan y se entregan siempre y para siempre. La carne de Cristo es la caridad. Vivir la eucaristía es amar. La eucaristía no solo hace el cuerpo de Cristo, nos hace a nosotros Cuerpo de Cristo. La consagración del pan mira a la consagración de las personas que llegamos a ser Cristo y debemos actuar como él. Esto es obra del Espíritu Santo. La Iglesia es el tiempo del Espíritu Santo que vive iluminando, moviendo, impulsando a todos, a cada uno según su vocación. Al tiempo de Jesús en Palestina sigue el tiempo del Espíritu Santo en la Iglesia. Ignorarlo, desconocerlo, hace todo inútil. No podemos pretender plantar un árbol sin raíces, ni construir un río sin manantial, ni proyectar una fábrica de luz sin corriente eléctrica ni cables. Sin el Espíritu no podemos hacer nada. Deberíamos afinar nuestra sensibilidad para saber percibir las voces del Espíritu en nuestra propia vida. La Iglesia nos ayuda preparándonos para la vivencia del próximo Pentecostés. Es el mayor suceso de nuestra vida. El Señor nos ayude a comprenderlo y a acogerlo para que nos transforme.

Francisco Martínez

www.centroberit.com   –  E-mail:berit@centroberit.com

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