Domingo VII de Pascua, ciclo A – Ascensión del Señor

Lecturas

Hechos 1, 1-11  Salmo 46  –  Efesios 1,17-23

Mateo 28, 16-20:En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Comentario

    ASCENSIÓN DE JESÚS A LOS CIELOS, 2020

            La ascensión de Jesús a los cielos pone fin a su misión en la tierra e inaugura su mediación universal por nosotros en los cielos. Jesús nació en Palestina y ejerció su ministerio en medio de aquel pueblo. Tras su muerte y resurrección asciende junto al Padre y ejerce ante él una mediación universal y trascendente en favor de todos. Nada desciende de Dios al hombre, sino por medio de él, y nada asciende de los hombres a Dios si no es también por medio de él. Descendió por medio de su encarnación. Y ahora asciende, exaltado por Dios, como Primogénito de cuantos se salvan y cabeza de la nueva humanidad. Los evangelistas, al relatar su ascensión, no pretenden hacer la crónica de lo realmente acontecido. No hacen un reportaje histórico. Son testigos de una persona y de su mensaje. Cada uno adapta los hechos en función de unos destinatarios concretos y sus problemas. Mateo no habla de la ascensión de Jesús. Marcos se limita a hacer mención de ella. Juan la sitúa en el mismo día de la pascua. Lucas, en el evangelio, la enmarca en el día de la pascua, pero en los Hechos la sitúa cuarenta días después de su resurrección. A todos ellos les preocupa más bien el mensaje que proclaman y el sentido catequético del hecho.

            Jesús asciende al cielo. En ese instante comienza la misión de la Iglesia, conducida por los apóstoles de Jesús mediante el ministerio de la palabra y el servicio del pan compartido. Jesús permanece para siempre con los suyos, pero ahora de otra forma. Nosotros debemos consentir y aceptar su ausencia corporal y ser coherentes con el modo de presencia que él establece. Ayer se hizo presente en la historia, y ahora lo hace en el misterio. “Conviene que yo me vaya”, les había dicho. Pero añadió también “permaneceré con vosotros”. Permanecería por medio de sus apóstoles: “Quien a vosotros recibe a mí me recibe”. Permanecería por medio de su comunidad, su cuerpo místico, “hasta el final de los siglos”. Y permanecería con todos por medio de la predicación de la palabra y de la fracción del pan en la comunidad. Palabra y pan son inseparables y van unidos en favor de la comunidad. Con solo el pan tendríamos una presencia muda. Con solo la palabra tendríamos las palabras de un ausente. La palabra ilumina y explica el pan para todos y el pan da vida a la palabra. Comer el pan iluminado por la palabra es la forma suprema de presencia de Jesús entre nosotros y de comunión de todos con él. Gracias al pan y al evangelio, Jesús revive ahora su vida en nosotros en el decurso del año litúrgico.

            Ahora Jesús vive entre nosotros si nosotros, comiendo el pan y escuchando la palabra, nos amamos unos a otros. La palabra es la revelación del amor de Dios a nosotros. Y el pan es la entrega del Hijo, hecha por él y también por el Padre, como señal de su amor al hombre. “Tanto amó Dios al hombre que entregó a su Hijo a la muerte”.  Todo se concentra y se condensa en el amor. Quien ama asciende. Es amando cómo ascendemos. La verdadera ascensión no es un proceso espacial, sino la maduración en el amor. Dios es amor. Quien ama Dios está en él y él en Dios. Solo ascendemos amando. La Iglesia ha enseñado siempre que la perfección cristiana es la caridad. El amor es el mandamiento resumen de Jesús.  

            En estos días el mundo padece una pandemia horrorosa y cruel. Es una circunstancia propicia para la acción de los cristianos. Nos estimula a cumplir el mandamiento fundamental de Jesús y a ejercer el contenido de la eucaristía que en su fondo no es sino entrega en radical caridad. Muchos hombres sufren hoy como nunca. Unos por padecer la enfermedad. Otros experimentan de forma terriblemente aislada la misma muerte. Las familias sufren el desgarro de saber que sus familiares mueren sin poder prestarles una palabra o el mínimo gesto de cariño. El paro y el aumento de personas y familias que no poseen medios suficientes para subsistir es una calamidad no inferior a la pandemia misma. Vivimos una situación de suma gravedad. La demanda de solidaridad es hoy apremiante. Es una situación muy gravé, crítica, que llama a la solidaridad de todos, especialmente de los discípulos de Jesús. Son los pobres y nuestra solidaridad con ellos lo que nos hace a nosotros creyentes. ¿Cuál ha sido y está siendo nuestra aportación personal en este caso tan manifiesto?  La caridad precisa y oportuna es algo que expresa lo esencial de nuestra fe, corresponde a lo más apremiante del mensaje evangélico, y se identifica con el contenido medular de la eucaristía. Hoy la ascensión de Cristo es nuestra caridad. Si amamos y en tanto que amamos, subimos con Cristo a los cielos. 

Francisco Martínez

www..centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *